Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

EVIE

Cuando Flora dijo que su madre vivía en una granja en mitad de la nada en Maine, no bromeaba. Llevamos conduciendo una eternidad. Al menos cuatro horas, alejándonos cada vez más de Boston en dirección norte.

Flora va al volante. Es mi coche, ya que ella no tiene vehículo propio, pero es ella quien conduce, ya que yo no sé a dónde vamos.

Salir de la ciudad ha sido... interesante.

Flora conduce igual que se mueve: con rapidez, agresividad e impulsividad.

Personalmente, habría dejado pasar a esa pareja de ancianos, pero bueno.

Flora no habla mucho. No pasa nada. Últimamente, yo tampoco tengo muchas ganas de hablar.

Una vez que dejamos atrás Boston, tomó la Ruta 1 por la costa.

El trayecto es más largo, pero las vistas son mejores.

Fue agradable contemplar los pintorescos pueblos y las vistas del océano.

Almorzamos bocadillos de langosta. Ella conocía un sitio, un antro de mala muerte que, por supuesto, tenía la mejor langosta de Nueva Inglaterra.

Yo me conformé con una sencilla ensalada.

Ha pasado un mes desde nuestra ardiente experiencia y las dos nos estamos recuperando.

Flora todavía tiene la garganta irritada.

Yo toso hollín negro que me hace temer por la salud de mi bebé.

Sin embargo, médicamente hablando, nos han hecho revisiones hasta la saciedad a las dos.

Mi salud es buena, mi bebé está estupendo.

La ligera hinchazón quedó atrás; ahora tengo una barriga bien marcada y no podría estar más agradecida.

Comienzo cada día hablándole a mi bebé. Haciéndole saber lo feliz que estoy de ser madre.

Lo mucho que deseo conocerlo por fin en persona. Lo mucho que lo quiero.

—Y papá también te quiere —le susurro siempre.

Porque, en lo más profundo de mi ser, sé que es verdad. Conrad tenía sus secretos. Secretos dolorosos, sí, pero no sórdidos. Mi marido era un buen hombre. Un gran hombre, se podría decir, que trabajaba en silencio y con discreción por el bien de los demás.

La sargento Warren dice que todavía están reconstruyendo el caso, pero que con la información del Departamento del Sheriff de Jacksonville y el testimonio de la mujer a la que Conrad ayudaba, la policía de Boston ha podido localizar a otras mujeres a las que Conrad ayudó a lo largo de los años.

Flora podría haber sido una de ellas. Ella no habla del tema.

Y yo no la presiono. Tanto ella como yo somos mujeres que entendemos que no tiene sentido pensar en lo que podría haber sido.

Flora pasa de la Ruta 1 a una sinuosa carretera rural, y luego a otra y otra. Tararea golpeando el volante con los dedos.

Hemos pasado bastante tiempo juntas estas últimas semanas.

Primero en el hospital, luego en los interrogatorios de la policía —como sospechosas—, y luego simplemente...

porque sí. El día que me dieron el alta del hospital, ella y D.

D. ya habían elaborado un plan: una casita monísima de alquiler en Waltham.

Quizá no sea la mejor ubicación teniendo en cuenta mi trabajo, pero, por otra parte, llevo meses sin trabajar y, con el bebé en camino y sin familia que me dijera qué hacer, dónde quedarme o qué pensar, es un sitio para empezar de nuevo tan bueno como cualquier otro.

¿Quién iba a imaginar que llegaría el día en el que echaría de menos la actitud autoritaria de mi madre?

La semana pasada almorcé con la directora del instituto y mi colega Cathy Maxwell. Fue incómodo, tal y como esperaba. Y, sin embargo..., fueron tan amables. «Lo sentimos mucho, no sabíamos nada» . «¿Qué podemos hacer?». «¿Cómo podemos ayudar?».

Siento que me he pasado la vida levantando muros, escondiéndome detrás de mis prejuicios mientras juzgaba a los demás por los suyos. Soy demasiado tímida para tener amigos de verdad. ¿Y quién querría tener al lado a una mujer rara cuyo mayor logro es haber disparado a su propio padre?

Les conté la verdad durante el almuerzo. Con pelos y señales. Sobre mi padre. Sobre Conrad. Sobre los hombres que amé. Sobre las personas que perdí. Sobre mi madre, que murió por mí a pesar de que durante la mayor parte de mi vida sentí que ni siquiera me soportaba.

Lloraron. Se levantaron y me abrazaron. Me preguntaron qué quería hacer en el futuro.

Como es evidente, tenía que pensar en mi bebé, dijeron, pero también que soy una profesora con mucho talento y que los alumnos me adoran, y que esperaban que me reincorporara al trabajo, aunque no fuera hasta otoño.

Lloré. También las abracé. Quedamos en volver a vernos y me atreví a pensar que esa podría ser mi vida. Esa siempre podría haber sido mi vida. Solo tengo que tender la mano, mantener algunas puertas abiertas.

