Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 31
81%

CAPÍTULO 31

EVIE

El señor Delaney insistió en conducir. No sabía si pensaba que una mujer en mi delicada situación no debía ponerse al volante de un coche o si simplemente era uno de esos hombres que necesitaba tener el control.

Quería reunirme con el doctor Martin Hoffman, el jefe de departamento durante la titularidad de mi padre en Harvard.

Mi madre había dado a entender que él conocía a todos los socios de mi padre, así que pensé que sería el mejor lugar para empezar.

Por desgracia, no contestaba al teléfono.

Le dejé un mensaje, pero estaba demasiado ansiosa para esperar.

A continuación, llamé a Katarina Ivanova; encontré su número laboral en la página web del departamento.

Curiosamente, ella respondió y, tras un momento de vacilación, accedió —de forma bastante fría, en mi opinión— a reunirse conmigo.

Busqué su foto en Internet. Era hermosa, con una espesa melena ondulada, ojos de pestañas oscuras y piel dorada. Todo lo que mi madre, rubia platino, no era.

La foto de Katarina apenas consiguió despertar recuerdos en mí.

Me resultaba algo familiar. Probablemente la había conocido en una de las partidas de póquer de los viernes.

Pero no pude recordar nada concreto. Solo la leve sorpresa de que una mujer tan guapa fuera profesora de matemáticas en Harvard, lo que resulta irónico viniendo de parte de una compañera matemática que debería ser menos prejuiciosa.

El hecho de que me queje del sistema no significa que sea inmune a él.

Ahora, el señor Delaney y yo atravesamos Cambridge en agradable silencio.

El campus de Harvard no está lejos, solo a unos kilómetros.

Las estrechas calles de Cambridge están congestionadas, por lo que probablemente sea más rápido ir andando que en coche.

Pero en esta época del año, con las temperaturas gélidas y las aceras cubiertas de nieve derretida, el vehículo es preferible.

Avanzamos otro kilómetro a paso de tortuga; entonces no puedo evitar preguntar: —¿Mi madre y tú estáis saliendo?

El señor Delaney aparta la vista de la carretera lo suficiente como para dedicarme una mirada de sorpresa.

El coche que va delante se detiene en seco ante un peatón que cruza la calle corriendo.

El señor Delaney pisa el freno y levanta un brazo como para evitar que yo salga volando por el parabrisas.

Llevo puesto el cinturón de seguridad y vamos muy despacio, pero agradezco su instinto protector.

—¿Por qué lo preguntas? —dice finalmente.

—¿Por qué no respondes? —le replico. Ya sé cómo trabaja el abogado—. No digo que me importe. Solo quiero saberlo.

—Tu madre es una mujer muy guapa —admite por fin.

Asiento en señal de apoyo. El señor Delaney y mi madre.

Cuanto más lo pienso, menos me importa. A mi madre le viene bien tener a alguien en su vida.

Sé mejor que nadie que mi padre era todo su mundo.

Estos años han sido duros para ella. Me alegro de que tenga a alguien como el señor Delaney en su vida.

—Sería un honor para mí mantener una relación con ella —continúa el señor Delaney—, si fuera el tipo de hombre interesado en tener una relación con una mujer muy guapa.

Tardo un momento en asimilar lo que acaba de decir. El coche que tenemos delante vuelve a ponerse en marcha. Avanzamos lentamente. Siento que mi cabeza da vueltas, mi cerebro es como el símbolo giratorio de un teléfono que lucha por cargar contenido. Un momento. ¿Eso significa que...?

De repente, con un pequeño clic, comprendo todo lo que había pasado por alto.

El hombre increíblemente guapo a mi lado que nunca se ha casado ni ha tenido hijos.

Coqueteaba con descaro con todas las mujeres a su alcance, pero nunca llegaba ni se marchaba con ninguna agarrada del brazo.

Había observado el interés que las mujeres mostraban por él y, con su encantadora sonrisa, supuse que era un mujeriego de primer orden.

Pero, desde que tengo recuerdos, jamás ha tenido ninguna novia, ninguna relación seria.

Me siento estúpida.

—Lo siento —le digo.

Él sonríe con amabilidad.

—No es algo de lo que suela hablar. Mis padres no eran de mente abierta a ese respecto.

—¿No han fallecido?

—Las viejas costumbres nunca mueren. Mis amigos íntimos y mis compañeros conocen mis preferencias, pero no es algo que vaya anunciando por ahí.

—Lo siento —repito.

—¿Por qué?

—Porque... Porque no deberías tener que dar explicaciones sobre quién eres.

No deberías sentirte cohibido. Y no deberías tener que justificarte ante una idiota como yo.

No es que me importe —me apresuro a añadir, y luego me doy cuenta de que ha sonado mal—.

Tú sí me importas —corrijo—. No me importa con quién salgas.

—¿Siempre y cuando no sea tu madre? —pregunta con picardía.

—Ja. Por favor, dime que no tengo que preguntarte por mi padre. —Pongo los ojos en blanco, bromeando claramente.

La mirada que me lanza me deja estupefacta.

—¿Qué? ¡Espera! Ni hablar.

Empieza a reírse y me doy cuenta de que me ha engañado. Dios mío, tengo que empezar a dormir más, porque cada vez que creo que empiezo a entender a mi familia, mi visión del mundo vuelve a dar un vuelco.

