Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

D. D.

—Era Flora —le dijo D. D. a Phil tras colgar el teléfono—. Ha visto a Rocket corriendo por el campus de Harvard con una bolsa llena de cócteles molotov y lo ha perseguido. Lo ha perdido.

—Así que es obra suya. —Phil observó a los bomberos que avanzaban por el terreno nevado, aplacando los fuegos de los contenedores.

En mitad del caos formado por los estudiantes que corrían sin control, algunos recipientes se habían volcado.

Por suerte, las condiciones invernales acabaron enseguida con las llamas errantes—.

¿Soy yo o esto parece improvisado? —continuó Phil—.

Quiero decir, para un chico que se dedica a atacar edificios enteros con incendios estructurales provocados con gasolina, esto parece más bien... un juego de niños.

D. D. asintió. Ella también tenía la misma sensación. Aquello no parecía estar a la altura de los estándares de Rocket.

El teléfono de Phil sonó. D. D. lo dejó contestar la llamada mientras ella observaba las diversas columnas de humo que se extendían por el campus.

Había que reconocer que Rocket había cubierto mucho terreno.

Parecía que, mirara donde mirara, había algún pequeño incendio.

A eso había que añadir las evacuaciones, los peatones presa del pánico y la tarea de poner orden, que mantendría ocupados a los bomberos el resto del día.

—Eran Neil y Carol —informó Phil—. Acaban de encontrar a la exmujer de Jules LaPage. O, mejor dicho, ella los ha encontrado a ellos.

D. D. esperó expectante.

—Carol se puso en contacto con el compañero retirado de Bill Conner, Dan Cain. La teoría del inspector Ange era correcta: Conrad pasó a la clandestinidad casi inmediatamente después de la muerte de sus padres y se mantuvo en contacto con Cain mientras trabajaba en los antiguos casos de su padre.

—Batman —murmuró D. D.

—¿Qué?

—Nada.

—Según las pistas que Conrad estaba siguiendo, creía que lo más probable era que Jules LaPage hubiera orquestado el accidente de tráfico de sus padres.

LaPage no lo habría hecho personalmente, pero, gracias a sus considerables recursos económicos, habría contratado a alguien para que se encargara.

Esa fue una de las razones por las que Conrad se obsesionó con la dark web.

Sentía que, fuera lo que fuera lo que les había pasado a sus padres, encontrar al conductor nunca sería suficiente, ya que esa persona no sería más que una pieza más del engranaje.

Conrad quería comprender el sistema y utilizarlo para seguir el rastro hasta LaPage.

Conrad seguía creyendo que dirigía un imperio criminal desde la cárcel.

—No sería el primero.

—Como sospechábamos, Conrad estaba ayudando a la ex de LaPage, Monica.

Le enviaba dinero. Tanto él como Cain debían tener alguna forma de ponerse en contacto con ella porque, después de que Cain terminara la llamada con Carol, telefoneó directamente a Monica y ella llamó a Carol en cuestión de minutos.

Conrad se puso en contacto con ella hace una semana, quizá diez días.

Creía que LaPage no solo había descubierto su nueva identidad, sino que había puesto precio a su cabeza.

Desde entonces estuvo huyendo, viviendo con un teléfono desechable y esperando a tener más noticias de Conrad.

—Pero él nunca la volvió a llamar. —D. D.

suspiró—. De acuerdo. Empecemos por el principio.

Conrad tiene una segunda vida en Internet, donde ha pasado más de una década ganándose una reputación sombría.

Se pasa el tiempo trabajando en la dark web, aprendiendo un poco de esto y un poco de aquello.

Se encuentra con uno o dos Jacobs Ness. Quizá se acercara a varios sicarios, porque ese sería el tipo de contactos que LaPage utilizaría desde la cárcel.

Hasta que un día Conrad se entera de lo que deseaba oír: han contratado a alguien para matar a la pobre y aterrorizada Monica.

LaPage vuelve a la acción y tiene a su exmujer en el punto de mira.

—Llama a Monica y la advierte —Phil retomó la historia.

