Niebla mental 7
27%

7

Cuando volví a mi habitación, no podía dejar de pensar en todo lo que había escuchado . ¿ Q ué querían realmente de mí?¿ P or qu é ese tal Jorge estaba obsesionada conmigo? Y, lo más importante: ¿hasta d ó nde estaba dispuesta a llegar para salir de aquí?

Me senté en la cama y miré el anillo en mi dedo .

P or un momento, consideré quitármelo y tirarlo al otro lado de la habitación, pero no estaba preparada para ver si ese chico tenía razón, era demasiado joven para quedarme vegetal por desconfiar de un chico.

Si iba a salir de aquí, tenía que jugar según sus reglas , al menos por ahora.

La noche cayó, y con ella llegó el momento de actuar .

—Necesitamos que vuelvas a casa — dijo la doctora , con un tono que no dejaba espacio para dudas —.

T ienes que escribir un artículo . U no que desenmascare todo lo que has visto aquí, que exponga al Proyecto Libertad y a las personas detrás de él .

D espués te reunirás con otro colaborador nuestro que sabr á como ayudarte, y ayudarnos a todos de paso.

Sentí cómo el peso de sus palabras caía sobre mí como una losa.

— ¿ Quieren que lo escriba yo? ¿Por qué yo?—le pregunté, tratando de ocultar el temblor en mi voz.

—Porque tú eres la única que puede hacerlo — respondió. Tienes credibilidad, tienes experiencia y, lo más importante , tienes la historia . N adie te va a ignorar.

El chico añadió, inclinándose hacia adelante:

—Además, si ellos descubren que estamos detrás de esto, nos buscarán . P ero tú, si actúas rápido, puedes exponerlos antes de que reaccionen . N osotros haremos todo lo posible para protegerte desde aquí.

Miré a ambos, sintiendo cómo mi mente trataba de procesar lo que estaba pasando . P asé de ser una periodista en busca de una historia a convertirme en parte de una conspiración mucho más grande de lo que había imaginado.

—¿Y cómo se supone que lo haré? Apenas tengo información suficiente.

La doctora negó con la cabeza.

—Tienes más de lo que crees . L o que has visto aquí, lo que te hemos contado, y lo que estamos a punto de darte.

Abrió una carpeta que había estado sobre la mesa todo el tiempo y la deslizó hacia mí . D entro había fotos, documentos, correos electrónicos impresos . P ruebas.

—Esto es solo el principio — continuó — . Con esto puedes empezar,una vez que salgas, nosotros nos aseguraremos de que recibas más información . P ero tienes que moverte rápido.

—¿Y qué pasa si no lo consigo? ¿Si ellos me encuentran antes de que pueda publicar algo?

El chico me miró fijamente, su tono más serio que nunca.

—Entonces todo esto habrá sido en vano . T ienes que hacerlo, Macarena, tienes que hundirlos.

Había datos sobre los participantes, experimentos que nunca habían mencionado, registros de transferencias bancarias a nombres que no reconocía. Pero lo que más me impactó fueron las notas sobre mí.

Habían estado siguiéndome mucho antes de que llegara al Proyecto Libertad .

S abían de mi libro, de mis investigaciones, incluso de mi agotamiento mental .

T odo había sido calculado, manipulado para atraerme aquí .

L a P aciente 0, me dijo el chico, ¿y qui é n será ese Jorge? ¿ P or qu é esa obsesión conmigo?

Sentí una mezcla de ira y desafío. N o solo iban a usarme para sus experimentos sino que, además, habían jugado con mi vida para hacerlo.Respiré hondo y cerré la carpeta.

—Está bien — murmuré para mí misma — . Si quieren que desenmascare esto, lo haré . P ero no solo voy a escribir un artículo, voy a asegurarme de que el mundo entero escuche esta historia.

El chico rompió el silencio, inclinándose hacia mí con una seriedad que me puso los pelos de punta.

—Lo primero es sacarte de aquí.

La doctora asintió, su rostro más tenso de lo habitual.

—Una vez que estés fuera, te daremos toda la ayuda que necesites para hacer público lo que has visto . P ero ahora mismo, lo importante es ponerte a salvo.

Miré la carpeta sobre la mesa, las fotos y documentos que parecían gritarme que esto era mucho más grande de lo que había imaginado .

Q uedarme para seguir investigando era tentador, pero una parte de mí sabía que tenían razón .

S i quería exponer al Proyecto Libertad primero tenía que salir con vida.

Zero, que as í se hacía llamar el chico, me miró con una media sonrisa que intentaba parecer tranquilizadora, pero que no logró calmarme del todo.

—Será rápido y sencillo — dijo — .Solo tienes que seguirme y no mirar atrás.

—¿Y si algo sale mal? —pregunté, sintiendo el peso de la incertidumbre en mi pecho.

—No va a salir mal — respondió la doctora Fernández ,con su tono firme — . Confía en nosotros.

Ahí estaba otra vez: “confía en nosotros”. L as mismas palabras que me habían llevado a este laboratorio en primer lugar . P ero, en este punto, no tenía otra opción.

—Está bien — dije finalmente, mirando a ambos — . Hagámoslo.

Nos movimos por los pasillos con el inhibidor en la mano, mientras la doctora monitoreaba nuestra ubicación desde la sala de control . C ada paso resonaba en el silencio del laboratorio, haciéndome sentir que cualquier sonido p odría delatarnos.

—Falta poco — susurró Zero, girando en una esquina.

El pasillo frente a nosotros estaba vacío, salvo por una puerta metálica al final . E ra la salida.

—¿Y ahora? —pregunté, mirando el panel de acceso junto a la puerta.

Zero activó el inhibidor, que emitió un suave zumbido antes de apagarse.

— Doctora , ¿estás lista? — dijo a través de un pequeño comunicador.

—S í, adelante —- respondió su voz al otro lado.

Un segundo después, el panel se iluminó en verde, y la puerta se abrió con un leve chirrido.

—Vamos — dijo el chico, empujándome suavemente hacia adelante.

El aire fresco me golpeó en la cara como un recordatorio de que aún había un mundo fuera de esas paredes . N o tuve tiempo de celebrarlo, porque Zero ya me estaba apresurando hacia un coche estacionado a pocos metros de distancia.

—Sube — dijo, abriendo la puerta del copiloto.

Mientras el coche arrancaba, miré por la ventana hacia el laboratorio, una estructura fría y silenciosa que ahora parecía más una prisión que un centro de investigación.

— Lo logramos — dije en voz baja, más para convencerme a mí misma que para otra cosa.

Zero asintió, su mirada fija en el camino.

—Esto es solo el comienzo, Macarena . A hora empieza la verdadera lucha.