Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

EVIE, D. D. Y FLORA

No soy capaz de hablar. A mi lado, mi madre permanece completamente inmóvil.

El señor Delaney atraviesa el humo en dirección a nosotras. Ahora me doy cuenta de que lleva una pistola. Mis ojos me han engañado, mostrándome el pasado cuando debería estar concentrada en el presente. No estoy segura de qué tipo de arma tiene, pero su agarre es firme y su puntería, certera.

—No deberías estar aquí —me dice con voz tensa y ronca por el humo—. Has dicho que tenías una reunión.

—He terminado antes.

Mi voz me suena extraña. Demasiado normal.

Demasiado educada. Como si fuera una conversación cualquiera de las tantas que hemos tenido.

Como si no estuviéramos en medio de una conflagración; como si sus palabras no revelaran que, si bien yo no debería estar aquí, él daba por hecho que mi madre sí estaría.

—Mataste a mi padre —le digo.

Ahora me queda claro. La forma en la que sostiene el arma, la forma en la que se mueve por la casa como si fuera suya...

¿Cómo no me di cuenta antes? Aquel día no vi a nadie salir de la casa ni correr por la acera, razones de más para pensar que mi padre se había disparado a sí mismo.

Pero había otra opción: el tirador jamás salió de la casa.

Quizá Dick Delaney vio nuestro coche llegar y se trasladó a la parte delantera de la vivienda, o puede que subiera las escaleras.

Conocía muy bien nuestra casa, era el amigo más íntimo y querido de mis padres.

Podría haberse limpiado en uno de los baños de arriba mientras mi madre gritaba y yo lloraba.

Luego, una vez que mi madre lo llamó, podría haber aprovechado el caos de la situación para salir por la puerta principal y volver a entrar por la puerta lateral.

Ninguna de las dos prestaba atención a esas cosas.

Pero ahora... Ahora lo veo todo.

—Mi madre te contó lo que hizo. Me lo ha dicho.

Delaney frunce el ceño. Parece agitado, pero agarra el arma con firmeza. El humo se acumula a nuestro alrededor, el fuego está cada vez más cerca. Se me ocurre que él puede tener una pistola, pero mamá y yo tenemos toallas mojadas. Al fuego no le importan las balas, pero odia mojarse.

—Siempre fuiste impetuosa —le espeta ahora a mi madre.

Ella sigue a mi lado, rígida. Está pensando en algo, pero no sé en qué.

—No puedes cancelar un encargo así como así —dice Delaney con impaciencia—. Dios mío, solo tú serías tan estúpida como para mandar asesinar a alguien y creer de veras que podías cambiar de opinión. Las cosas no funcionan así con esta gente.

—Tú eras uno de ellos —añado ahora, dando voz a mis sospechas—. Por eso sabías a quién llamar. Eras uno de ellos.

—Hice todo lo que pude —dice Delaney lacónicamente—.

Incluso pagué los malditos costes. Cuando tu madre entró en razón, le dije al hombre que era por las molestias y que lo mejor era que lo dejara.

Pero vi la mirada en sus ojos. Los asesinos a sueldo no abandonan así como así sus encargos.

De hecho, esa tarde vine aquí para advertir a tu padre.

—Delaney mira a mi madre—. ¿Querías matar a su amante?

Por Dios, siempre fuiste una dramática, pero eso fue una locura.

Eras inestable. Intenté decírselo, porque todos sabíamos que no ibas a cambiar.

—Delaney vuelve a mirar con dureza a mi madre—.

¿Y qué pasaría con la próxima amante? ¿O la siguiente?

Ahora su mirada pasa a ser de furia.

—¿Intentaste advertir a mi padre? —pregunto, empezando a retroceder poco a poco, alejándome de él, alejándome del fuego.

—Estaba limpiando su escopeta. Dijo que Joyce ya se lo había confesado todo.

Estaba arrepentido y esperaba que se pudiera llegar a algún tipo de solución razonable.

Intenté explicarle la gravedad de la situación; que no se puede contratar a un asesino y cambiar de idea de un momento a otro, que una cosa era que Joyce fuera posesiva y otra muy distinta que matara a gente.

Dios mío... —Delaney se detiene. Tose con dificultad.

Echo un vistazo rápido a su pistola, que sigue apuntando al pecho de mi madre.

—¿No te creyó? —pregunto. Porque yo tampoco lo entiendo. Mi padre era un hombre muy racional. Y no había nada racional en una mujer que intentaba resolver las disputas matrimoniales mediante asesinos a sueldo.

Por primera vez, el señor Delaney me mira a mí. Lo que dice a continuación cae como un mazazo: —Me acusó de estar celoso.

En ese momento, lo comprendo. El señor Delaney y su estrecha relación con mi padre. Pero siempre como amigo, como alguien ajeno que mira desde fuera, porque mi padre tenía a mi madre, además de a otras tantas mujeres.

—Él sabía lo que sentías por él. Lo que de verdad sentías por él —le digo. Siento lástima por este hombre y lo mucho que tuvo que sufrir.

—Él lo veía todo —murmura el señor Delaney con rudeza, lo cual es respuesta suficiente.

—Tú lo amabas.

