Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

EVIE

Me doy cuenta de que es por la mañana cuando me despierta el ruido de la Cuisinart en la cocina. Algún tipo de papilla verde con semillas de lino, aceite de coco, probióticos, antibióticos y puede que ungüento de caballo. Todo para que crezca con fuerza el pequeño genio que ocupa mi útero.

Me giro hacia un lado, malhumorada y rebelde. ¿Qué tiene la casa de mi madre para convertirme en una niña de cinco años?

El reloj junto a la cama marca las siete de la mañana.

El cielo empieza a clarear. No sé cómo lo hace mi madre para ser la primera en levantarse por la mañana después de beberse un martini tras otro la noche anterior.

Ahora caigo en que hay muchas cosas que no sé cómo hace.

Como vivir en esta gigantesca casa vacía, día tras día.

Como encontrar la energía necesaria para decorar cada habitación con su propia temática navideña, cuando su única familia, Conrad y yo, ni siquiera nos habíamos comprometido a venir durante la Navidad.

Probablemente lo hubiéramos hecho; llegar tarde, marcharnos temprano y apretar los dientes mientras tanto.

Voy a tener que aprender a hacer eso. Vivir sola en una casa.

Levantarme día tras día, sola con mi hijo, que pronto nacerá.

¿Mi madre piensa en mi padre todos los días?

¿Sigue imaginándolo en su despacho, que permanece casi intacto, o descansando en el salón principal, esperando a que yo me siente al piano?

¿O se lo imagina en el porche delantero, fumando un puro?

Echo de menos mi casa. Sin embargo, no sé si habría podido seguir viviendo allí sin ver a Conrad en cada habitación.

Y no sé qué me habría dolido más. ¿Los recuerdos de Conrad riéndose tras su primer intento de colocar baldosas, que no se pareció en nada a lo que veía en el vídeo, o de Conrad muerto en el despacho, con el cerebro esparcido por la pared y la pistola en el regazo?

¿Qué estaba haciendo mi marido? ¿Y qué tipo de mujer se casa con un hombre así?

Imagino que hoy volverá a venir la policía, y eso es lo único que me motiva a levantarme de la cama.

Me ducho. Me tomo mi tiempo porque no tengo prisa alguna por enfrentarme a mi madre ni por empezar el día.

No tengo respuestas en lo que respecta a Conrad.

Flora Dane lo conoció en un bar. Una víctima de secuestro y mi marido, reunidos en el sur.

No logro entenderlo. Lo más disparatado es que Flora piensa que él intentaba enviarle un mensaje en código morse. ¿Dónde aprendió Conrad código morse?

Siento que he pasado años tratando de desentrañar el enigma de mi marido.

Si aún no lo he descubierto, nunca lo haré.

Ahora tengo otro objetivo en mente: mi padre.

Quizá el primer paso para comprender en qué se ha convertido mi vida sea retroceder en el tiempo, tratar de resolver la pregunta de qué sucedió hace dieciséis años, cuando todo se torció.

Mi madre me ha dado los nombres de algunos de los compañeros de trabajo de mi padre de aquella época. Creo que es hora de hacer unas llamadas.

Termino de ducharme, utilizando los artículos de aseo que compré ayer.

Las marcas que yo elegí, no las de mi madre, y esa pequeña muestra de resistencia me da ánimos; hasta que abro el armario y contemplo la colección de ropa premamá nueva, toda en elegantes tonos pálidos y ordenada de embarazo incipiente a globo aerostático.

Así es, mi madre está como una puta cabra.

Pero también es inteligente. La casa perfectamente decorada. La habitación del bebé, meticulosamente equipada. ¿Hasta dónde llegará para recuperar a su hija? O mejor dicho: para quedarse a su futuro nieto para ella sola.

No vi quién disparó a Conrad. No tengo ni idea de quién podría haber estado en la casa antes que yo.

No puedo imaginarme a mi madre disparando a mi marido, como tampoco puedo imaginarla apuntando con una escopeta a mi padre.

Pero mi madre no es de las que hacen el trabajo sucio.

Para eso están los subordinados. En particular los hombres, a quienes, desde que tengo uso de razón, ha sido capaz de manipular con un simple chasquido con los dedos.

Siempre pensé que mis padres se querían. Pero ¿era así? Todos los matrimonios tienen altibajos. Si mi madre pensaba que mi padre estaba perdiendo el interés en ella, que incluso podría dejarla... ¿Quién era la profesora que mencionó ayer?

Elijo un jersey grueso de punto trenzado, de color caramelo claro. De repente, siento frío y no me gusta nada a dónde me han llevado mis pensamientos.

Cuando bajo las escaleras, me encuentro al señor Delaney en la isla de la cocina.

Ya se ha quitado el abrigo de lana, dejando al descubierto un jersey azul oscuro que le queda genial con su barba y su pelo plateados.

Mi madre no parece darse cuenta; está echando un puñado de col rizada en la Cuisinart.

El señor Delaney me mira con pesar.

—El desayuno de los campeones —dice.

—Por favor, dime que has traído galletas.

