CAPÍTULO 25
EVIE
Mi madre prepara una especie de guiso francés para cenar. Con lentejas, verduras y todo tipo de cosas ideales para un bebé en crecimiento, me informa. No le preocupa el hecho de que cada uno de sus comentarios me haga sentir más como una yegua de cría.
Pongo la mesa. Después de tres martinis, mi madre no debería manejar objetos frágiles. Y solo son las seis de la tarde.
Necesito salir de aquí, pero ¿cómo? ¿A quién llamo? ¿Al señor Delaney? ¿A una profesora con la que a veces me siento a comer? No me había dado cuenta de lo pequeño que es mi mundo hasta ahora. De que, al mantenerlos a todos apartados, también me había encerrado a mí misma.
Llaman a la puerta lateral. Estoy tan agradecida por la interrupción que casi vuelco la silla al levantarme.
—¡Ya voy yo! —anuncio.
Mi madre parece un tanto molesta. Me doy cuenta de que no se come su estofado, solo remueve las lentejas en el plato. Esto es lo que ocurre cuando te pasas la tarde bebiendo vodka.
Me dirijo a la puerta. La sargento D. D.
Warren está al otro lado. Me muestra su placa.
Junto a ella hay una mujer, más joven, con un abrigo de plumas demasiado grande y una sudadera gris con capucha.
Tiene pinta de sentirse más cómoda en las peligrosas calles de cualquier gran ciudad que en una casa colonial impecablemente decorada de Cambridge.
Las dejo entrar.
—Evie Carter, Flora Dane. Flora, Evie. —D. D. hace las presentaciones.
Le doy la mano a la mujer, que podría beneficiarse del guiso de mi madre incluso más que yo. Su rostro me resulta vagamente familiar, pero no consigo ubicarlo. ¿Alguien que conocía a Conrad? ¿O a una de sus muchas identidades paralelas?
Siento la primera punzada de inquietud.
Ya que estamos aquí, vamos hasta el final. Las conduzco a la mesa y les presento a mi madre.
En respuesta, mi madre pone mala cara y alcanza con una mano temblorosa su martini.
—De verdad, sargento, ¿esto no podía esperar? Es la hora de cenar, y la alimentación es muy importante para una mujer en el estado de Evie.
Sí, una yegua de cría.
La tal Flora me mira con renovado interés.
—¿No les apetece un poco de estofado? —susurro. « Por favor, salvadme de esta comida».
—En realidad, tenemos algunas cosas que discutir. ¿Podríamos pasar al salón? —sugiere D. D.
Por mí, perfecto.
—Yo fregaré los platos —le digo a mi madre porque, una vez más, no debería manipular la vajilla, y mucho menos cristalería de Waterford.
Ella se limita a fruncir el ceño y a empujar más lentejas por su plato.
Creo que está deprimida. ¿Por nuestra conversación de antes?
¿Por la noticia de que su marido no se suicidó?
¿O es solo el efecto que tienen los martinis al mediodía?
Nunca he sabido cómo hablar con mi madre.
Y, desde luego, ahora no tengo ninguna respuesta.
Acompaño a D. D. y a Flora a la sala de estar, con su repisa cubierta de vegetación y su árbol de Navidad, que parece decorado por profesionales.
A mi madre le gusta que cada árbol tenga una temática.
Este se inspira en Oíd un son en alta esfera, lo que significa que hay mucho oro y, sí, muchos ángeles.
En cuanto a los asientos, la sala cuenta con un sofá de dos plazas tapizado en seda a rayas de color verde claro y rosa. Nos lo quedamos mirando fijamente. Parece sacado de una casa de muñecas. Los cojines a juego tampoco ayudan.
Tengo que salir de esta casa.
—¿Me permiten sus abrigos? —pregunto, porque el sofá apenas parece capaz de acomodar a dos mujeres, y mucho menos con sus pesados abrigos invernales.
D. D. se encoge de hombros y se desabrocha su largo abrigo negro de lana. Me doy cuenta de que la otra mujer se muestra más reticente. Ha estado observando la habitación. Evaluando. Vuelvo a notar esa punzada de inquietud. ¿Qué hace aquí?
