CAPÍTULO 27
FLORA
Keith y yo salimos juntos de la comisaría.
El cielo está completamente negro, pero el horizonte a nuestro alrededor brilla, producto de las luces de la ciudad.
He perdido la noción del tiempo. Parece que esta noche no va a terminar nunca, pero en diciembre oscurece temprano, así que quizá solo sean las ocho o las nueve de la noche.
Keith lleva la mochila del ordenador colgada al hombro y las manos en los bolsillos para protegerse del frío.
Me distraigo exhalando y viendo la nube de vaho.
No llevo gorro ni guantes. Debería estar helada, pero rara vez noto esas cosas.
A veces pienso que la rabia es como un horno, y llevo tantos años enfadada que la furia me mantiene siempre caliente.
—I. N. Verness —dice Keith.
Sonríe y me doy cuenta de que está feliz. Yo me he pasado el día luchando contra los demonios de mi pasado. Pero, para Keith, esto tan solo es un rompecabezas de hace seis años que por fin ha resuelto. Decido alegrarme por él.
—¿Qué pasa ahora? —me pregunta.
Me encojo de hombros.
—Hacemos lo que dice la sargento. Nos vamos a casa, dormimos un poco y ya veremos qué pasa mañana.
—¿Tú duermes? —pregunta con verdadera curiosidad.
—No mucho.
—¿Tienes pesadillas?
—No consigo relajarme.
—¿Te pagan por ser informante?
Frunzo el ceño.
—No. ¿Deberían pagarme? —Nunca se me ha ocurrido pedir dinero y ahora me pregunto si debería haberlo hecho.
—No lo sé —dice él—. Pero... ¿tienes trabajo?
—Hago alguna que otra cosilla.
—¿Tienes problemas de concentración?
Suspiro. Me está tocando las narices, aunque seguro que no es su intención.
No es frecuente que la gente de a pie se tope con supervivientes de secuestros, así que es lógico que tengan un millón de preguntas y otras tantas percepciones erróneas.
Asumen que me echo a temblar al oír petardos o que me aterrorizan los espacios cerrados.
Hay quien escuchó por ahí que tengo un millón de dólares escondidos de un benefactor rico —¡quizá Oprah o el doctor Phil! — a quien mi historia conmovió.
Nada de eso es cierto. Tampoco soy de las que quieren hablar de ello.
—¿Qué te ha parecido el día? —le pregunto en su lugar.
—No ha empezado precisamente bien...
—A la sargento Warren no le cae bien nadie.
—Es bueno saberlo. Pero al final, el descubrimiento del nombre de usuario... —Daba pequeños saltitos—. Estoy emocionado. Vamos a resolver este caso. Después de tantos años, vamos a localizar la guarida de Jacob Ness y, con suerte, pruebas relacionadas con las seis mujeres desaparecidas. Increíble.
—¿Se lo vas a contar a tu grupo de frikis?
Parece ofendido.
—Firmé un acuerdo de confidencialidad.
—¿Y si te prometen que no contarán nada?
—He firmado un acuerdo —repite con firmeza.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunto.
—No quiero irme a casa —dice—. Estoy demasiado excitado. Hay varias cosas que podría investigar, claro. Por ejemplo, si Conrad Carter es en realidad Carter Conner y si su padre era un policía asesinado... —Asiente con la cabeza—. Puedo ponerme con eso.
Lo estudio durante un largo rato.
—¿Quieres tomar algo? —me oigo decir.
Mi nuevo admirador y/o asesino en serie en potencia esboza una sonrisa.
—Pensaba que nunca me lo ibas a preguntar.
Keith usa una aplicación para uno de esos servicios de transporte compartido. También dice que conoce un bar. Yo conozco muchos bares, pero probablemente no se sentiría cómodo en ellos. Por no mencionar que le robarían el ordenador en cuestión de minutos.
Si yo saliera tras el ladrón, lo derribara con una patada voladora y devolviera triunfante el ordenador a Keith, ¿me ganaría una mirada de admiración o pondría fin a la velada?
En las películas, todo el mundo adora a la heroína malota.
Pero, en la vida real, no tengo tan claro que el hombre promedio quiera algo así.
Keith parece que hace ejercicio, pero al fin y al cabo solo es un informático. Y yo soy..., pues eso: yo.
Keith me lleva a Boylston Street. La parte bonita de Boston.
Con boutiques de lujo encajadas entre iglesias históricas, la biblioteca pública —de gran importancia arquitectónica— y, por supuesto, decenas de restaurantes y bares.
Las ventanas están enmarcadas por centelleantes luces navideñas, las ornamentadas farolas están coronadas por brillantes coronas y las hileras de árboles están envueltas con todo tipo de decoración festiva.
Keith me hace subir cuatro escalones hasta un antiguo edificio de piedra, muy oscuro y sobrio en comparación con el resto. Lo cual debería hacerme sospechar.
Nos recibe un hombre vestido de esmoquin con una edad comprendida entre los cuarenta y la muerte.
Nos saluda a ambos con la cabeza; su rostro, perfectamente impasible.
Noto dos cosas en ese momento: Keith, con su jersey de cachemira y sus pantalones elegantes, encaja a la perfección con el vestíbulo revestido de madera; yo no.
