Niebla mental 9
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—Espera, —le dije, alcanzándole .

Se qued ó inmóvil . M i corazón latía con fuerza en mi pecho y, por un instante, pensé en echar a correr . P ero algo en mi instinto me detuvo . M e volví hacia él, evaluándolo .

Lo observé con desconfianza, pero la confusión en mi mente solo hacía que las piezas encajaran de manera extraña.

—Tienes que decirme lo que sabes —respondí, sin poder contenerme—, ya no sé en qui é n confiar.

Daniel miró a su alrededor una vez más, como si estuviera asegurándose de que no hubiera oídos atentos.

—No aquí —dijo, apartándose—. Esto es más serio de lo que imaginas . S i de verdad quieres respuestas, sígueme . P ero te advierto, no serán fáciles de aceptar.

Lo miré fijamente . N o tenía razones para confiar en él y, sin embargo, algo me decía que Daniel sabía mucho más de lo que yo misma sospechaba.

D udé, mirándolo de reojo . ¿Q ué garantía tenía de que no era uno más de esos charlatanes con teorías conspiranoicas que florecían en tiempos de pandemia?

Sin embargo, otra parte de mí , más profunda y desesperada, no podía dejarlo ir.

Algo dentro de m í me decía que tenía las respuestas que necesitaba, las que el estudio y sus propios superiores me habían negado . M i instinto me gritaba que debía seguirlo . A demás, era guapísimo y, lo más importante, había venido a buscarme.

—¿Y si te sigo? —pregunté al fin cruzándome de brazos—. ¿Qué me garantiza que no es una trampa más?

Daniel me miró con una seriedad alarmante.

—Nada —respondió—. No puedo ofrecerte ninguna garantía . P ero si sigues donde estás, ellos te destruirán.

Esas palabras me golpearon como una verdad no dicha.

"Ellos te destruirán” . M i mente volvió a la imagen de los mensajes crípticos en mi portátil, los dolores repentinos y la niebla cada vez más espesa en mi mente .

S entía que había perdido el control de mi cuerpo, de mi voluntad, todo lo que alguna vez había sido sólido en mi vida ahora parecía una ilusión. Finalmente, asentí.

—Está bien . P ero si noto algo raro, me largo —advertí, con un tono de falsa confianza que no ocultaba mi nerviosismo.

Daniel hizo un gesto leve con la cabeza, como si esperara esa respuesta, y comenzó a caminar sin decir más .

Y o lo seguí a unos pasos de distancia, asegurándome de no perder de vista su entorno .

C aminábamos por calles estrechas, casi vacías, donde solo el viento soplaba con un susurro inquietante entre los edificios.

Tras unos minutos, llegamos a una puerta de metal, desgastada por el tiempo, en una callejuela poco transitada .

Daniel empujó la puerta sin esfuerzo y me hizo una señal para que lo siguiera .

S entí cómo mi corazón latía con fuerza al entrar .

E l interior del lugar era frío y desangelado, iluminado apenas por la luz tenue de una bombilla colgante.

—No es mucho —dijo Daniel, al ver mi expresión—, pero aquí estaremos a salvo, al menos de momento.

Desde fuera, parecía un edificio abandonado, de esos que pasan desapercibidos incluso para los curiosos, pero al entrar, descubrí algo completamente diferente .

E l interior era una mezcla entre un refugio y un estudio improvisado .

H abía ordenadores, micrófonos, cámaras y una pizarra blanca llena de anotaciones que no entendí .

E n una esquina, un sofá desgastado y una mesa con restos de café daban la impresión de que alguien había pasado demasiado tiempo ahí dentro .

C erró la puerta detrás de nosotros y me indicó que me sentara.

—Aquí podemos hablar tranquilos-dijo, dejando caer su mochila en el sofá y quitándose la chaqueta.

Mientras se acomodaba, lo observé con más atención . H abía algo en su manera de moverse, en cómo se tomaba su tiempo para cada gesto, que transmitía experiencia. F inalmente, se giró hacia mí y extendió la mano.

—Creo que no me he presentado como es debido . S oy Daniel, médico retirado del sistema, aunque eso es más un eufemismo para decir que dejé todo porque ya no podía soportar la manera en la que funcionaban las cosas.

Le estreché la mano, tratando de descifrar si esa honestidad era genuina o una estrategia para ganar mi confianza.

—¿Médico retirado? ¿ Y qué haces ahora? P orque claramente no parece que sigas dando consultas.

Él sonrió, esa sonrisa franca que parecía ser su sello personal.

—No, ya no . A hora me dedico a algo diferente . H ago entrevistas, divulgo , bueno como lo llaman ahora podcast.I ntento destripar los entresijos de los sistemas que controlan nuestras vidas . ¿ N o has escuchado n ada de ninguno ?

Claro que había escuchado, podría decir que me había enamorado de todo lo que decía . B ueno, de lo que decía y de lo que no . L a forma en que lo dijo, como si fuera algo casi revolucionario, me hizo sonreír.

—Podcast — repetí, probando la palabra en mi boca — . ¿Así que de médico a entrevistador? E so es un cambio bastante grande.

—Lo es — admitió, sentándose frente a mí — .

Pero después de años en el sistema, me di cuenta de que no estaba ayudando a la gente tanto como pensaba, así que decidí usar mi voz para intentar hacer algo diferente .

I nvestigar, exponer, dar a las personas las herramientas para entender lo que realmente está pasando.

