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Asentí y me dirigí hacia la máquina . M ientras me sentaba, intenté aparentar tranquilidad, pero mi mente estaba alerta .
S egún Zero, alguien llegaría, no sabía quién ni cuándo, pero tenía que estar preparada.
La máquina comenzó a inflar el brazalete alrededor de mi brazo, y el zumbido del aparato era el único sonido en la farmacia .
M iré a mi alrededor, esperando encontrar alguna señal, pero todo parecía normal .
L a chica seguía en el mostrador, absorta en su teléfono.
El brazalete se desinfló , y la pantalla mostró mis cifras: un poco altas, lo cual no era una sorpresa considerando las circunstancias .
M e quedé sentada, fingiendo revisar los resultados, mientras mi mirada se movía discretamente hacia la puerta .
Allí no aparecía nadie . Q uizás el plan de Zero era demasiado simple y no iba a funcionar .
N o podía estar m á s tiempo a hí sentada, hasta la farmaceutica ya me miraba con cara rara decidí acercarme al mostrador y comprar un paracetamol.
De repente, la puerta de la farmacia se abrió, y con ella entró el hombre .
M i hombre, tenía que ser él . S u cara me sonaba, claro que s í.
Era aquel médico cañon que aparecía en el vídeo que la doctora Fernández estaba viendo en su móvil .
Mi único contacto con el exterior mientras estuve en el laboratorio, sería demasiada casualidad que no fuera él .
D e repente me vino a la cabeza lo que dijo Zero, que seguro le conocería.
Parecía sacado de un anuncio de colonia .
C laramente se veía que era médico . H ay veces que la profesión te delata, y este hombre tenía todas las señales : el porte impecable, la postura recta, esa mirada que parece analizar cada detalle sin esfuerzo…
I ncluso su forma de caminar, segura pero no apresurada, lo gritaba .
T enía una sonrisa impecable, de esas que podrían derretir corazones a kilómetros, y un aire de confianza que lo hacía destacar como una linterna en la oscuridad.
M e quedé mirándolo, tratando de entender cómo alguien podía parecer tan radiante en un lugar tan anodino.
—Una caja de paracetamol, por favor —pidió, con voz cansada.
Mientras sostenía la caja, noté cómo aquel hombre seguía mirándome, como si estuviera evaluando algo más . E ra de esos tipos que pueden hacerte sentir bajo un microscopio, la tensión se palpaba en el ambiente. Él, con una calma que rozaba lo irritante, se acercó.
— ¿Buscando algo para el dolor de cabeza? ¿ O algo más? — dijo con una sonrisa que no supe si me irritaba o me tranquilizaba . P ara su desgracia, y quizás para la mía, decidí seguirle el juego.
—Algo así —respondí, levantando ambas cajas como si fueran cartas de póker — . ¿Qué me recomienda,doctor?
Él sonrió, esa sonrisa condescendiente que deben enseñar en la facultad de medicina, y en vez de lanzarse a recomendarme el analgésico de turno, se tomó un segundo, mirándome con una mezcla de interés clínico y algo que no supe descifrar.
N egó suavemente con la cabeza, pero vi en sus ojos que estaba a punto de decir algo que no tenía nada que ver con las pastillas para el dolor.
Entonces, aquel médico, sin anestesia, me lanzó una de esas preguntas que uno espera que vengan de una amiga indiscreta o de un programa de autoayuda, pero no de un tipo con bata blanca y una expresión que mezclaba ciencia y misticismo.
—¿Has notado que últimamente te cuesta concentrarte, que tienes una especie de niebla mental?
Estuve a punto de reírme en su cara, pero algo en su tono me frenó. « Bueno, últimamente me cuesta concentrarme en muchas cosas, sobre todo cuando tengo enfrente a tipos que creen saber más de mi vida que yo misma » , pensé . P ero en vez de eso, le respondí con una ceja alzada.
—¿Perdón? — dije , mirándolo como si acabara de preguntarme el color de mis calcetines—. ¿Es que ahora los médicos también son adivinos o qué?
Él sonrió, y debo admitir que le daba un toque intrigante, casi irritante de tan confiado.
—No te estoy leyendo la mente —respondió—, es solo que…
—y aquí bajó la voz, como si fuera a soltarme un secreto de estado —.
Sé qui é n eres y juego con ventaja. Si no me crees —añadió—, puedo decirte que he escuchado esto antes .
T u malestar, los síntomas… H e tratado con otros pacientes que participaron en el mismo “programa revolucionario” .
D éjame adivinar, ¿cada noche te exponían a luces blancas y te decían que era parte del proceso de aceleración metabólica?
Ahora sí que me había dejado de piedra, me qued é sin palabras.
—No te preocupes — l a voz del hombre era baja, pero firme, con un matiz de preocupación .
S us ojos eran agudos, atentos, como si pudieran ver más allá de la superficie . A lgo en su mirada me inquietó . H abía una intensidad allí, algo que no lograba descifrar. Me quedé mirándolo, intentando decidir si debía salir corriendo o seguir escuchando,pero la curiosidad me pudo.
—¿Tú cómo sabes todo eso? —le pregunté, intentando que mi tono no sonara demasiado impresionado.
Él sonrió de nuevo, esa sonrisa misteriosa que empieza a sacarte de quicio pero que a la vez te mantiene pegada,dio un paso hacia mí, como si fuera a decirme algo de vida o muerte.
—Digamos que conozco los efectos secundarios de las soluciones rápidas .
E stás en algo que se vende como “recupera tu mejor versión” y “revolucionario” pero que, en realidad, te está complicando la salud en más formas de las que puedes imaginar .
Y no eres la única. He escuchado a más gente como tú, ¿sabes?
G ente que también buscaba respuestas y terminó con algo mucho peor que kilos de más: niebla en la mente, problemas hormonales, ataques de ansiedad…
Me recorrió un escalofrío . E so de “gente como tú” tenía más carga de la que parecía . S entí que él lo sabía todo, como si yo fuera un libro abierto y él tuviera en la mano el guion de mi vida . E n lugar de asustarme, me quedé ahí, como hipnotizada.
—Entonces, ¿qué sugieres? —solté casi sin darme cuenta.
—Que te alejes de todo eso cuanto antes de esos estudios de laboratorio que se disfrazan de ciencia, de salvación, pero que en realidad solo buscan algo: controlar .
T e metes en la rueda y no sabes cómo salir.
Créeme , hay algo mucho más turbio de lo que parece.
Entonces, sin más, se despidió y salió de la farmacia.