CAPÍTULO 33
FLORA
Keith teclea a toda velocidad. Desde mi ángulo, detrás del hombro de Quincy —la agente del FBI sigue grabando la pantalla del ordenador—, me cuesta distinguir todas las palabras. Además, Keith parece estar utilizando algún tipo de escritura en clave típica de informáticos y ciberdelincuentes.
Capto fragmentos de la conversación. El clásico «cuánto tiempo sin verte». Keith responde que se ha tomado un tiempo sabático, un eufemismo para referirse a la cárcel. A continuación, le sigue una serie de preguntas que no entiendo en absoluto.
Cuando Quincy murmura algunas de las respuestas, empiezo a entender.
El objetivo virtual está tratando de averiguar si Keith ha estado de verdad encarcelado.
¿Qué prisión, qué bloque, qué te pareció la carne en conserva?
Un nivel de especificidad que nunca se me habría pasado por la cabeza y que, sin Quincy presente, no estoy segura de que Keith hubiera podido manejar.
Está sudando profusamente, pero sigue tecleando con determinación, construyendo la historia de I.
N. Verness, que ha estado fuera de juego durante un tiempo, pero que ha vuelto y está listo para la acción.
—No vayas a él —murmura Quincy, colocando una mano tranquilizadora sobre el hombro de Keith. Este acababa de escribir: «Estoy interesado en...»—. Haz que él venga a ti —continúa Quincy.
Suena mi teléfono. Miro la pantalla, veo que es D. D. y me alejo de la mesa.
—Hola —respondo.
—Rocket Langley ha vuelto a actuar. Acaba de quemar la casa de Dick Delaney. No hay heridos, pero los agentes han visto a Rocket alejarse de la zona. Se ha subido a la línea verde en dirección Lechmere.
Frunzo el ceño.
—¿Tenéis contacto visual ahora? La línea verde es una arteria principal del metro. Puede bajarse en muchas paradas o cambiar de línea.
—Las autoridades de transporte lo están buscando. Pero tú lo conoces. Sabes cómo piensa. Quizá quieras ayudar.
Asiento con la cabeza. Hasta ahora, la lucha contra la ciberdelincuencia consiste básicamente en ver cómo teclea Keith. Debería ser más paciente, pero no es el caso. Prefiero la acción cara a cara.
—¿Por qué crees que quemó la casa de Delaney? —pregunto ahora—. ¿No es el abogado de Evie?
—Delaney y Evie dicen que no tienen ni idea. —El tono de D. D. es un tanto burlón.
—Primero, la casa de Evie; luego, la de su abogado. —Intento seguir el hilo—. Alguien está tratando de destruir algo, pero ¿qué?
—Y la cosa no termina ahí. Estamos bastante seguros de que Conrad Carter estaba investigando dos casos diferentes en Florida, uno de los cuales podría haber provocado la muerte de sus padres.
—¿Conrad es Batman? ¿Se convirtió en un justiciero solitario para vengar la muerte de sus padres?
—Estoy rodeado de pirados que no respetan a las fuerzas del orden —coincide D.
D.—. Uno de los casos involucra a dos mujeres desaparecidas, lo que pudo haber puesto a Conrad tras la pista de Jacob Ness.
Ah, y Dick Delaney, el abogado de Evie, conocía la verdadera identidad de Conrad.
Delaney investigó los antecedentes de Conrad cuando él y Evie empezaron a salir.
—¿Sabía Evie lo de Batman o solo pensaba que estaba casada con Bruce Wayne?
—Cómo te odio —me dice D. D.
Se me ocurre una idea. No sé si es buena o no, pero aparto el móvil por un momento y me dirijo a Keith y Quincy.
—Eh, tengo a la sargento Warren al teléfono. Tenemos una pregunta. ¿I. N. Verness ha conseguido que este tipo hable... del producto? —Solo usar esa palabra me repugna.
—Estamos en ello —murmura Keith.
—¿Puedes preguntarle por un amigo común?
Keith y Quincy me miran fijamente.
—¿Quién? —pregunta Quincy.
—Conrad Carter. Utilizó la dark web para llevar a cabo sus investigaciones personales sobre mujeres desaparecidas.
Si todo esto tiene que ver con el tráfico de personas y Jacob estaba utilizando su nombre, I.
N. Verness, para establecer contactos en la web, es probable que se cruzara con Conrad, ¿no?
Por eso Conrad y Jacob quedaron en aquel bar.
Porque Conrad, o Conner, y Jacob habían hecho algún trato.
Keith asiente con la cabeza.
—I. N. Verness no ha iniciado sesión en seis años, pero es probable que Conrad estuviera activo hasta el momento de su muerte el martes por la noche.
Así que, si podemos determinar qué estaba haciendo y con quién estuvo en contacto por última vez, eso podría darnos una pista sobre su asesino y tal vez otra conexión con Jacob.
Keith mira a Quincy. Ella asiente. Él vuelve a escribir.
—Creo que es la dark web —le digo a D. D. por teléfono.
—¿Qué es la dark web?
