CAPÍTULO 24
FLORA
—¿Qué sabes sobre incendios provocados? —me pregunta D. D. diez minutos más tarde.
Estoy sentada en su coche mientras ella se abre paso entre el caótico tráfico del centro de la ciudad. Aún no sé a dónde nos dirigimos, pero supongo que pronto me lo dirá.
Boston está preciosa en Navidad. Los edificios están decorados con enormes adornos navideños, las calles están llenas de árboles festivos y de las farolas cuelgan luces blancas parpadeantes.
A mi madre le encanta esta época del año.
Probablemente ya haya planeado toda las comidas de la temporada, e incluso haya encargado un pavo ecológico llamado Fred que haya crecido en libertad y ahora esté completando su transición vital de la granja al horno.
Espera que Darwin venga desde Londres para pasar las fiestas con nosotras.
Aunque no lo diga en voz alta, yo también espero que venga.
Si no, seremos mi madre y yo, Samuel —supongo— y quizá uno o dos vecinos.
Podría invitar a Keith. ¿Sería demasiado raro? Probablemente sí.
—Flora, ¿estás ahí? ¿Incendios provocados?
Retiro la mirada de los gigantescos copos de nieve que adornan las farolas.
—No sé nada sobre incendios provocados.
—Perfecto. Entonces, esto será una experiencia enriquecedora para ti. Hay una carpeta junto a tu asiento. Ábrela.
—Espera un momento. ¿Se trata del incendio de la casa de los Carter? ¿Quieres que investigue eso?
—Sí.
—Esto es una estupidez. No sé nada de incendios provocados. Sería mejor que dedicara el tiempo a buscar más conexiones entre Jacob y Conrad.
—Creo que hoy ya hemos avanzado en ese frente.
La miro fijamente, con la carpeta cerrada sobre mi regazo.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
—Eres una informante. Te estoy asignando un trabajo. Deja de quejarte.
—No me estoy quejando, te estoy diciendo que no.
D. D. aparta la vista de la interminable fila de luces rojas que tenemos delante el tiempo suficiente para arquear una ceja.
—Conrad está relacionado con Jacob. Lo que significa que quienquiera que haya incendiado la casa de Conrad, posiblemente con la intención de ocultar esa conexión o cualquier otra información importante, podría llevarnos a averiguar más cosas sobre Jacob.
—Tonterías. Solo quieres quitarme de en medio.
—No. Quiero que saques a Jacob de tu cabeza. Personalmente, creo que ya le has dedicado suficiente tiempo hoy. ¿No te parece?
La dureza de su tono me hace retroceder. Me retiro al asiento del copiloto. Me guste o no, entiendo lo que quiere decir. Desde que vi las noticias ayer por la mañana, no he hecho más que obsesionarme con Jacob. D. D. tiene razón; me vendría bien un descanso.
Incendio provocado, pues.
Abro la carpeta y examino el contenido.
—Es el informe de la investigadora de incendios provocados, Patricia Di Lucca —explica D.
D.—. La causa del incendio fue un sistema de ignición casero preparado en el fogón de la cocina con aceite y algodón.
El fuego se extendió a la enorme cantidad de gasolina vertida por toda la casa.
Un trabajo muy chapucero. Todos los materiales eran fáciles de conseguir.
El aceite de cocina y el algodón podrían haber procedido de la propia casa.
La gasolina, dada la cantidad utilizada, probablemente la llevó el pirómano, ya que estamos hablando de varios litros.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—El incendio se produjo alrededor de las dos de la tarde. Podría haberse organizado antes, digamos a la una y media, puesto que el aceite de cocina necesita tiempo para calentarse.
Empiezo a hojear los papeles. Además de un informe y una lista de materiales, el expediente del incendio incluye bocetos detallados de la casa, el recorrido del fuego y todo tipo de ayudas visuales.
Más fotos y diagramas muestran la zona más dañada, donde el pirómano acumuló un pequeño charco de acelerante.
El despacho. Quienquiera que fuera el pirómano —o la pirómana— sin duda tenía algo en contra del despacho.
—¿Fue ahí donde dispararon a Conrad? —le pregunto a D. D., señalando la foto.
—Sí.
—¿Crees que fue su mujer?
Ella frunció el ceño y se mordió el labio inferior.
—No estoy segura. Quizá. Entre tú y yo, de sargento a informante...
Es una conversación nueva. Asiento con entusiasmo.
—Hay un intervalo de ocho minutos. Recibimos llamadas informando de que habían escuchado disparos; luego hubo un intervalo de ocho minutos antes de que se produjeran más disparos.
La policía llegó tras la segunda tanda y encontró a Evie sosteniendo el arma.