Mi madre hace una pausa justo antes de pulsar el botón de triturar y nos mira horrorizada.

—No importa —le digo—. El verde es precioso.

Ella sonríe y comienza a triturar.

Me siento junto al señor Delaney.

—¿Qué te trae por aquí esta mañana?

—Solo quería ver cómo estabas. —Pero, mientras lo dice, mira a mi madre.

Vuelvo a fijarme en su jersey, un color que él sabe perfectamente que le favorece.

El señor Delaney tiene cierta reputación con las mujeres, pese a que siempre bromea diciendo que está demasiado ocupado para sentar la cabeza.

Pero ¿es eso cierto? Que yo sepa, nunca ha tenido una relación formal.

Y, sin embargo, vuelve aquí una y otra vez, a casa de la viuda de su mejor amigo.

¿Y mi madre? Que yo sepa, no ha vuelto a salir con nadie desde que murió mi padre. Han pasado dieciséis años, sin duda tiene derecho a seguir adelante. Quizá la decoración inmaculada de la casa no sea para mí después de todo.

¿Me importa? ¿Mi madre y el señor Delaney?

No lo concibo. Soy lo bastante adulta como para saber que mi madre es egocéntrica, vanidosa y probablemente una alcohólica funcional. Aun así, no puedo verla como una mujer que podría sentirse sola, una mujer con necesidades.

Las verduras licuadas me ganan la partida. Me levanto y preparo unas tostadas. Mi madre me mira con el ceño fruncido y agrega un pepino entero en la Cuisinart. ¿Acaso cree que voy a dar a luz a un conejo?

Hago tres tostadas, las unto con mantequilla, las corto por la mitad y las llevo a la mesa.

Mi madre ha terminado con la Cuisinart y se ha puesto a cortar fruta con furia.

No ha parado desde que he entrado en la cocina; tampoco me ha dado los buenos días.

Hay algo perturbador en sus esfuerzos. No solo está preparando el desayuno: tiene una misión.

Noto que mi inquietud crece y vuelvo a mirar al señor Delaney.

De repente, tengo la sensación de que no me va a gustar el motivo por el que está aquí.

Una vez que la fruta ha sido troceada y colocada en una fuente, y todos contamos con un vaso de verdura licuada, mi madre se acerca a la mesa, saca su propia silla, junta las manos y me mira.

—Tienes un fondo fiduciario —dice.

La miro sin comprender.

—Tu padre era un hombre muy exitoso.

Asiento con la cabeza, haciéndome una vaga idea de lo que quiere decir.

—Una vez me dijiste que colaboró en varios proyectos importantes.

—Todavía recibe regalías —afirma mi madre—. Regalías significativas.

Supongo que eso explica la casa, la ropa o el estilo de vida de mi madre, que nunca han cambiado.

Sigo sin entenderlo.

—¿Vas a crear un fondo fiduciario para mí?

—Lo creamos cuando tenías ocho años.

—¿Perdón? ¿He tenido un fondo fiduciario desde que tenía ocho años?

Miro fijamente al señor Delaney porque, por supuesto, esto tiene que ver con él.

—Ayudé a tus padres a encontrar al mejor abogado para crear el fondo fiduciario —dice—. Soy abogado penalista, no es mi área de especialización. Sin embargo, a petición de tus padres, acepté ser el administrador de los fondos.

—Entonces..., ¿tú eres el que me tendría que haber dicho que tenía un fondo fiduciario?

—En realidad, supuse que te habrían informado. —Me lanza una mirada de disculpa. No me la creo.

—Pues no fue así.

—Bueno —interviene mi madre—, como la mayoría de los beneficiarios de segunda generación de un fondo fiduciario...

¿Segunda generación?

—... no recibes todo el dinero de golpe.

Los fondos se entregan por etapas, a medida que cumples ciertas edades.

Ya habíamos reservado un capital para tu formación universitaria, y no queríamos que heredaras una cantidad excesiva de dinero mientras eras joven y estúpida.

En fin, la primera etapa coincidió con...

Bueno, acababas de conocer a ese Conrad.

No parecía el momento adecuado para convertirte en heredera.

¿Cómo ibas a saber cuáles eran sus verdaderas intenciones?

Y luego no se te ocurre otra cosa que casarte con él.

Abro la boca. La cierro. No sé qué decir. Mi madre se encoge de hombros, como diciendo «Es lo que hay », y coge un trozo de melón.

Me debato entre gritar o tirar cosas. Así que me conformo con quedarme completamente quieta.

Tengo dinero. Al parecer, mucho. Y nadie se molestó en decírmelo.

Lo de Conrad es una excusa barata. Ella no quería que lo supiera, eso es todo.

Mi madre, zorra egoísta, quería seguir teniendo el control de todo.

Me giro hacia el señor Delaney.

—Te enteraste ayer, cuando te dije que me llevaras al banco. Te diste cuenta de que yo no tenía ni idea de esto.

Él asiente con la cabeza.