—Tu conexión. Jacob la utilizaba para perfeccionar sus crímenes. Conrad la utilizaba para investigar. Y apostaría a que Rocket Langley también la usa. Vendía sus servicios, ¿verdad? Es exactamente el tipo de proveedor que busca la gente en la dark web.
—Rocket tiene un punto de entrega para establecer contacto.
—No —corrijo a la sargento—, eso es para recibir el pago. No es lo bastante sofisticado como para usar bitcoins, pero tiene un teléfono y necesita conseguir clientes de alguna manera, ¿no? ¿Qué le impide colgar un cartel, por así decirlo, en el panel de anuncios más invisible del mundo?
—Podría ser —murmuró D. D.—. Antes, el matón del barrio solo era el matón del barrio. Pero, para un chico de la edad de Rocket, Internet es una herramienta más a su alcance. ¿Por qué no iba a utilizarla para encontrar nuevas y mejores formas de provocar incendios?
Vuelvo a centrar mi atención en Keith.
—¿Sería muy difícil para un pirómano a sueldo crear una cuenta en la dark web? —le pregunto—. Es decir, ¿es como colgar un anuncio cualquiera, pero..., em, secreto?
—Afianzarse como vendedor requeriría cierto esfuerzo —informa Keith desde su asiento en la mesa del comedor—. Para empezar, hay una lista de espera.
Esto me sorprende.
—¿Hay lista de espera en la dark web?
—Por supuesto. Y los compradores y vendedores deben pasar por bastantes trámites.
El objetivo es mantener el anonimato, pero, al mismo tiempo, los vendedores deben demostrar su profesionalidad y credibilidad.
Nadie quiere contratar a un idiota que haga promesas que no puede cumplir.
O al contrario: comprar servicios que no puede pagar.
—¿Cómo se hace esto? —le pregunto a Keith.
—Los nuevos compradores deben crear cuentas de depósito para demostrar su capacidad de pago. Y se utilizan referencias para garantizar la capacidad de los vendedores para prestar sus servicios.
—¿Los proveedores ilegales responden por otros proveedores ilegales? —La dark web me parece cada vez más extraña.
—Algo así.
—Lo que significa —digo— que hay alguien que comprueba estas referencias y verifica las cuentas de depósito.
—Todos los sitios web tienen administradores, incluso los ilegales.
En este caso, los foros encriptados en los que Jacob se relacionaba con otros depredadores tienen dos o tres moderadores que se conocen en la vida real.
Confían los unos en los otros y conforman la piedra angular del foro.
A continuación, establecen contactos y buscan nuevos miembros, exigiéndoles pruebas de sus actividades ilegales, como copias digitales de pornografía infantil, vídeos snuff, etcétera.
Esto hace que todos los miembros del sitio sean igual de culpables y, por lo tanto, estén igual de protegidos.
A pesar estar en el ciberespacio, sigue siendo un sistema humano.
No se puede pasar el rato, chatear o comerciar en la dark web así, sin más.
Se necesita que una persona real responda por ti.
Un administrador tiene que concederte acceso.
Asiento con la cabeza y vuelvo a sentirlo: se está formando una conexión tenue, tan delicada como la red sobre la que tanto estoy aprendiendo.
Conrad, año tras año, encorvado sobre su portátil, indagando en lo peor de Internet.
Una especie de juego del gato y el ratón con múltiples objetivos.
Estaba investigando dos casos diferentes. Mujeres desaparecidas...
—¿Cuál era el otro caso? —le pregunto a D. D. con urgencia—. La segunda investigación de Conrad. Has dicho mujeres desaparecidas y...
—Un exmarido descontento que disparó a su mujer en la cara. Ella sobrevivió. Él entró en la cárcel. Por lo que sabemos, está esperando a salir para terminar lo que empezó. Creemos que Conrad sabía dónde se escondía la mujer. Puede que incluso le estuviera enviando dinero para ayudarla.
—¿El marido está entre rejas?
—Sí.
—Entonces, ¿ese cabrón no puede ir a por su mujer él mismo?
—No.
—Los proveedores —afirmo—. Jacob los utilizaba.
Seguro que Conrad también contactó con muchos de ellos.
Proxenetas, depredadores, sicarios, secuestradores.
Joder, tal vez incluso algún que otro pirómano.
Como has dicho, detrás de cada transacción hay una persona real que compra o vende.
Ahora piensa que Conrad ha pasado años en la dark web .
—Al menos diez o quince —añadió D. D.
—Y piensa en la red que habría construido usando sus diversos alias.
Proveedores de servicios que lo conocían y confiaban en él, lo que le permitiría profundizar cada vez más.
Pero él no se limitaba a investigar un solo delito.
Está investigando todo tipo de empresas criminales.
¿Y si descubrió algo? ¿Y si descubrió a alguien ?
Porque, como dice Keith, nada de la dark web puede existir sin personas reales que lo gestionen.
Larga pausa.
—¿Te refieres a alguien como Ulbricht, de Silk Road?
—Quizá. Pero no tiene por qué ser un gran cerebro criminal.
