Niebla mental 6
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Aquella noche había sido bastante dura .

D emasiados casos de virus K19 , la gente se amotinaba en el hospital, y fue un turno de aquellos que est á s deseando que se termine y llegar a casa a desconectar .

A sí hice, cen é algo sencillo y rápido, lo más saludable que encontré por casa y me tumb é en el sofá a escuchar uno de esos po d cast que me levantaban el á nimo y me hac í a sentir mejor cada d í a .

S e había convertido en parte de mi rutina .

E n ese podcast hablaba un hombre al que yo nunca había escuchado, pero lo que decía era revelador, impactante .

S u voz tenía un tono cálido, casi familiar, como si me estuviera hablando directamente, aunque no le conociera .

U na voz de esas que reconocerías con los ojos cerrados.

Un señor lleno de energía que hablaba muy rápido, pero al que se le entendía perfectamente lo que decía y lo que transmitía .

Y de eso iba el po d cast, de transmitir …

— Lo más importante en la vida es que lo más importante sea lo más importante .

E ra una frase sencilla, casi obvia, pero en ese momento resonó en mí como un trueno .

H ablaba de cómo la actitud no suma, sino que multiplica .

L o cambia todo . D e cómo no se trata de esperar a que las cosas sean perfectas para empezar a moverte .

H ablaba de las pequeñas cosas, esas que siempre pasamos por alto pero que, en el fondo, son las que sostienen el edificio entero de nuestra vida .

S entí como si me estuviera describiendo .

L levaba semanas, meses, atrapado en una rutina donde lo único que hacía era reaccionar .

R eactivarme en el hospital y reaccionar ante los problemas de los pacientes, pero sin construir nada propio.

Cuando apagué el podcast, aquellas palabras marcaron un antes y un después .

N o sé cuánto tiempo pasé sentado ahí, mirando al vacío, pero cuando me levanté, tenía claro lo que iba a hacer .

M e acerqué al escritorio, abrí mi portátil y conecté el micrófono con una actitud que no había sentido en años.

— Si este hombre pudo cambiarme algo en veinte minutos, quizá yo también pueda hacer lo mismo por alguien.

Me reí para mí mismo, dándome cuenta de lo ridículo que sonaba. Presioné “grabar” y empecé.

— Hola, mi nombre es Daniel Miralles, y si estás escuchando esto, gracias . H oy quiero contarte una historia, pero antes de empezar, quiero compartir una frase que escuché hace poco: lo importante no es lo que te pasa, sino cómo decides afrontarlo.

Hablé durante quince minutos . N o era perfecto, pero no importaba .

P or primera vez en mucho tiempo sentí que estaba tomando el control de mi vida .

C uando terminé, subí el episodio . N o sabía quién lo escucharía, si es que alguien lo hacía, pero eso no era lo importante . L o importante era que había comenzado.

Subí el episodio y me quedé mirando la pantalla como si fuera a explotar en cualquier momento .

H abía algo aterrador en esa primera publicación .

E ra como lanzar una botella al océano y quedarte en la orilla, esperando que alguien la encontrara .

M e levanté del escritorio y fui a la cocina, porque, como todo buen médico, cuando no sabes qué hacer, buscas café .

M ientras la cafetera gorgoteaba , me imaginé las posibles reacciones:

​1. ​ “Este ti p o está loco, mejor que se quede en el hospital.”

​2. ​ “Qué pesado con lo de la comida real, déjame en paz con mi pan de molde.”

​3. ​ “Mira, no es monologuista, pero tiene su gracia.”

Esperaba que la mayoría cayera en la tercera opción, aunque con internet nunca se sab ía.

M e llevé el café al sofá, mirando de reojo el portátil cada dos minutos .

N o podía evitarlo, era como cuando haces un examen y esperas co n impaciencia la nota .

F inalmente, me forcé a distraerme, poniéndome un documental sobre el ciclo de vida de los cangrejos ermitaños .

Pasaron semanas,el podcast era como plantar semillas en un desierto: no sabía si algo iba a crecer, pero seguía regando con la esperanza de que, eventualmente, algo brotara . V amos, un momentazo.

Cada noche, después de un turno agotador en el hospital, me sentaba frente al portátil, grababa un episodio y lo subía . E ra parte de mi rutina, una especie de terapia personal que me mantenía enfocado y, de alguna manera, conectado con algo más grande que yo mismo.

El hospital seguía siendo un caos, pero ya había aprendido a navegar en él .

L a diferencia era que ahora, cuando llegaba a casa, sentía que tenía algo propio .

A lgo que estaba construyendo desde cero, aunque no tuviera idea de si alguien estaba al otro lado escuchando.

Por las mañanas, revisaba el correo y las estadísticas del podcast sin mucha esperanza .

R eproducciones mínimas, cero comentarios, pero no importaba .

E n algún punto, me había convencido de que esto no era solo para los demás, sino también para mí . Y entonces, una noche pasó.

Estaba cenando en el sofá —otra brillante creación culinaria de la sección de congelados— cuando decidí revisar el correo .

A l principio no lo vi . H abía un correo nuevo, pero mi cerebro lo registró como uno de esos anuncios de “Gana dinero desde casa en 3 simples pasos”. Lo abrí por inercia, y ahí estaba:

Asunto: Gracias, doctor .

El texto era breve, pero suficiente para hacerme olvidar la cena.

“ Hola, doctor Miralles. Quiero agradecerle por su podcast. Estaba pasando por un momento difícil, y escuchar sus palabras me dio ánimo . G racias por lo que hace ” .

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo cómo una mezcla de incredulidad y emoción me recorría el cuerpo. ¿Esto era real? ¿Alguien había escuchado y, más increíble aún, encontrado algo útil en mis desvaríos nocturnos?

