Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 41 #3
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CAPÍTULO 41 #3

—Tu madre ha hecho lo que tenía que hacer por ti. —C arraspeo, jadeo, tos— . Ahora tú vas a hacer... lo que tienes que hacer... por tu bebé.

—Mi madre me odia.

—Ninguna madre odia a su hija, Evie. Es solo que no nos entendemos unas a otras. —La arrastro por el pasillo. Hablo sin parar porque necesito que se mueva, y rápido. No quiero que mire atrás. No quiero que vea la columna de llamas que acaba de descubrir que hay una ventana abierta más arriba.

No quiero que se dé cuenta de que, si su madre se ha metido ahí dentro..., no hay nada que Evie o yo podamos hacer por ella.

—Deberías conocer a... mi madre —le digo con voz ronca.

No podemos subir. El vientre de Evie le impedirá entrar por esa ventana.

Por lo que solo nos queda la salida del segundo piso.

Debe estar en una de las habitaciones al final del pasillo.

Una cosa es estudiar una casa desde fuera, y otra muy distinta es ubicarse dentro de un abismo de humo y mantener el sentido de la orientación.

—Te adoraría —continúo.

Veo una puerta a mi derecha. La abro. Descubro un armario para la ropa blanca. Seguimos adelante.

—Mi madre es granjera. —Me ajusto la capucha sobre la boca. El humo es espeso, asfixiante, punzante—. Lo que más le gusta... es cuidar de una hija que se mete en problemas constantemente..., la pesadilla de su existencia. Tú... Ella podría alimentarte. A mí... Lo siento, pero no.

Otra puerta. Por favor, que sea esta, porque ahora oigo un rugido. Ese sonido no augura nada bueno. Los ojos me lloran tanto que apenas puedo ver. Y la presión en los pulmones...

Me tambaleo, caigo.

Oxígeno. El avaricioso fuego ha consumido todo el oxígeno. Creemos que tenemos aire, pero no es así.

Evie tira de mí. Todavía lleva la toalla mojada alrededor de la cabeza. Qué chica tan lista.

Me pregunto qué se siente al estar embarazada. Tener un bebé del que cuidar. Una vida que construir en lugar de mi misión diaria de destrucción.

Creo que voy a desmayarme.

Ella me da una bofetada. Una bofetada de verdad. Balbuceo. Intento levantarme. Parece que no puedo.

—Escalera de incendios —logro decir—. Última habitación. Ventana.

Ella asiente. Luego, mira hacia arriba, por encima de mi hombro, y veo cómo el miedo agranda sus ojos.

Ya viene, viene a por las dos. Pero ella aún puede lograrlo.

Creo que a mi madre le caerá muy bien.

Serán felices juntas.

Se ha ido. No la veo marcharse, pero siento su ausencia. No pasa nada. Porque ahora el calor es intenso. Como un amante, lamiéndome la cara.

Creo que oigo risas. Y sé quién está en esas llamas. Jacob. Atravesando el fuego del mismísimo infierno. Disfrutando como nunca antes. Siempre le gustó el dolor y el sufrimiento.

Es precisamente eso lo que me da fuerzas para arrastrarme de nuevo.

Porque sé en lo más profundo de mi corazón que todo el bien que he hecho en los últimos seis años no es suficiente.

La verdadera razón por la que no duermo ni como es porque esas llamas del infierno también me esperan a mí.

Algún día, me reuniré con Jacob allí. Tal y como él me prometió.

Pero aún no. Hoy no.

Aire fresco. Lo siento, me lleno los pulmones. Evie ha abierto la ventana. Ha encontrado la salida de incendios. Ella y su bebé lo van a conseguir.

De repente, tengo una terrible premonición de lo que va a pasar a continuación, cuando el aire fresco encuentre esas llamas.

Me tiro al suelo, cubriéndome la cabeza con las manos como si eso fuera a servir de algo. Justo en ese momento, algo ancho y húmedo me golpea los brazos.

—Corre —grita Evie con voz ronca delante de mí—. ¡Maldita sea, muévete!

Ella tropieza en dirección a la ventana más lejana. Me levanto y avanzo con torpeza. El rugido, el rugido, el rugido. El calor abrasador contra mi espalda.

Ella se lanza desmañadamente por la ventana. Creo que está gritando. Creo que yo también estoy gritando. Pero lo único que oigo es el aullido del fuego que se propaga.

Me lanzo hacia la abertura y caigo contra el marco.

Entonces, una mano lo atraviesa, me agarra la muñeca y tira con fuerza.

—¡No vas a morirte, joder! —gruñe D. D. Warren mientras me arrastra a través de la ventana.

El cristal superior se hace añicos. Caemos de bruces contra la plataforma metálica mientras un brazo de fuego nos pasa por encima y un chorro de agua sorprendentemente fría nos salpica desde abajo, aplastándome el pelo hacia atrás. Bomberos al rescate.

Estoy agarrada a D. D. O tal vez sea ella la que me agarra a mí.

Creo que ahora las dos estamos riendo.

Eso significa que las dos estamos locas.

—¿Evie? —logro preguntar.

—Está con Phil.

No digo nada más. Esperamos a que los bomberos aplaquen las llamas lo suficiente como para poder deslizarnos hasta el suelo. Luego nos quedamos tiradas en un charco durante un buen rato.

Miro al cielo. Pienso en tantas cosas. Jacob, enviado de vuelta al infierno del que vino. Keith, que quizá sea más peligroso de lo que pensaba, pero por razones completamente diferentes.

Evie. La maternidad. Las madres.

Tomo una decisión. Luego cierro los ojos, porque estoy demasiado agotada para seguir pensando.

Jacob vuelve a reír. Pero, esta vez, dejo que se vaya.