Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

EVIE, D. D. Y FLORA

Para cuando saco a mi aturdida madre de detrás del enorme escritorio de mi padre y la convenzo de que deje atrás su copa de martini, el humo ha ganado terreno. Atravesamos la puerta y nos detenemos en seco.

Gruesas columnas de humo negro salen de la cocina.

Recuerdo lo que escuché sobre el incendio que destruyó mi casa. Todo apuntaba a que se había iniciado en la cocina, fruto de algún tipo de sistema de ignición casero con aceite de cocina que luego prendió fuego a un rastro de gasolina.

Miro de reojo el salón abierto frente a nosotras y, casi como si la hubiera invocado, una llama aparece ante mis ojos y sale disparada a lo largo del perímetro directamente hacia la puerta principal, donde, con un silbido , alcanza la acumulación principal de acelerante.

Mi madre y yo retrocedemos tambaleándonos, tratando de protegernos la cara del repentino calor. La entrada ha desaparecido, consumida por una pared de llamas, mientras que a nuestra derecha la cocina desprende un calor infernal y escupe hollín negro.

Mi madre se mueve primero. Me tira de la mano y se dirige hacia las escaleras.

Intento resistirme. Subimos, ¿y luego qué?

El fuego también escala, el calor asciende.

Solo conseguiremos quedarnos atrapadas en otro piso.

Pero, por otro lado, las dos salidas de la planta baja están bloqueadas. Me rindo y la sigo.

Mi madre no habla. Puedo oír su respiración entrecortada mientras sube las escaleras, todavía aferrada a mi mano, tirando con insistencia.

—¿Y el extintor? —logro decir entre jadeos.

—En la cocina.

Eso no nos va a ayudar.

—Deberíamos... llamar... a emergencias —intento decir a continuación.

—¿Crees que no lo sabrán ya?

Tiene razón. Con un incendio tan grande en un barrio con casas tan juntas, probablemente la mitad de Cambridge ya haya llamado. Sin embargo, dada la intensidad de las llamas, los camiones de bomberos tendrían que llegar aquí milagrosamente rápido.

Seguimos subiendo. La ayuda está en camino. Me obligo a creerlo.

Me ahogo con el humo; uso mi mano libre para cubrirme la boca e irremediablemente pienso: « Esto no puede ser bueno para el bebé».

Llegamos a la planta de arriba. Mi dormitorio está a la derecha, pero el fuego arde vorazmente en la entrada de abajo, así que no nos arriesgarnos.

En su lugar, nos dirigimos hacia las habitaciones de mi madre, que están situadas sobre de la cocina.

A mitad de camino pasamos por el baño de invitados.

Me detengo. Ahora soy yo la que tira de la mano de mi madre.

—Toallas mojadas —logro decir entre toses, mientras el humo se vuelve más denso—. Toallas mojadas... para cubrirnos... la cara.

Ella lo entiende. Por una vez en nuestras vidas, actuamos al unísono.

Yo tiro las toallas de baño en la bañera, ella lanza las toallas de mano en el lavabo y ambas abrimos el grifo del agua fría, empapando las telas.

No hay más palabras. Trabajamos tan rápido como podemos.

Echo una toalla de baño empapada sobre los hombros de mi madre para intentar bloquear el calor, mientras ella me coloca otra más pequeña sobre la cara.

Nos lleva unos minutos envolvernos en nuestros nuevos conjuntos blancos, fríos y húmedos; luego nos aventuramos de nuevo al pasillo, solo para encontrar la silueta de un hombre de pie justo delante de nosotras.

Mi madre grita.

Yo, por mi parte, me quedo mirando lo que el hombre sostiene en sus manos: la escopeta de mi padre.

—¡Ahí! —gritó D. D. golpeando el salpicadero con la mano, justo antes de que Phil pisara el freno—. Rocket Langley. Acaba de salir corriendo por ese jardín.