No sé qué hacer con los abrigos. Si voy al armario del vestíbulo principal, me verán los periodistas que están al otro lado de la calle.
Este es el gran problema de este asedio nocturno: la casa no es más que una pecera luminosa en la que mi madre y yo estamos expuestas.
No me extraña que D. D. haya utilizado la entrada lateral; y que no nos hayamos sentado cerca de ninguna ventana.
Al final, dejo los abrigos sobre el respaldo de un sillón orejero. Debería sentarme, pero no quiero. De hecho, de repente no quiero escuchar lo que tienen que decirme.
—¿Cómo se encuentra? —pregunta D. D. en voz baja.
—Como un pájaro en una jaula de oro.
—Su madre fue quien le llevó la ropa para la vista preliminar —dice la mujer. Echa un vistazo a la habitación—. Ahora lo entiendo.
—¿Estuvo en la vista? ¿Por qué? ¿Quién es usted? —Mi tono es brusco.
—Me llamo Flora Dane...
—¡Ya me ha dicho cómo se llama, joder!
La mujer me mira con serenidad.
—¿No le suena?
—¿Por qué debería? Nunca la he visto en mi vida. A ver, ¿de qué demonios va todo esto...? —Me interrumpo de repente. Abro mucho los ojos. Tengo una sensación de déjà vu, como si hubiera visto antes a esta mujer. Flora Dane. Hace seis años.
Dios mío, ya sé quién es. Y he dejado de sentir la punzada de inquietud; ahora quiero vomitar, esparcir el nutritivo estofado de mi madre sobre sus elegantes muebles tapizados en seda. Porque estoy segura de que no quiero oír lo que va a decir a continuación.
—Siéntate —me susurra D. D. al oído, con las manos sobre mis hombros—. Así, eso es. Pon la cabeza entre las rodillas. Respira hondo. Inspira, espira, vacía los pulmones. Ahora inspira profundamente, aguanta, aguanta, aguanta, exhala. Dos veces más. Lo tienes controlado.
Cuando por fin dejo de hiperventilar, me derrumbo en el sillón orejero junto a los abrigos. Tanto D. D. como Flora están ahora arrodilladas en el suelo delante de mí.
—¿Qué hizo? Esos carnés falsos, todos sus secretos. ¿Qué hizo Conrad? —Miro a Flora Dane.
—¿No lo sabe? —me pregunta D. D.—. Usted fue la que acribilló el ordenador.
—Tuve que hacerlo.
—¿Por qué?
—Para proteger el legado. —No lloro. Sueno como una imitación robótica de mi madre, lo cual es peor.
—Quería proteger a Conrad —D. D. me mira—, el padre de su bebé. ¿De qué, Evie? ¿De qué?
—No lo sé.
Es la verdad. Tenía secretos, lo sabía. Y, al menos en mi familia, los secretos son una gran fuente de dolor. Pero eso no significa que yo conociera esos secretos.
Las dos mujeres me miran. Respiro hondo, tiemblo y me recompongo:
—¿Alguna ha tenido una relación con alguien que viaje mucho?
Las dos niegan con la cabeza.
—Yo quería a Conrad. Cuando nos compramos la casa, ambos tuvimos que adaptarnos, como es normal.
Él roncaba. Dejaba los zapatos en medio de la casa.
Entraba en las habitaciones hablando sin parar, incluso cuando era evidente que yo estaba corrigiendo exámenes y necesitaba pensar. Pero una se acostumbra a esas cosas.
«Pero luego volvía a marcharse. Y yo dormía mejor sin él.
Apreciaba poder caminar por el pasillo sin obstáculos, terminaba mi trabajo más rápido.
Después regresaba y yo tenía que volver a adaptarme.
No puedes evitarlo. Por mucho que me pesara, solo era una relación a medias, porque solo éramos un matrimonio la mitad del tiempo.
D. D. y Flora esperan pacientemente.
—Eso hacía que viese a mi marido desde una cierta distancia.
Analizando cosas, fijándome en detalles.
Por ejemplo, Conrad no dejaba de hacerme preguntas sobre mi vida, pero nunca respondía a las mías.
