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Lo que vi al salir me dejó sin palabras . L a carretera, normalmente transitada a cualquier hora, estaba desierta . N i un coche, ni una persona caminando, ni siquiera un perro callejero . E ra como si el mundo hubiera decidido hacer una pausa mientras yo estaba atrapada en el laboratorio.
Zero, que había insistido en quedarse al volante, parecía calmado, como si todo esto no le resultara extraño . P ero para mí, la escena era surrealista.
—Zero, ¿dónde está todo el mundo? —pregunté, rompiendo el silencio que se había apoderado del coche.
Él suspiró, como si supiera que esta conversación iba a ser complicada.
—Lo de las mascarillas en el laboratorio... tiene una explicación — dijo finalmente.
Me giré hacia él, esperando que continuara.
—Hace meses que ahí dentro no tenéis contacto con el exterior, ¿verdad?
Asentí lentamente.
—Bueno, aquí fuera se ha reproducido un virus, lo llaman virus K19 . A l principio parecía algo lejano, algo que estaba pasando en otros lugares, pero las cosas se salieron de control . A hora todos t enemos que llevar mascarillas, evitar el contacto y quedar nos en casa tanto como p odamos .
Lo miré fijamente, esperando que empezara a reír y me dijera que todo era una broma . P ero no, su cara no tenía pinta de broma.
— ¿ Un virus? —repetí, tratando de procesar lo que me estaba diciendo — . ¿Cómo de grave es?
Me lanzó una mirada rápida antes de volver a concentrarse en la carretera.
—Lo suficiente como para poner el mundo patas arriba. Es un caos, Macarena, y nadie sabe cuándo va a terminar.
Me quedé en silencio, mirando por la ventana . A hora todo tenía más sentido: las mascarillas, los trajes protectores, el aislamiento extremo … E l laboratorio no solo había estado protegiéndose a sí mismo , también había estado protegiéndonos a nosotros, aunque fuera por razones egoístas.
—¿Y qué pasa conmigo? —pregunté, sintiendo un nudo formarse en mi estómago — . Si he estado en ese laboratorio todo este tiempo, ¿estoy en riesgo?
Zero negó con la cabeza.
—Mientras no hayas tenido contacto con nadie infectado, estás bien . P ero tienes que tener cuidado,lo primero que vamos a hacer es llevarte a casa y asegurarnos de que te instales de forma segura.
—¿Instalarme?
—Sí — respondió con una leve sonrisa — . Bienvenida al mundo de las videollamadas, las compras online y las caminatas solitarias.
Intentó suavizar el golpe con su tono, pero no había forma de ignorar lo que acababa de decir . E l mundo que conocía ya no existía, al menos no como lo recordaba.
Llegamos a mi casa, Zero me ayudó a llevar la carpeta con los documentos . A ntes de irse, me miró con esa expresión seria que parecía haberse convertido en su sello personal.
—Macarena, esto no va a ser fácil . P ero recuerda, no estás sola . N osotros vamos a estar contigo en cada paso del camino.
— Lo sé — respondí, aunque no estaba segura de si realmente lo creía.
—Mientras que est é s en casa, estás a salvo.
I ntenta salir lo menos posible al exterior, porque a trav é s de las antenas de telefon í a podrían localizarte .
Así que de momento, hasta que consigamos solucionar eso, evita estar cerca de grandes masificaciones .
A unque, bueno, de eso de momento ya se ha encargado el gobierno.
Cerré la puerta detrás de él y me apoyé en ella, mirando mi apartamento con una mezcla de alivio y desconcierto . H abía salido del laboratorio, pero algo me decía que lo que venía ahora sería mucho más complicado.
Me quedé ahí, apoyada contra la puerta, mirando mi apartamento como si lo viera por primera vez . T odo estaba tal como lo había dejado, pero se sentía diferente, como si ya no me perteneciera del todo . E l aire era pesado, cargado de un silencio extraño.
Dejé la carpeta en la mesa del salón y fui directamente al baño .
M e miré en el espejo, tratando de reconocer a la persona que veía .
H abía algo en mis ojos, en mi expresión, que me parecía ajeno.
Tal vez eran las semanas encerrada en el laboratorio, o tal vez era el peso de todo lo que sabía ahora.
Me lavé la cara y volví al salón . A brí la carpeta y empecé a revisar los documentos una vez más, tratando de ordenar mis pensamientos : Jorge , el Proyecto Libertad, los experimentos, el control mental... Era demasiado, incluso para mí.
De repente, mi teléfono, que había dejado cargando en la cocina, vibró. Era un mensaje de Zero.
—¿Estás bien? Recuerda: no confíes en nadie fuera del equipo, mantente segura . M añana te llamo.
No confiaba ni siquiera en mí misma, así que eso no iba a ser un problema . D ejé el móvil sobre la mesa y me desplomé en el sofá, sintiendo que todo el peso del mundo se acumulaba sobre mis hombros.
Esa noche dormí poco . E ntre los documentos, las noticias sobre el virus K19 que vi en la televisión, y el eco de las palabras de la doctora Fernández y Zero en mi cabeza, fue imposible desconectar.
Cuando me desperec é , decidí que lo único que podía hacer era enfocarme en el artículo .
S i iba a exponer al Proyecto Libertad, tendría que hacerlo bien.