Keith se quita el abrigo. A mí me cuesta desprenderme de mi chaqueta de plumón raída. Me gusta mi abrigo. Tiene muchos bolsillos en los que una justiciera urbana como yo puede almacenar infinidad de herramientas y recursos.
El maître nos tiende la mano. En el último momento, cambio de idea y aprieto el abrigo contra mi pecho.
—Soy muy friolera —digo para justificar mi decisión.
El hombre del esmoquin no dice nada, se da la vuelta y cuelga el abrigo de Keith.
Luego nos conduce a una sala mucho más grande, con paneles de nogal exquisitamente tallados y dominada por una preciosa barra curva con una encimera de mármol salpicada de oro.
A nuestro alrededor hay diferentes zonas de asientos: mesas cubiertas con manteles blancos, muebles antiguos más próximos entre sí para crear un ambiente íntimo.
En la pared del fondo crepita una impresionante chimenea.
Nuestro anfitrión se dirige hacia ella, nos señala un rincón privado compuesto por un único sofá de dos plazas y una fina mesa de centro. Vuelve a mirar mi abrigo.
Lo agarro con más fuerza por toda respuesta.
—Gracias —dice Keith.
Nuestro silencioso guía asiente con la cabeza en señal de agradecimiento y desaparece.
—¿Qué es este sitio?
Keith ya se ha sentado. Sus piernas son tan largas que tiene que estirarlas en ángulo para evitar cochar con la mesa. Yo me siento torpemente en la otra esquina. No me gusta en absoluto esta disposición de asientos.
—Es un club privado. Hay muchos por la ciudad. Representan a varias universidades de la Ivy League, grupos especiales...
—Grupos elitistas.
—Mi padre es miembro. He escogido este bar porque pensé que estaríamos más tranquilos. Aquí podemos hablar con privacidad.
No sé qué pensar. Lo de la privacidad está bien, pero esto... Esto no va conmigo. Y si él hubiera prestado atención, por poca que fuera, ya se habría dado cuenta. ¿Qué significa este lugar? ¿Es su forma de presumir? ¿Mira mi éxito, mira lo que puedo comprarte?
Me siento muy incómoda y desearía haber ido a cazar en lugar de venir aquí.
—¿Qué te apetece beber? —me pregunta.
—Agua con gas.
No hace ningún comentario al respecto. Llama a otro hombre con una chaqueta blanca que porta una bandeja de plata.
Keith pide un agua con gas para mí y un whisky de malta para él.
Me pregunto si este es el tipo de lugar en el que las mujeres no pueden pedir por sí mismas o, de nuevo, si Keith pretende con esto causar una buena primera impresión.
—¿Conoces a la gente que viene a este bar? —le pregunto.
Keith mira a su alrededor. Yo ya he hecho inventario. La única salida obvia es la puerta con arcada por la que hemos entrado. Supongo que los paneles de madera de las paredes ocultan otras opciones, y tengo que luchar contra la tentación de dar una vuelta por la sala y palpar todas las juntas.
—No —dice por fin.
—¿Vienes aquí a menudo?
—No.
—Y esta noche, acompañado de una chica vestida como yo —bajo la vista a mi sudadera gris y mis pantalones cargo gastados—, ¿te ha parecido una buena idea?
—A nadie le importa —me dice.
Lo cual me hace poner mala cara porque, por supuesto, a mí sí me importa, pero no pienso admitirlo.
—Si alguien se te acercara, ¿cómo me presentarías? —insisto.
—Sé que valoras tu privacidad, así que diría que eres una amiga que está de visita.
—¿Sin nombre?
—Solo si tú quieres.
Esta respuesta me parece más acertada, pero luego retomo mi teoría de que es un asesino en serie y que así es como encandila a sus víctimas para llevarlas a su casa. Fingiendo ser cortés, encantador y sensible. Un Ted Bundy al que admiten en un club elitista.
—No soy claustrofóbica —digo abruptamente.
Parece considerar la afirmación, y entonces el hombre de blanco regresa con nuestras bebidas.
Su bandeja también incluye un pequeño cuenco con lo que parecen ser nueces recubiertas de wasabi.
Después de la pizza , me conformo con mi agua con gas y su rodaja de lima artísticamente colocada en el borde.
Keith levanta un pesado vaso de cristal con un líquido ámbar. Brindamos sin decir nada.
—La gente siempre da por hecho que soy claustrofóbica. Ya sabes, por haber pasado tanto tiempo en el ataúd. Pero eso es lo que no comprenden. Estuve tantos días, semanas, en una caja de pino que no tuve más remedio que acostumbrarme a ella. La convertí en mi hogar.
—Yo sigo llevando pañuelos —dice por fin.
Tardo un momento en entenderlo, pero luego lo capto. A su primo lo estrangularon con un pañuelo de seda. Touché.
Levanto mi refrigerio en señal de reconocimiento y me permito relajarme un tanto en el sofá biplaza, demasiado bajo y demasiado pequeño.
—¿Has traído aquí a alguno de tus colegas de los crímenes?
—No.
—¿Por qué no?
—Normalmente nos reunimos en casa de alguien. La gente suele incomodarse cuando empezamos a sacar las fotos de la escena del crimen.
—Seguro que Alfred podría soportarlo.
—¿Alfred?
—El hombre que nos ha recibido.
—Se llama Tony.
—¿En serio? No le pega nada.
Se encoge de hombros y da un sorbo a su whisky.
—¿Quién es la de los prejuicios ahora?