Bastaría con revelar que el director del instituto del barrio es, en realidad, la persona que administra el foro de pornografía infantil o que la simpática vecina de arriba es una asesina a sueldo.
Eso también explicaría el incendio provocado: si Conrad descubrió la identidad de algún depredador, puede que la persona en cuestión temiera que Conrad lo hubiera documentado de alguna manera.
Un cuaderno escondido en un cajón. Un diario que le hubiera entregado a un conocido abogado amigo íntimo de su mujer.
D. D. se detiene a considerar la idea.
—No es una mala teoría —dice por fin—. Pero es una mera conjetura, no nos sirve de ayuda.
—Todavía no. Pero dale tiempo a Keith. Puede indagar desde la propia dark web, utilizando los alias de Conrad para encontrar conexiones. Lo averiguará.
Miro a Keith a los ojos por primera vez en toda la mañana.
Arquea una ceja ante las enormes promesas que acabo de hacer en su nombre, pero no niega con la cabeza.
Lo hará. Lo que significa que quizá me equivocaba con él después de todo.
Quizá haya esperanza para nosotros. Quizá haya esperanza para mí.
—Sabemos que Conrad conocía a Jacob —murmura Quincy desde detrás del hombro de Keith—. Si utilizamos a I. N. Verness para respaldar a Conrad y a Conrad para respaldar a I. N. Verness...
Keith empieza a asentir. Quincy se acerca a la pantalla. Ya están trabajando en ello. Lo que significa que mi labor aquí ha terminado. Finalizo la llamada con D. D. y me dirijo hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —grita Keith.
—Voy a atrapar a un pirómano.
Empiezo abriendo un mapa de la línea verde en mi teléfono.
Es una arteria principal, pero la red de metro de Boston tiene muchas.
Por desgracia, según el punto por el que Rocket entró en el sistema subterráneo, habrá pasado por varios puntos de intercambio en los que podría haber dejado la línea verde para tomar cualquier otra.
Tardo unos treinta segundos en darme cuenta de que las posibilidades son infinitas y de que no voy a llegar a ninguna parte mirando un mapa de transporte público lleno de colores.
En su lugar, empiezo a trazar puntos. El barrio de Rocket. A donde supongo que, tras haber hecho el trabajo, querrá volver. Una especie de zona de confort hasta que se calmen las aguas. Además, el punto de entrega está allí. Ha llevado a cabo un encargo importante, querrá cobrar sus honorarios.
Ambos puntos están en la dirección opuesta a Lechmere, hacia donde se dirigía Rocket.
¿Estaba tratando de engañarnos? ¿Sabía que la policía podría estar vigilándolo e intentó despistarlos?
Pero, si tan inteligente es, sabrá que también lo estarían esperando en su casa.
Quizá no pueda volver al barrio después de todo.
Necesita ocultarse en algún sitio tranquilo durante un tiempo.
Decido ser valiente. No llamo a D. D., sino a su segundo al mando, Phil, el agente nominado a padre del año. No le caigo bien. Yo no sé qué pensar de él. Crecí sin padre, así que nunca estoy segura de si su perpetua mueca de desaprobación es real o una muestra de afecto.
—¿Tenemos alguna lista de socios de Rocket Langley? —pregunto sin preámbulos—. Estoy mirando el mapa del metro y escapó en dirección opuesta a su barrio, lo que me hace pensar que puede que tenga otro lugar donde esconderse.
—¿D. D. te ha pedido que persigas a Rocket?
Sí, desaprobación real.
—Lo conozco.
—¿Y qué vas a hacer si lo atrapas?
—Te prometo que solo hablaré con él. A menos, claro está, que empiece a jugar con cerillas. Entonces, puede pasar de todo.
—Rocket tiene un hermano mayor y un amigo del instituto. Sin embargo, ambos viven en el mismo edificio.
Fin de mi teoría.
—¿Sabes cuándo le encargaron quemar la casa de Dick Delaney?
—Lo cierto es que tenemos a dos agentes revisando cada segundo de las grabaciones de vídeo, y la única actividad que hemos encontrado en su punto de entrega fue el miércoles por la mañana, antes del primer incendio.
Si le contrataron para hacer un segundo trabajo en casa de Delaney, aún no tenemos nada.
Frunzo el ceño. Rocket tenía un sistema. ¿Por qué se desviaría de él ahora? Me puse en contacto con él anoche, pero no tenía motivos para considerarme una amenaza legal. Si acaso, soy una futura clienta. Así que, de nuevo...
Tengo una sensación de incomodidad. Lechmere. Se dirigía a Cambridge. Donde Evie vive con su madre.
Su casa.
La casa de su abogado.
La casa de su madre.
—No tenía un solo objetivo —me oigo susurrar.
—¿Perdón?
—La entrega inicial. Rocket no fue contratado para quemar solo la casa de Evie.
Fue contratado para incendiar tres casas, los tres lugares donde Conrad podría haber escondido un secreto: su casa, la casa del abogado y la casa de su suegra.
Rocket se dirige a Cambridge. Va a quemar la casa de la madre de Evie.