Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Su despacho es pequeño, nada del otro mundo: suelos de linóleo, luces fluorescentes, sin ventanas.

Se levanta de su escritorio. Lleva un vestido cruzado de lana de color granate oscuro que realza su exuberante figura y su abundante cabello.

Está claro que la doctora Ivanova no siente la necesidad de disculparse por ser una de las únicas profesoras del Departamento de Matemáticas.

Me gustaría que me cayera bien por eso, pero su recelo me pone nerviosa.

Ya no estoy segura de querer saber más sobre ella. Ni sobre su relación con mi padre.

—¿Evelyn Hopkins? —dice, llamándome por mi apellido de soltera.

No la corrijo. Estoy aquí por mi padre, así que, cuando hablé con ella, tenía más sentido usar el apellido Hopkins.

—Dick —dice, señalando con la cabeza al señor Delaney.

Si no acabara de tener una conversación tan reveladora con el mejor amigo de mi padre, haría ciertas asunciones sobre lo bien que se conocen la doctora Ivanova y el señor Delaney. Ahora no tengo ni idea de qué pasa.

Me siento. Al cabo de un momento, el señor Delaney se sienta a mi lado. Entonces los tres nos miramos fijamente. Ahora que estoy aquí, no sé qué es lo que quiero preguntar, qué es lo que necesito saber.

—Tengo algunas preguntas sobre mi padre —digo por fin.

—Ya me lo has dicho por teléfono.

La doctora Ivanova ha vuelto a su sitio detrás del escritorio.

Se inclina hacia delante y apoya ambos codos en la superficie lisa.

Esto hace que su pecho se adelante y, por el corte de su vestido, deja ver bastante escote.

Me pregunto si es para distraer al señor Delaney o si la doctora Ivanova es una de esas mujeres que han utilizado su aspecto físico como arma durante tanto tiempo que ni siquiera es consciente de ello.

Abro la boca para decirle que la policía ha reabierto la investigación sobre su muerte, pero, en el último momento, cambio de opinión.

No soy una experta en investigaciones policiales, pero he visto suficientes series como para saber que no debo revelar más de la cuenta.

Si esta mujer tuviera algo que ver con la muerte de mi padre, la reciente línea de investigación podría ponerla en guardia.

No hay necesidad de llegar a eso todavía.

Por otra parte, el verdadero asesino sabe que yo no disparé a mi padre. El verdadero asesino sabe que llevo dieciséis años mintiendo. ¿Hay algo que pueda hacer con eso?

De repente, se me ocurre un plan.

—¿Me has visto en las noticias? —le pregunto, manteniendo la voz deliberadamente tranquila.

—Te arrestaron por disparar a tu marido.

—Yo no lo hice. El señor Delaney, mi abogado —hago un gesto con la cabeza en su dirección. La doctora Ivanova esboza una leve sonrisa burlona. Definitivamente, no hay ningún afecto entre ellos—, aclarará todo esto muy pronto —continúo—. Mientras tanto, estoy embarazada. He perdido mi casa.

Ella arquea una ceja.

—Oh, ¿no te has enterado? Mi casa se incendió la otra noche.

Ella niega con la cabeza. Su expresión permanece impasible. Lo que digo no es una sorpresa para ella, y sin embargo, está claramente a la defensiva.

—Estoy sufriendo un revés financiero —le digo, omitiendo la repentina noticia de esta mañana sobre el fondo fiduciario—. Me gustaría remediar esa situación.

Me dedica una mirada dura. Es impresionante.

Entiendo que mi padre la encontrara atractiva.

Solo con ver su elección de vestido se intuye un exotismo que nadie habría atribuido jamás a mi madre.

Pero ¿le habría sido infiel mi padre? Siempre pensé que mi madre y él estaban muy enamorados.

Sin embargo, como todas las parejas, tenían sus diferencias.

Entonces tengo otro pensamiento, más extraño si cabe.

Si Conrad hubiera conocido a esta mujer, ¿me habría engañado con ella? ¿Me engañaba? Identidades falsas, fajos de billetes. ¿En qué lugar quedaba la infidelidad después de ese nivel de traición? Solo pensar en ello me deja sin aliento.

Algo de todo esto debe reflejarse en mis ojos, porque la doctora Ivanova me mira con el ceño fruncido.

—No sé a qué te refieres.

—Él te quería —digo, sin más.

Doy en el blanco. Puedo verlo en su rostro. Las palabras que quería oír. Lo que todas las mujeres quieren oír.

—Nunca habría dejado a mi madre por ti, pero te quería.

Ella desvía la mirada, pero no antes de que yo vea la emoción en sus ojos. A mi lado, el señor Delaney permanece en silencio. Me deja llevar la batuta, desvelando secretos que sin duda ya conocía.

En efecto:

—¿Se lo dijiste? —Ella se dirige a él bruscamente.

—Era una niña. Por supuesto que no.

—Entonces, ¿cómo...?

—Ya no soy una niña. Soy una mujer adulta. Casada. Viuda. No necesito que me expliquen cómo funciona el mundo.

—¿Qué quieres? —repite ella.

—Sé lo que hiciste. Te he encubierto todos estos años. Lo menos que podrías hacer es devolverme el favor.

Me mira con el ceño fruncido.

—No sé...

—La policía ha retomado la investigación sobre la muerte de mi padre.

Sus ojos se agrandan.

