Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

EVIE

Cuando llego a casa de mi madre y descubro que los medios de comunicación se han ido, casi me siento desorientada. ¿Dónde están las luces destellantes y las preguntas a voces? Tres días después, el silencio es casi inquietante. ¿Qué he hecho para merecer esto?

Entonces recuerdo los camiones de bomberos en Harvard Square. Claro, un incendio. Los medios de comunicación han pasado a noticias más importantes. Qué amables.

He vuelto a casa andando después de mi reunión con Katarina. Solo eran un par de kilómetros, justo el tipo de caminata que necesitaba para poner en orden mis pensamientos. Aun así, cuando llego a la puerta de la cocina y pongo la mano enguantada en el pomo, veo que tiembla.

Todos estos años. Todos estos años creí que mis padres vivían una gran historia de amor. ¿Y ahora esto? Mi padre engañaba a mi madre. Y lo que es peor, ella lo sabía, y probablemente tomó medidas extremas para asegurarse su propio futuro.

¿Así es como ha vivido en esta casa todos estos años? ¿Regresar a casa ese día y encontrar el cuerpo inerte de mi padre no fue una tragedia terrible y desgarradora? ¿Solo un plan bien ejecutado? ¿Y luego engañó a su propia hija para que cargara con la culpa?

Me siento tan estúpida. He pasado la mayor parte de mi vida siendo un simple peón a manos de mi madre. Nunca fui lo bastante fuerte o inteligente como para ayudar a mi padre. Luego me casé con un hombre que también me mantuvo completamente aislada de la realidad.

Todos estos años pensé que era yo quien guardaba secretos. En cambio, las personas que amo son las que nunca me han confiado la verdad. Las que me han manipulado una y otra vez.

Abro la puerta y entro con paso firme.

Mi madre no está en la cocina. Sin embargo, la botella de vodka sí; y hay un limón recién pelado en la tabla de cortar, lo que significa que no puede haber ido muy lejos. Me quito los guantes, cuelgo el abrigo y comienzo la búsqueda.

La sala de estar con la repisa de la chimenea impecablemente decorada: nada. El majestuoso salón con todos sus sofás de seda: tampoco.

Entonces lo sé.

Camino hacia el despacho de mi padre. Mi madre está sentada, callada e inmóvil, tras su escritorio. A juzgar por su copa de martini vacía, lleva aquí un rato.

Y en este momento parece tan pequeña, tan perdida, tan sola en el mundo que yo misma me vengo abajo, así, sin más.

—Aquí es donde más lo siento —dice en voz baja, sin mirarme, pero sabedora de que estoy en la puerta—.

Por eso nunca me atreví a cambiarla. La cocina era mía.

Pero esta habitación... A veces, juraría que todavía puedo olerlo.

Su aftershave, el olor a tiza de sus dedos, el champú que le compré en Italia porque de verdad lo ayudaba a dar más cuerpo al cabello.

Él juraba que solo a mí me importaban esas cosas, pero sonreía cada vez que le compraba un bote nuevo.

Qué tontería, todos los pequeños detalles que conocíamos el uno del otro.

Qué horrible, seguir echándolo tanto de menos después de todos estos años.

—Tú hiciste que lo mataran.

Por fin levanta la vista. Su expresión es inconmensurablemente triste. Una vez más, no se parece en nada a mi madre.

—¿De qué estás hablando?

—¡Deja de mentirme! He hablado con Katarina Ivanova.

De repente, se desinfla.

—Fui estúpida —murmura por fin—. Vanidosa, necia y llena de ira. Tu padre lo sabía. Él lo entendía.

—¿Qué entendía? ¿Que si tenías que elegir entre que él te dejara o que muriera, preferías que muriera?

—No quería que muriera. ¡Lo amaba! Era ella. Ella era el problema. ¡Tenía que desaparecer!

Estoy tan confundida que me lleva un momento asimilarlo. Entonces lo comprendo. Todo eso de «Si yo no puedo tenerlo, nadie lo hará» no significaba que mi madre quisiera matar a mi padre, sino a Katarina, la otra mujer. Si ella estuviera muerta, no podría tenerlo.