A veces se cerraba en banda y yo notaba que algo le preocupaba, pero él no quería hablar del tema.
Las horas que pasaba en su despacho. ¿Un vendedor de ventanas que seguía trabajando a medianoche?
¿Y por qué cerraba con llave la puerta de su despacho cuando se marchaba?
«Yo... empecé a hacerme preguntas. Así que empecé a husmear, y eso hizo que él desconfiara de mí.
Un día encontré un extracto bancario a nombre de Carter Conner en la impresora de Conrad.
Al principio pensé que era un error. Pero la cuenta era de un banco de Florida y entonces...
lo supe. Tenía una vida secreta. Por eso siempre estaba de viaje de negocios.
Por eso nunca quería hablarme de ellos después.
Por eso siempre echaba la llave al salir.
Es grave, ¿verdad? —Miro a Flora—. ¿Él... también era un depredador?
—Conocí a Conrad —dice Flora—, en un bar del sur. Usaba el nombre de Conner cuando contactó con mi secuestrador, Jacob Ness. Estaba claro que no fue un encuentro fortuito, habían quedado.
—Oh.
No se me ocurre nada más que decir. En cambio, me agarro el estómago, como si le cubriera los oídos a mi hijo nonato, tratando de protegerlo de esta terrible información.
Lo sabía. Sobre todo durante el último año.
Cada vez que miraba a mi marido, la sensación de temor en mi interior se hacía más grande.
—¿Conrad era un depredador? —susurro—. Pero estaba entusiasmadísimo con nuestro bebé. Se le veía feliz de verdad. —No sé qué es lo que intento decir—. ¿Las personas malvadas también aman a sus hijos?
—¿Sabía lo de la caja fuerte con los documentos de identidad? —pregunta D. D.
—No. Y puse el despacho patas arriba tratando de averiguar qué escondía. Nunca la vi.
—¿Conrad nunca hablaba de sus viajes?
—No.
—¿Con qué frecuencia viajaba? ¿Cuánto tiempo estaba fuera?
—Uno o dos viajes al mes; normalmente, de tres a cinco días. Pero no solo iba a Florida. Viajaba por toda Nueva Inglaterra. Vi algunos de sus billetes: Filadelfia, Virginia, Georgia. Algunos de sus viajes de negocios eran reales, pero no creo que todos lo fueran.
—¿Conrad veía mucho las noticias? —intervino Flora—. ¿Seguía los casos de secuestro, por ejemplo? ¿Veía muchos programas de crímenes reales?
—Le gustaba Forensic Detectives. —La sensación de desaliento vuelve a aparecer, aunque no veo cómo podría empeorar la situación.
—¿Por qué le disparó al ordenador? —pregunta D. D. de nuevo.
—Tenía que hacerlo.
—¿Dónde encontró el arma?
—En su regazo. Se la quité... a él.
—¿Agarraba la pistola cuando lo encontró?
—Sí.
—¿Qué pensó, Evie, cuando entró en el despacho y encontró el cadáver de su marido? ¿Cuál fue el primer pensamiento que le vino a la mente?
—Que se había suicidado. Que, después de todos estos años, yo seguía sin ser suficiente.
—¿Qué había en el ordenador, Evie? ¿Qué estaba mirando Conrad cuando murió?
—Fotos. —Cierro los ojos con fuerza. No quiero volver a verlas. Era mucho más fácil olvidar, fingir que nunca había sucedido. Quizá, después de todo, soy como mi madre.
—¿Qué había en el ordenador?
—Chicas. Fotos. Fotos horribles. Demacradas y aterrorizadas.
Golpeadas. Jóvenes. ¿Qué hacía mirando algo así?
—Niego con la cabeza—. Es el padre de mi hijo.
Ya sabía que me ocultaba cosas, pero... ¿no podría haber sido simplemente otra mujer?
¿Quizá un amante gay? A pesar de saber que algo iba mal, a pesar de saber que me arrepentiría si me enteraba, jamás imaginé que tuviera eso en su ordenador.
—Mi voz suena quebrada, difícil de oír. Finalmente las miro—.
