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Aquel día, mientras esperaba mi siguiente sesión, me di cuenta de algo: no había relojes en el laboratorio . N i uno solo . T odo se manejaba por señales, por voces que decían cuándo comer, cuándo descansar, cuándo trabajar . E ra una forma sutil, pero efectiva, de control .
Cuando me llevaron a mi siguiente sesión, no entré a la sala con la misma confianza de siempre. Me acerqué a la silla mientras, inconscientemente, hacía girar con el pulgar el anillo en mi dedo... Ese obsequio que me habían dado al entrar. Por primera vez, sentí que algo no estaba bien
Los días seguían pasando, y mi mente no dejaba de dar vueltas .
C ada sesión en la silla, cada interacción c on la doctora , cada hora en ese laboratorio parecía diseñada para empujarme a un estado en el que ya no sabía qué era real y qué no .
R ecuerdo una noche en particular, mientras me tumbaba en la cama, mirando al techo blanco que siempre parecía más cercano de lo que realmente estaba .
P ensé en mi vida . E n mis investigaciones, en mi libro, en las personas que habían confiado en mí para contar sus historias, y luego pensé en lo lejos que estaba de todo eso ahora.
A la mañana siguiente, durante mi sesión, no pude contenerme más.
— ¿ Crees que las personas realmente pueden encontrar su propósito?
La doctora me miró, sorprendida por la pregunta.
—Es posible, pero no es fácil . A veces, encontrar tu propósito significa deshacerte de todo lo que creías que era cierto.
—¿Y si lo que descubres no es lo que esperabas?
S onrió, esa sonrisa suya que nunca sabía si era genuina o calculada.
—Eso es parte del viaje, Macarena . E l propósito no es algo que te den , es algo que construyes . A quí intentamos darte las herramientas para que lo hagas de la mejor manera posible.
Quería creerla . Q uería creer que todo esto tenía un sentido más profundo, que esas sesiones en la silla y el aislamiento del laboratorio eran pasos necesarios para llegar a algo más grande pero, cada vez que miraba el anillo en mi dedo,
no podía evitar preguntarme si lo que estaban construyendo era mi propósito o el suyo.
Mientras intentaba dormir, me hice una promesa: no iba a dejar que nadie más definiera mi propósito .
N o importaba lo qu e la doctora d ijera, ni lo que intentaran hacer con esas sesiones .
S i realmente estaba aquí para encontrarme a mí misma, tendría que empezar por descubrir qué estaba pasando realmente en ese lugar.
De repente, algo cambió . F ue como si una sombra cayera sobre el laboratorio, envolviéndolo todo en un silencio aún más opresivo de lo habitual .
N os reorganizaron a todos en varias salas, con órdenes estrictas de no salir bajo ninguna circunstancia .
N adie nos explicó el motivo, ni la doctora Fernández , con su calma habitual, se tomó la molestia de tranquilizarnos .
S implemente nos separaron y cerraron las puertas.
Al principio, pensé que se trataba de una medida temporal, algo relacionado con las pruebas o un nuevo protocolo .
P ero entonces los vi . L os supuestos médicos que solían moverse con una actitud tranquila y profesional, comenzaron a aparecer con mascarillas y trajes de cuerpo entero .
P arecían astronautas perdidos en una misión equivocada.
Esa imagen, tan surrealista, me llenó de inquietud.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué nadie decía nada?
Una mujer que estaba en la misma sala que yo, cuyo nombre nunca llegué a saber, empezó a hacer preguntas.
—¿Es esto parte del programa? ¿Por qué nos separan?
Nadie respondió.
Ella insistió, esta vez levantando la voz:
—¡Alguien tiene que decirnos qué está pasando!
Un hombre con mascarilla y traje completo se giró hacia ella, pero en lugar de responder, hizo un gesto a uno de los guardias que estaban cerca de la puerta . E n cuestión de segundos, la mujer fue escoltada fuera de la sala.
El silencio que quedó atrás fue ensordecedor . M ientras esperábamos, con los nervios a flor de piel, traté de entender la situación, ¿había algún tipo de emergencia? ¿ U n accidente en el laboratorio? P ero nada tenía sentido . S i fuera algo tan grave, ¿por qué no nos habían evacuado?
De repente, recordé algo que la doctora había dicho en una de nuestras sesiones:
—El verdadero cambio ocurre cuando las cosas parecen estar fuera de control . E s en ese caos donde encontramos nuestra verdadera esencia.
¿Era esto parte del experimento? ¿ U n intento de provocarnos para ver cómo reaccionamos ?
L a idea me parecía retorcida, incluso para ellos, pero tampoco podía descartarla.
Miré el anillo en mi dedo, que seguía brillando tenuemente con ese tono azul frío.
¿Estaban monitoreándonos incluso ahora? ¿ R egistrando nuestras emociones, nuestras reacciones, nuestros miedos?
Las horas pasaron . A lgunos comenzaron a murmurar entre ellos, pero nadie se atrevía a hablar en voz alta . F inalmente, la puerta se abrió y la doctora Fernández entró . N o llevaba traje pero s í mascarilla . S u expresión era más seria que nunca.
—Lamento la incertidumbre — dijo, con un tono firme pero tranquilo — . Estamos tomando precauciones para garantizar su seguridad . N o hay motivo para alarmarse, pero necesitamos que sigan nuestras instrucciones al pie de la letra.
Una parte de mí quería creerla, la otra sabía que algo mucho más grande estaba sucediendo, algo que no nos estaban contando.