—¿Contrataste a alguien para matar a Katarina Ivanova? ¿Intentaste acabar con la amante de papá?

—No llegué a hacerlo. Solo... tuve un momento de debilidad. Estaba enfadada. Herida. Esas cosas pasan.

—Mamá, contrataste a un sicario para asesinar a una mujer. ¿A eso lo llamas un momento de debilidad ?

—¡No lo entiendes! Él era mi mundo. ¡Todo mi mundo! Si me hubiera dejado..., no habría podido vivir con ello. No soy como tú, Evie. Nunca he sido como tú.

—¿Qué hiciste, mamá? —Sigo sin entender nada. Si intentó matar a Katarina, ¿por qué esa mujer seguía viva y mi padre era el que estaba muerto? ¿Y dónde demonios había encontrado mi madre a un sicario? ¿Quién cojones era?

—Estaba enfadada. Leí los correos electrónicos de tu padre y parecía que iba a abandonarme.

Me dejé llevar por las emociones. Esa mujer...

tenía que desaparecer. Pero yo no sé cómo hacer esas cosas.

Ni siquiera me gustan las armas. Así que acudí a un...

amigo. Le expliqué la situación. Él intentó disuadirme, pero, cuando no miraba, le robé su agenda.

Encontré lo que necesitaba e hice la llamada.

Pero entonces tu padre llegó a casa. Se había enterado de mi enfrentamiento con Katarina.

Me aseguró que por nada del mundo se había sentido tentado de romper nuestro matrimonio.

Me amaba a mí y solo a mí. Yo era el gran amor de su vida.

Y entonces... las cosas empezaron a ir bien.

Me cuesta entender lo que dice.

—¿Así que papá planea dejarte, tú planeas matar a su amante, pero de repente sois la pareja perfecta?

—No sabes lo que es la pasión verdadera, Evie. Esa es la razón por la que Conrad no me gustaba para ti. Era un buen chico, no lo niego, pero la forma en que lo mirabas... Estabas yendo a lo seguro. Otra vez.

—Vaya, lo siento mucho. Mi marido no me engañaba y yo no intenté asesinar a la otra mujer, está claro que teníamos un matrimonio aburrido. Lo tendré en cuenta para el futuro.

—No tienes por qué ser tan sarcástica, Evie. Solo estoy siendo sincera. Francamente, nunca he entendido de dónde sacas toda esa ansiedad.

Miro su copa de martini vacía y pienso que es una afirmación irónica.

—Un hombre como tu padre, con su capacidad de ver lo que nadie más podía ver...

—Mi madre se encoge de hombros—. ¿Qué son las reglas para un hombre cuyo intelecto supera todas las nociones preconcebidas?

No solo era un pensador extraordinario, sino también una persona extraordinaria.

No aceptaba los límites y no concebía por qué las normas sociales debían aplicársele.

Yo lo amaba por eso, igual que él me amaba a mí.

Estábamos hechos el uno para el otro. Y tú —me mira con el ceño fruncido— eras nuestra hija extraña e introvertida, que nunca habría hecho amigos si yo no te hubiera obligado.

—¡Odiaba esas malditas meriendas!

—Amor duro, querida. ¿No es así como lo llaman hoy en día? —Mi madre levanta su copa de martini y se da cuenta tarde de que está vacía.

—¿Quién mató a papá? —pregunto con voz ronca.

—No lo sé. Hice esa estúpida llamada. Así que, una vez que tu padre y yo hicimos las paces, no tuve más remedio que volver a contactar con ese hombre y decirle que había cambiado de opinión sobre Katarina.

Él se limitó a reírse de mí. Me dijo que no existía una cláusula de cancelación.

¿En serio? Todos los contratos pueden anularse.

Es solo cuestión de negociar. Sin embargo, se mostró bastante obstinado al respecto, incluso aunque le prometiera el doble de dinero para que no hiciera nada.

