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Una noche más cogí la cámara y el micrófono y se hizo la magia:
— Bienvenidos de nuevo . H oy quiero hablarles de algo que escuché recientemente: lo importante no es lo que te pasa, sino cómo decides afrontarlo .
¿ S uena sencillo, verdad? B ueno, permítanme decirles que no lo es .
S i fuera fácil, yo no estaría aquí contándoles esto desde mi despacho con un micrófono que compré en una oferta de segunda mano.
Pero aquí está la clave: no necesitas que sea perfecto, solo necesitas empezar .
A unque sea un pequeño paso, aunque sea, no sé, elegir una manzana en lugar de ese snack ultra procesado que promete darte energía pero te deja más cansado que antes.
Hablé durante veinte minutos, alternando entre anécdotas del hospital y reflexiones personales . C uando terminé, sentí que el peso de la soledad se había reducido un poco más.
El impacto fue inmediato . A l día siguiente había más correos, más comentarios . U no me hizo reír tanto que casi escupo el café:
“ Doctor, gracias por hablar sobre la manzana . M e hizo sentir tan culpable que ahora tengo una en mi escritorio . C reo que me está juzgando,es como si te hubieras convertido en mi pepito grillo ”.
Pensé en responderle: No es la manzana, es tu conciencia , pero me limité a un simple: “ Bien hecho, tu cuerpo te lo agradecerá ”
Poco a poco, los podcasts dejaron de ser solo algo que hacía por las noches .
S e convirtieron en parte de mi rutina, casi como cepillarme los dientes o cuestionarme por qué sigo tomando el café del hospital .
E ra como si cada episodio me ayudara a soltar un poco de todo lo que me pesaba: el estrés, la culpa, la soledad.
Entonces ocurrió algo inesperado . E l hospital, ese lugar que había sido mi refugio después del coma, empezó a perder sentido . N o de golpe, claro . F ue como cuando llevas años usando la misma camisa y un día te das cuenta de que ya no te queda igual.
El primer aviso llegó un lunes por la mañana, en medio de una guardia interminable . E staba ajustando el oxígeno de un paciente cuando Ruiz, que nunca pierde la oportunidad de meter el dedo en la llaga, apareció detrás de mí.
— Miralles, ¿te has dado cuenta de que últimamente hablas más de ayunos que de pacientes?
Me giré, con la mascarilla puesta y las cejas levantadas.
— ¿Perdón?
—- Sí, lo digo en serio . H ace dos semanas, en el descanso, diste un discurso de cinco minutos sobre los beneficios de estar veinticuatro horas sin comer . E stoy seguro de que el paciente que atendimos después empezó a respirar mejor solo por escucharte.
Solté una carcajada, pero su comentario se quedó en mi cabeza .
R uiz tenía razón, aunque no quisiera admitirlo .
C ada vez que estaba en el hospital, sentía que una parte de mí estaba en otro lugar, pensando en los temas para el próximo episodio, en los mensajes que había recibido, en los cambios que estaba viendo en la gente que me escuchaba.
Por otro lado, los días que no grababa sentía que me faltaba algo . C omo si la conexión que había creado con los oyentes llenara un vacío que ni siquiera el hospital podía llenar.
La segunda señal llegó una noche en casa, mientras grababa un episodio sobre etiquetas engañosas en los alimentos . E staba explicando cómo algunos productos "light" son todo menos ligeros cuando me detuve a escucharme . H abía algo en mi voz que no reconocía … pasión.
Era un tono que hacía tiempo no usaba en el hospital . A llí, mi voz era mecánica, eficiente, diseñada para dar instrucciones y calmar pacientes . P ero aquí, frente al micrófono, mi voz estaba viva.
Apagué la grabadora y me quedé mirando la pantalla, sintiendo que había llegado a una encrucijada . E l momento de claridad llegó durante una conversación con Ruiz . F ue en uno de esos días en los que ambos parecíamos más cansados que de costumbre.
— Miralles, ¿te pasa algo?
— ¿Cómo qué?
— No sé . E stás aquí, pero no estás.
Suspiré, apoyándome en la mesa.
— Es complicado.
— Todo lo es . S uéltalo.
— No sé si esto es lo mío, Ruiz. E l hospital, digo.
É l levantó una ceja, sorprendido.
— ¿Desde cuándo?
— Desde que empecé con los podcasts . M e siento... más yo cuando grabo . E s como si pudiera conectar con la gente de una manera que aquí no puedo.
Ruiz se quedó en silencio por un momento, como si estuviera procesando lo que acababa de decir.
—- ¿Sabes? Siempre pensé que eras un poco raro, pero nunca creí que terminarías cambiando un estetoscopio por un micrófono.
— Todavía no he cambiado nada.
— Pero lo estás pensando.
No lo negué . R uiz suspiró, tomando un sorbo de café.
—- Mira, Miralles . L o importante es que hagas lo que te haga sentir vivo . S i crees que los podcasts son tu camino, entonces ve por ello. P ero hazlo bien, no a medias.
Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba . T enía razón, no podía seguir dividiendo mi energía entre dos mundos, era hora de tomar una decisión.
Esa frase de Ruiz, "haz lo que te haga sentir vivo", no dejaba de dar vueltas en mi cabeza . E ra como un eco, repitiéndose cada vez que intentaba concentrarme en otra cosa.
La rutina en el hospital seguía siendo frenética, pero cada día me sentía más desconectado de ella .
M i mente siempre estaba en otro lugar: pensando en los correos que había recibido, en los comentarios sobre cómo alguien había cambiado su vida gracias a un episodio, o incluso en las ideas que tenía para el siguiente.
Una noche, después de otro turno agotador, me senté frente al micrófono para grabar . H abía decidido hablar sobre algo más personal, sobre cómo encontrar equilibrio entre lo que haces y lo que amas.
— Bienvenidos de nuevo. Hoy quiero hablarles de algo que me ha estado rondando la cabeza últimamente: cómo combinar la razón con la pasión . P orque sí, sé que suena poético, pero a veces estas dos parecen pelearse como si fueran enemigas. Y la verdad es que no deberían, deberían ser mejores amigas.
Hice una pausa, dejando que las palabras resonaran incluso para mí mismo.
— Miren, todos tenemos algo que nos mueve, algo que nos hace vibrar .
Esa es la pasión . a la vez tenemos esa vocecita en la cabeza que nos dice: “¿estás seguro de que esto es buena idea?”
. Esa es la razón . L o complicado es hacer que trabajen juntas, porque si la razón te domina, nunca vas a arriesgarte, y si la pasión manda por completo …
bueno, puedes terminar viviendo en una carpa porque dejaste tu trabajo para criar alpacas en el desierto.
Me reí, y mientras lo hacía, me di cuenta de que estaba hablando conmigo mismo tanto como con los oyentes.
—El truco está en encontrar el equilibrio . D ejar que tu razón sea la mejor amiga de tu pasión . P orque cuando trabajan juntas, no hay nada que no puedas hacer . Y créanme, lo digo como alguien que está intentando averiguarlo ahora mismo.
Cuando terminé de grabar, me quedé en silencio, mirando el micrófono como si fuera a responderme. Sabía que había algo profundo en lo que acababa de decir, pero no estaba seguro de si estaba listo para aplicarlo a mi propia vida.