—A raíz de la muerte de mi marido, tienen nuevas pistas que quieren investigar.

—No disparaste a tu padre por accidente.

—Yo no le disparé. Ni por accidente ni adrede. Y ambas lo sabemos.

—¿Qué? —Se aleja bruscamente de su escritorio. Parece sorprendida, lo que me hace reflexionar. Hasta ahora, he estado recreando mi propio episodio de Ley y orden. Excepto que, en mi guion, ahora llegaba la parte en la que ella confesaba. No la parte en que me mira confusa.

—Sé lo que ocurrió de verdad en la cocina aquel día —insisto—. Mi madre estaba desconsolada. La verdad la habría hundido por completo. Así que mentí para protegerla. Pero eso no significa que no conservara algunas pruebas.

—Eso es ridículo.

—A menudo aparecen pelos en las escenas del crimen. Sobre todo mechones largos y oscuros. Empapados en sangre.

Ella palidece. A mi lado, el señor Delaney se retuerce ligeramente.

—La policía aún puede analizarlos.

—No te creerán. Disparaste a tu marido. Saben qué tipo de persona eres.

—No disparé a mi marido. Disparé al ordenador. Y la policía me cree.

Su desconcierto es más que evidente ahora. No la culpo. Estoy tratando de desestabilizarla. Resulta que soy bastante buena en esto.

—¿Quién disparó a tu marido? —pregunta sin rodeos.

—¿Quién incendió mi casa? —le respondo.

Ella niega con la cabeza, empezando a pensar que estoy perdiendo la cabeza. Tengo que terminar con esto antes de que encuentre todas las incongruencias en la historia que estoy tejiendo al azar.

—Sé lo que hiciste —repito—. Tengo pruebas. Pero también soy una mujer sin suerte. Lo que significa que, por el precio adecuado, puedo hacer que todo desaparezca.

El señor Delaney se gira y me mira fijamente. Ya no puede evitarlo. ¿Está impresionado u horrorizado? No tengo el valor de mirarlo para averiguarlo.

—No sé qué crees que sabes —me dice la doctora Ivanova con el ceño fruncido—, pero yo no disparé a tu padre.

Sí, me acosté con él. Era guapo y brillante.

Pero no esperaba que dejara a tu madre. Tampoco quería que lo hiciera.

Era demasiado mayor para mí y no tengo necesidad de casarme. Prefiero mi vida tal y como es.

—Pero os peleasteis.

—No. Éramos dos adultos maduros. Teníamos deseos.

Fuimos egoístas y luego todo se acabó. Exceptuando, claro, que tu madre se enteró.

No estaba contenta con él. Aunque resultaba obvio que no era la primera vez que se enteraba de cosas así.

Tu padre estuvo preocupado por eso un tiempo.

Ella estaba más enfadada de lo habitual.

¿Cómo lo llamó? Ah: «La gota que colmó el vaso».

—La gota que colmó el vaso.

—Así es. Cuando me enteré de que habían matado a Earl, supuse que había sido su mujer.

—Mi madre estaba conmigo.

Por primera vez, la doctora Ivanova sonríe. Es una expresión felina.

—Por favor, tu madre nunca se ensuciaría las manos de esa manera.

Y siempre he sabido que es mucho más inteligente de lo que tu padre admitía.

—Ivanova me hace un gesto con la mano, indicándome que ha terminado conmigo—.

No tienes nada. Si viene la policía, les diré la verdad.

Tu padre y yo fuimos amantes hace mucho tiempo.

Luego dejamos de serlo; también hace mucho tiempo de eso.

Yo no me dedico a disparar a mis ex. Francamente, no podría permitirme tantas balas.

Clava su mirada en mí. Y así, sin más, mi investigación ha terminado. Ella ha ganado. Yo he perdido. Se acabó el juego.

Me levanto, sorprendida al descubrir que me tiemblan las piernas. Para ser sincera, creo en la afirmación de Katarina de que no tenía motivos para matar a mi padre. Ahora sospecho de mi madre, lo cual es peor.

Quiero alejarme de aquí tanto como sea posible. Esta mañana ha sido un despropósito. Quizá los niños no deban conocer tan a fondo a sus padres. Quizá nadie debería indagar demasiado en sus recuerdos de la infancia.

El señor Delaney también se pone de pie. Cuando me dirijo hacia la puerta, él duda. Lo oigo murmurarle algo a la doctora Ivanova. Quizá un último comentario sarcástico de despedida. Sea lo que sea, ella le responde de malas maneras, descontenta con él.

Ya no me importa. Solo quiero volver al coche. ¿Y luego qué? ¿Regresar a casa de mi madre? ¿Verla preparar más martinis en la cocina? ¿O preguntarle sin rodeos si organizó la muerte de papá?

Dudo de cosas de las que no quiero dudar. Y veo cosas que no quiero ver.

Al salir del edificio, en mitad del intenso frío de mediados de diciembre, suena el móvil del señor Delaney. Contesta con brusquedad.

—Delaney. Sí. ¿Perdón? ¿Cómo dice?

Sus pasos se aceleran de inmediato. Corro para seguirle el ritmo cuando termina la llamada y se guarda el teléfono en el bolsillo.

—Hay un incendio —dice con voz severa.

—¿Dónde? —Entonces, antes de poder evitarlo, añado—: ¿Mamá?

—Ella está bien. No es en la casa de tu madre, Evie. Es en la mía.