—Tú la has obligado. —Señalo a mi madre—. Tú le has ordenado que me lo dijera. De lo contrario, seguiría en la inopia. Porque si tengo dinero, entonces tengo independencia. Y nadie querría —mi voz se vuelve grave y amenazante— que yo pudiera cuidar de mí misma y de mi hijo.

Mi madre me mira. Da un mordisco a la tostada.

—¿Cuánto vodka le has echado al zumo de naranja, mamá?

—Hice lo que consideré oportuno. No hay necesidad de ponerse así.

Me rindo. Nunca se disculpará ni reconsiderará sus acciones. No está en su naturaleza. En su lugar, me dirijo al señor Delaney.

—¿Cuánto?

—Aproximadamente, ocho millones de dólares.

—¿Ocho millones de dólares?

—No puedes sacarlo todo de una vez —advierte—. Existen ciertas condiciones. Podemos repasarlas más tarde.

—¿Tan exitoso era mi padre?

—Tu padre era un genio —dice el señor Delaney, como si eso lo explicara todo.

—Pero ser un genio de las matemáticas no se traduce necesariamente en beneficios económicos. Muchos genios mueren en la pobreza.

—Déjame explicártelo de otra manera. El trabajo de tu padre produjo grandes avances en la mejora de la potencia informática y en un par de programas de encriptado del Departamento de Defensa.

Se me separan las mandíbulas una vez más. No tenía ni idea. Mi padre era mi padre, nada más. El padre al que quería, de pie frente a una pizarra blanca, con un borrador en la mano, murmurando entre dientes.

Existen las matemáticas aplicadas y las matemáticas teóricas.

Mi padre trabajaba en el campo teórico, lo que, según mi madre, demostraba que era un verdadero genio.

Como si quienes las aplicaban estuvieran vendiendo en secreto su inteligencia a cambio de dinero.

Pero no, mi padre había terminado beneficiándose. Y mucho.

Me pregunto qué habrían pensado de eso los matemáticos aplicados.

Me pregunto qué habrían pensado de eso sus asistentes y compañeros de investigación, que probablemente lo ayudaron a desarrollar algunas de las teorías que luego acabaron valiendo tanto dinero.

Por no hablar del trabajo que desempeñó para el Departamento de Defensa.

Se me pasan tantas cosas por la cabeza. Mi mente está saturada, a punto de estallar. Estoy sentada en la casa de mi infancia y, sin embargo, es como si nunca hubiera estado aquí. Nunca conocí a mi familia, nunca supe cómo eran.

—Tengo que hacer algunas llamadas.

—No has desayunado —espeta mi madre.

Cojo el vaso de brebaje verde. El líquido que contiene se ha dividido en dos secciones: una verde pálido en la parte superior y otra verde pantanoso en la parte inferior. Me lo bebo de un trago. Luego, solo porque me siento infantil, mezquina y molesta, me limpio la boca con el dorso de la mano.

La furia de mi madre se intensifica.

Me dirijo al señor Delaney.

—Necesito hablar con los antiguos compañeros de trabajo de mi padre. Quiero reunirme con ellos hoy, en persona. ¿Me puedes ayudar?

—Por supuesto.

—Debes saber que ayer vino la policía. Hablé con ellos...

—¡Te lo dije! —exclama mi madre, con los ojos encendidos, mientras se vuelve hacia el señor Delaney—. ¡Te dije que se había reunido con la policía sin tu permiso!

—Como abogado tuyo —comienza el señor Delaney con voz conciliadora mientras intenta dividir su atención entre las dos—, te aconsejo que no hables con la policía.

O, si te sientes obligada a hacerlo, deja que yo lo organice y que esté presente.

Mi trabajo es protegerte, Evie. No puedo hacerlo si no me lo permites.

—Ellas también me contaron algo. La inspectora Warren ha averiguado algunas cosas sobre Conrad.

—¿Como qué?

—Tenía secretos e identidades ocultas, de eso no hay duda. Pero tal vez no era tan malo como pensamos. —Miro fijamente a mi madre—. Tal vez algunas mentiras son para bien.

Ella da un sorbo a su zumo de naranja. Tengo claro que la mitad es vodka.

—Estoy segura de que hoy volverán con más información —continúo—. Hasta entonces, quiero saber más sobre mi padre. En quién confiaba, en qué trabajaba hace dieciséis años.

El señor Delaney no parece sorprendido. Siguiendo mis pasos, toma su vaso de verduras licuadas y se lo bebe de un trago.

—¿Cuándo quieres empezar?

—Ahora mismo.

Salgo de la habitación para terminar de prepararme. Al hacerlo, veo al señor Delaney cruzar hacia donde está sentada mi madre, con el rostro serio.

—Tu hija te quiere —le oigo susurrarle al oído, con la mano apoyada sobre su hombro—. Por desgracia, a ninguna de las dos se os da bien expresarlo.

Por un momento, creo que ella va a rechazarlo. Entonces, por un momento, ella levanta la mano y envuelve la de él. Se quedan allí un segundo, dos, tres.

Cuando mi madre vuelve a levantar la vista y me ve observando la escena, retira la mano. Me lanza una mirada fulminante, tan dura como siempre, hasta que me rindo y me alejo.