Especialmente después de haber perdido tanto.

Ahora estoy con Flora. Lleva semanas insistiéndome. Tengo que conocer a su madre. Su madre tiene que conocerme a mí. Somos tal para cual.

Mi primer instinto, cómo no, fue negarme.

No quiero ser una molestia, ya le he quitado demasiado tiempo a Flora...

Así que me obligué a decir que sí. «No estoy tratando de reemplazar a mi madre», me recuerdo a mí misma con firmeza.

Porque el simple hecho de recordarla, su última y decidida marcha hacia las llamas llevándose al señor Delaney con ella...

Todavía no puedo pensar en eso. En mis días malos, me siento enfadada.

A fin de cuentas, todo fue culpa suya. Esa bruja egoísta y narcisista, que tramó el asesinato de Katarina Ivanova en un ataque de envidia y luego me dejó cargar con el peso de la muerte de mi padre solo por proteger su legado.

Yo —e incluso mi bebé— no éramos más que actores secundarios en el teatro que era su vida.

Estoy convencida de que se lanzó hacia las llamas porque era el acto más dramático que podía hacer, y a ella siempre le gustó un buen drama.

Mi madre murió. La policía recuperó su cuerpo y el del señor Delaney al pie de las escaleras. Todavía entrelazados. Completamente carbonizados.

Mi madre murió.

Mi madre me dijo que corriera. Mi madre cargó contra señor Delaney y se lo llevó al infierno.

Mi madre murió.

No puedo asimilarlo.

Soy rica. Esto también es algo nuevo para mí.

Algo bueno, porque Dios sabe que mi bebé y yo necesitamos el dinero.

He estado buscando un abogado. Esta vez uno que no sea un abogado penalista.

No sabía qué iba a pasar después del incendio: el señor Delaney me había confesado que había matado a Conrad, así como a mi padre, pero murió.

De modo que ahora era mi palabra contra lo que la policía creyera que había pasado.

La sargento Warren me dijo que no me preocupara.

Delaney planeó el incendio de su propia casa, pero no sin antes poner a salvo su ordenador, sus objetos de valor y sus documentos personales.

Los agentes encontraron información muy preciada en su oficina, incluyendo una confesión que había escrito años atrás y que luego había guardado en su caja fuerte.

¿Quizá fuera un intento de purgar sus pecados, de encontrar descanso por las noches? No lo sé.

Durante los próximos meses, los expertos informáticos se emplearán a fondo con su disco duro.

Sirviéndose de mi ayuda para averiguar los nombres de usuario de Conrad, podrán rastrear sus actividades en línea, desentrañando el peligroso juego que mi marido inició pensando que estaba frustrando los planes de un asesino a sueldo.

En cambio, y sin saberlo, reveló sus verdaderas intenciones al señor Delaney, quien decidió que Conrad se había vuelto demasiado peligroso para seguir con vida.

No me cuentan demasiado, pero sí que he escuchado fragmentos de conversaciones entre Flora y D.

D.: los federales están revisando el ordenador de Jacob Ness.

De hecho, están utilizando algunos de los usuarios de Conrad para rastrear las actividades en línea de Ness durante el secuestro de Flora.

Keith Edgar, un experto en el tema, está ayudando.

Esto lo sé porque a D. D. le gusta sacar el nombre de Keith para ver cómo Flora se sonroja. Interesante.

Flora está esperando algo. Quiere algo. De vez en cuando le suelta a D.

D. cosas como «¿Te has enterado de algo nuevo?

» o «¿Qué demonios está haciendo Quincy?

». D. D. le aconseja que tenga paciencia.

Está claro que ella también está esperando a que llegue la información.

Pero se nota que le preocupa mucho más lo que esa información pueda significar.

La verdad duele. Yo lo sé. La sargento Warren lo sabe. Flora lo descubrirá a su debido tiempo. Y cuando lo haga, D. D. y yo —y tal vez este tal Keith— estaremos ahí para ella.

Mi marido se ha ido.

Nos queríamos. Creamos un hogar juntos. Construimos una vida juntos. Y mentimos sin parar.

Echo de menos su sonrisa. Echo de menos la fuerza de sus brazos. Echo de menos la mirada de asombro en su rostro al contemplar el bulto de mi vientre, el misterio de una nueva vida.

Y ahora criaré a nuestro bebé sola.

Creo que voy a dar clases. Volveré a mi aula y a mis alumnos. Inteligentes, perezosos, frustrantes y hormonales, pero nunca aburridos. Siento que si no pongo un pie en la tierra, si no tengo algo que me resulte familiar, perderé el rumbo y flotaré a la deriva.

Gran parte de mi vida ha sido una mentira. Tengo que aceptarlo. Gran parte de mi vida ha sido un aislamiento. También tengo que aceptar eso. Y gran parte de mi vida la he pasado huyendo en lugar de avanzando hacia un punto. Quiero algo hacia lo que avanzar. Mi hijo. Una comunidad. Amigos.

