Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

D. D.

D. D. concluyó su reunión con Neil y Carol.

Basándose en todo lo que habían averiguado, todo apuntaba a que Conrad Carter había seguido investigando los casos de su padre tras su muerte.

Eso significaba que se había ocupado de todo lo relacionado con ocultar a Monica LaPage de su exmarido encarcelado —pero aún sediento de venganza—, así como de investigar la desaparición de al menos dos chicas en Florida.

Además, según el testimonio de Evie sobre el sitio .

onion que había visto en el portátil de su marido, Conrad había estado utilizando la dark web para hacerlo.

¿Fue allí donde conoció a Jacob Ness y organizó la cita en un bar?

¿O donde conocía a todo tipo de depredadores hasta que uno de ellos descubrió sus verdaderas intenciones y se vio obligado a matarlo?

¿O acaso Conrad descubrió algo que no debía?

Sabían más cosas, pero aún no sabían lo suficiente.

Neil y Carol debían ponerse en contacto con el inspector jubilado de Jacksonville, Dan Cain, que supuestamente había mantenido el contacto con Conrad.

También debían indagar con discreción sobre el paradero de Monica LaPage.

D. D. daba vueltas a las retiradas mensuales de la cuenta de Conrad.

¿Le ofrecía ayuda económica a la mujer acosada, continuando con los esfuerzos de su padre por ayudarla?

Tantas preguntas.

Mientras tanto, D. D. regresó a su despacho, desde donde podía llamar a la investigadora de incendios provocados Patti Di Lucca.

Quería más información sobre Rocket, que era el principal sospechoso del incendio de la casa de los Carter.

Por no hablar de todo ese asunto de los pirómanos a sueldo.

¿Había oído Di Lucca hablar de algo así antes?

¿Encajaba con la información que tenían de aquel chico escuálido?

¿Y cómo se enteraban los clientes de la existencia de esos servicios?

Flora decía que Rocket era inteligente a su manera. En el mundo de D. D., eso nunca significaba nada bueno.

Alcanzó su teléfono móvil justo cuando empezó a sonar. Echó un vistazo a la pantalla y sonrió.

—Las grandes mentes piensan igual —dijo mientras contestaba la llamada de Patti Di Lucca.

—Aunque los necios rara vez difieren —terminó Di Lucca el proverbio.

—Oh, oh. ¿Eso significa que no me va a gustar esta llamada?

—Depende. ¿Qué opinas de un segundo incendio?

—¿Dónde?

—En la casa del abogado Dick Delaney. Apesta a gasolina, y me han dicho que los bomberos han encontrado una olla quemada en la cocina y humo denso procedente de aceite de cocina.

—Rocket Langley —susurró D. D.

—Ya estoy aquí —informó Di Lucca.

—¿Hay heridos?

—No. La residencia estaba vacía cuando se ha iniciado el incendio.

—Nos vemos allí.

***

Phil tuvo que aparcar a varias calles del incendio.

Una espesa columna de humo oscuro se elevaba ante de ellos y D.

D. empezó a toser tan pronto salió del coche.

La calle colindante a la casa de Dick Delaney en Back Bay estaba abarrotada de camiones de bomberos y servicios de emergencia.

Dada la proximidad de los edificios de ladrillo rojo que se alineaban en la majestuosa manzana, el Departamento de Bomberos de Boston no había perdido tiempo en sofocar las llamas.

Phil y D. D. mostraron sus credenciales y pasaron por debajo de la cinta que acordonaba la escena del crimen.

D. D. encontró a Di Lucca refugiada detrás de uno de los camiones de bomberos, protegiéndose del calor del fuego.

La investigadora de incendios, elegantemente vestida, los saludó con la cabeza al verlos acercarse.

—Lo que sé es lo que te he dicho por teléfono. Todavía hace demasiado calor para entrar. Pero los efectivos que llegaron en primer lugar informaron que olía a gasolina. Además, detectaron un patrón de quemadura claro, lo que indica el uso de un acelerante.

D. D. asintió mientras giraba sobre sí misma.

Como corresponde a un abogado defensor de gran éxito, Dick Delaney vivía en un edificio muy caro.

La calle estaba llena de automóviles de importación, y cada una de las casas adosadas restauradas parecía más grandiosa que la anterior.

Enormes coronas decoraban las puertas oscuras.

Las escaleras de entrada estaban flanqueadas por macetas con plantas navideñas frescas, mientras que los arbustos, cuidados con mimo, estaban adornados con brillantes luces blancas.

—Tiene que estar mirando —murmuró D. D.

—A los pirómanos les encanta admirar su obra —coincidió Di Lucca.

—¿Hay algún edificio vacío en la zona? —preguntó D. D. a Phil, estudiando la hilera de ventanas frente a ellos.

A esa hora del día, era imposible ver el interior.

Las ventanas solo reflejaban el cielo humeante.

Era posible que Rocket estuviera tras una de esas ventanas, observándolos desde arriba.

O quizá estuviera agazapado en una escalera de incendios o escondido entre la multitud de curiosos.

Había tantas posibilidades... Y, sin embargo, D.

D. juraría que podía sentir su mirada clavada en ella.

—¿Hay testigos? —preguntó D. D. a Di Lucca mientras Phil iba a hacer algunas pesquisas.

—Ninguno. Pero a esta hora del día no hay mucha gente en casa.

