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Si el pasillo que me llevó hasta la doctora parecía interminable, el lugar al que me llevó después era otra cosa completamente diferente .
T odo blanco : paredes, muebles, incluso los uniformes de las personas que se movían de un lado a otro como si fueran piezas de un mecanismo perfectamente engrasado.
Me sentía como si hubiera entrado en una especie de limbo tecnológico . T odo era tan aséptico, parecía tan perfectamente calculado, que empezaba a sospechar que hasta el aire estaba programado para ser exactamente como ellos querían.
—Este es nuestro núcleo operativo — explicó mientras caminábamos por el espacio —. Aquí es donde recopilamos y analizamos toda la información que recibimos de los participantes.
Nos detuvimos frente a una pared que parecía una pantalla gigante . La doctora hizo un gesto con la mano y, como por arte de magia, la pantalla se encendió mostrando gráficos, mapas y un montón de datos que no entendí pero que parecían impresionantes.
— Este es tu perfil.
Me acerqué y vi una figura humana en 3D girando lentamente . S upuestamente era yo, aunque la figura no tenía rostro ni detalles . A lrededor flotaban cifras y líneas de colores que se movían en tiempo real.
—Desde que te pusiste el anillo, ya estamos recopilando datos : tu ritmo cardíaco, tus niveles de oxígeno, incluso pequeños cambios en tu temperatura corporal.
—Vaya, espero que les guste lo que ven — dije medio en broma.
M e lanzó una mirada que no pude descifrar del todo.
—Lo importante no es si nos gusta, lo importante es lo que podemos aprender de ello.
Había algo en su tono, en la manera en que lo dijo, que me puso los pelos de punta .
Pasamos al siguiente espacio, una sala circular con paredes curvas que me recordaron a una película de ciencia ficción .
E n el centro había una silla . N o una silla normal, claro, era más como un trono futurista, con sensores y pantallas incrustadas en los reposabrazos.
—¿Qué es esto? —pregunté, mirándola.
—Es donde se realizan las sesiones de reprogramación . P ero no te preocupes, hoy solo será una demostración.
Eso no me tranquilizó en absoluto.
—¿Demostración?
A sintió y me hizo un gesto para que me sentara . D udé por un segundo, pero su mirada me dejó claro que no tenía opción. La silla era más cómoda de lo que parecía, pero eso no hacía que me sintiera menos expuesta.
—Relájate — dij o mientras activaba un panel frente a mí. Lo único que haremos hoy es mostrarte cómo funciona.
De repente, las pantallas de los reposabrazos se iluminaron, mostrando imágenes que cambiaban rápidamente: paisajes tranquilos, gráficos abstractos, palabras que aparecían y desaparecían demasiado rápido para leerlas.
—Esto es solo la primera fase — me explicó. El objetivo es entrenar a tu mente para que responda de manera más eficiente a ciertos estímulos . L a idea es que, con el tiempo, seas capaz de procesar emociones y decisiones con mayor claridad.
—¿Y eso funciona? —pregunté, tratando de no sonar demasiado escéptica.
La doctora me miró con esa sonrisa que empezaba a resultar inquietante .
—Eso depende de ti.
Mientras las imágenes seguían parpadeando en las pantallas de la silla, empecé a sentirme extrañamente hipnotizada . H abía algo en la forma en que cambiaban, en la mezcla de colores y sonidos, que hacía que mi mente se sintiera... liviana.
O bservaba desde un costado, con la mirada fija en los gráficos que se proyectaban en un monitor cercano.
— ¿ Qué sientes, Macarena? —preguntó, sin apartar la vista de la pantalla.
Cerré los ojos un momento, tratando de concentrarme.
—No sé — hice una pequeña pausa, tratando de encontrar las palabras que describen exactamente lo que notaba— . es como si mi cabeza estuviera más despejada, pero también siento un poco de... presión, como si alguien estuviera ordenando mis pensamientos.
A sintió lentamente, como si esperara exactamente esa respuesta.
—Es normal . T u mente está reaccionando a los estímulos, ajustándose . E s como abrir un dosier que llevaba años archivado y empezar a organizarlo.
Me incorporé ligeramente, incómoda con la idea de que algo, o alguien, pudiera estar "ajustando" mi mente sin que yo supiera cómo.
