CAPÍTULO 35
D. D.
—Tenemos un problema. —Phil colgó el teléfono y se giró hacia D. D., que en ese momento se estaba subiendo al vehículo.
—Sorpréndeme —dijo D. D.
Habían terminado con el incendio de Delaney y se dirigían a Cambridge, siguiendo las sospechas de Flora de que el pirómano, Rocket Langley, iba a atacar la casa de la madre de Evie.
—Se ha producido una serie de incendios en Cambridge.
—¿Rocket ha llegado a la casa de la madre de Evie?
—No. En la facultad de Harvard. Incendios en contenedores de basura. Tres, cuatro, cinco. No estoy seguro. Siguen llegando llamadas al departamento de bomberos. Los detalles son escuetos, pero parece que hay incendios por todo el campus.
D. D. no sabía qué decir.
—¿Qué probabilidades hay de que nuestro pirómano fuera visto por última vez dirigiéndose a Cambridge y ahora haya una serie de incendios en el campus de Harvard?
Aunque... —miró a Phil con confusión— Rocket siempre quema edificios.
¿Por qué demonios se ensuciaría las manos ahora con algo tan insignificante como unos contenedores de basura?
Phil se encogió de hombros.
—¿Por aburrimiento? ¿Para matar el tiempo? No lo sé. Sigo sin entender cómo le puede gustar tanto el fuego a alguien. Pero estoy de acuerdo contigo: Rocket fue visto por última en dirección a Cambridge. Estos nuevos incendios deben ser obra suya. Es demasiada coincidencia.
D. D. negó con la cabeza.
—Cuando parecía que el caso empezaba a cobrar sentido, se nos escapa de nuevo.
Entiendo que quemara la casa de Evie. Y la casa de su abogado.
Pero ¿que incendie basuras en el campus donde el padre de Evie trabajaba hace dieciséis años?
Eso desafía toda lógica. —Frunció el ceño, golpeó el salpicadero del coche de Phil y volvió a fruncir el ceño—. ¿Se ha vuelto a ver a Rocket?
—Todavía no. Pero los bomberos acaban de llegar. Es un campus universitario justo antes de las vacaciones de Navidad...
—Habrá montones de estudiantes asustados dando vueltas.
—Se lo diré a Flora —dijo Phil.
—¿En serio? ¿Ahora estás a cargo de mi informante? Creía que ni siquiera te caía bien.
—Está siendo de gran ayuda en este caso. Además, va en dirección a Cambridge. Nos vamos a encontrar mucho tráfico de camino, llegará allí antes que nosotros. Y, como has dicho —Phil se encogió de hombros, incómodo—, ella conoce a Rocket. Eso nos puede ayudar.
—Está bien. Encárgate de mi informante. A mí me da igual.
Pero D. D. volvió a adoptar una expresión contrita.
Estaban dando vueltas en círculo. Peor aún, estaban persiguiendo la oleada de incendios provocados de un pirómano.
Una buena investigadora no se limitaba a reaccionar a los delitos que se cometían a su alrededor; se adelantaba a los acontecimientos.
Tres incendios: la casa de Evie, la casa de Dick Delaney y ahora varios más en el campus de Harvard, donde trabajaba el padre de Evie.
¿Qué diablos había descubierto Conrad? De todas las vías de investigación, la que tenía más sentido era que Conrad estaba metido hasta el cuello en la dark web.
Llevaba años haciendo sus investigaciones encubiertas.
El nivel de confianza y los contactos que habría hecho con el tiempo.
Los secretos que podría haber destapado...
Como Phil estaba llamando a Flora, D. D. hizo lo mejor que podía hacer: telefoneó a Quincy. La federal contestó al primer tono.
—Agente especial Quincy.
—Tenemos más incendios: una serie de contenedores de basura por todo el campus de Harvard.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé. ¿Qué habéis averiguado Keith y tú?
—Flora nos recomendó cambiar de estrategia y ver si podíamos usar el nombre de usuario de Jacob, I. N. Verness, para rastrear las actividades de Conrad en la dark web.
—¿Ha habido suerte?
—Más o menos. Parece que Conrad quería contratar a un asesino.
—¿Qué? —La noticia pilló a D. D. desprevenida.
—En la dark web se puede comprar prácticamente cualquier cosa. Desde tráfico de personas hasta asesinatos por encargo.
—¿Conrad quería matar a alguien?
—Teniendo en cuenta lo que quería conseguir Conrad de la dark web, nuestra teoría preliminar es que estuvo años haciéndose pasar por un criminal que toca todos los palos, por así decirlo.
Una especie de figura oscura del mundo subterráneo, involucrado en drogas, mujeres y todo tipo de actividades despreciables.
Antes de su muerte, habló de que se encontraba bajo algún tipo de amenaza grave que requería una solución seria.
Estaba buscando recomendaciones para un trabajo sucio.
—Quería identificar a posibles asesinos —dijo D. D.
—En efecto.
—¿Porque se dio cuenta de que estaba en problemas?
¿Porque descubrió su tapadera e iba a por él?
O... —se le ocurrió una segunda idea— la exmujer desaparecida.
Si Jules LaPage la localizó, su siguiente paso sería contratar a un sicario.
Tal vez Conrad estuviera tratando de ponerse un paso por delante; identificar a los sospechosos habituales para ver si a alguno de ellos se le había asignado ese encargo.
—En cualquier caso, Conrad estaba investigando a distintos asesinos. Y acabó asesinado.
—Se acercó demasiado. Flora tenía razón: descubrió algo que no debía. Maldita sea, si Evie no hubiera reventado el portátil... —D. D. volvió a frustrarse. Exhaló con fuerza y se obligó a sí misma a centrarse.
—¿Quieres mi opinión de federal? —comenzó Quincy.
—Adelante.
—Se trata de una operación de limpieza. Primero, los tiroteos; ahora, los incendios. Alguien se está asegurando de eliminar cualquier rastro de Conrad Carter y de lo que pudo haber descubierto.
—Pero ¿por qué quema contenedores de basura?
—No tengo ni idea. Pero los pirómanos son como los asesinos en serie: no siempre pueden controlar sus impulsos. Quizá este tal Rocket haya pasado de los incendios controlados a quemar todo lo que se le ponga por delante.
—Lo que significa que no va a parar —comenzó D. D.
—Hasta que alguien lo detenga —terminó Quincy.
D. D. negó con la cabeza. Justo lo que necesitaban, que la ya de por sí compleja investigación se complicara todavía más por culpa de un niñato adicto al fuego.
«Concéntrate —pensó—. Olvídate de Rocket y de los incendios en los contenedores de basura.
Piensa en el motivo». Conrad se había pasado años navegando por la dark web.
Había conocido a las personas que se escondían detrás de las máscaras virtuales.
Se había ganado su confianza. Había establecido relaciones con ellas.
Año tras año. ¿Qué le había dicho Keith a Flora?
Que la dark web seguía siendo un sistema fundamentalmente humano, o algo así.
Administradores que se conocían entre sí, gestores de foros que respondían personalmente unos por otros.
¿Y el asesino que intentaba contratar? ¿Quizá también habían quedado para verse en persona?
—Tengo que dejarte —anunció D. D.
—Seguiremos con nuestro trabajo aquí —dijo Quincy.
—¿Keith es bueno?
—Mejor de lo que esperaba. Interesante.
D. D. no supo qué responder. Terminó la llamada, le hizo un gesto a Phil y este se alejó rugiendo de la acera, dirigiéndose a toda velocidad hacia Cambridge y la siguiente amenaza para la ciudad.