CAPÍTULO 24 #2
Planifico mi jugada mientras deambulo por las calles.
D. D. me ha revelado algo interesante: no hubo testigos.
Si no me falla la memoria, el barrio de los Carter es mayoritariamente de blancos.
Es decir, ¿que un adolescente negro estuvo husmeando por la casa y nadie se dio cuenta?
Lo dudo. La ficha policial de Rocket tenía escrito «aspirante a delincuente» en letras mayúsculas.
La mayoría de las personas que viven en un entorno urbano como este están programadas para prestar atención a ese tipo de cosas.
Lo que significa que...
Sopeso varias teorías e ideas. Una me atrae más que las demás. La reservo justo cuando veo una ferretería en el barrio. Ya no quedan muchos sitios así, pero este me da una idea.
Diez minutos más tarde, voy caminando con una bolsa en la mano y nuevos conocimientos de la zona, cortesía del cajero. ¿Dónde se reúnen los adolescentes del barrio? Una vez más, en este tipo de vecindarios, la gente sabe estas cosas.
Está oscuro. Hay algo de luz ambiental aquí y allá, procedente de las ventanas tras las que la gente se ha refugiado para pasar la noche.
Hay una extraña mezcla de cercanía y aislamiento en zonas tan densamente pobladas.
Tanta gente apiñada en un mismo sitio y, sin embargo, cada una vive en su pequeño mundo.
No envidio las batallas que les quedan por librar. Pero yo tengo las mías.
Cruzo a la izquierda, doblo la esquina y veo un hueco en el edificio de enfrente, un espacio antinatural encajado entre dos edificios residenciales, como el hueco que deja un diente perdido.
Probablemente, en su día fue una cancha de baloncesto o algún tipo de zona común.
Ahora contemplo el resplandor de lo que parece ser una intensa hoguera ardiendo en un cubo de basura situado en el centro.
A su alrededor, destellos de movimiento, reflejos metálicos.
Niños, puede que en monopatines. O solo pasando el rato. Me superan en número por mucho.
Al mismo tiempo, percibo una nueva presencia detrás de mí. Alguien me sigue. Quizá sea D. D., que me ha dicho que estaría por aquí, pero dudo que tenga tanta suerte. Supongo que tengo un nuevo amigo, alguien que se ha fijado en una chica blanca y solitaria que camina por su barrio.
No puedo evitarlo: sonrío. D. D. tenía razón. La noche está mejorando.
Camino directa hacia el cubo de basura. Los chicos no se dispersan.
¿Por qué iban a hacerlo? Son al menos diez y yo estoy sola.
No establezco contacto visual con ninguno.
Más bien, echo un rápido vistazo general.
Allí, a la izquierda, con rasgos difíciles de distinguir bajo la capucha de una sudadera gris, hay un rostro largo y delgado que coincide con la foto de mi chico.
Perfecto.
No hablo. No me detengo. Meto la mano en la bolsa, saco el primer objeto y lo arrojo al fuego.
¡Boom! El fuego ruge, escupiendo llamas y una lluvia de chispas de color rojo intenso. Ahora los niños se dispersan.
—¡Hostia puta!
—¡Está zumbada!
Pero mi chico no, claro. Mi chico se queda ahí parado, mirando la nueva y mejorada hoguera con total fijación.
—¿Quieres una? —le pregunto. Le tiendo la bolsa.
—¿Qué es?
—Piñas empapadas en queroseno. Básicamente, un kit para encender fuegos, de la ferretería. Las hay de varios colores.
Rocket hace una mueca. Se nota que está tentado. Pero ¿qué tiene de divertido un encendedor prefabricado?
—También tengo botellas de aceite vegetal.
Ahora sí que ha despertado su interés.
—Claro —dice, aunque noto que permanece alerta.
Pero pienso en lo otro que ha dicho D. D.
: los pirómanos son como los asesinos en serie.
Una vez que descubren su verdadera identidad, no pueden volver atrás.
Como dirían Keith Edgar y sus compañeros, no hay ningún asesino en serie que haya sido capaz de dejarlo.
Lo que comienza como un crimen horrible se convierte en una terrible obsesión.
Y esa obsesión puede ser utilizada en tu contra por las fuerzas del orden... y por personas como yo.
Le lanzo una pequeña botella de aceite vegetal. La atrapa sin esfuerzo.
Ambos damos un paso atrás. Él lanza el aceite al fuego. Más estallidos, ahora acompañados de salpicaduras y silbidos. Los chavales que se habían quedado antes se retiran oficialmente. El fuego puede ser hipnótico, pero el aceite caliente es peligroso.
Rocket sonríe. Entiendo su sonrisa. Ha habitado mi cara suficientes veces.
—Estoy tratando de averiguar cómo lo hiciste —digo por fin en tono conversacional.
Todavía noto esa presencia detrás de mí. Me desvío hacia la izquierda, tratando de ver la silueta por el rabillo del ojo. Mientras tanto, cojo otra piña de queroseno y avivo el fuego. Rocket levanta una mano. Lanzo una en su dirección.
La suya es azul. Me gusta más que la roja. ¿Quién necesita luces navideñas cuando se puede hacer esto?
—Se me ocurre que te haces pasar por fumigador —continúo, mientras Rocket sigue mirando las llamas parpadeantes—.
Quiero decir, si entras en un barrio como el de los Carter, la gente se dará cuenta.
Sobre todo si vas con unas cuantas garrafas de gasolina.
Pero un chico joven con un uniforme de control de plagas, dando vueltas alrededor de la casa con botes de espray...
La gente ve lo que quiere ver. Y eso es bueno para personas como tú y como yo.
Me toca. Elijo otra botella pequeña de aceite vegetal. No explota con colores chulos, pero me gusta el sonido que produce. Esto es divertido. Quizá debería provocar un incendio.
Rocket sigue sin hablar.
—Fuerzas la cerradura trasera. Nadie te ve. Fácil. Preparas el fuego en la cocina. Rocías el «pesticida» por toda la casa. Joder, es que si un vecino te viera por la ventana, ni te prestaría atención. Muy inteligente, tengo que admitirlo.
Levanta una mano. Le lanzo dos piñas. Llamas verdes y azules esta vez. Ambos quedamos impresionados.
—Demasiado inteligente —digo—, para alguien como tú.
La sombra a mis espaldas se ha acercado.
Me desabrocho la cremallera de la chaqueta despacio.
Quiero poder moverme con facilidad para lo que viene a continuación.
Por no mencionar que nunca salgo de casa con los bolsillos vacíos.
Alcanzo un pequeño bote de mi espray de pimienta casero.
La que se podría armar si esto cayese al fuego...
Rocket me mira por fin. Está claro que le cuesta apartar la atención de las llamas.
—No sé de qué estás hablando.
—Has hecho un buen trabajo. La direccionalidad de las llamas, la destrucción total del segundo piso, la forma en que se derrumbó sobre el primero... Una obra de arte.
—¿Eres policía?
—No. Solo soy una parte interesada.
—¿Interesada en qué?