Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Casi le saco la lengua. En el último momento, se me ocurre que sería un gesto infantil por mi parte, y se supone que yo soy una justiciera seria.

—Creo que encajas en este bar —dice lacónicamente, mirándome a los ojos—. Creo que eres fuerte e inteligente y que puedes ir a donde quieras y ser lo que quieras ser.

—No.

Escupo la palabra con dureza y naturalidad. Keith no insiste, solo espera.

—Trabajo en una pizzería. Y, mierda, esta tarde tenía turno. Así que ya ves, ni siquiera soy capaz de currar en una pizzería. No terminé la universidad. Nunca me sacaré un título.

—Te sorprendería saber cuántos empresarios del mundo tecnológico no lo tienen.

—Pero tampoco soy experta en tecnología. Solo soy... yo.

De nuevo, espera.

—La gente cree que el trauma es mental —digo de repente—.

Mi mente está dañada, alterada, como quieras llamarlo.

Y que, con suficiente terapia y tiempo, podré sanarla y volveré a estar bien por arte de magia.

Pero el trauma no es solo mental. Es fisiológico.

Tengo el sistema suprarrenal totalmente quemado, por lo que me paso días enteros en modo supervivencia.

—Mientras explico esto, me doy cuenta de que una de mis rodillas tiembla sin control—.

Y luego tengo crisis en las que apenas puedo levantarme de la cama.

«No soy capaz de desenvolverme en lugares concurridos.

Nunca cojo el metro en hora punta. No soporto el olor de otros cuerpos.

Estoy siempre en un estado de alerta máxima, tanto que me resulta imposible prestar atención a un profesor en un aula, y mucho menos, empezar y terminar una tarea. Simplemente no puedo hacerlo.

—Hoy has mantenido la concentración.

—Hoy nos hemos movido mucho. De idea en idea y de edificio en edificio. Necesito ese tipo de actividad. Además, estoy mejor cuando estoy con Samuel. —Hago una pausa—. Y diría que casi me cae bien D. D. Casi.

—Es decir, que cuando estás con las personas adecuadas y llevas a cabo ciertas actividades, sí te desenvuelves bien. ¿Alguna vez has pensado en hacerte policía?

—Ni de coña. Para empezar, para ser policía hace falta una titulación.

Volvemos al problema de la universidad. Además, todo el papeleo es suficiente para matar a un simple mortal; pregúntale a la inspectora Warren.

Esa es la ventaja de ser informante confidencial: me quedo con la parte divertida, pero sin ninguna responsabilidad legal.

Además, ¿para qué iba a hacerme policía?

Es solo cuestión de tiempo que convenza a D.

D. para que se una a mí en el lado oscuro.

Keith asiente.

—Por lo que sé de mis amigos policías, no te falta razón. ¿Eres feliz? —me pregunta de repente.

—No aspiro a ser feliz.

—¿Por qué no?

—Simplemente no es algo que sienta.

—¿La culpa del superviviente?

—Quizá. O puede que sea cosa del agotamiento suprarrenal. Es difícil alcanzar momentos de euforia.

—¿Y tu familia?

—Me quiere a pesar de ser como soy.

—La mía también.

—Eres un genio de la informática exitoso. ¿Por qué no iba a quererte?

—Por mi blog. Por mi interés por los delitos violentos.

Les resulta... desagradable. Y a muchas mujeres también, debo añadir.

Al principio, cuando menciono mi grupo de crímenes reales, parece una afición interesante.

Pero luego, cuando empiezan a comprender que es un trabajo real, con fotos de cadáveres y bocetos de escenas del crimen y análisis de salpicaduras de sangre...

Hoy he disfrutado —dice de repente—. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, no me he sentido solo en una sala llena de gente.

La forma en la que dice esa frase, tan calmado, tan natural, me deja sin aliento.

Justo entonces, se me encienden todas las alarmas.

Es demasiado perfecto. Es exactamente lo que una mujer como yo querría escuchar.

Es casi como si me hubiera estado estudiando.

Y ambos sabemos que eso es lo que ha estado haciendo durante los últimos seis años.

—Tengo que irme.

Dejo el agua con gas. Me tiembla la mano. Odio que pase esto. Pero entonces cojo mi chaqueta y enseguida me siento mejor. En el bolsillo interior izquierdo llevo mi espray de pimienta casero. Lo agarro sin pensarlo y cierro la mano alrededor de él.

Keith parpadea, parece confundido con mi comportamiento. Pero ya no me trago su actuación. Al menos, creo que eso es lo que hace: actuar. No lo sé. Ojalá no fuera tan guapo. Ojalá yo no supiera las cosas que sé.

Lo peor de ser una superviviente es que pierdes tu manta de seguridad.

No puedes dar por sentado que no va a pasar lo peor, porque ya ha pasado.

Y tus gritos no sirvieron para cambiar nada.

Así que, por mucho que me niegue a creer que este chico guapo e inteligente oculta malas intenciones, no significa ni por un segundo que esté a salvo.

—Te acompaño a casa —dice Keith, levantándose torpemente.

—No, gracias.

—Deja por lo menos que llame a un Lyft.

—No te preocupes.

—Flora...

No lo espero. Salgo deprisa de la sala. En el oscuro vestíbulo, el recepcionista —Tony, si no me equivoco— se pone firme.

—Bonito local —le digo antes de empujar la pesada puerta de madera.

Keith me alcanza fuera. ¿Ha pagado la cuenta siquiera? Quizá los clubs elitistas no se preocupan por cosas tan mundanas como el dinero. Lo apuntarán en una cuenta perpetua.

Me agarra del brazo. Me giro bruscamente y saco el espray de pimienta.

Me suelta de inmediato y da un paso atrás.

—No lo entiendo —dice.

—No soy tu rompecabezas particular.

Pero puedo ver en su rostro que eso es justo lo que soy. Un acertijo por descifrar. Un trofeo por ganar. Una presa por atrapar.

Mi expresión hace que dé un segundo paso atrás.

—Solo quiero ayudar —afirma con cautela.

—¿Por qué Jacob Ness?

—Por las otras chicas desaparecidas, ya te lo he explicado...

—La verdad es que no.

—I. N. Verness. Si tuviera malas intenciones, ¿os habría dado eso?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque los buenos depredadores ponen trampas.

—Yo no soy...

—Buenas noches.

Entonces, antes de que la conversación se alargue más, antes de que él pueda convencerme de hacer cosas que sé que no debería hacer, me doy la vuelta y salgo corriendo. En el último momento, me giro. No debería hacerlo. Pero lo hago.

Está justo donde lo he dejado, en la acera. Mirándome fijamente.

No parece enfadado. No parece frustrado.

Parece... abandonado.

Es demasiado para mí. Vuelvo a echar a correr y, esta vez, no me detengo.