Lo amaba. ¿Cómo pude amar a un hombre así?
—¿Qué hizo después, Evie?
—Cerré el portátil. Pero la policía ya estaba allí, golpeando la puerta. No había tiempo suficiente para borrar el disco duro; no del todo. No podía... Es el padre de mi hijo —repito.
—Protegió el legado. —D. D. asiente con la cabeza, como si lo entendiera.
Quizá sea así, después de todo, estuvo allí hace dieciséis años.
—Destruí el portátil. No dejé de disparar hasta que se me acabaron las balas.
—Fueron disparos precisos.
Asiento con la cabeza.
—Me enseñó mi padre.
—Y usted no tiene miedo a las armas, ¿verdad, Evie? Porque usted no disparó a su padre.
—No disparé a mi padre. Ni a Conrad. Yo... los quería a los dos.
Ahora lo siento. El horrible peso que cae sobre mis hombros.
Amar tanto y que, aun así, no sea suficiente.
Nunca fue suficiente. Aquellas imágenes en la pantalla del ordenador.
« Horror» no se acerca ni por asomo a lo que sentí.
Fue como una puñalada en el corazón. No solo por lo que decía de él y lo bien que me había engañado durante diez años, sino por lo que decía de mí; tuve dudas, sabía que me ocultaba cosas y, pese a todo, me quedé a su lado.
—Siempre supe que era un cretino —anuncia una voz. Mi madre está de pie en la entrada abovedada, desde donde ha estado escuchando a hurtadillas durante un rato.
Casi cuesta entender lo que dice. La miro con indiferencia.
—Sé que lo odiabas, mamá —digo con cansancio—. Tan solo supuse que era porque era lo bastante estúpido como para quererme.
—Un vendedor de ventanas —gruñó.
—Buenas noticias. Resulta que era algo más que eso.
Ella tiene su vodka; yo tengo mis pullas. Quizá nos merecemos la una a la otra.
—Hay algo que debe saber —dice Flora en voz baja.
Sigue arrodillada en el suelo. No es el tipo de mujer que se siente a gusto en un sofá de seda. Me hace sentir mal que una mujer que ha pasado por tanto esté incómoda en mi casa. Que esta sea ese tipo de casa. Que yo, mi familia, seamos ese tipo de personas.
—Cuando estaba con Conrad en el bar, intentó hacerme una señal. Usando código morse. Por desgracia, yo no me di cuenta y nunca le respondí.
—¿Qué quiere decir?
—Me preguntó si estaba bien. Dando golpecitos en la barra.
Muevo ligeramente la cabeza, confundida.
—¿Por qué? No lo entiendo... ¿Por qué haría eso?
—No lo sé. Esperaba que usted me lo dijera.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Sería hace siete años.
—Conrad y yo estábamos juntos. Él hacía sus viajes de negocios. Pero eso era todo lo que sabía. A menudo, ni siquiera sabía a dónde iba.
—¿Recuerda algo sobre la página web que tenía abierta en su ordenador? ¿La URL, cualquier cosa? —Es el turno de D. D.
—Era extraña. No era un dominio .com ni .net, sino .onion. No sabía lo que significaba, tuve que buscarlo. Al parecer, es una página de la dark web . —Se me quiebra la voz ligeramente. Como si de repente lo entendiera todo, me oigo decir—: Mi marido navegaba por la dark web .
Flora y D. D. intercambian una mirada.
—¿Nunca vio ningún otro documento con uno de sus nombres falsos? ¿Solo ese extracto financiero de la impresora? —pregunta D. D.
Niego con la cabeza.
—Imagino que no guardó una copia de ese extracto, ¿verdad?
—No. No era necesario.
—¿Qué quiere decir?
Me encojo de hombros.
—Soy una persona de números. No necesito tener el extracto delante. Puedo recitar el número de cuenta de memoria. También el banco, la dirección y el saldo de doscientos cuarenta y tres mil dólares con veintidós centavos.
D. D. se gira hacia mi madre borracha, que está en la puerta.
—Traiga un bolígrafo —le ordena con brusquedad.
Y por fin me siento bien conmigo misma por primera vez en días.