Creo que Flora y yo somos amigas. Ella aún no lo sabe, pero, una vez que mi abogado lo tenga todo dispuesto, Flora recibirá una importante suma. Lo disimularé de alguna forma. Una donación anónima, la herencia de una tía lejana. Siempre hay una manera.

Pero ella me salvó. Sin ella, no habría salido de la casa en llamas. Ella me salvó a mí y a mi hijo.

Mi bebé vive.

Esto puedo asimilarlo. Puedo sentirlo cada noche, una hinchazón en mi propio cuerpo, dando paso a esta nueva e increíble fuerza.

Puedo cerrar los ojos y ver cada uno de sus diminutos deditos formándose, sanos, y luego creciendo, creciendo, creciendo.

Brazos, piernas, nariz, boca, orejas delicadamente curvadas.

Mi bebé vive. Hablamos. Nos queremos. Compartimos. Se acabaron las mentiras. Se acabaron los muros. Mi padre era un genio, mi madre era melodramática, mi marido era un héroe y un mentiroso. Mi familia era complicada.

Ya no.

Quiero comprar una bonita casa adosada en un barrio normal.

Quizá una con un parque cerca. Y, gracias a mi mejorada situación económica, contrataré a una niñera durante los primeros años y luego mi hijo irá a una guardería cuando sea más mayor.

O quizá conozca a una adorable mujer mayor a la que le encantaría ayudar a una madre soltera de su mismo edificio.

Organizaré barbacoas, en las que podré conocer los nombres de mis vecinos y dejar que ellos conozcan un poco sobre mí.

Y ya no me quedaré en un rincón. Daré un paso adelante. Me integraré en el mundo en el que vivo, aunque me dé miedo. Porque la vida da miedo, pero sigue siendo mejor que la alternativa.

Flora gira por otra calle, y luego por otra.

Ya no tararea, pero su dedo golpea impaciente el volante. Creo que nos estamos acercando. Me pregunto si Flora es consciente de que está sonriendo.

Entonces aparece una casa de dos plantas, pintada de un encantador color amarillo con persianas lavanda algo extravagantes. El porche delantero ofrece una serie de bancos y mecedoras con todo tipo de cojines de colores llamativos, mientras que la puerta principal es de un rojo cereza chillón.

El coche ni siquiera se ha detenido cuando la puerta se abre de golpe y una mujer, que supongo que es la madre de Flora, sale dando saltitos, poniéndose la segunda bota.

La mitad de su cabello está recogido en la parte superior de la cabeza y la otra mitad le cae por la espalda.

Lleva tantas capas diferentes que no me molesto siquiera en distinguirlas.

Ha escogido una especie de camisa masculina de franela azul a cuadros como prenda exterior y se está sacudiendo lo que parece ser harina de las manos.

Ha limpiado la nieve del aparcamiento para nuestra visita. Flora frena bruscamente mi coche.

—Mi madre, Rosa —dice, con la voz aún un poco ronca. Tiempo, le dijeron los médicos, igual que a mí. Todos necesitamos tiempo.

Pero no es su voz lo que importa. Estoy mirando su rostro, y veo a una Flora que no conocía. Más joven. Radiante. Feliz. Pero sobre todo, en casa.

Así es Flora en casa.

Abre la puerta del coche y cruza el jardín a toda velocidad. Yo, en el asiento del copiloto, voy más despacio, luchando con el cinturón de seguridad. Un instinto interior me dice que no me precipite. No quiero perderme lo que va a pasar a continuación.

Una pausa. En el último momento, la madre de Flora se detiene en seco. Juraría que estaba a punto de abrazar a su hija, pero se ha contenido, como si supiera que no debía hacerlo.

Por un instante, la madre de Flora parece incómoda, falta de confianza. Ansiosa. Mira a su hija con un claro y profundo anhelo.

Se me corta la respiración. Me pregunto si mi madre alguna vez me miró de esa forma. Le prometo a mi bebé que siempre lo miraré con tanto amor.

Entonces...

Flora da un paso adelante. Echa los brazos alrededor de su madre y la abraza con fuerza. Se unen en un profundo apretón.

Rosa cierra los ojos. Ella le devuelve el abrazo. Incluso desde esta distancia, sé que está llorando. Y riendo y llorando un poco más. Yo también estoy llorando, pero la culpa es de las hormonas del embarazo.

Me tomo mi tiempo para salir del coche. Cruzo el jardín con más cuidado, consciente de la nieve que cubre el suelo.

Flora se ha separado de su madre.

Rosa tiene los ojos llorosos, pero está radiante. Me mira. Huele a melaza, canela y azúcar moreno, que es como me han dicho que huelen las madres, pero nunca lo había experimentado por mí misma.

—Tú —dice— debes ser Evie.