— ¿Y qué se pretende conseguir con esta reprogramación? —pregunté, tratando de mantener la calma
S e cruzó de brazos, adoptando su típico tono clínico.
—El objetivo es eliminar interferencias, pensamientos intrusivos, bloqueos emocionales, patrones inconscientes que te impiden alcanzar tu máximo potencial . Q ueremos que tu mente funcione de manera óptima, sin las distracciones que suelen limitar a la mayoría de las personas.
Eso sonaba bien en teoría, pero había algo que no terminaba de convencerme.
—¿Y qué pasa con las emociones? ¿No forman parte de lo que somos?
M e miró directamente, como si mi pregunta la hubiera tomado por sorpresa.
—Las emociones son importantes, pero deben estar bajo control . U na mente libre es una mente que entiende sus emociones y no se deja dominar por ellas.
Las palabras resonaron en mi cabeza: “una mente libre”, ¿era eso lo que buscaba? ¿ L ibertad mental? ¿ O simplemente quería recuperar la conexión con quien solía ser? Antes de que pudiera seguir reflexionando,apagó las pantallas de la silla y se acercó.
—Por hoy es suficiente, est o es solo el principio . L o que viste aquí es una introducción , las verdaderas sesiones serán mucho más profundas.
Me levanté de la silla, sintiéndome ligeramente mareada.
— ¿ Y qué pasa si no quiero hacer las sesiones? —pregunté, intentando sonar casual.
N o perdió la sonrisa, pero sus palabras fueron claras.
—Si no estás dispuesta a comprometerte, este no es el lugar para ti, Macarena. El proyecto libertad no es un programa que puedas hacer a medias . E s todo o nada.
Los días pasaban, y ahí estaba yo, interna en un laboratorio por mi propia voluntad .
Sin noticias del exterior, sin acceso a mi teléfono ni a nada que me conectara con el mundo real.
Era como si hubiera entrado en una burbuja donde el tiempo no funcionaba igual .
L as paredes blancas, las luces que nunca se apagaban del todo, los horarios estrictos...
todo parecía diseñado para hacerme olvidar que había una vida fuera de ese lugar.
La rutina era sencilla: pruebas, evaluaciones, sesiones en la silla de reprogramación y largos momentos de espera en los que no podía hacer otra cosa que pensar . P ensar en cómo había llegado hasta aquí, en si lo que estaba haciendo tenía sentido
Un día, durante una de las sesiones, me atreví a preguntar:
— ¿ P or qué no podemos comunicarnos con el exterior?
Ella, como siempre, respondió con esa calma exasperante que me hacía querer sacudirla.
—Macarena, estamos trabajando en algo muy delicado . Q ueremos que estés completamente enfocada en tu proceso, sin distracciones . E l mundo exterior puede esperar.
—¿Y qué pasa si no quiero que espere? ¿Qué pasa si necesito saber qué está pasando fuera de estas paredes?
S onrió, como si hubiera anticipado la pregunta.
—Lo que necesitas ahora es concentrarte en ti misma . C onfía en el proceso.
Confía en el proceso . E ra su respuesta para todo, como si esas cuatro palabras fueran una solución mágica que pudiera silenciar todas mis dudas . P ero no lo eran .
Los días se mezclaban unos con otros . P erdí la cuenta de cuántas veces me senté en esa silla, viendo pasar imágenes y escuchando sonidos que parecían diseñados para entrar directamente en mi subconsciente . A l principio no sentía nada, pero con el tiempo algo empezó a cambiar.
Mi mente estaba más despejada, sí, pero también más vacía .
E ra como si alguien estuviera eliminando partes de mí que yo ni siquiera sabía que estaban ahí.
C ada noche soñaba con cosas que no recordaba haber vivido: paisajes desconocidos, personas que no conocía, pero que en el sueño me resultaban familiares .
M e despertaba sudando, con la sensación de que algo importante se me estaba escapando.
—Es normal — me dijo cuando lo mencioné — . Tu mente está procesando las interferencias, pronto todo tendrá sentido.
« Pronto todo tendrá sentido » , otra frasecita más para añadir a la lista que empezaba a odiar.