CAPÍTULO 29
D. D.
D. D. se despertó con el estruendo de unos pasos. Apenas tuvo tiempo de prepararse antes de que la puerta del dormitorio se abriera de golpe y Jack entrara en la habitación, seguido de cerca por Kiko. Niño y perra se abalanzaron sobre la cama de un salto.
—¡Faltan dos semanas para Navidad! —gritó Jack—. ¡Papá dice que podemos comprar un árbol este finde!
Junto a D. D., Alex gruñó. Jack se deslizó en el espacio entre ellos y comenzó su ritual matutino favorito: saltar. Kiko, con sus delgadas patas blancas y negras, hizo todo lo posible por seguirle el ritmo a su niño favorito mientras tropezaba con los cuerpos tumbados de Alex y D. D.
D. D. consiguió girar la cabeza hacia su marido.
—¿Vamos a comprar un árbol este fin de semana?
—En ese momento me pareció una buena idea.
—¡Vamos a buscar un árbol de verdad y lo vamos a talar! —gritó Jack—. Con una motosierra y todo. ¡Después vamos a tomar chocolate caliente con nata y malvaviscos!
—Cuando descubra el café —dijo D. D.—, vamos a tener problemas serios.
Consiguió liberar sus brazos de las mantas y extenderlos hacia su intenso hijo. En respuesta, Jack clavó las rodillas y se lanzó hacia sus brazos. Todavía estaba agitado. Olía a manos sucias, tortitas con sirope y sudor de niño pequeño. Dios, cómo lo quería.
—¿Sobrevivirá un árbol de Navidad en nuestra casa? —le preguntó a su hijo.
—¡Por supuesto! Kiko y yo lo cuidaremos muy bien.
—No podéis saltar sobre el árbol de Navidad.
—¡No!
—No podéis saltar alrededor del árbol de Navidad.
—Nunca.
—No se pueden tirar los adornos. Y por nada del mundo podéis hacer pipí en las ramas.
Jack la miró indignado.
—La última orden era para Kiko —informó D. D. a Jack.
Como Jack estaba encima de ella, Kiko se había acercado a Alex e intentaba lamerle la cara, quisiera Alex que se la lamieran o no.
—¿Qué hora es? —murmuró Alex, esquivando la lengua del perro.
—Las seis en punto —respondió Jack.
—Ay, Dios mío —gimió D. D.—. Tengo que irme a trabajar.
—¡Trabajo no! —ordenó Jack—. Vamos a por el árbol.
—¿Qué te parece si hoy vamos a trabajar y al cole, y mañana a por el árbol?
Alex arqueó una ceja, protegiéndose la mejilla de Kiko con una mano. La primera regla con un niño de la edad de Jack era no hacerle promesas que no se pudieran cumplir. Y, teniendo en cuenta las exigencias del trabajo de D. D., era más fácil decirlo que hacerlo.
—Ya se me ocurrirá algo —le aseguró ella—. Por cierto, tengo una nueva compi de juegos, una federal. Quizá pueda encomendarle el trabajo de mañana.
—¿Tienes una compi de juegos? —preguntó Jack.
Se calmó un poco y se acurrucó en sus brazos, con la cabeza apoyada en el hombro de su madre. Kiko dejó a Alex para lamerle la cara a Jack. Lo hizo con mucha delicadeza, como si estuviera acicalando a su cachorro. Kiko también quería a Jack.
—¿Una compi de juegos federal? —preguntó Alex.
—La agente especial Kimberly Quincy. Está interesada en mi víctima; estamos bastante seguros de que ha estado viviendo bajo una identidad falsa.
—¿Y la mujer? —preguntó Alex.
—Todavía estoy con eso. Pero creo que lo que ocurrió el martes por la noche fue algo más que un accidente doméstico. Por eso —dijo de repente, cogiendo a Jack y haciéndole cosquillas en los costados mientras él se reía histéricamente— tengo que ponerme a trabajar.
—¿Vas a atrapar a los malos? —preguntó Jack. Era su pregunta favorita.
—Y tanto. Y también voy a encerrar a los que estén en la lista de niños malos de Papá Noel. Todos tenemos que colaborar para ayudar a ese barbudo en esta época del año. Por cierto, ¿dónde está el elfo?
El elfo de la Navidad. Alex, con muy buen criterio, lo había llevado hacía unas semanas y había empezado a moverlo por toda la casa.
En teoría, era los ojos y los oídos de Papá Noel.
Informaba de todas las travesuras y tomaba nota del buen comportamiento.
Personalmente, a D. D. le parecía un poco raro tener un elfo espía en casa.
Pero Jack se preocupaba por mantenerlo contento, ya que su futuro suministro de bloques de LEGO dependía de ello. Ay, el poder de la Navidad.
Cabe mencionar que la propia D. D. había encontrado en Google fotos del malintencionado elfo posando en diversos actos delictivos y/o escenas del crimen.
Algunas de ellas la hicieron reír como a una niña, lo que probablemente era inapropiado.
Por otra parte, sabía a ciencia cierta que Alex ya habría buscado cómo representar salpicaduras de sangre de elfo.
La verdadera pregunta era qué hacían ellos dos criando a un niño. Y, sin embargo, ahí estaban.