A Phil ni siquiera le dio tiempo de detener el vehículo. D. D. ya había abierto la puerta y se precipitó hacia el banco nevado. Su teléfono vibraba en su bolsillo. Lo sacó en un acto reflejo y emprendió la persecución. Mientras, Phil pedía refuerzos por radio a su espalda.

—Rocket Langley ha incendiado el campus de Harvard como distracción. —D. D. escuchaba a Flora hablar apresuradamente—. La casa de la madre de Evie es su verdadero objetivo.

—Estoy persiguiendo a Langley ahora mismo.

—De acuerdo. Casi estoy en la casa... ¡Mierda! Está ardiendo. Repito: las ventanas delanteras están totalmente envueltas en llamas. Rocket se nos ha adelantado. ¡Maldita sea!

—¿Evie y su madre están dentro? —preguntó D. D.

Divisó la capucha negra de Rocket desapareciendo tras una esquina. Intentó acelerar el paso, resbaló en el barro y se obligó a moverse con más ligereza. Por eso los policías de Boston llevaban botas buenas incluso en diciembre.

—El coche está en la entrada —dijo Flora, tensa—. Y también hay un segundo coche. Eh..., un SUV de lujo. Un Lexus.

—Dick Delaney —murmuró D. D.—. Escúchame, Flora: él es nuestro tirador. Él lo ha planeado todo. Si está en esa casa, están en serios problemas.

—¡Así es como lo hizo Rocket! —gritó Flora—. No comprendía cómo había podido acceder a una vivienda tan lujosa. ¡Delaney lo preparó todo!

El pirómano se estaba alejando cada vez más. El chico era joven, rápido y muy ágil. Por un momento, D. D. odió ser una mujer de mediana edad que carecía de esos atributos.

Pero lo importante no es la juventud. Es la inteligencia.

—Phil ha pedido refuerzos —jadeó, observando al chico avanzar como un dardo, calculando los ángulos, preparando su jugada.

—Estoy en ello —dijo Flora.

D. D. colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo. Sabía que su trabajo era atrapar al pirómano.

Y que acababa de enviar a su informante, una mujer a la que respetaba y por la que incluso sentía cariño, directa al fuego.

Se me ocurre que no sé nada sobre el fuego.

A pesar de todo mi entrenamiento, mis preparativos y mis simulacros de situaciones peligrosas, esto me resulta completamente desconocido.

Sé cómo iniciar un fuego en condiciones de supervivencia, claro.

Pero estudié el uso del fuego como una herramienta, no como una amenaza para mi supervivencia.

Me estremezco ante la ironía. El fuego nunca me preocupó, porque a Jacob no le gustaba. Una prueba más de que, después de todos estos años, ese hijo de puta sigue controlando mi vida.

Aprovecho mi ira. A veces, de la furia más descarnada pueden surgir cosas buenas.

La parte delantera de la majestuosa casa colonial de la madre de Evie es un infierno. Las ventanas del porche estallan, las llamas rugen en respuesta a la nueva afluencia de oxígeno, bailando alrededor de lo que debe ser una especie de puerta principal ignífuga llena de frustración.

El fuego es un cabrón avaricioso. Pero, como todas las bestias, es esclavo de sus apetitos.

Con eso en mente, elaboro una estrategia.

Escalera de incendios trasera. El edificio debe tener una.

Cambridge adora su normativa contra incendios.

Las habitaciones deben tener una salida doble, lo que significa que si hay dormitorios en la parte trasera de la casa, debe haber una segunda forma de salir de ellos.

Otra ventana de cristal explota. Levanto el brazo por instinto mientras corro por el lateral de la casa. Por el rabillo del ojo veo a los vecinos fuera de sus casas, observando el fuego con horror.

—¡Llamad a emergencias! —grito sin pensar.

—¡Hay alguien en el baño del segundo piso! —grita la mujer—. ¡He visto a alguien a través de la ventana!

—¡Gracias!

Entonces la veo: una destartalada escalera de incendios metálica. Me agarro al peldaño inferior y empiezo a ascender.