—¿Y luego se queda en casa de brazos cruzados? —preguntó D. D., frunciendo el ceño.

—Quizá estaba haciendo algunas averiguaciones. Sabía que habían contratado a alguien para dar el golpe, pero ¿sabía quién era ese alguien?

—Necesitaba más información —convino D. D.

—Pero el sicario debió encontrarlo primero.

—¿Y qué? ¿Entró en la casa de Conrad y le disparó tres veces con su propia pistola? Eso no se parece a ningún asesinato profesional del que yo haya oído nunca. Espera. Conrad no es el único que necesitaba más información. Nosotros también.

D. D. volvió a sacar su teléfono y marcó el número de la agente especial Kimberly Quincy.

Caminó calle abajo, alejándose del ruidoso alboroto de los bomberos.

Phil la siguió. Un olor acre flotaba en el aire.

Luego tendría que sacarse todo ese hollín de la nariz.

Tantos incendios en una sola tarde. Y, por alguna razón, tenía la inquietante sensación de que aún no habían terminado.

—Quincy —respondió Kimberly al teléfono.

—Soy D. D. Tengo una pregunta para ti y para Keith.

Suponed que sois Conrad Carter. Estáis investigando a un cabrón hijo de puta, Jules LaPage, que actualmente está entre rejas, pero estáis seguros de que planeó la muerte de vuestros padres y que, en cuanto tenga la primera oportunidad, volverá a atacar para acabar con su exmujer.

Así que os metéis en la dark web y os informáis de cómo funcionan las cosas.

—¿Esta historia tiene un final feliz? —preguntó Quincy.

—Aún no lo sé. Conrad encuentra lo que estaba buscando: rumores de un asesinato por encargo.

O una conexión con uno de los sicarios que se jacta de un nuevo trabajo.

No lo sé. Pero Conrad llamó a Monica LaPage hace más de una semana.

Le advirtió que estuviera alerta. Encontró algo que lo hizo sospechar.

—De acuerdo —dijo Quincy, más pensativa. Ahora seguía la conversación atentamente.

—Entonces, ¿cuál sería el siguiente movimiento de Conrad?

El objetivo de la dark web es el anonimato, ¿no?

Excepto que no puede ser completamente anónimo.

Flora hablaba de cuentas de depósito y reseñas de proveedores.

Al fin y al cabo, sigue siendo gente que ofrece servicios a otra gente.

Y alguien tiene que saber lo que está pasando. Debe haber al menos una persona real.

D. D. oyó un sonido amortiguado cuando Quincy bajó el teléfono, y luego un intercambio de voces a lo lejos. La agente federal estaba discutiendo algo con Keith.

—Vale —respondió Quincy al otro lado de la línea—.

Vas por buen camino. La dark web no es más que una tecnología que conecta a personas reales con otras personas reales.

Y sí, se necesitan muchos actores clave para que eso sea posible.

Por un lado, los gurús de la informática; aunque, según Keith, dedican más tiempo a programar que a ocuparse de los proveedores.

También se necesita un equipo de gestión, que financian los sitios web, mantienen su infraestructura en funcionamiento y pagan a los informáticos, al tiempo que idean nuevos servicios, nuevas oportunidades de pago y, lo que es más importante, nuevas garantías de seguridad, que es el principal atractivo de la dark web.

Y luego estaría el equipo de ventas, a falta de un término mejor.

Personas reales que trabajan en la sombra para reclutar a nuevos proveedores.

Es un mercado. Siempre hay que ofrecer los servicios más punteros.

—Por lo tanto, si Conrad se hubiera enterado de que un sicario había aceptado un nuevo trabajo, podría tomar medidas para averiguar su identidad. ¿Empezando por el administrador de la página?

Más conversaciones en voz baja.

Quincy respondió:

—Es posible que Conrad quisiera hacer su propia oferta. Algo como «te pagaré el doble por hacer un trabajo para mí ahora mismo». Pero, si eso fallaba, su siguiente paso, y tengo que admitir que es una jugada bastante inteligente, sería presentar una queja contra el proveedor.

—¿Perdón?

