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Me levanté como en un día normal de mi antigua vida .
D espués de una noche sin pegar ojo por el cúmulo de circunstancias, ya estaba listo.
Volví al hospital antes de que saliera el sol .
H abía olvidado cómo se sentía caminar por esos pasillos en medio del cambio de turnos, con las caras cansadas de los que salían y la resignación contenida de los que tenían que empezar.
L a energía era frenética, como un motor funcionando al límite.
Urgencias estaba llena, camillas alineadas en los pasillos, pacientes con mascarillas, médicos corriendo de un lado a otro … E l caos organizado típico de un hospital, pero amplificado por la presencia invisible del virus que lo consumía todo.
Cuando entré al área de personal Ortega estaba allí, con una tablet en la mano y un café en la otra.
— Puntual. Eso es un punto a tu favor —dijo sin mirarme—. T e asigné con Ruiz, es un veterano, sabrá mantenerte a raya si intentas algo estúpido.
— Entendido.
Ruiz era un hombre de unos cincuenta años, con una barba gris recortada y un porte tranquilo que contrastaba con el bullicio a su alrededor . M e miró de arriba abajo cuando Ortega me lo presentó.
— Así que este es el milagroso Miralles . C reí que eras un mito urbano.
— Pues aquí estoy —respondí, con una sonrisa tensa.
— Bien. No esperes tratamiento especial . V amos a trabajar, y si te retrasas te quedas atrás. ¿Entendido?
— Entendido.
Y así comenzó.
El primer caso fue un hombre de mediana edad con dificultad para respirar . Llevaba dos horas esperando en una camilla del pasillo, con un oxímetro que marcaba números alarmantes . Ruiz tomó el control de inmediato, revisando los signos vitales y haciendo preguntas rápidas.
— Saturación en 82% —dijo, pasándome el oxímetro— . N ecesitamos subirlo ya,Miralles, prepara oxígeno.
Mis manos temblaron al principio, pero los movimientos volvieron a ser automáticos después de los primeros segundos . M i cuerpo recordaba, aunque mi mente todavía se estaba adaptando.
— Bien, buen ritmo —comentó Ruiz, casi como si estuviera probándome .
El día continuó sin tregua : u na joven con fiebre alta y dolor en el pecho, una mujer mayor que había caído en casa y necesitaba una sutura, un hombre que no dejaba de toser y tenía miedo de que fuera algo más grave …
C ada caso era un rompecabezas, una urgencia que nos dejaba apenas un segundo para respirar antes de pasar al siguiente paciente.
En un momento, Ruiz se giró hacia mí mientras ajustaba el respirador de un paciente.
—- No estás tan oxidado como pensé.
—- Gracias, supongo.
— Pero no te confíes,el agotamiento viene rápido aquí.
No necesitaba que me lo dijera. S entía cada músculo de mi cuerpo gritar, cada movimiento era una pequeña victoria contra el cansancio . P ero no podía permitirme detenerme.
Casi al final del turno, llegó un caso que me marcó : u na madre trajo a su hija de cinco años con fiebre alta y dificultad para respirar . L a niña estaba pálida, apenas podía mantenerse despierta.
— Es el virus, ¿verdad? —preguntó la madre, con el miedo escrito en el rostro.
Ruiz me miró y asintió, dándome el espacio para manejarlo . M e arrodillé junto a la niña, intentando mantener la calma.
— Vamos a cuidarla, se lo prometo.
La pequeña tosió débilmente, su cuerpo apenas moviéndose bajo las mantas . L e tomé la mano y, en ese momento, algo se rompió dentro de mí . N o era solo un paciente más, era un recordatorio de por qué estaba allí, de lo que había venido a hacer.
Con Ruiz trabajando a mi lado, estabilizamos a la niña,la fiebre bajó y empezó a respirar con más facilidad . C uando la madre finalmente soltó un suspiro de alivio, sentí que algo dentro de mí volvía a encajar.
Cuando el reloj marcó el final del turno, mi cuerpo estaba destrozado, pero mi mente estaba más clara que nunca . Ruiz me dio una palmada en el hombro mientras nos quitamos las mascarillas en la sala de descanso.
—- No lo hiciste mal para ser tu primer día . T al vez no seas un mito después de todo .
S onreí, agotado pero satisfecho.
Salí del hospital . L a noche había caído y el aire frío me golpeó el rostro . M e detuve un momento, mirando las luces de la ciudad en la distancia . H abía sobrevivido . H abía hecho algo y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que había un propósito en todo esto.
Los días pasaban en una mezcla de agotamiento y propósito .
C ada turno en el hospital era una batalla, y cada paciente estabilizado era un pequeño triunfo .
M e sentía útil, vivo . H abía algo casi terapéutico en el caos de urgencias: no había tiempo para pensar demasiado, solo para actuar, para responder .
P ero entonces llegaba a casa. La diferencia era brutal, casi insoportable .
D el bullicio constante del hospital al silencio absoluto de mi apartamento .
C erraba la puerta detrás de mí y era como si el eco de mi propio vacío me recibiera .
N o había nadie esperándome, nadie con quien compartir las pequeñas victorias ni con quien descargar el peso de las derrotas.
Por las mañanas, cuando dejaba el hospital, solía imaginar que, al llegar a casa, encontraría a alguien esperándome .
U n rostro familiar, una conversación sencilla, una taza de café compartida .
P ero cada vez que abría la puerta, me encontraba con lo mismo: un espacio vacío que se sentía más grande de lo que realmente era.
Me preparaba algo rápido de comer, aunque muchas veces dejaba el plato a medio terminar .
E l cansancio me vencía antes de poder dar el último bocado .
M e tumbaba en el sofá, con la televisión encendida solo para romper el silencio .