Al mencionar al elfo, Jack se desprendió del abrazo de D. D. y salió corriendo de la habitación, con Kiko justo detrás.
—¿Alguna vez camina? —preguntó D. D.
—No que yo haya visto.
—A mi equipo le vendría bien tener esa energía.
—¿Qué opinas? —dijo Alex refiriéndose a su caso, ahora que Jack había abandonado de la habitación.
—No tengo ni idea. ¿Recuerdas que en la academia siempre se habla de la importancia de la victimología?
Él asintió.
—Este es uno de esos casos. Resulta que Conrad Carter no era Conrad Carter. Llevaba años viviendo con un nombre falso. Incluso quedó con Jacob Ness en un bar del sur bajo un alias.
—¿Jacob Ness... Jacob Ness?
—Por eso vino de visita la agente especial Quincy. Y, por si fuera poco, el padre de Conrad era un policía de Florida que murió en circunstancias misteriosas.
Alex abrió mucho los ojos.
—Es uno de los historiales más disparatados que he visto nunca en una víctima.
—Ja. Pues deberías conocer a mi equipo.
—Te encanta este caso, ¿verdad? —Él sabía tan bien como cualquiera que cuanto mayor era el enigma, mayor era la fascinación de D. D.
Ahora, esbozó una amplia sonrisa.
—Sinceramente, es como si la Navidad hubiera llegado antes de tiempo.
D. D. llegó diez minutos tarde al trabajo.
Era la ventaja de ser la jefa. Pero, teniendo en cuenta que varios de sus agentes habían pasado la noche en vela, llegó con regalos: una bandeja con cuatro sofisticados cafés con nata montada, chocolate fundido y trocitos de menta.
No solo llevó cafeína, sino cafeína y grandes cantidades de azúcar combinadas en una mezcla diseñada para provocar una sacudida inmediata al sistema nervioso central.
Dejó su bolso. Se quitó el abrigo. Se cambió las gruesas botas de invierno por otras de cuero negro mucho más elegantes, que había decidido guardar en su despacho, lejos de las malvadas garras de Kiko. Luego cogió la bandeja de delicias de chocolate y menta y fue en busca de su equipo.
Encontró primero a Phil y le ofreció las bebidas. Él eligió el vaso más cercano y, sin mediar palabra, le dio un sorbo, manchándose el labio superior de nata montada.
—Cuando termine con Betsy, me casaré contigo —dijo.
—Venga ya, si no puedes vivir sin ella, romanticón.
—No puedo vivir sin café. Nata montada, chocolate. ¿Qué es esto, un brownie licuado?
—Es muy posible. ¿Qué tengo que saber?
—La videovigilancia es una mierda.
—Te entiendo. Ponme al día.
Phil la puso al corriente sobre los intentos de los técnicos por encontrar imágenes del punto que el pirómano, Rocket Langley, había designado para dejar el dinero.
Como se encontraba en un entorno urbano bastante grande, la cuestión no era si había cámaras, sino cuántas había, dónde estaban situadas y si alguna de las imágenes captadas era útil.
—La patrulla recogió las cintas —explicó Phil—. El equipo técnico comenzó a revisarlas en busca de contenido. Tenemos una foto de Rocket, así que nuestro primer objetivo era ver si podíamos captar una imagen suya en la zona. Y así fue.
—Suena prometedor.
—Sí y no. El punto de entrega es un ladrillo suelto en el lateral de un edificio.
Saca el ladrillo, deja el dinero y las instrucciones, vuelve a colocar el ladrillo.
Sin embargo, solo hay una cámara que grabe ese lado del edificio.
Captamos a Rocket caminando por la calle.
Se veía su cara perfectamente, así que por esa parte fue genial.
Pero luego la cámara lo pierde. Las cámaras de seguridad de un negocio cercano lo captaron de nuevo, junto a la pared, pero desde ese ángulo solo podemos ver la parte posterior de su cabeza.
Rocket permaneció allí tanto tiempo que, sinceramente, pensamos que estaba orinando.
Por último, conduje hasta allí a las cuatro de la madrugada, y así fue como descubrí el ladrillo suelto.
—¿Había algo allí?
—No.
—De acuerdo. Así que habéis localizado el punto de entrega y al menos has visto a Rocket en acción. ¿Día y hora?
—El miércoles por la mañana, a las siete.
—¿Y el incendio fue el miércoles por la tarde?
—Sí. Creo que lo pillamos recogiendo la dirección del objetivo y el pago inicial.
Así que ahora vamos a avanzar hasta la noche del miércoles o la madrugada del jueves para ver cuándo recoge el pago final.
Una vez que lo tengamos, contaremos con dos oportunidades para atrapar al cliente de Rocket: con el pago inicial o con el final.
Sin embargo, está llevando su tiempo. Las imágenes no son precisamente claras.
Si a eso le sumamos la gente que va y viene, hay muchas imágenes que revisar.
Joder, creo que ya he identificado varias compras de drogas. No es la mejor zona, la verdad.
—Rocket ha pensado bien las cosas. Con tanta actividad, nadie sospechará nada al verlo.
—Todo el mundo sabe que está obsesionado con el fuego. No creo que nadie en el barrio se meta con él. Es mejor dejar en paz a la gente que quema cosas por diversión.
—Su reputación le precede.