—¿Mis padres lo sabían? —pregunto, tratando de recuperar el equilibrio.

—Comprendí quién era cuando llegué a la universidad.

Tu padre fue el primero en darse cuenta.

Como te digo, no era algo que yo anunciara a los cuatro vientos.

Su aceptación total y absoluta fue muy importante para mí en un momento de mi vida en el que todavía me costaba sentirme cómodo conmigo mismo.

Casi vuelvo a decir que lo siento, pero me contengo.

—Tu madre... tonteó conmigo durante meses.

Solo tenía ojos para tu padre, por supuesto, pero sentía la necesidad de mantenerme cerca, probablemente para ponerlo celoso.

No nos molestamos en corregirla. Era demasiado divertido ver cómo actuaba.

Creo que cuando por fin le di la noticia, me abofeteó por mentir.

Y luego me abrazó, aliviada de que hubiera una buena razón por la que aún no hubiera sucumbido a sus encantos. Tu madre es una mujer complicada.

—Y que lo digas —murmuro.

—Te quiere.

Me encojo de hombros.

—Ella es el sol. Siempre será el sol. Yo solo aspiro a orbitar a su alrededor y, a veces, eso es agotador.

—Ella es quien es, igual que yo soy quien soy.

—¿Es eso lo que los tres tenéis en común? Mi madre, que necesita lo que necesita, lo quiera o no. Mi padre, cuyo cerebro funcionaba como funcionaba, lo quisiera o no. Y tú, que prefieres lo que prefieres, lo quieras o no.

—Los tres inadaptados —admite el señor Delaney.

Me cuesta ver a mis padres de esa manera. Mi padre siempre fue el genio, mientras que mi madre siempre fue la anfitriona perfecta que nunca tiene un pelo fuera de lugar. Y el señor Delaney, el mismísimo zorro plateado, uno de los mejores abogados de Boston...

Pero, antes de todo eso, fueron jóvenes. Yo pasé mi propia época complicada a esa edad, ¿tan extraño es pensar que ellos también la tuvieron?

—¿Quieres saber otro secreto? —me pregunta el señor Delaney.

—¡Sí!

—En aquellos días, yo era un completo insurrecto.

—¿Un chico rebelde?

—Dicen que dentro de cada abogado hay un excelente delincuente, de ahí que seamos tan buenos en nuestro trabajo. Conocí a tu padre en un bar, peleándome con otro estudiante.

—¿Tú? ¿Peleándote? ¿A puñetazos y patadas? —Observo su jersey de cachemira de trescientos dólares y me cuesta creerlo.

—Por favor, iba ganando. —Su tono se vuelve seco—. No sé por qué te sorprendes tanto.

—Eh... ¿Por qué te estabas peleando?

—Ni siquiera lo recuerdo. En aquella época, cualquier excusa era buena. El temperamento irlandés. Una gran cantidad de rabia mal encauzada. Una necesidad, creo, de demostrar que era un hombre en los aspectos más elementales, ya que no podía hacerlo de la forma más fundamental.

No puedo evitarlo.

—Lo siento.

—Aquello fue antes de que tú nacieras. Todo el mundo tiene que pasar por una etapa de juventud y estupidez. Si no, nunca aprenderíamos a madurar.

—¿A mi padre no le importó que le dieras una paliza al otro chico?

—El otro estudiante le había estado molestando en el bar. Tu padre me dio las gracias por acabar con su torturador de una forma tan torpe y adorable que no pude resistirme cuando me ofreció invitarme a una cerveza.

Ahora me asaltan las dudas sobre el señor Delaney y mi padre, y no sé cuántas nuevas revelaciones de mi infancia podré soportar.

Él me sonríe. Estamos en la facultad, en la parte exterior. Desde aquí no tendremos más remedio que aparcar y caminar hasta el despacho de la doctora Ivanova.

—Estuve enamorado de tu padre. Al principio.

Creo que él lo sabía. Tu padre era difícil de interpretar.

Daba la sensación de que carecía de habilidades sociales, que desconectaba.

Pero, cuando le preguntabas sobre una velada, una persona, una situación...

Veía cosas. La impresionante claridad de sus percepciones me dejaba sin aliento.

Y me preguntaba cómo podía soportar la carga de ver el mundo de forma tan precisa.

—Él me veía a mí —me oigo susurrar. Miro hacia mi regazo—. Sabía que era una niña desmañada y que, por muchas meriendas forzadas que organizara mi madre, nunca encajaría con mis compañeros. Sabía lo mucho que necesitaba el piano, algo que fuera mío. Sabía lo mucho que lo necesitaba a él.

—Earl te quería mucho.

—Mi padre nos quería mucho a todos.

El señor Delaney sonríe con tristeza y gira hacia el aparcamiento.

—Puedo decir con toda sinceridad que fue uno de los grandes amores de mi vida. No hay un solo día en el que no lo eche de menos.

Al ver su rostro, lo creo.

La doctora Katarina Ivanova levanta la vista de su escritorio cuando entro en su despacho. Parece más mayor que en la foto de su página web. Tiene la cara más redondeada. Tampoco parece contenta de verme. Su expresión se agria aún más cuando el señor Delaney aparece detrás de mí.