Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

FLORA

No puedo dormir en toda la noche. Me atormentan pesadillas horribles en las que corro frenéticamente por pasillos interminables, solo para encontrarme con Jacob al doblar la esquina.

Excepto que no es Jacob, sino Keith Edgar, y me dice que se encargará de todo, lo que me obliga a huir aún más rápido.

No llego a la cama. Me derrumbo en el sofá, donde mis piernas se contraen y mis ojos se abren de par en par, y me incorporo como un resorte demente.

Mi pasado y mi presente han colisionado.

Sinceramente, no consigo averiguar dónde terminan los viejos fantasmas y dónde comienzan los nuevos demonios.

¿Es Keith Edgar un genio de la informática que, debido a una tragedia familiar, ha desarrollado una obsesión por los crímenes reales similar a la mía?

¿O es demasiado bueno para ser cierto? El chico apuesto que me ha estado escribiendo sin parar desde el día en el que volví a casa, estudiando y perfeccionando sus palabras para que, algún día, cuando por fin nos conociéramos en persona...

¿A cuántos aficionados a los crímenes reales les encantaría presumir de tener a Flora Dane como novia?

¿O tal vez oculte algo más oscuro, más siniestro?

¿Se dedicó a estudiar a los psicópatas porque todo lo relacionado con los asesinatos le fascina?

En ese caso, ¿qué podría ser más excitante que matar a Flora Dane como su primera víctima?

Estoy siendo egoísta y arrogante asumiendo que valgo tanto.

Sin embargo, la gente me para por la calle y me dice cosas como «Oye tú eres la chica esa, ¿no ?

», «¿Por qué no escapaste la primera vez que te dejó sola ?

», «¿No significa eso que te gustaba aunque fuera un poco?

». Algunos hombres enfermos me escriben con propuestas de matrimonio.

Otros piensan que soy la única que puede entenderlos de verdad.

El hecho de que estés paranoica no significa que no vayan a por ti.

A las seis de la mañana me rindo. Me ducho.

Le dejo un mensaje a mi jefe de la pizzería, diciendo que estoy muy enferma y disculpándome por faltar ayer.

No estoy mintiendo del todo, me siento enferma.

Esta es la otra cosa que me molesta de Keith Edgar.

Él y su «puedes ser lo que quieras en la vida ». Y una mierda.

Si pudiera estar en una situación mejor, ¿no crees que ya lo estaría en lugar de pasar el rato en un apartamento con tres cerraduras y empapelado con artículos sobre casos de personas desaparecidas?

Ni siquiera soy buena trabajadora en la pizzería.

Y no quiero escribir una novela autobiográfica, vender los derechos de la película o explotar mi situación para ganar dinero fácil.

Claro que ayudo a otros supervivientes. Colaboro con la policía. Pero seis años después sigo siendo yo, la chica que ve monstruos por todas partes y entrena cada día para matarlos.

Mi odio por Keith Edgar resurge. Lo desprecio a él, a su club elitista y a su silenciosa competencia, que parece afirmar que se puede luchar contra los depredadores y seguir llevando una vida casi normal.

Decido que tenemos que hablar. Así que cojo mi chaqueta favorita, lleno los bolsillos con mis últimos artilugios y, encogiendo los hombros para protegerme del frío, me dirijo con paso firme a la estación de metro de Harvard Square.

Parece un plan sólido hasta que llamo con fuerza a la puerta de Keith Edgar y la agente especial Kimberly Quincy es quien la abre.

De inmediato siento que estoy entrometiéndome en algo, pero no sé en qué. Quincy no dice nada, solo abre más la puerta. No parece sorprendida de verme. Quizá, después de lo de ayer, piensa que Keith y yo somos amigos. O más que amigos.

Su traje es muy similar al de ayer, excepto que hoy se ha puesto una blusa ajustada de color verde oscuro debajo de la chaqueta negra. Me fijo en que lleva unos tacones bajos mientras me guía hacia la parte trasera de la casa adosada de Keith. Yo la sigo a regañadientes.

Están sentados en el comedor, en una elegante mesa de madera oscura.

Veo el abrigo largo de Quincy colgado en el respaldo de una silla y la bolsa de su ordenador ocupando el asiento.

Sobre la mesa se encuentra su ordenador encendido; frente a ella, Keith está encorvado sobre un portátil.

No parece el que tenía ayer. Este es más grande y más antiguo.

Me siento confusa por un momento, y entonces...

—¿Eso es...? —le pregunto a Quincy, mirando el ordenador con fascinación.

Keith sigue sin levantar la vista. Parece decidido a evitarme. No me quejo.

—¿El ordenador de Ness? No. La primera regla del análisis forense es clonar el disco duro para no trabajar nunca con el original. Hicimos esta réplica hace seis años, por lo que algunas de las marcas externas son auténticas a estas alturas.

—¿Le ha traído el portátil a Keith? —Dejo mi siguiente pregunta en el aire: ¿por qué?

—Parece saber mucho sobre Jacob Ness, y también sobre ordenadores. Tengo perfiladores que pueden darme la primera mitad de esa ecuación y cerebritos que pueden darme la segunda, pero contar con una persona con conocimientos tanto psicológicos como tecnológicos...