—Se le acaba de ocurrir a Keith —dijo Quincy—.

Recuerda que las reseñas son importantes.

Así que, si Conrad quisiera joder al sicario, podría presentar una queja formal contra él.

«Le pagué una pasta a este proveedor y no cumplió con lo prometido».

O mejor aún: «Este proveedor es policía».

Eso implica que el administrador del sitio web tendría que investigar al proveedor.

La credibilidad del sitio quedaría por los suelos hasta que se resolviera el asunto.

—Así que Conrad se pone en contacto con el administrador y le dice que el proveedor le ha engañado o es un soplón —añadió D. D.

—El administrador tendría que abrir una investigación, como en el mundo empresarial legítimo. Hablar con Conrad. Hablar con el sicario. Aclarar las cosas.

—Tienes que estar bromeando —murmuró D. D.

Dejando a un lado a los delincuentes de la dark web, lo que Quincy acababa de describir era prácticamente la misma forma en que se gestionaban las quejas en la policía de Boston—.

En el transcurso de esta interacción, Conrad podría haber descubierto la verdadera identidad del sicario —supuso.

—Keith y yo estamos investigando la huella virtual de Conrad, pero, por lo que podemos ver, creó la tapadera más sólida que jamás haya visto. Sinceramente, un agente profesional no lo habría hecho mejor. Pasó diez años aquí. Conrad no frecuentaba la dark web: se convirtió en parte de ella.

—Hasta que descubrió más de la cuenta —dijo D. D.

—Lo cual fue un arma de doble filo —matizó Quincy—. Conrad no fue el único que descubrió la identidad de un proveedor. Otra persona, un proveedor, un administrador, un cliente... también descubrió la suya.

Y así, de repente, D. D. lo entendió todo. La pieza del rompecabezas que les faltaba. Colgó el teléfono. Dejó de caminar y miró a Phil a los ojos. Le dijo la cruda verdad:

—Phil, hemos sido unos idiotas.

—¿Otra vez? —preguntó él con un suspiro.

—El abecé de la investigación: no olvides lo que ya sabes. Nos hemos obsesionado tanto con la dark web y la misteriosa doble vida de Conrad que no hemos tenido en cuenta lo básico. La escena del crimen.

—Acabas de mencionarlo. A Conrad le dispararon en su propia casa con su propia pistola.

—Exacto. Sin embargo, hemos pasado las últimas veinticuatro horas dando vueltas en círculo sobre asesinos a sueldo, proveedores de la dark web y criminales oscuros que se mueven en la noche.

¿En serio? ¿Cómo sabría un sicario que Conrad guardaba la pistola en su dormitorio?

¿Cómo habría accedido un sicario a la casa de Conrad teniendo en cuenta que este había adoptado un nombre falso y llevaba casi una década en estado de máxima alerta?

Entonces, tras acceder a la casa, subir sigilosamente las escaleras y encontrar la pistola escondida, ¿cómo es posible que este ninja disparara tres veces a Conrad desde la puerta del despacho sin que este opusiera ningún tipo de resistencia?

—Conrad habría estado en guardia.

—Lo que significa que Conrad no vio venir la amenaza —concluyó D. D.—. Dejó entrar al asesino en casa. No le dio importancia a que el asesino lo acompañara hasta su despacho. Conocía a esa persona, Phil. Conrad tenía que conocer y c onfiar e n el asesino; es la única explicación.

Phil la miró fijamente.

—¿Consiguió identificar al sicario contratado por Jules LaPage y resultó ser alguien que conocía personalmente? Es demasiada casualidad.

—Creo que no fue al sicario a quien identificó.

Ni quien lo identificó a él. Creo que Conrad se topó con un pez más gordo.

No el proveedor, sino el administrador del sitio.

Otra persona con una doble vida. Una persona cuya identidad debe proteger a toda costa, incluso si ello implica quemar toda la ciudad.

—¿Quién...? —comenzó Phil, pero se detuvo—. ¡ Somos unos idiotas! —dijo.

—Sí. Tenemos que ir a la casa de la madre de Evie. ¡Ya!