P ero no importaba cuánto ruido pusiera, la soledad siempre encontraba la forma de colarse.
Por las noches, los pensamientos me atacaban con más fuerza .
M e imaginaba una vida diferente, una en la que Laura no hubiera decidido marcharse .
M e preguntaba cómo habría sido llegar a casa y ver a mi hijo correr hacia mí, con una sonrisa que borrara todo el agotamiento .
P ero esos pensamientos no duraban mucho, la realidad siempre volvía a imponerse.
Lo peor no era estar solo, lo peor era saber que esa soledad era ahora mi único refugio .
E n el hospital podía enfrentar cualquier cosa: el caos, la incertidumbre, incluso la muerte .
P ero aquí, en este espacio vacío, no había nadie contra quien luchar .
S olo yo, mis pensamientos, y ese eterno silencio.
Me aferraba a los recuerdos de los pacientes, a las pequeñas cosas que hacían que todo valiera la pena: una madre agradecida, una vida salvada, un colega que me daba una palmada en la espalda al final del turno .
P ero cuando estaba aquí, en casa, todo eso se sentía tan lejano que parecía pertenecer a otra vida.
La soledad tiene una forma de amplificar todo lo que intentas ignorar .
T e recuerda lo que perdiste, lo que no tienes, lo que probablemente nunca tendrás .
S in embargo, cada mañana me levantaba, me ponía el uniforme y volvía al hospital .
P orque, aunque no tenía a nadie esperándome en casa, había muchas personas allá afuera que necesitaban algo que yo podía darles.
No podía seguir así . L legar a casa, desplomarme en el sofá y dejar que el silencio me aplastara noche tras noche.
S abía que el trabajo en el hospital era lo único que me mantenía a flote, pero algo faltaba .
A lgo que me hiciera sentir que mi vida no era solo turnos interminables y paredes vacías.
Poco a poco, intentaba mantenerme ocupado en casa . N o era fácil, los días se alargaban y el silencio se hacía pesado, como un invitado incómodo al que no sabes cómo echar . F ue entonces cuando descubrí los podcasts.
Al principio, solo los escuchaba por compañía . M e gustaba la idea de tener una voz en el fondo, alguien hablando de cualquier cosa mientras intentaba no perderme en mis pensamientos . P ero pronto se convirtieron en algo más.
Había quienes decían tener un plan, otros hablaban de un “proyecto salvaje” que cambiaría todo .
T ambién estaban los que se declaraban orgullosamente ser conspiranoicos .
O tro que me gustaba mucho hablaba de que las personas somos bombillas y transmitimos cómo nos sentimos .
L o curioso era que, aunque cada uno tenía su enfoque, todos ellos aportaban algo .
A l menos, a mí me llegó en el mejor momento, posiblemente fue lo que me hizo cambiar el chip poco a poco.
Me fascinaba la pasión con la que hablaban . P odían estar explicando cómo hacer para llevar una vida saludable o desenmascarando a las grandes farmacéuticas, pero siempre había un fuego en sus palabras, un propósito. Y eso, más que los temas en sí, era lo que me enganchaba.
Era como si cada episodio me diera algo que no sabía que necesitaba: perspectiva.Algunos días, aprendía datos curiosos que podía soltar en conversaciones para parecer más interesante . O tros, encontraba ideas que me hacían replantearme cosas que daba por sentadas.
Y de vez en cuando, había un episodio que parecía hablarme directamente, como si el anfitrión hubiera leído mi mente.
— El mundo puede ser un caos, pero siempre puedes encontrar algo de orden en medio de todo eso.
Esa frase se quedó conmigo durante días . P orque sí, mi vida era un caos, pero escuchar esos podcasts, uno tras otro, me hacía sentir que, de alguna manera, podía encontrar mi propio orden.
Con el tiempo, los podcasts dejaron de ser solo una distracción y se convirtieron en algo esencial .
E ran mi pequeño refugio, una forma de salir de mi mente y, al mismo tiempo, de llenarla con algo que valía la pena .
C ada episodio era como una conversación pendiente, una idea que no había considerado o una chispa que encendía algo en mi interior.
Algunos días me sumergía en teorías sobre cómo el sistema nos manipula, y otros escuchaba historias de superación personal que me hacían reflexionar sobre mi propia vida . E ra fascinante cómo, sin importar el tema, siempre encontraba algo que resonaba conmigo.
Dos veces a la semana, decidí que era hora de mover el cuerpo además de la mente. Salía a correr por el parque, un lugar donde los árboles parecían susurrar que todo estaría bien . M e ponía los auriculares y, aunque a veces comenzaba con un podcast, siempre terminaba escuchando a Teddy Swims.
Había algo en su voz, en esa mezcla perfecta de soul y emoción cruda, que hacía que cada zancada fuera un poco más ligera .
C anciones como "Bed on Fire" o "Simple Things" se convirtieron en mi banda sonora y, aunque mi ritmo era más de trotar sin morir que de correr con estilo, él hacía que pareciera un gran logro.
Teddy no solo era mi aliado en las carreras, sino también una especie de terapeuta musical .
E ntre sus canciones y los podcasts, esos días en los que todo parecía cuesta arriba se volvieron más llevaderos.
Volvía a casa después de correr, con el sudor pegado a mi frente y los auriculares aún puestos, y me sentía diferente . N o mejor, exactamente, pero más conectado . M ás consciente de que, aunque no podía cambiar el pasado, sí podía seguir avanzando.
Entre los podcasts, las canciones de Teddy Swims y mis intentos de no parecer un completo desastre corriendo, algo empezó a cambiar. Me di cuenta de que estaba buscando algo más que distraerme : estaba intentando construir una nueva rutina, algo que me diera estabilidad en medio del caos.