La voz de Quincy se apaga. Frunzo el ceño. No quiero que Keith sea tan valioso para esta investigación, pese a haber sido yo quien lo ha involucrado en ella.

—¿Los informáticos han descifrado la contraseña?

—Creemos que sí. Pero eso es solo una pieza del rompecabezas. ¿Conoce la dark web?

Quincy saca una silla y se sienta sin preguntar. Está claro que depende de mí seguirla si me apetece. Frente a nosotros, Keith sigue tecleando con furia, poniéndole mala cara a la pantalla. La mirada de la agente del FBI oscila un instante entre él y yo. No se le escapa una.

—El lado oscuro de Internet —digo—. Una casa encantada.

—Buena analogía. La experiencia típica en el Internet común ofrece negocios, intereses y servicios legítimos. La dark web... es menos respetable. Drogas, armas de fuego, asesinatos y, sí, tráfico de personas.

Me siento.

Quincy se inclina hacia delante.

—Uno de los problemas que nos planteaba el ordenador de Ness era lo limpio que estaba inicialmente.

Usaba SteadyState, lo que significa que cada vez que reiniciaba el ordenador, se borraban de forma automática todos los rastros de los sitios web que había visitado o del contenido que había descargado.

Asiento con la cabeza.

—A pesar de saber que debía acceder a la dark web, en vista de que utilizaba el navegador Tor, no pudimos avanzar nada con el nombre de usuario que teníamos. Sin embargo, Keith y usted nos ayudaron ayer a resolver ese misterio averiguando el nombre de usuario «real» de Jacob, por así decirlo.

—I. N. Verness —añado—. Pero necesitan una contraseña.

—Para acceder a sitios de la dark web , sí.

Por eso nos alegramos tanto esta madrugada, a las cuatro, cuando el codebreaker dio con la clave.

Y lo que es mejor: al igual que mucha gente, parece que Jacob usaba la misma contraseña para casi todo.

Lo que significa que ahora, solo seis años después, ese ordenador de ahí, el clon del de Ness, está conectado a varios mercados y foros de la dark web. ¡Aleluya!

Keith mira brevemente a Quincy y asiente con la cabeza en señal de reconocimiento. La mirada que me lanza a mí es más difícil de interpretar. ¿Resentimiento? ¿Dolor?

—Pero aquí es donde se complica la cosa —continúa Quincy—.

Aunque pudiéramos recuperar todas las direcciones IP que Ness visitó hace seis años, Internet cambia constantemente.

Es como si hubiéramos llegado por fin al país correcto, pero todas las carreteras y puntos de referencia fueran diferentes.

No tenemos ni idea de a dónde ir ni qué hacer a continuación.

—¿Y qué está haciendo entonces? —pregunto, señalando a Keith—. ¿Estudiando el terreno?

—En realidad, eso se lo he encomendado a otros técnicos; uno de ellos es experto en la dark web y sigue comprobando el nombre de usuario de Jacob en todas las páginas que podrían atraer a un sujeto con sus gustos.

—Porno, prostitución, tráfico de personas —añado.

—A Keith le he asignado una tarea diferente. Básicamente, está... haciendo acto de presencia. A ver si consigue que alguien se le acerque para pedirle indicaciones.

Al principio no lo entiendo, pero luego caigo en la cuenta.

—Es la primera vez que I. N. Verness se conecta en seis años —digo despacio—. Están esperando a que alguien que hiciera negocios con él reconozca el nombre y establezca contacto.

—Exacto. Por lo que sabemos, Ness mantuvo en secreto su identidad en línea, incluso a otros internautas. Lo que significa que estos no saben que I. N. Verness era Jacob Ness ni que ha muerto. Tan solo reconocerán a un viejo amigo.

—¿No les parecerá raro esa pausa de seis años? Es decir, ¿por qué ahora?

—Por suerte, dado que gran parte de lo que se hace en la dark web es ilegal, es fácil dar a entender que Verness ha pasado los últimos años en prisión y acaba de salir.

No es una historia que levante sospechas en estos círculos.

Y, después de pasar un tiempo a la sombra, está tratando de retomar el vuelo.

No puedo evitarlo. Me muevo alrededor de la mesa y miro por encima del hombro de Keith.

De cerca, puedo oler el aroma de su champú; veo las puntas de su cabello aún húmedas por la ducha matutina.

También percibo la tensión en sus hombros.

Mi propio estómago se ha tensado, como si se preparara para encajar un golpe.

Dirijo mi atención a la pantalla. No sé muy bien qué esperaba, pero esto me parece tan... banal.

—Hay cientos, si no miles, de portales dentro de la dark web —dice Keith ahora, moviendo los dedos mientras se desplaza por la pantalla tan rápido que mis ojos no pueden percibir todo el contenido—. Uno de los más famosos, Silk Road, estaba dirigido por Dread Pirate Roberts, el temible pirata.

—La princesa prometida — murmuro.

—Jacob Ness no era el único criminal que se enorgullecía de su inteligencia.