CAPÍTULO 34
EVIE
—¡No tenías derecho!
El señor Delaney me sigue, tendiéndome una mano reconciliadora.
No me interesa. Me encuentro con una muralla de gente boquiabierta, mirando fijamente el edificio humeante, y siento que mi frustración se duplica.
Estoy harta de las muchedumbres, de las furgonetas de los medios de comunicación y de la gente que trata mi vida como si fuera un entretenimiento.
Estoy igual de harta de mi madre y del señor Delaney, dos personas que dicen quererme, pero que nunca me cuentan la verdad.
Me separo de la multitud y pienso: « Que le den». Me agacho para pasar por debajo de la cinta amarilla que delimita el perímetro. La gente se aparta al instante cuando me abro paso a empujones. Supongo que el señor Delaney se quedará atrás. En cambio, se sumerge en la multitud que hay detrás de mí.
—Dame un minuto.
—¡No quiero oírlo!
—¡Un minuto!
—¡No!
Hemos atravesado el mar de gente. La repentina ráfaga de aire fresco me detiene. El señor Delaney me agarra del brazo.
—No voy a disculparme —dice con dureza, lo cual me pilla desprevenida—. Tu padre era mi mejor amigo. Cuando murió, asumí como responsabilidad personal cuidar de ti. Nunca me disculparé por eso.
—¡Me mentiste !
—¿Cuándo?
—Eso es jerga de abogado, y lo sabes. Mentiras por omisión. Nunca me hablaste del fondo fiduciario...
—Pensé que tu madre te lo había dicho.
—¿En serio? Y de ahí que tenga una mansión, un cochazo y un montón de ropa por estrenar, ¿no?
—A ti nunca te han importado esas cosas, Evie. Tu madre es la que necesita aparentar. Tú aceptaste un trabajo en un instituto público donde podías usar tus dotes para marcar la diferencia. Yo no cuestionaba tu estilo de vida, lo admiraba .
Lo miro con el ceño fruncido. Quiero odiar a este hombre. ¿Cómo se atreve a ser amable conmigo?
—Nunca me dijiste que mi marido tenía un nombre falso.
—No me correspondía a mí contártelo.
—¡Y una mierda! ¿Querías mantenerme a salvo? ¡Estaba viviendo con un impostor y ni siquiera lo sabía!
—Conrad me contó sus razones. Además, lo investigué. La muerte de sus padres. El trabajo de su padre. Todo cuadraba. Si él pensaba que era más seguro para ti seguir conociéndolo como Conrad... Me reitero, no me correspondía a mí contártelo.
—Ayer mismo me sinceré contigo. Te hablé de mi matrimonio. Te dije que pensaba que todos los problemas eran culpa mía. Yo tenía secretos, así que supuse que mi marido también los tenía. ¡Y no te molestaste en corregirme!
Ahí estaba la verdadera fuente de mi ira: que en el fondo no me había equivocado.
Que Conrad me había mentido. E incluso si tenía una buena razón...
bueno, también la tenía el señor Delaney, y mi madre, y, en otros tiempos, mi padre.
Todos tenían sus razones para mentirle a la pobre Evie. Los odio a todos.
Pero también quiero que Conrad vuelva, para poder abrazarlo y decirle lo mucho que lamento lo de sus padres. Que entiendo lo duro que ha debido ser esa carga. Yo la habría compartido con él. Lo habría ayudado. Podría habernos acercado más, podríamos haberlo afrontado juntos.
En cambio, vivíamos en una casa llena de secretos. Nos temíamos el uno al otro. Ninguno de los dos era capaz de confesar.
Nos queríamos. Nos hacíamos daño. Y ahora Conrad se ha ido y ninguno de los dos podrá arreglarlo nunca.
Me seco las lágrimas de la cara. El señor Delaney aprovecha la oportunidad para abrazarme con fuerza.
—Te odio —le digo, con la voz amortiguada contra su grueso abrigo de lana.
—Lo siento mucho, Evie. Ojalá pudiera volver atrás. Ojalá pudiera mejorar las cosas.
—Estoy harta de los remordimientos.
—Lo sé, cariño. Lo sé. Ya está...
Finalmente me quedo quieta, aceptando su abrazo paternal. Caigo en la cuenta de que hace mucho tiempo que nadie me abraza. Hace una eternidad desde que nadie me ofrece consuelo. Así de tenso era nuestro matrimonio. Así de sola estaba.
—¿Conrad me quería? —me oigo preguntar, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta.
—Muchísimo. Él mismo me lo dijo. Antes de conocerte, Conrad estaba totalmente obsesionado con el pasado. Contigo tenía un futuro.
Lo cual debía aterrorizarle tanto como a mí.
