Niebla mental 5
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Mientras la doctora Fernández continuaba hablando, explicando los nuevos protocolos y asegurándonos que todo estaba bajo control, solo podía pensar en una cosa: si realmente todo estaba bajo control, ¿por qué sus ojos decían lo contrario?

« El cerebro es química y electricidad, y todo está mediado por nuestra actitud . C on el miedo normal, actúas , te mueves, porque es una señal, un aviso de que algo está mal y debes resolverlo . P ero con ese otro miedo, el que sientes cuando no tienes control, te congelas ».

M iré a mi alrededor . A lgunas personas tenían los ojos clavados en la doctora , como si ella fuera la única cuerda a la que podían aferrarse .

O tros miraban al suelo, atrapados en sus propios pensamientos .

E ra evidente que nadie se sentía seguro.

— Y la seguridad... B ueno, nunca la tenemos realmente, ¿verdad?

E s solo una ilusión que construimos para seguir adelante .

P ero el miedo, ese sí es real . E s un avisador, una función muy útil si sabes escucharl o —la doctora Fernández continuó, ahora hablando de las emociones —.

Ninguna emoción es buena o mala — dijo, caminando lentamente por la sala — .

Las emociones, simplemente, son . L o importante no es su existencia, sino cómo las gestionamos.

Me pregunté si realmente creía en lo que decía o si simplemente estaba repitiendo un guion ensayado porque, en ese momento, gestionar nuestras emociones parecía imposible.

—El miedo no está aquí para ser tu enemigo — continuó — . Está aquí para avisarte . S i no estás donde debes estar, entonces tal vez sea momento de irte . P ero si decides quedarte, el miedo te dice algo más: prepárate.

Sus palabras me golpearon más de lo que esperaba porque, a pesar de todo, sabía que quería quedarme . N o porque me sintiera cómoda, sino porque las preguntas en mi cabeza eran más grandes que el miedo que sentía.

Así, mientras la doctora seguía hablando y los médicos con sus trajes aparecían en la periferia de mi visión, supe que tenía que estar lista para lo que fuera que viniera después . P orque algo me decía que lo peor estaba por llegar.

En un intento de distraerme, miré a mi alrededor .

L a gente estaba tan tensa que parecía que un mal movimiento podría hacer que alguien explotara .

L iteralmente nadie sabía qué estaba pasando, pero todos fingíamos que la explicación de la doctora Fernández nos estaba ayudando .

B ueno, todos menos un hombre en la esquina que parecía estar haciendo un cálculo mental sobre cuántos segundos tardaría en llegar a la puerta si echaba a correr.

Yo, mientras tanto, estaba atrapada en una espiral de pensamientos absurdos . ¿ Y si esto es un experimento social? ¿ Y si están probando hasta qué punto podemos aguantar antes de perder la cabeza? ¿ Y si los trajes no los llevan porque haya un peligro, sino porque ellos saben algo que nosotros no?

Y entonces, una vocecita en mi cabeza, la parte más lógica y menos dramática de mí, intervino: « Tranquila, Macarena . S i esto fuera un experimento social, al menos habría cámaras escondidas . Y si las hay, asegúrate de parecer inteligente cuando hables » .

La doctora Fernández terminó su monólogo con una sonrisa que no ayudaba en absoluto a calmar la situación.

—Recuerden, las emociones no son ni buenas ni malas . S olo necesitan ser gestionadas.

Claro, porque gestionar emociones es facilísimo cuando no sabes si estás en un programa científico o en una versión moderna de Perdidos. Decidí levantar la mano, porque alguien tenía que decirlo.

— Doctora , todo esto suena muy bonito pero ¿podrías, no sé, decirnos qué está pasando en lugar de recitarnos frases motivacionales como si fueras la creadora de las tazas de Mr. Wonderful?

Por primera vez desde que la conocí, la doctora pareció dudar.

—Estamos enfrentando un pequeño inconveniente técnico . N ada que deba preocuparos.

—¿Inconveniente técnico? Entonces, ¿por qué el equipo parece sacado de un episodio de Chernobyl?

Se hizo un silencio incómodo . La doctora me miró como si estuviera decidiendo si responder honestamente o, simplemente, pedirme que me callara.

—Macarena, solo te pido que confíes en el proceso.

Y ahí estaba otra vez, la maldita frase

La doctora Fernández salió de la sala después de su discurso, dejándonos con nuestras emociones “para gestionar” . G enial, porque si algo necesitábamos en ese momento era tiempo para reflexionar sobre lo bien que estábamos manejando el no saber si nos iban a esterilizar como en un quirófano.

El silencio era tan denso que hasta el aire parecía incómodo .

I ntenté mantenerme ocupada observando a la gente a mi alrededor .

E ra un grupo diverso: jóvenes, mayores, todos aparentemente normales…

salvo por el detalle de que estábamos encerrados en un laboratorio con médicos que parecían estar preparándose para una invasión alienígena.

De repente, alguien soltó una carcajada nerviosa desde el fin de la sala . E ra un chico joven, con gafas y una camiseta de un grupo de rock que seguro no había escuchado en su vida.

— ¿ No os parece que esto empieza a parecerse demasiado a una película de ciencia ficción barata? —dijo, mientras jugueteaba con su anillo inteligente.

Nadie respondió,algunos lo miraron con caras que decían “no es momento para bromas”, pero yo no pude evitar sonreír.

La risa se apagó rápido, como todo lo bueno en situaciones tensas .

V olvimos al silencio, interrumpido solo por los pasos de los médicos que entraban y salían de la sala con movimientos tan precisos que parecían coreografiados .

C ada vez que la puerta se abría, me encontraba deseando ver a alguien que pudiera darnos una respuesta decente .

P ero no, solo veía médicos corriendo de aquí para allá , con sus mascarillas y sus miradas inexpresivas.

Mientras esperaba, mi mente empezó a divagar .

P ensé en lo que se había dicho antes sobre las emociones, en cómo no eran ni buenas ni malas y, aunque tenía razón, una cosa era decirlo y otra muy distinta vivirlo .

P orque en ese momento, mis emociones parecían una fiesta de fin de curso: todas presentes y ninguna en orden.

El miedo seguía ahí, como un invitado molesto que no se iba . P ero también estaba la curiosidad, esa parte de mí que siempre había sido más fuerte que el sentido común . Q uería saber qué estaba pasando, qué nos estaban ocultando y , lo más importante, qué demonios tenía que ver conmigo todo esto.

Finalmente, uno de los médicos se acercó y señaló hacia mí.

—Macarena Banderas — dijo, con una voz que parecía tener cero interés en la vida — . Por favor, acompáñanos.

No sé si fue el miedo o la curiosidad lo que me hizo levantarme tan rápido, pero de repente estaba caminando detrás de él, dejando atrás al grupo y entrando en otro pasillo blanco que no terminaba nunca.

Cuando llegamos a la puerta, me detuve un segundo . E l médico giró la cabeza, como si estuviera impaciente por mi duda.

— ¿ Qué hay ahí dentro? —pregunté, intentando sonar casual, aunque mi corazón latía como un tambor desafinado.

— Respuestas — respondió, antes de abrir la puerta.

Y, aunque no tenía ni idea de qué respuestas iba a encontrar, entré . P orque si había algo que sabía sobre mí misma, era esto: siempre entraba, incluso cuando sabía que, tal vez, no debería.