Por primera vez en semanas, no terminé mi cena . M e levanté, di vueltas por el apartamento y terminé frente al micrófono, listo para grabar.

—Hola a todos. Bueno, “todos” probablemente sean unas tres personas, pero eso ya es un récord —m e reí, ajustando el micrófono — .

Hoy no tengo un tema específico, pero quiero empezar agradeciendo a alguien que me escribió un correo .

N o voy a decir su nombre porque, bueno, privacidad y esas cosas, pero quiero que sepas que tu mensaje m ejoró mi día.

L iteralmente, estaba a punto de resignarme a que solo me escuchaban mis vecinos por accidente, pero ahora sé que, al menos, alguien está ahí. Gracias.

Hablé durante media hora sobre cómo las pequeñas acciones pueden tener un impacto gigante .

N o era mi mejor episodio, pero fue sincero .

C uando terminé, subí el archivo y me senté frente al portátil con una sonrisa que no podía borrar .

L as semanas siguientes siguieron igual: hospital y podcasts, podcasts y hospital, pero algo había cambiado .

C ada correo, cada comentario, era como un pequeño empujón que me daba energía para seguir.

Una noche, mientras revisaba las estadísticas, vi algo que casi me hizo caer de la silla: mi primer oyente internacional.

— ¡México! —exclamé en voz alta, como si acabara de descubrir un continente nuevo.

Me imaginé a alguien en Ciudad de México escuchándome mientras desayunaba un café con unos tacos y frijoles, y la idea me hizo reír.

— Bueno, Miralles, parece que estás expandiendo fronteras,cuidado, que pronto te fichan para dar charlas TED — Ruiz, por supuesto, no perdió la oportunidad de burlarse cuando se enteró — . Así que ahora eres una estrella internacional. ¿Te vas a acordar de nosotros cuando estés firmando autógrafos?

— Primero tendría que aprender a escribir con estilo, Ruiz.

— Solo no te olvides de decir en tus podcasts que el café de aquí es tóxico, a ver si nos lo cambian.

La rutina seguía, pero ahora había algo más . A lgo que me hacía sentir que, aunque fuera desde mi pequeño rincón del mundo, estaba logrando conectar, y eso era suficiente para seguir adelante.

Cada día había m á s comentarios, y parece que estaba creando una comunidad.

“ Doctor Miralles, acabo de escuchar su podcast . E stoy pasando por un momento complicado, y escucharle me dio algo que no sentía desde hace tiempo: esperanza . G racias por lo que hace ” .

Me quedé mirando el correo como un idiota .

¿ E speranza? ¿ D e verdad algo tan simple como mi voz grabada podía tener ese impacto?

M e puse los zapatos aún pensando en ello, y casi salgo con dos calcetines distintos .

E n el hospital, intenté concentrarme en los pacientes, pero las palabras seguían rondando mi cabeza .

C uando terminé el turno, Ortega me alcanzó en la sala de descanso.

— Déjame decirte algo, Miralles: el café del hospital es un crimen contra la humanidad,no sé si estoy tomando alquitrán o un brebaje experimental para disolver metales.

— Ya es la segunda vez que me lo dicen, quizás va a haber que pensar en ir haciendo algo . Y a tengo suficiente con la porquería que me han metido en este cuerpo durante las últimas semanas — saqu é mi mejor sonrisa.

— Veo que sigues con tu encanto particular. ¿C ómo está todo ahí fuera? — me dijo ella sonriendo también.

— Caótico, pero ya sabes cómo es esto, siempre lo ha sido . S olo que ahora le ponen un nombre más apocalíptico: pandemia . T ú aquí durmiendo plácidamente y nosotros peleándonos con un virus invisible y un gobierno incapaz de organizar una partida de dominó.

— Bueno como te va con eso de los po d casts, no te estarás ilusionando demasiado con eso, ¿no? A ver si te vas a hacer famoso y nos vas a dejar aquí tirados con todo esto patas arriba — sonr ió forzadamente.

— ¿Yo?Pues no te digo yo que no lo he pensado, y así no salir de mi casa . Q uizás es en el único sitio en el que me siento seguro, y además ayudó a la gente — le devolví la sonrisa.

— Sí, porque parece que cada vez que alguien menciona tu nombre son todo halagos .

T ienes al hospital encandilado, quizás seas trending topic .

C ada semana lucháis por el número uno entre t ú y el virus K19 .

P arece que ahora s í que s í has vuelto, pero te digo una cosa: no te vuelvas a romper, ¿eh?

— Lo intentar é , pero no te prometo nada.

— Me has servido de mucho últimamente, he aprendido que a veces lo más importante no es el mensaje principal, sino lo que añades al final .

E se detalle que remata todo y te recuerda que aún puedes hacer algo, que siempre hay algo más por decir o por hacer .

L o mismo soy una de tus mejores seguidoras.

— Se me est á ocurriendo que más adelante si sigo con todo esto podría darle una vuelta a esto de los po d casts y hacer entrevistas . Tú podrías ser mi primera invitada — le lancé con una emoción quizás demasiado desmesurada.

— Pues me dejas sin palabras, la verdad .

T endr í a que valorarlo . L o que haces, además de ser valiente, es algo muy generoso, y más ahora que la gente nos necesita más allá de los hospitales .

N o sabes como te lo agradezco, este hospital es muy diferente desde que has vuelto, Daniel . E l mundo necesita más gente como t ú .

— Vaya, Ortega. Creo que acabo de descubrir que tienes corazón.

— No te acostumbres . Y si sobrevives a esto, te debo un café de verdad . P ero primero, ponte las pilas . H ay gente que te necesita, y no creo que sea para compartir este brebaje infernal.

— Claro que s í , jefa