CAPÍTULO 24 #3
—En contratarte. Así es como funciona, ¿no? Tu edad, dónde vives, tu mundo... —Señalo el cubo de basura en llamas—. Esto es lo que te define. Es imposible que Conrad y tú os hayáis cruzado...
—¿Conrad?
—El tipo cuya casa quemaste.
—¿Quién?
—Exacto. No te importaban ni él ni su mujer ni su futuro bebé. Te importaba el fuego. Estabas allí para quemar la casa. Y, si encima te pagan por hacerlo, mucho mejor, ¿no?
Frunce el ceño por primera vez. Como si por fin vislumbrara la trampa. Pero no le doy oportunidad de reacción. Le lanzo otra botella de aceite vegetal y, por supuesto, la atrapa. Por supuesto, tiene que tirarla al fuego.
—No soy policía —digo ahora—, pero vi a un montón de maderos frente a tu casa. Apuesto a que ahora están destrozando tu habitación. Buscando el uniforme, las latas de «pesticida». Vas a tener que dar muchas explicaciones.
Pero he cometido un error, porque Rocket se encoge de hombros y vuelve a centrarse en las llamas. Comprendo que el uniforme ha acabado empapado en gasolina y lo ha utilizado para prender la lumbre. ¿Qué pirómano que se precie no quemaría las pruebas?
—Quiero contratarte. Mil pavos.
Arruga el rostros sin apartar la vista del fuego. Tomo una de las últimas piñas y la tiro a la hoguera. Roja. Ambos asentimos fascinados.
—Cinco —dice—. En efectivo.
—No lo llevo encima.
—Te diré dónde dejarlo. Lleva la mitad y la dirección. Después, la otra mitad.
—Qué confiado eres.
Por fin me mira. En sus ojos oscuros solo veo las llamas danzantes.
—Me gusta quemar cosas. Todo tipo de cosas. La gente respeta eso.
Buen argumento.
—Tiene que ser discreto. ¿Te encargas tú del uniforme o te lo proporcionó tu último cliente?
—¿Qué más te da?
—Tiene que ser discreto —repito con voz firme.
Se encoge de hombros.
—Depende de lo que queme. A un edificio abandonado puedo acceder sin problemas. Para una casa..., claro, puedes darme tú la cobertura. Si no, con los años he aprendido a hacer las cosas. Da igual.
Así que tal vez su cliente le proporcionó el uniforme de control de plagas, o tal vez Rocket sea así de inteligente. Sin duda le encanta el fuego, y cualquiera que ame tanto su trabajo llegará a convertirse en todo un experto.
Sigo sin creer que este chico conociera a Conrad Carter o a Jacob Ness.
No es más que un tercero al que contrataron para un trabajo.
Pero también es nuestro primer vínculo con el asesino de Conrad; esa persona que se ha visto obligada a borrar sus huellas destruyendo por completo la casa. Mi siguiente paso está claro.
—Dime la dirección del lugar de entrega —le digo—. Te conseguiré el dinero.
—Mañana —dice—. Ya tengo planes para esta noche.
—¿Y cuáles son?
—Detrás de ti.
No giro la cabeza. Sería un movimiento de principiante, sobre todo teniendo en cuenta que llevo diez minutos controlando esa sombra.
En lugar de eso, abro bien las piernas para mantener el equilibrio, giro el torso al completo y trazo un arco con la bolsa de plástico y las dos botellas de aceite vegetal que quedan dentro hacia la cabeza de mi atacante. El golpe es seco y certero.
La figura, con el rostro oculto en la sombra de otra capucha, se tambalea hacia atrás y se agarra la cabeza, aturdida.
Doy tres pasos hacia delante. Le propino una patada en el lateral de la rodilla y luego le golpeo con la base de la mano directamente en la nariz.
Cae al suelo, agarrándose la cara y gimiendo.
Doy un paso atrás. No necesito hacer nada más. No tengo que demostrar nada más. Me vuelvo hacia Rocket.
—No soy policía. Dime la puta dirección.
Rocket parece aturdido. Justo donde lo quiero.
Saco de mi bolsillo el teléfono desechable que siempre llevo conmigo.
—Mándamela por mensaje.
No me sorprendo cuando saca su propio teléfono desechable. Sus dedos vuelan por la pantalla. Suena un pitido cuando envía la dirección.
Sonrío.
—Ha sido un placer hacer negocios contigo.
Luego tiro la bolsa directamente a las llamas.
Otro rugido seguido de un chisporroteo. Cuando me alejo, Rocket sigue mirando el fuego. Su amigo gime a su espalda.
D. D. me recoge cuatro calles más adelante. No le pregunto dónde ha estado ni cómo me ha encontrado. Ella tiene sus habilidades, yo tengo las mías.
—¿Y bien? —pregunta ella.
—Es un pirómano a sueldo. Ni siquiera respondió al nombre de Conrad Carter y, francamente, le gusta demasiado el fuego como para haberlo hecho sin ayuda.
Vuelve al barrio de los Carter, pero esta vez pregunta por una empresa de control de plagas.
Así es como lo hizo. El uniforme, o lo que quede de él, está en el fondo de ese cubo.
Si buscas bien, encontrarás los botes de espray que utilizó.
—¿Quién lo contrató?
—Eso no me lo ha contado. Pero —levanto mi teléfono— tengo la dirección donde se supone que debo dejarle el pago de nuestra futura transacción. Imagino que es el mismo punto de entrega que utilizó la última vez, ya que parece ser una persona de costumbres.
—Podemos buscar grabaciones de la zona del martes por la noche y el miércoles por la mañana —añade D. D., pensativa.
—Y así identificarás al cliente con las manos en la masa.
—Bien hecho —me informa D. D.
Yo me limito a sonreír.