Niebla mental 6
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La puerta se cerró detrás de mí con un leve clic , y sentí cómo el aire cambiaba . L a habitación era más pequeña de lo que esperaba, con una mesa de cristal en el centro y un par de sillas negras . A l fondo, una pantalla mostraba gráficos y datos que no entendía, pero que parecían importantes.

La doctora Fernández estaba allí, esperándome con esa calma que siempre me exasperaba, y junto a ella había un chico joven, quizá de unos veintitantos, que parecía tan fuera de lugar como yo .

S u cabello despeinado y la camiseta arrugada no encajaban con el resto del laboratorio, pero lo que más me llamó la atención fue la forma en que me miró: como si supiera algo que yo no sabía.

—Macarena, gracias por venir — dijo la doctora , señalando una de las sillas.

Me senté, cruzando los brazos, más como un mecanismo de defensa que por el frío .

—¿Qué está pasando? ¿Por qué nos han separado a todos?

La doctora y el chico intercambiaron una mirada . F ue breve, pero suficiente para saber que lo que iban a decir no me iba a gustar.

—Hay algo que necesitas saber. El Proyecto Libertad no es exactamente lo que crees.

Me reí, una risa seca y nerviosa que salió antes de que pudiera evitarlo.

—¿No es lo que creo? Ya me imaginaba que esto iba más allá de ‘mejorar mi potencial’. ¿Qué está pasando realmente?

El chico fue quien respondió esta vez.

—El proyecto empezó como una investigación legítima — dijo, su voz más seria de lo que esperaba —. Querían entender cómo optimizar la conexión entre la mente y el cuerpo, liberar a las personas de sus bloqueos mentales . P ero algo cambió en el camino.

—¿Qué cambió?

La doctora Fernández tomó la palabra, su tono más bajo, como si temiera que alguien estuviera escuchando.

—Se dieron cuenta de que, al manipular ciertos patrones en la mente, podían controlar más de lo que en un principio planeaban : emociones, decisiones... incluso recuerdos.

Sentí que el aire se volvía más denso.

—¿Controlar recuerdos? ¿De qué están hablando?

El chico se inclinó hacia adelante, sus ojos fijos en los míos.

—Macarena, no eres solo una participante . E res el caso más importante del proyecto . P ara el director siempre has sido la P aciente 0, por eso tienes que escapar antes de que sea demasiado tarde.

— ¿ Escapar? —repetí, sintiendo cómo mi voz se quebraba ligeramente — . ¿De qué estás hablando?

L a doctora Fernández se acercó, apoyando las manos en la mesa.

—Hay partes del proyecto que ni siquiera conozco del todo, pero sé que ya no estás segura aquí . L o que están haciendo no tiene nada que ver con liberar a las personas, están usando a los participantes como experimentos y, por algún motivo que todavía se me escapa , tú eres clave en todo esto.

Sentí como si el suelo se moviera bajo mis pies.

—¿Clave? ¿Por qué yo?

El chico intercambió otra mirada con su compañera antes de responder.

—Porque tú eres el único caso que ha mostrado resistencia completa a ciertas etapas de la reprogramación . Y eso te hace peligrosa para ellos.

Mis pensamientos se desbordaron . T odas las sesiones, las preguntas, el anillo que todavía brillaba en mi dedo... todo tenía un propósito que no entendía.

—Si soy tan importante, ¿por qué no me han hecho nada todavía?

La doctora apretó los labios, como si dudara si debía responder.

—Porque te necesitan para algo más . P ero si descubres demasiado antes de que terminen contigo, no dudarán en eliminarte .

El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa.

— ¿ Y cómo se supone que escaparé de un laboratorio vigilado por médicos que parecen sacados de una película de terror?

El chico sonrió, aunque no era una sonrisa tranquila . E ra la sonrisa de alguien que sabía que lo que estaba por venir iba a ser complicado.

—Ya tenemos un plan, pero tienes que confiar en nosotros . N o hay margen de error.

Miré a la doctora , luego al chico, y finalmente al anillo en mi dedo . T odo dentro de mí gritaba que corriera en dirección opuesta, pero si había algo que sabía sobre mí misma, era esto: nunca huía de las historias que necesitaban ser contadas.

—De acuerdo — dije finalmente — . ¿Cuál es el plan?

El chico deslizó un pequeño dispositivo sobre la mesa, como si estuviera entregando un arma en una partida de póker clandestina . E ra del tamaño de un pendrive, negro y sin marcas.

—Esto es lo primero que necesitas — dijo — . Es un inhibidor . L o conectaremos al sistema central para desactivar temporalmente los sensores del laboratorio, incluido el tuyo.

Miré el dispositivo y luego a la doctora , que asentía como si estuviera confirmando la seriedad del asunto.

—¿Mi sensor?—pregunté, señalando el anillo en mi dedo.

—Ese anillo no solo mide tus datos biométricos — explicó el chico— . También monitorea tu ubicación y, hasta cierto punto, tu actividad cerebral . S i notan un cambio significativo en tus patrones, podrían activar medidas de contención.

—¿Contención? —repetí, intentando mantener la calma — . ¿Qué significa eso exactamente?

Intercambiaron una mirada antes de responder.

—Significa que no te dejarán salir de aquí . Jamás.

Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo . L o único peor que estar atrapada en ese lugar era la idea de quedarme ahí para siempre.

—Entonces, ¿cómo funciona este... inhibidor?

El chico se inclinó hacia adelante, señalando el dispositivo.

—Cuando lo conectemos al sistema, bloqueará las señales por un tiempo limitado, lo suficiente para que podamos salir sin que nos detecten . P ero no va a durar mucho, así que tenemos que movernos rápido.

—¿Moverme rápido? ¿A dónde se supone que voy a ir?

La doctora Fernández sacó un mapa del laboratorio y lo desplegó sobre la mesa . E ra más grande y complicado de lo que había imaginado, lleno de pasillos y salas marcadas con códigos que no entendía.

—Hay una salida de emergencia aquí — dijo, señalando un punto en el extremo opuesto del mapa — . Está diseñada para ser usada solo en casos extremos, pero podemos forzarla desde el panel de control.

— ¿Y qué pasa si alguien nos ve?

El chico sonrió de nuevo, esta vez con una mezcla de nerviosismo y conviccion .

—Ahí es donde entro yo . M ientras tú te diriges a la salida, yo crearé una distracción en el ala norte. La doctora Fernández se quedará en el panel de control para asegurarse de que las puertas estén desbloqueadas cuando llegues.

—¿Y si algo sale mal?

La doctora me miró fijamente, su voz más seria que nunca.

—No va a salir mal . N o podemos permitirlo.

—Una vez salgas del laboratorio tienes que mantenerte lo m á s lejos posible de los repetidores para bloquear la señal GPS . Después te verás con un enlace que tenemos fuera, es en la única persona que puedes confiar.

—¿Y c ó mo doy con é l?

—Nosotros te pondremos en contacto. , pero su cara te sonar á seguro....

—¿Y porque no me quito el anillo y lo tiro al río?

—Ni se te ocurra quitar l e el anillo en ning ú n momento . Est á conectado directamente al cerebro y emite ondas continuamente , si en alg ú n momento hay una desconexión te dará un parada cerebral, provocando lesiones irreversibles

Quería creerles, pero todo en este plan sonaba como una misión suicida. Aun así, sabía que no tenía otra opción.

— Está bien — dije finalmente, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza — . ¿Cuándo empezamos?

El chico se levantó, recogiendo el mapa y guardando el inhibidor en su bolsillo.

— Esta noche.