Así que eso fue todo. Hablé con nuestro...

amigo en común, le conté lo que había pasado y le hice jurar que lo arreglaría.

Supuse que eso sería el final del asunto.

—Exceptuando que Katarina Ivanova está viva, mamá, y papá no. ¿No te pareció extraño? ¡No te hizo sospechar el hecho de encontrarte a tu marido muerto en el suelo de la cocina! —No estoy haciendo preguntas, sino gritándolas. No puedo evitarlo. Toda la ira, la rabia, la impotencia contenidas.

Mi madre se limita a mirarme.

—No sé qué pasó —afirma—. No lo supe entonces. Tampoco ahora.

—¿Quién era tu amigo? ¿Cómo conseguiste el contacto de un asesino a sueldo?

—Pero ya no necesito que me responda. Lo sé.

Siempre lo he sabido. Él mismo me lo dijo.

Un hombre con un pasado violento que luego pasó a representar a los grandes criminales de Boston.

La de nombres que tendría en su agenda... —. El señor Delaney —susurro.

Mi madre reconoce el nombre con un pequeño movimiento de cabeza.

—Dick me aseguró que todo estaba arreglado.

Habló con la persona y acordó un pago para que lo dejara estar.

Por supuesto, me sermoneó por ser tan estúpida.

Pero al final no ocurrió nada, todo se arregló.

Así que ese día... Al cruzar la puerta...

—La voz de mi madre se apaga. Ya no me mira, pero sé lo que está viendo.

El cuerpo de mi padre derrumbado contra la nevera.

Un hombre tan grande sufriendo una humillación semejante.

Y la sangre, muchísima sangre. Cuando vuelve a hablar, su voz es tan suave que apenas puedo oírla—.

Al entrar en la casa... Sinceramente, pensé que tu padre había tenido uno de sus días malos.

Habíamos discutido, obviamente. Quizá había sido demasiado para él y, bueno, hizo lo que suelen hacer los genios.

En el pasado me había preocupado que hiciera algo así.

Me esforcé cuanto pude por mantener su mundo en orden.

Sin embargo, no es fácil ser un genio. Ni estar casada con uno.

No la creo ni por un momento. Sus palabras son demasiado simplistas. Demasiado triviales. Y su mano, todavía aferrada a la copa de martini, tiembla.

—¿Le preguntaste al señor Delaney al respecto? ¿Se puso en contacto con tu sicario? ¿Le pagó? Quizá el asesino a sueldo se enfadó por que hubieras rescindido sus servicios. En serio, ¿un sicario? ¿Te crees que se puede negociar con gente así?

Mi madre aprieta los labios. Parece menos dramática, más rebelde.

—Para tu información, hablé con Dick sobre lo que pasó. Y él me aseguró que todo estaba arreglado. Además, ¡contraté a esa persona para hacerle daño a esa bruja, no a mi marido!

—¿Pagaste la tarifa de cancelación? —digo con ironía.

—No. Dick se encargó de ello.

—En otras palabras, no sabes lo que ocurrió.

—¡Sé que mi marido estaba vivo! Sé que mi marido me dijo que me quería. Sé que todo volvía a ir bien. Y entonces... dejó de ir bien.

Niego con la cabeza. Sigo sin poder creer la ingenuidad de mi madre, o que fuera tan tonta como para contactar con un asesino profesional para que se ocupara de sus problemas matrimoniales.

Y que pensara que una segunda llamada lo solucionaría todo.

Pero también tengo dudas con respecto al señor Delaney.

Lo que hizo —o lo que no hizo— hace dieciséis años.

Pero él era el mejor amigo de mi padre. Su instinto debería haberlo impulsado a ayudar a mi padre. ¿No?

Toso, sintiendo un cosquilleo en la garganta. Intento encajar todas las piezas del rompecabezas en mi cabeza. Toso de nuevo.

Entonces lo percibo. Debería haberme dado cuenta antes, pero estaba demasiado absorta en mi madre y su ridícula historia.

—Mamá —digo mientras se me llenan los ojos de lágrimas—, ¿hueles a humo?