CAPÍTULO 41 #2
—Pero, cuando Evie le contó la verdad a la policía, tú también empezaste a pensar en ese día de nuevo.
Si Earl no se suicidó, solo había dos soluciones lógicas: el sicario vino a tu casa, tal vez para verte a ti, y se había enfrentado con Earl.
O fue la otra persona que sabía todo lo que estaba pasando.
Es decir, yo. De esas dos opciones, ¿a quién crees que ibas a acusar primero?
—Mataste a tu mejor amigo —espeta mi madre finalmente—. ¡Él te quería!
—Contrataste a un sicario para eliminar a la competencia. ¡Y él seguía queriéndote a pesar de ello!
—¡Iba a dejarme!
—¡No! Deberías haber tenido paciencia, Joyce. Por el amor de Dios, no ibas a perderlo.
—No. Tú me lo quitaste.
De repente, mi madre me aprieta la mano con más fuerza. Pero esta vez no tira de mí. Me empuja hacia atrás. Tropiezo y caigo en el quicio de la puerta abierta del baño. Justo en ese momento, mi madre, con su cabello platino y sus perlas, agacha la cabeza y se lanza al ataque.
Se abalanza directamente sobre Delaney, su pistola, el humo negro.
—¡Corre, Evie, corre! —grita mi madre.
Entonces ella y Delaney desaparecen entre las llamas.
Si pasas suficiente tiempo persiguiendo a un perro para recuperar tu preciada bota negra, empiezas a pensar como un perro. Si el resto del tiempo lo dedicas a perseguir a delincuentes, aprendes a pensar como un delincuente.
Rocket estaba saltando la valla de madera que separaba las dos calles. D. D. lo sabía. Contaba con su juventud y su capacidad atlética para sortear aquel obstáculo y dejar atrás a su perseguidora.
D. D. no iba a alcanzarlo antes de que llegara a la valla. Tampoco iba a saltar ninguna estructura de madera de cierta elevación en un futuro próximo. Puede que diez años atrás lo hubiera conseguido, pero en ese instante hasta ella misma sabía que no había ninguna posibilidad.
Lo que podía hacer era empujarlo, solo lo justo. Saltar requería sincronización, equilibrio y un impulso adecuados. Rocket sabía cómo iniciar un incendio; D. D. sabía cómo derribar a la gente.
Una última aceleración por su parte. Sus pulmones no lo agradecieron.
Tomó nota mental y se propuso retomar las carreras matutinas, aunque nevara, hiciera frío y odiara el invierno.
El sonido de un vehículo más adelante. Rocket lo oyó en el mismo instante que ella.
Jugó su carta: se cruzó imprudentemente delante del coche, suponiendo que frenaría en seco o, mejor aún, que se desviaría y atropellaría a D. D.
D. D. sonrió.
Phil giró a la derecha interponiéndose en la trayectoria de Rocket, y el chico se estrelló contra el lateral del capó. Entonces D. D. se abalanzó sobre él y le tiró de ambos brazos hacia atrás mientras Phil salía disparado del coche y, con el arma desenfundada, la cubría.
—Como en los viejos tiempos —jadeó mientras esposaba a su presa.
Ahora que desempeñaba un puesto administrativo, llevaba tiempo sin detener a nadie. La euforia la invadió, aunque no pudiera recuperar el aliento y estuviera a punto de arruinar el momento vomitando.
—Lo que sea por mi compañera.
«¿Qué Carol ni Carol?», pensó D. D. Ella y Phil se sonrieron. Entonces la atención de ambos se centró en Rocket, bocabajo contra el capó.
—¿Quién te ha contratado? —exigió saber D. D.
—Tía, no sé de qué estás hablando...
—Sí que lo sabes. Y, si no quieres que te colguemos después del espectáculo de fuego artificiales de hoy, será mejor que empieces a hablar.
—No sé su nombre —respondió Rocket evasivamente.
—Claro que lo sabes —se inclinó hacia él—. Lo sabemos, Rocket. Lo sabemos todo. Ahora la pregunta es: ¿quién cerrará el trato primero? ¿Tú o el abogado que te ha engañado desde el principio y que no dudará en dejarte tirado? Habla.
Rocket abrió mucho los ojos.
—¿Sabéis lo del señor Delaney?
—¿El señor Delaney? Qué interesante. Sigue hablando.
Rocket lo hizo. Les contó lo del incendio de la escena del crimen, y que el abogado había desactivado su propio sistema de seguridad para que Rocket pudiera acceder a la casa.
A continuación, habló sobre los incendios de Harvard Square, que solo eran una distracción para que todo el mundo centrara allí su atención.
De esa forma, consiguieron dejar expuesto su verdadero objetivo: una casa colonial de la hostia en Cambridge.
—Esas casas antiguas —dijo Rocket con un brillo en los ojos— arden que da gusto.
Phil y D. D. intercambiaron una mirada. Las sirenas se escuchaban en la distancia.