Encendí mi portátil, abrí un archivo en blanco y me quedé mirando el cursor parpadear .
E ra irónico: tantas cosas en mi cabeza, y no sabía por dónde empezar.
Al final, escribí la primera frase que me vino a la mente:
“Esto no es una historia más . E sto es lo que no quieren que sepas”.
Leí la frase en voz alta, tratando de convencerme de que era un buen comienzo y entonces empecé a escribir, dejando que todo saliera . L as sesiones en la silla, los anillos inteligentes, los experimentos con las emociones, y sobre todo, el hombre detrás de todo: Jorge.
Mientras escribía, me di cuenta de algo . E sto no era solo un artículo, era mi forma de recuperar el control, de demostrarme que aún tenía poder sobre mi vida.
A media tarde, Zero me llamó.
—¿Cómo vas? —preguntó.
—Estoy escribiendo — respondí, mi voz más firme de lo que esperaba.
—Bien,pero recuerda, Macarena, no publiques nada hasta que te lo digamos . T enemos que coordinarlo todo para que sea un golpe definitivo.
—Entendido.
Zero hizo una pausa antes de añadir:
—Ten cuidado, Jorge no va a quedarse quieto . Y a te est á buscando, y est á buscando al topo que le ha traicionado.
Esas palabras se quedaron conmigo mucho después de que termina se la llamada porque, aunque estaba decidida a seguir adelante, sabía que esta historia estaba lejos de terminar.
A medida que avanzaba el día, mi apartamento, que solía ser mi refugio, comenzó a sentirse como una jaula . L as paredes parecían más estrechas, y cada sonido, desde el tic-tac del reloj hasta el crujido del suelo, resonaba como un eco en mi cabeza . P ero sabía que no podía detenerme.
El artículo crecía en mi pantalla como un rompecabezas que poco a poco comenzaba a tomar forma .
E scribí sobre el Proyecto Libertad, los experimentos en el laboratorio, y las promesas de optimización que escondían un propósito mucho más oscuro.
Las palabras fluían, pero con cada párrafo sentía cómo crecía el peso en mi pecho E ra como si al escribir estuviera exponiéndome aún más .
C omo si Jorge pudiera leer mis pensamientos y supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Me encontraba sumida en mi escritura cuando el teléfono son ó. Era un número desconocido.
—¿Hola?
Una voz masculina respondió, pero no era Zero.
—Macarena Banderas. Sabemos lo que estás haciendo.
El tono era frío, calculado, pero no reconocí quién hablaba.
—¿Quién eres? —pregunté, intentando sonar más valiente de lo que me sentía.
—Eso no importa . L o que importa es que dejes de escribir ese artículo, no tienes idea de con quién estás jugando.
Mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en los oídos . P ero no iba a dejar que me intimidaran.
—¿Ah, sí? Pues resulta que tengo una idea bastante clara — respondí, tratando de mantener la voz firme.
Hubo un silencio al otro lado de la línea antes de que la voz hablara de nuevo.
—Considera esto tu única advertencia . S i sigues adelante, te arrepentirás.
Esa voz me resultaba familiar, como si la hubiera vivido antes . La llamada terminó antes de que pudiera responder . M e quedé mirando el teléfono, intentando procesar lo que acababa de pasar.Llamé a Zero inmediatamente.
—Me han llamado — dije, sin molestarse en saludar — . Saben lo que estamos haciendo.
—¿Qué ha pasado?
Le conté todo, Zero guardó silencio por un momento antes de responder .
—Sabíamos que podían reaccionar, pero no tan rápido . E sto confirma que estamos en el camino correcto.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer ahora? —pregunté, mi voz traicionando el miedo que sentía.
—Esc ú chame atentamente . Vas a ir a la farmacia de la calle Libertad y te vas sentar como si fueras a tomarte la tensión .
D ile a la chica que has sentido mareos que no te encuentras muy bien .
A ll í espera sentada, va a ir a buscarte un chico que es de nuestra plena confianza .
A hora mismo es tu única salvación, haz lo que te diga y le vas contando todo lo del estudio , é l sabr á qu é hacer .
También sabe como contactar conmigo de manera segura.
En cuanto cuelgues el teléfono r ó mpelo y ve a la farmacia sin mirar a nadie .
Vamos a reforzar tu seguridad . N ecesitamos que estéis alerta, Jorge tiene recursos, y no dudará en usarlos para silenciaros .
Me dirigí a la farmacia siguiendo el plan de Zero . L as calles estaban desiertas, apenas iluminadas por unas pocas farolas que parpadeaban como si estuvieran tan agotadas como yo . C ada paso resonaba en el silencio, y mi mente no dejaba de repetirme lo mismo: no te detengas, no mires atrás.
Al llegar, empujé la puerta de cristal y entré .
E l sonido del timbre sobre la puerta pareció gritar mi presencia .
L a farmacia estaba vacía salvo por una chica joven detrás del mostrador.
Me acerqué, tratando de parecer casual, aunque el corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que ella podía oírlo.
—Hola — dije, forzando una sonrisa — .Me siento un poco mareada , ¿ p odría tomarme la tensión?
La chica levantó la vista, sin mucho interés, y señaló una máquina en la esquina.
—Claro, está ahí . S iéntate y coloca el brazo.