CAPÍTULO 36
FLORA
Acabo de salir de la parada del metro. Llego a la acera cubierta de aguanieve y al aire frío de Harvard Square justo cuando pasa rugiendo un camión de bomberos.
Lo sigo con la mirada. Pero el camión se detiene con un chirrido tras recorrer apenas tres manzanas, y me doy cuenta de que el gris del cielo no se debe a las nubes bajas, sino a las columnas de humo.
Las calles rebosan de actividad. Grupos de estudiantes se alejan del incendio de forma organizada, entremezclados con curiosos solitarios que quieren ver qué está pasando.
Decido unirme a estos últimos. Me pongo la capucha de mi sudadera gris y meto las manos en los bolsillos de la chaqueta mientras me abro paso hacia los bulliciosos bomberos, que ya están sacando mangueras y gritando órdenes.
Había asumido que Rocket se dirigía a la majestuosa casa colonial de la madre de Evie en la zona residencial de Cambridge. Pero, en vista de que al chico le pone quemar cosas, he de suponer que está detrás de esto, aunque no entienda por qué.
Lo que significa que está por aquí, escondido. Observando.
Pero entonces identifico el objetivo de los bomberos y me detengo en seco.
No estoy viendo un edificio en llamas, algo grande, siniestro e impresionante.
Estoy viendo una estrecha nube de humo, seguida de una repentina y delgada llamarada.
Seguida de otra y otra y otra más. Contenedores de basura.
Estoy viendo cuatro contenedores de basura, espaciados a intervalos aleatorios, todos ardiendo.
¿Qué cojones?
Recuerdo la noche en la que conocí a Rocket, ese contenedor en particular. Y, casi como si fuera una señal, una nueva línea de humo se eleva en el horizonte...
No aviso a los bomberos. Empiezo a correr. Es Rocket. Lo sé. Atraviesa el campus lanzando bombas incendiarias a su paso. No tengo ni idea del porqué. Pero conozco al chaval y esto... esto es exactamente su estilo. Fuego, hermoso y misterioso. Fuego por todas partes.
Gritos. Caos. Los incendios no son grandes; lo que causa tanto pánico es la cantidad de ellos.
Los contenedores de basura estallan en llamas por todas partes.
Los estudiantes intentan abandonar el campus tan rápido como los bomberos y yo intentamos abrirnos paso.
Los bomberos tienen que apagar el fuego de los contenedores de basura y controlar los rescoldos.
Yo tengo que avanzar para localizar el origen.
¿Cómo lo está haciendo Rocket? Es imposible que haya subido al metro con bidones de gasolina o una mochila llena de cócteles molotov.
¿Había escondido previamente el material?
¿Unas cuantas garrafas en la casa del abogado?
¿Unos cuantos explosivos enterrados detrás de un contenedor de basura en el campus? ¿Hay más objetivos?
Veo una figura moverse. No corre, pero se mueve con rapidez y de forma directa. La capucha de una sudadera oscura, parecida a la mía, le cubre la cara. No me paro a pensar si estoy siendo imprudente ni qué haré si Rocket me ve. Confío en mi entrenamiento y en la adrenalina que me recorre el cuerpo.
Como le expliqué a Keith, a alguien como yo le cuesta mucho sentir euforia.
Pero esto... esto me pone como una moto.
Rocket. Justo delante de mí. Se gira cuando empiezo a acortar distancias.
Por un momento, intercambiamos miradas. Lleva una mochila colgada del brazo.
Mientras lo observo, saca una pequeña botella transparente.
Alcohol. Con un trapo introducido en el orificio.
Un cóctel molotov, tal y como esperaba, en una mochila que debe haber escondido en algún lugar cercano.
Lo que significa que sabía que iba a venir aquí.
Todo formaba parte de su plan. Primero, incendió la lujosa casa de piedra rojiza de un abogado en el centro de Boston y, luego, puso rumbo a Cambridge para prender fuego al campus universitario.
¿Por qué?
Se me acaba el tiempo para pensar. Rocket ya no sostiene el cóctel molotov; ha encendido la mecha y lo lanza directamente hacia mí.
Suelto un grito y me tiro hacia la izquierda.
El alcohol prendido cae a mi derecha, donde, por suerte para mí, se apaga contra el barro invernal del suelo.
No me molesto en mirarlo. Hay suficientes profesionales aquí y mi misión está clara.
Me pongo de pie y empiezo a correr. Ahí, justo delante.
Vuelvo a ver la capucha oscura. Rocket, corriendo a toda velocidad entre una multitud de estudiantes abrigados y sorprendidos.
El chico avanza como un rayo. En una carrera en línea recta, nunca lo alcanzaré.
En lugar de eso, trato de adivinar su dirección y trazo una línea en diagonal para interceptarlo.
Justo cuando empiezo a ganarle terreno, mira por encima del hombro y se da cuenta de mi estrategia. Entonces gira a la izquierda, alejándose de mí. Redoblo mis esfuerzos, me abro paso entre un grupo de estudiantes y salto por encima de un banco.
Aterrizo mal; mi pie derecho resbala en el suelo embarrado. Me golpeo con fuerza en el hombro y, por un momento, me quedo sin aliento.
—¿Estás bien? —me pregunta alguien.
—¿Qué ha pasado? —dice otro.
Solo sacudo la cabeza, me levanto tambaleándome y reanudo la marcha. Pero ya no veo a mi objetivo. Quizá allí, a la vuelta de la esquina. Espera, en esa cafetería. Aquella entrada de metro.
Bajo las escaleras tan rápido como puedo. Bajo tierra, en el andén, me encuentro con un muro de gente. Abrigos gruesos, sombreros que dificultan la vista, bufandas que estrangulan.
Miro a mi alrededor, pero da igual.
Lo he perdido.