—Flora ya está allí —dijo D. D.
Phil no necesitó más explicaciones. Metió a Rocket en la parte trasera del coche y se dirigieron hacia el incendio.
Llego a la segunda plataforma de la escalera de incendios sin demasiado esfuerzo.
El metal ya se está calentando debido a las llamas del interior de la casa.
El humo sale por las ventanas que hay debajo de mí y puedo oler el aroma a grasa, como aquella noche en la que Rocket y yo tiramos botellas de aceite vegetal al bidón de fuego.
En este nivel, la escalera de incendios conduce a una vieja ventana de doble hoja. La vecina ha mencionado que ha visto a alguien en el baño del segundo piso. Estoy tentada de romper un cristal, descorrer el pestillo de la ventana y abrirla. Pero en el último momento dudo.
No soy una experta, pero sé que al fuego le gusta el oxígeno. Si abro la ventana de golpe dejando entrar una gran cantidad de aire fresco en el infierno de ahí dentro, estoy segura de que pasará algo malo.
No sé si es la mejor idea o la peor, pero sigo subiendo. Tercer nivel de la escalera de incendios. Una ventana mucho más pequeña. Es muy estrecha, pero no supone ningún problema para una mujer cuyo nivel de ansiedad la mantiene en un estado de extrema delgadez.
Tengo cierta experiencia rompiendo ventanas.
Por un momento, pienso en otra ocasión, otro lugar, otra chica muriendo ante mis ojos mientras intento desesperadamente sacarnos a las dos de una casa.
Luego lo expulso de mi mente. El codo es tu mejor herramienta.
Si eres una mujer que se encuentra una situación de combate cuerpo a cuerpo, el codo es mejor que el puño, siempre.
Por no hablar de lo que puedes hacer con la rodilla o el talón.
Aparto la cabeza y confío en que mi grueso abrigo me proteja mientras golpeo con el codo el centro del cristal.
El vidrio cae como lluvia. Rápidamente, me quito el abrigo, me lo envuelvo alrededor de los antebrazos y limpio los restos de vidrios del marco de la ventana.
Luego, por si acaso, coloco el abrigo sobre el alféizar mientras me deslizo de cabeza por el estrecho agujero.
Aterrizo con un golpe sordo. No hago una elegante voltereta, sino que caigo de culo. Pero estoy dentro. El humo me hace toser al instante.
Perfecto, ahora solo tengo que bajar un piso, encontrar a Evie, a su madre o a quien sea. Ah, y tener cuidado con el abogado homicida. Me digo a mí misma que he estado en situaciones peores. Pero el fuego sigue inquietándome. Rocket Langley tiene razón: las llamas tienen una magia asesina única.
La puerta de la habitación está cerrada. Tengo un vago recuerdo de los simulacros de incendio de cuando era niña. Primero debo tocarla con el dorso de la mano antes de abrirla. Está caliente, pero no quema. Me sitúo detrás y la abro de un tirón.
No hay nada. Pero debajo de mí oigo un sonido siniestro. Una especie de risa espeluznante, como la de una bruja, o como lenguas de fuego que, al sentir la reciente inyección de oxígeno, cambian de rumbo con avidez.
Rápido. Pase lo que pase a continuación, más vale que sea rápido. El fuego me dará una única oportunidad. Luego subirá estas escaleras de una forma u otra. Tendré que salir primero con quienquiera que encuentre, o no saldré.
«Si sobrevivo a esto — pienso—, debería llamar a mi madre».
Bajo las escaleras, manteniendo la cabeza gacha mientras el humo se acumula.
Ni siquiera he llegado al final y ya me pican los ojos; el humo me oprime el pecho con un peso aplastante.
Me quito la sudadera y me la ato alrededor de la boca y la nariz, aunque no estoy segura de que eso sirva de algo.
Justo cuando llego al segundo piso, oigo una tos que no es la mía.
Acelero el paso, pero recuerdo lo que ha dicho D. D.: si Dick Delaney está en esta casa, supone una amenaza tan grande como el fuego.
Entonces, antes de que pueda moverme, una persona emerge de entre el humo al final del pasillo y casi choca contra mí. Está llorando y tosiendo, y... mojada. Toallas mojadas. Sobre su cabeza y sus hombros.
—¿Evie? —pregunto.
—Mi madre —jadea con dificultad—. Ha ido tras él. Creo que lo ha empujado por las escaleras.
—¿Tu abogado?
—Mató a mi padre. Mató a mi marido. Por favor —tose —, encuentra a mi madre.
—De acuerdo, vamos a sacarte —breve pausa, esta vez me toca a mí toser— de aquí...
—¡Mi madre!
—¡Evie! Escúchame. ¡ Tú eres madre!
Mi afirmación la alarma. De inmediato, sus manos caen sobre su vientre, y me doy cuenta de que, con todo lo que está pasando, se había olvidado de su embarazo.