—Sabe cómo pasar desapercibido —dijo D. D.—. Tenemos motivos para creer que pudo haberse disfrazado de trabajador de control de plagas para entrar en la residencia de los Carter. Nadie se fija en los trabajadores. Además, eso le daba una excusa para andar por ahí con botes de espray gigantes.

—Es más inteligente de lo que habría pensado, teniendo en cuenta que al chico solo le han interesado los inmuebles abandonados hasta ahora.

—Creemos que está ampliando su campo de acción: pirómano por encargo. Le pagan por hacer lo que más le gusta.

Di Lucca suspiró.

—Genial, de criminal a empresario. Justo lo que necesitaba esta ciudad.

Se produjo un revuelo entre la multitud.

D. D. y Di Lucca se giraron para ver a Delaney corriendo por la calle hacia ellos.

Evie iba detrás de él, hablando por teléfono.

Delaney se detuvo frente al agente de patrulla que vigilaba el perímetro.

Este levantó una mano para bloquearle el paso.

Delaney le dijo algo con brusquedad y al joven le faltó tiempo para dejarlo pasar.

Evie levantó la vista y vio a D. D. esperándolos. Algo cambió en el rostro de la mujer. ¿Culpa? Evie terminó la llamada abruptamente y se guardó el teléfono en el abrigo.

—Señor Delaney —llamó D. D., haciéndoles señas a ambos para que se acercaran. Miró entre la multitud mientras esperaba a que se acercaran. No vio nada, pero Rocket tenía que estar por allí. Lo sabía.

—Siento mucho la pérdida —dijo D. D. cuando Delaney y Evie se detuvieron ante ella.

—¿Hay algún herido? —preguntó Delaney.

—No —respondió Di Lucca—. Un vecino vio el humo casi de inmediato; los bomberos llegaron en cuestión de minutos. Por desgracia, parece que los daños estructurales son considerables.

Delaney se encogió de hombros con tristeza.

—Daños por humo. Daños por agua. Y encima el fuego. Dudo que se pueda salvar nada.

D. D. no dijo nada. Permaneció observando al abogado penalista.

Él miraba fijamente los restos de su casa, pero era imposible leer su expresión. ¿Tristeza? ¿Ira? ¿Sorpresa? ¿Las tres cosas?

—¿Puedo preguntarle dónde estaba esta mañana? —preguntó ella.

—Atendiendo a mi clienta —respondió él señalando a Evie, que contemplaba el edificio en llamas con evidente pesar.

—¿Y qué ha estado haciendo esta mañana? —le preguntó D. D. a Evie.

El silencio se prolongó tanto que D. D. pensó que no iba a responder. Entonces hablo: —¿Ha pasado lo mismo que en mi casa? ¿Un incendio provocado?

—Tenemos motivos para creer que sí —respondió Di Lucca.

Evie miró a la mujer.

—¿Investigaron mi casa? ¿La residencia de los Carter?

—Sí.

—¿Creen que es la misma persona?

—No puedo hacer comentarios sobre una investigación en curso.

—En otras palabras, sí. —Evie negó con la cabeza—. Pero ¿por qué? ¿Por qué quemaron mi casa? ¿Por qué han quemado la casa de mi abogado? ¿Por qué, por qué, por qué?

—Esperaba que usted me lo dijeras —intervino D. D., mirando con naturalidad tanto a Delaney como a Evie.

—No tengo ni idea —dijo Evie.

Parecía tan angustiada que D. D. casi la creyó.

—¿Sacó algo de su casa después del tiroteo? —le preguntó D. D.

—Por supuesto que no. La policía me arrestó. Ni siquiera cogí el bolso ni el móvil.

—Ocho minutos —dijo D. D.—. Ocho minutos entre el primer tiroteo y el segundo. Tiempo más que suficiente para coger algo y guardarlo.

—Pero yo no estaba allí durante el primer tiroteo. Ya se lo he dicho: no fui yo. Solo estuve allí al final; destruí el ordenador para intentar ahorrarle más dolor a mi futuro hijo.

—Cualquier cosa que hubiera cogido —intervino Delaney de repente— habría sido confiscada durante el ingreso en la cárcel. —Miró a Evie—. Supongo que te registraron, ¿no?

Ella se sonrojó y bajó la mirada.

—Sí.

—Por tanto, no pudo llevar nada encima —informó Delaney a D. D.

—¿Y usted? —D. D. se giró hacia él—. ¿Se reunió con ella en la cárcel?

—No, solo hablamos por teléfono. No la vi hasta la mañana siguiente, en el juzgado.

—Alguien debe pensar que tienen algo. Está claro. Primero, se quema su casa —D. D. señaló a Evie— y, luego, la suya. No parece una coincidencia.

Delaney mantuvo un tono seco.

—Estoy seguro de que no lo es. Pero la conexión... Sinceramente, sargento, no tengo ni idea.

—¿Dónde estaba esta mañana? —volvió a intentar, esta vez dirigiéndose a Evie, que parecía la más cooperativa de la pareja.

Di Lucca observaba la escena con evidente interés, pero entonces su móvil empezó a sonar. Muy a su pesar, se alejó para contestar la llamada.

—Nos reunimos con una vieja amiga de mi padre —le dijo Evie a D. D.

—¿Por qué?

—He estado dándole vueltas. Yo no maté a mi padre. Basándome en lo que me dijo usted, ahora también sé que no se suicidó. Lo que hace que me pregunte...