Niebla mental Macarena
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Macarena

Me llamo Macarena Banderas, periodista por vocación y adicta a los desafíos imposibles por pura necesidad .

P orque, seamos honestos, si la vida fuera fácil, me aburriría soberanamente .

H e pasado los últimos años de mi vida tratando de entender este lío en el que nos hemos metido como sociedad, buscando respuestas en las esquinas más oscuras de la realidad, desde la política hasta la nutrición .

L o que nunca imaginé es que acabaría atrapada en medio de una crisis personal que casi me arruinaría.

Durante años, mi trabajo fue buscar la verdad en lugares donde nadie más quería mirar .

C orrupción política, escándalos empresariales, las cosas que todos sospechan pero nadie se atreve a decir en voz alta .

N o era un trabajo fácil, pero me encantaba .

L a adrenalina de descubrir algo oculto, de darle voz a quienes no la tienen, de poner la verdad sobre la mesa...

era lo que me mantenía despierta por las noches y lo que me hacía levantarme cada mañana.

Siempre me consideré buena en lo que hacía . T enía un instinto para las historias, un radar para detectar cuando algo no cuadraba . S i alguien me decía: “aquí no hay nada”, yo sabía que había algo y si alguien me decía: “mejor no te metas”, eso era como un mapa del tesoro para mí.

Vivía para mi trabajo . N o me importaba pasar horas frente a la pantalla revisando documentos o semanas siguiendo pistas que a veces no llevaban a ningún lado . S abía que el periodismo de verdad no era glamuroso, pero también sabía que era necesario.

Mis aficiones han cambiado tanto como mis prioridades en los últimos tiempos .

A ntes, disfrutaba de los pequeños placeres: una buena copa de vino, un viaje espontáneo a cualquier lugar que no figuraba en los mapas turísticos y, por qué no, una tarde de sofá y series de culto .

A hora, con todo el caos de los últimos años, esas cosas se sienten como recuerdos lejanos, casi como si pertenecieran a otra vida.

No siempre fui así . H ubo un tiempo en el que mi nombre aparecía en las portadas de las revistas más importantes del país .

N o como periodista, sino como escritora .

M i libro, un relato descarnado sobre la corrupción en las altas esferas políticas, se convirtió en el bestseller del año .

D urante meses, no podía caminar por la calle sin que alguien me reconociera.

— ¿ Eres Macarena Banderas ? — me decían, emocionados.

Asentía, sonriendo, fingiendo modestia mientras disfrutaba del momento.

— Tu libro me abrió los ojos . N unca había visto cosas así . G racias por escribirlo.

Esos comentarios eran mi combustible . L a sensación de que mi trabajo no solo era bueno, sino que también importaba . H abía logrado lo que pocos periodistas podían: contar una historia real que atrapara a la gente, que los hiciera cuestionar el mundo en el que vivían.

Pero el éxito es como un incendio: rápido, brillante y efímero . C uando las llamas se apagaron, me encontré en un lugar diferente . L a atención desapareció, y con ella, la adrenalina . P asé meses esperando que algo nuevo llenara ese vacío, pero no llegó nada.

No es que dejara de trabajar . S eguí investigando, escribiendo, sacando reportajes que, aunque buenos, no tenían el impacto que yo quería .

C ada vez que publicaba algo, esperaba que fuera el próximo gran descubrimiento, pero nunca lo era.

El cansancio, al principio, era solo una molestia .

P ensé que necesitaba unas vacaciones, un par de días para desconectar, pero los días se convirtieron en semanas, y luego en meses, y la fatiga no desapareció.

Después vinieron los lapsos de memoria .

D etalles que antes retenía con facilidad empezaron a escapar de mi mente como agua entre los dedos,para una periodista, eso es lo más parecido a un desastre.

Pero lo peor de todo fue la desconexión .

M iraba el mundo a mi alrededor y sentía como si ya no perteneciera a él .

L as historias que solían emocionarme ahora me dejaban indiferente, la gente con la que solía trabajar ya no me parecía cercana, sino figuras borrosas en un fondo que apenas podía distinguir .

I ntenté todo: médicos, terapias, incluso meditación .

N ada funcionó y cuanto más intentaba recuperar el control, más sentía que lo estaba perdiendo.