Me crucé de brazos, inclinándome ligeramente hacia adelante.

— ¿ Y cómo encajo yo en todo esto, Daniel? P orque no creo que Zero me haya enviado aquí solo para hablar de tus podcasts . O a lo mejor esa es su idea …

Su expresión se volvió más seria, y noté cómo sus ojos, que hasta entonces habían brillado con calidez, se endurecieron.

—Encajas porque tenemos un enemigo común y porque tú tienes algo que nosotros necesitamos: información . J untos podemos sacar a la luz todo y hacer justicia.

Sentí un escalofrío recorrerme al escuchar sus palabras.

— ¿ Y qué pasa si no quiero trabajar contigo? —pregunté, retadora.

Daniel no se inmutó.

—Eso depende de ti . P ero si decides hacerlo, te prometo que no estarás sola y te aseguro que juntos podemos hacer más daño del que ellos jamás imaginaron.

Daniel se recostó en el sofá, con un suspiro que parecía cargar años de historias.

—¿Sabes? Esto no es nuevo para mí, lo de exponer las cosas que no quieren que sepamos . T odo empezó cuando me echaron del hospital.

Lo miré con curiosidad.

—¿Te echaron? ¿Por qué?

Él sonrió, pero era una sonrisa amarga, cargada de recuerdos.

—Digamos que no encajaba . E staba cansado de hacer las cosas a medias, de tratar síntomas en lugar de causas .

M e enfrenté a demasiada gente poderosa, cuestioné demasiados protocolos .

A l final, me dijeron que si no seguía las reglas, no tenía lugar allí.

Imagino que habrás oído hablar de Jorge, no es alguien al que le puedas retar y salirte con la tuya fácilmente.

—Así que te convertiste en un rebelde — dije, tratando de aligerar el tono.

Daniel rió suavemente.

—Algo así . M e sentí perdido al principio, no te voy a mentir . P ero entonces, navegando por internet, me topé con un foro, uno donde la gente compartía información, teorías, datos... Y ahí fue donde conocí a Zero.

El nombre de Zero me hizo enderezarme en el asiento.

—¿Zero? ¿En un foro?

Daniel asintió.

—Sí. Es una especie de leyenda en ese lugar .

S iempre parecía saber más que los demás, y sus consejos eran como piezas de un rompecabezas .

E mpecé a hablar con él, a compartir mis ideas, fue él quien me abrió los ojos sobre el Proyecto Libertad y cómo todo estaba conectado .

M e convenció de que podía hacer más fuera del sistema que dentro de él.

—¿Y cómo llegaste a buscarme?—pregunté, aún tratando de entender cómo encajaba en todo esto.

Daniel se inclinó hacia adelante, su mirada directa.

—Zero me lo pidió . C ontact é con é l y me dijo que fuera a la farmacia, que allí encontraría a alguien que me daría lo que necesito para acabar con todas las dudas, la P aciente 0 . P or lo visto as í te llaman.

—¿Y tú le creíste?

Daniel sonrió, esta vez con más calidez.

—Gracias a que le creí, aquí estamos tú y yo — Daniel apoyó un brazo en la mesa, inclinándose ligeramente hacia mí con esa mirada intensa que siempre parecía saber más de lo que decía — . Aquí solos, en mi estudio . No suena tan mal, ¿no?

Le lancé una mirada burlona, pero no retrocedí.

—No te hagas ilusiones, doctor. No vine aquí por ti.

—¿Ah, no?—su voz tenía un deje de diversión, y se acercó apenas un poco más — . Entonces, ¿por qué sigues aquí, Macarena?

El ambiente en la habitación se sentía denso, como si el aire se hubiera espesado de repente. No había ruido exterior, no había distracciones, solo él y yo, atrapados en esa burbuja que parecía haber estado creciendo desde que nos conocimos.

Me mordí el labio, fingiendo pensarlo.

—Bueno, podría decir que es por el reportaje, por desenmascarar todo, por la verdad…—dejé la frase en el aire, jugando con el borde de mi vaso de agua.

Daniel sonrió, ladeando la cabeza.

—Pero no es solo por eso, ¿verdad?

Solté una risa suave, pero no aparté la mirada de la suya.

—Qué confiado, ¿no? ¿Siempre te crees el centro del universo?

—No siempre — respondió, apoyando la barbilla en su mano — . Solo cuando sé que tengo razón.

Mi corazón latía más rápido de lo que quería admitir. Sabía que estaba entrando en un juego peligroso, pero había algo en la forma en que me miraba, en cómo parecía leerme sin esfuerzo, que hacía imposible no seguirle el ritmo.

— ¿ Y qué crees que sabes?

—Que te encanta este juego, aunque no lo admitas.

Le sostuve la mirada, negándome a ceder terreno.

—No sé de qué hablas.

—¿No? —Se inclinó un poco más, su voz apenas un susurro contra mi oído — . Porque yo diría que hay algo en la forma en que me miras, en cómo tu respiración ha cambiado cuando me he acercado, qué me dice lo contrario.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no me aparté. Si quería jugar, iba a jugar.

—Tienes un concepto muy alto de ti mismo, Miralles.

—Y tú tienes un problema con admitir lo obvio, Banderas.

El espacio entre nosotros era prácticamente inexistente ahora. Podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión en sus hombros, el control absoluto con el que se estaba conteniendo.

—Dime que estoy equivocado y me alejo — susurró, su mirada fija en la mía.