Todos esos años de trabajo encubierto —no sé de qué otra forma llamarlo— investigando los antiguos casos de su padre, adoptando nuevas identidades para acercarse a criminales como Jacob Ness.
Lo horrible que debió ser sumergirse en ese mundo, ver tantos horrores y tanta depravación.
Luego volver a casa y tener que fingir que todo iba bien, que solo había estado fuera presupuestando ventanas a medida, nada destacable.
Y todo ello sin encontrar lo que buscaba; preocupado por que algún día su otro trabajo le siguiera a casa.
Estuvo muy tenso estas últimas semanas. ¿Qué había descubierto? Dios mío, ¿cuánto le había costado? Su vida, nuestra casa, la casa del señor Delaney.
Pero me doy cuenta de lo peligrosa que se ha vuelto mi vida.
Han asesinado a mi marido. Mi casa ha quedado reducida a cenizas.
La casa de mi abogado está calcinada. Conrad debió haber descubierto algo por fin, y el hecho de que yo no tenga ni idea de qué es no significa que no nos vaya a salir caro a mí y a mi bebé.
Tengo que concentrarme. Todavía me queda trabajo por hacer hoy. Mientras Delaney estaba distraído con el incendio, hice una segunda llamada sobre la muerte de mi padre. Y, esta vez, obtuve resultados.
—Tengo que irme —digo, alejándome del señor Delaney.
—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja. Me seca las lágrimas de las mejillas.
—Tú eres el que ha perdido su casa.
Él se encoge de hombros.
—También soy el que tiene dos casas de vacaciones. Supongo que trabajaré en Cape Cod durante un tiempo. O quizá en Florida.
No puedo evitar reírme.
—Bueno, no te va tan mal —le digo—. Yo iré a ver cómo está mamá. Si se entera de esto por las noticias...
El señor Delaney se pone tenso de inmediato.
—Ve. Hazle compañía. Y contrólale el vodka. —Suspira—. Dile que aquí todo está bien. Solo son daños materiales, nada más. Iré en cuanto pueda.
—De acuerdo. Tengo que hacer un par de recados primero —respondo evasivamente—. Pero la llamaré. Y si llegas a la casa antes que yo...
Delaney me mira extrañado.
—¿Qué estás tramando, Evie?
—Nada. Cosas del bebé. Es que... quizá no quiero ir directamente de aquí a casa de mi madre y su botella de vodka.
El señor Delaney aprieta los labios, parece que va a rebatirme. Y debería hacerlo, pues le estoy mintiendo con descaro. Pero, teniendo en cuenta todas las mentiras que me he tragado yo últimamente...
Me despido con la mano. Luego, antes de que tenga oportunidad de decir nada más, doy media vuelta y me dirijo hacia mi propio baile con el peligro.
Esta vez, el enfado de Katarina es evidente cuando entro.
No estamos en su despacho; para esta conversación, necesitábamos un lugar menos llamativo, de ahí que hayamos elegido una cafetería muy popular entre los estudiantes de Harvard, en la que no cabe ni un alfiler en esta época de exámenes finales.
Nadie me presta atención mientras atravieso la puerta y me dirijo hacia el fondo del local, abarrotado y con una temperatura excesiva.
Katarina está sentada en una mesa en la esquina trasera.
Con su largo abrigo negro ceñido a la cintura, parece un personaje salido de una película de espías. ¿Y eso en qué me convierte a mí?
—Ya te lo he dicho —comienza con frialdad.
Levanto una mano para hacerla callar.
—Me has dicho algo para que te dejara en paz. Ahora quiero la verdadera historia. La que conocéis tú y el señor Delaney, pero yo no.
Ella frunce el ceño. En mi mente, ya he repasado varias veces nuestra última conversación.
En particular, el final, cuando el señor Delaney se inclinó para susurrarle algo al oído.
Tal vez fuera paranoia pura, pero tuve la sensación de que todos los adultos de mi vida guardaban secretos.
Ya estoy harta de secretos. Quiero la verdad, aunque duela.
Así que volví a llamar a Katarina. Pero esta vez le dije que haría público su romance con mi padre si se negaba a hablar conmigo.
Entiendo cómo funciona el mundo académico.
Independientemente de si Katarina hizo algo inapropiado o no, los rumores sobre un supuesto comportamiento inadecuado le afectarían profundamente.
En especial teniendo en cuenta la reapertura de la investigación sobre la muerte de mi padre, que la arrastraría a un escándalo público.
—Tú no mataste a mi padre. —La ira me ha otorgado valentía. Me gusta.
Deja de fruncir el ceño; parece más bien desconcertada.
—No te importó que la aventura terminara.
Obtengo un simple encogimiento de hombros eslavo.
—¿Y a él? ¿Le importó? —Esto es lo que empecé a preguntarme después de hablar con ella. ¿Y qué si la aventura no había sido un problema para Katarina? Eso no significaba que no fuera importante para mi padre. O para mi madre.