—¡No importaba! Él la tenía a ella. ¡Para tu padre, todo se reducía a ella!

—Apunta con la pistola al pecho de mi madre—.

Tanto es así que, incluso cuando las acciones de tu madre se convirtieron en una amenaza para él, para su reputación, para su propia amante...

, por el amor de Dios, incluso cuando yo, su mejor amigo, intenté advertirle de que su volátil matrimonio acabaría mal, él no me escuchó. Se rio. Él... Él...

—Te rechazó.

Lo veo con claridad. Mi padre podía ser arrogante, no quiso escuchar que su relación con su mujer podía estar en problemas.

Le resultó más fácil atacar al mensajero.

Desestimar una advertencia legítima atribuyéndola a los delirios celosos de un amigo que siempre había sentido algo más que amistad por él.

Y Delaney acudió a él de buena fe para advertirle de algo en lo que era experto...

Delaney siempre quiso mi padre. Desde el respeto, desde la distancia, y todo para que su mejor amigo se volviera contra él.

Puedo verlo. Puedo verlo todo. Y me duele mucho.

—Cogí la escopeta —dice ahora Delaney, como si estuviera viendo las imágenes de mi mente—. En el último momento, Earl se dio cuenta de lo que iba a hacer. Forcejeamos. Se disparó. —La voz de Delaney se quiebra.

Él y yo sabemos bien que una escopeta no se «dispara» sin más. Hay que bombearla. Hay que apretar el gatillo. Contra el torso de su mejor amigo.

—Él cayó al suelo. Y oí un coche. El vuestro.

—Mira a mi madre—. Limpié la escopeta. Me quité los zapatos y salí de puntillas de la cocina.

Arriba, en el baño de Earl, me lavé el pelo, las manos y la cara.

Luego me quité la ropa ensangrentada y la escondí para recogerla más tarde.

Me volví a vestir con prendas del armario de Earl. Tú ni siquiera te diste cuenta.

Mi madre sigue sin hablar ni moverse. Pero ahora siento una sutil presión de su mano que me atrae hacia ella. Por un momento, me resisto. Necesito saber el resto de la historia.

—Entonces yo confesé que le había disparado y tú quedaste libre —añado ahora.

—Pensé que lo sabías. —Delaney mira a mi madre—.

Pensé que lo sabías y que le ordenaste a Evie que confesara para protegerme.

Esperaba que vinieras a por mí, que me pidieras algo a cambio.

Pero nunca lo hiciste. Hasta que, un día, me di cuenta de que mi mejor amigo estaba muerto.

—Delaney respira hondo, temblando, y vuelve a toser por el humo que se espesa rápidamente—. Y salí impune.

—¿Y Conrad? —susurro, porque esta historia tiene más secretos; ahora lo sé. Más cosas que no quiero oír, pero que debo saber. Me aprieto la toalla húmeda contra los labios y la nariz. Siento cómo aumenta el calor. El fuego se acerca.

De hecho, eso es lo que espero.

—Estás en la dark web , ¿verdad? —me oigo decir—. Un hombre con tu experiencia, con tus contactos. ¿A qué te dedicas? ¿Diriges un sitio web, un foro o algo así?

—Incluso en Internet, se necesitan conexiones personales que den fe de ciertos profesionales, por así decirlo. —El señor Delaney se encoge de hombros, como si acabara de decir la obviedad más grande del mundo.

Quizá para él lo sea. Quizá para mi marido, después de tantos años en Internet, de tantas identidades falsas, también lo fuera. Creo que sé demasiado y, sin embargo, sigo sintiendo que no sé nada.

—Conrad te descubrió —me atrevo a decir—. Encontró algo navegando por la dark web.

—Irónicamente, presentó una queja contra un sicario en particular. Cuando fui a mediar..., me di cuenta por el correo electrónico de Conrad de quién la había enviado. Entonces supe que era solo cuestión de tiempo que Conrad descubriera también mi papel como administrador.

Me quedo mirándolo. Ya no me importa el humo que me perfora los ojos, la intensidad de las llamas que se acercan, la sensación de mi madre tirando de mi mano.

—Cuéntamelo —le ordeno, con una voz tan grave que apenas la reconozco—. Quiero oírlo. Directamente de ti. Cuéntame exactamente cómo mataste a mi marido.

—No tuve otra opción...

—¡Cuéntamelo!

—Esperé a que salieras —dice el señor Delaney—.

Entré en el dormitorio y cogí la pistola de Conrad.

Ambos me habíais hablado de ella. Al final, él llegó a casa y se puso a trabajar en su despacho.

Aparecí en la puerta. «No te he oído llamar», dijo.

Entonces yo... Hice lo que tenía que hacer. Fin de la historia.

—Mataste a mi marido. Quemaste mi casa.

—Hice lo que tenía que hacer.

—Quemaste tu propia casa. ¿Y luego esta casa? ¿La casa de mi madre? —Estoy gritando. Al menos, eso creo. Es difícil oírme por encima de las llamas.

—Ella lo sabe —dice—. Y ahora tú también. —Vuelve a mirar con dureza a mi madre—. ¿No sospechaste nada hace dieciséis años?

Mi madre no responde.