¿Qué le dijo el señor Delaney, el amigo íntimo y confidente de mis padres, a Katarina? ¿Qué sabía él que yo no?
—Tu padre tuvo muchas aventuras —dijo Katarina por fin. Otra vez ese encogimiento de hombros—. Todo el mundo lo sabía. No era un hombre que sintiera la necesidad de seguir las reglas. Una mente tan brillante como la suya...
—¿Te quería?
Su expresión es sorprendentemente honesta.
—Los hombres dicen cualquier cosa para llevarse a una mujer a la cama. En cuanto a lo que quieren decir en realidad... La mujer es siempre la última en enterarse, ¿no?
No sé qué pensar de ella.
—¿Crees que habría dejado a mi madre por ti?
—No.
Esta vez su respuesta es inmediata y firme.
—Eso no te molestó.
—No. —El mismo tono.
—No lo entiendo.
Parece que yo la desoriento tanto como ella a mí.
—¿Qué hay que entender? Nos conocimos, sentimos una atracción física. Satisficimos nuestro deseo. Y el mundo siguió girando, como siempre. No soy una mujer que quiera algo para siempre. Y tu padre no era el tipo de hombre que habría dejado a su mujer.
—¿La quería?
Por primera vez, Katarina aprieta los labios y se muestra pensativa.
—Creo que sí. Su relación era... diferente. Pero, como digo, Earl no era de los que se guiaban por las reglas tradicionales. Tu madre encajaba con él. En ese sentido, también te quería a ti. —Ahora encoge ambos hombros—. Genio y hombre de familia. No es fácil encontrar a alguien así.
—Pero tú no lo querías.
—Siempre supe que ya estaba comprometido.
—Con mi madre.
Katarina no responde, solo me mira fijamente.
Y en esa mirada puedo leer lo que tanto temía escuchar.
La duda que lleva horas creciendo en mi interior.
Mi madre estaba conmigo ese día, pero, como dijo Katarina, ella no era de las que hacían el trabajo sucio.
Mi madre, volátil, imprudente y exageradamente dramática...
—Ella sabía lo de la aventura —susurro—. Dijiste que mi padre te lo había contado. Fue la gota que colmó el vaso.
—Tu madre vino a verme.
No digo nada. Por fin ha llegado el momento de la verdad y me da pánico lo que voy a oír a continuación.
—Me dijo que me alejara de su marido. El típico discursito de «¿Cómo te atreves?» —Katarina suena aburrida—, seguido del de «Si yo no puedo tenerlo, nadie lo hará».
—¿Qué quería decir?
Katarina arquea una ceja.
—¿Tú qué crees que quería decir?
No puedo respirar. La cafetería se me antoja demasiado calurosa, demasiado abarrotada.
Mi madre, famosa por sus ataques de rabia.
Si de verdad pensaba que mi padre iba a dejarla por otra mujer, sobre todo por una tan guapa y talentosa como Katarina Ivanova...
Mi madre dedicó toda su vida a su marido, a alimentar su genio, a proteger su legado.
Una viuda era un figura muy respetada. Una exmujer abandonada, por otro lado...
—No pudo haberlo hecho sola.
Otra vez esa mirada fija.
—¿A quién...? ¿Cómo...? Es mi madre, por Dios. No tiene el número de un sicario apuntado junto al de un manitas.
Katarina finalmente sonríe.
—No necesita ese número.
—¿Qué quieres decir?
—Ella sabía a quién llamar. ¿No se te ocurre nadie?
Solo puedo mirarla con cara de desconcierto. La hermosa profesora niega con la cabeza.
—No conoces a tu familia en absoluto, ¿verdad?
—Supongo que no.
—¿Aún quieres saber la verdad?
—Sí.
—Entonces, no soy la persona con la que debes hablar, pues, sinceramente, no tengo las respuestas. Sospechas, sí. Respuestas, no.
Lo entiendo. Sé a dónde tengo que ir ahora. Con quién tengo que hablar.
Katarina se levanta. Ha terminado conmigo. Y lo más probable es que, basándose en mi aspecto pálido y conmocionado, suponga que voy a dejar el asunto estar. La gente cree que quiere saberlo todo. Hasta que lo sabe, claro.
La veo abrirse paso entre la multitud de la cafetería. La forma en la que algunos hombres la siguen con la mirada. La sonrisa que ella les dedica a todos y cada uno de ellos. Es preciosa, seductora y brillante.
Si yo lo veo ahora, mi madre también lo vio entonces. Un nuevo e inesperado peligro para su corazón, su familia, su propia identidad.
Me levanto. Aquí no encontraré lo que busco ahora.
Apenas salgo de la cafetería cuando empiezo a oír el sonido de las sirenas.