Apenas protestó cuando la arrestaron, pero ¿fue por la conmoción de descubrir a su marido muerto o por haber apretado el gatillo?
—Parece evidente, ella tenía el arma.
—Según dice, disparó al ordenador portátil. Doce veces, para ser precisos.
—¿Por qué querría destruir el ordenador?
—Me encantaría saberlo.
—¿No ha dicho la razón?
—No mientras su abogado no se despegue de ella. Malditos picapleitos.
—Crees que estaba encubriendo algo.
D. D. me mira.
—Creo que tú y yo hablaremos con ella sobre ese tema más pronto que tarde.
—¿Podré conocerla?
—Creo que deberías hacerlo. Puede que sea la única forma de sacarle la verdad. Ahora dime : si ella disparó al ordenador, ¿quién quemó la casa?
—No lo sé.
—¿Y por qué la quemó?
—Para borrar las huellas..., destruir las pruebas, como tú has dicho.
—¿Otras pruebas que no se encontraran en el ordenador destruido?
—¿El pirómano lo sabía?
D. D. me sonríe.
—Ahora estás pensando como una auténtica investigadora. Vale, estás viendo el informe sobre el incendio, ¿verdad? ¿La zona más afectada fue el despacho?
—Sí.
—Esta mañana descubrimos que en el despacho había dos cosas: una, el ordenador; y dos, una caja fuerte metálica con los documentos de identidad falsos de Conrad.
—Crees que eso era lo que intentaba destruir el pirómano. —Hago una pausa—. ¿Por qué no la robó sin más?
—Otra buena pregunta. Mi teoría es que no pudo encontrar la caja.
Recuerda que un equipo forense registró la casa el martes por la noche después del tiroteo y no dio con ella.
Me pregunto si Conrad tenía un doble fondo en uno de los cajones de su escritorio o en los archivadores.
Esas identificaciones eran importantes para él.
Mantener ese secreto era importante para él.
—Pero alguien más tenía que saberlo —replico—. De lo contrario, ¿por qué habría quemado esa casi si no era para destruir los documentos?
Una vez más, D. D. sonríe.
—Flora, puede que se te dé bien esto. Alguien más tenía que saberlo. Y esa persona...
—Podría estar vinculada con Jacob Ness.
—Última página del informe —ordena.
—Es una foto. Un chico flacucho.
—Lee.
—»Rocket Langley. Varón afroamericano de veinte años». ¿En serio? Porque parece que tiene catorce. Vale, se lo relaciona con varios incendios en edificios abandonados en el distrito de almacenes de Boston —resumo.
Sigo leyendo. En los tres incendios se utilizó gasolina como acelerante, y el segundo fue provocado con un hornillo portátil barato, una lata de sopa llena de queroseno y una mecha de algodón.
—Los pirómanos son como los asesinos en serie —explica D.
D. mientras se incorpora por fin a Storrow Drive—.
Tienen sellos personales, una metodología preferida.
Una vez que encuentran su identidad como pirómanos, no se desvían de ella.
La investigadora Di Lucca introdujo los detalles del incendio de la casa de los Carter en la base de datos y el nombre de Rocket apareció de inmediato.
—Entonces, ¿vamos a arrestarlo?
—¿Basándonos en qué? ¿En que se encuentra en una base de datos de incendios provocados?
Sin antecedentes de detenciones previas, sin un informe de testigos oculares ni pruebas físicas que vinculen directamente a Rocket con la casa de los Carter, no tenemos motivos para arrestarlo.
Podría llevarme al chico a comisaría para interrogarlo, pero Di Lucca ya lo ha intentado.
Rocket se cierra en banda, lo que probablemente sea la razón por la que nunca ha sido acusado de ningún delito.
Que le guste el fuego no significa que sea estúpido.
«Voy a emplear una estrategia diferente. Te dejaré en su barrio. Allí lo localizarás y hablarás con él. Una conversación entre individuos turbios.
—¿Yo soy una individua turbia?
—Las dos sabemos que no te gusta seguir las normas.
Lo pienso.
—Voy a tener que darle una paliza, ¿no?
—¿Ves? Ya pareces más contenta.
D. D. me deja a unas calles de la última dirección conocida de Rocket.
Diciembre sigue siendo oscuro a estas horas, y digamos que la decoración del barrio de Rocket dista mucho de las deslumbrantes luces navideñas del Boston Commons.
Estas casas adosadas parecen acecharte en la penumbra invernal; la mitad de las ventanas están tapiadas y el resto, cubiertas con rejas de seguridad.
Muchos de los barrios pobres de Boston han sido renovados en los últimos años. El de Rocket no es uno de ellos.
D. D. tiene razón: encajo en este lugar.
Con mi abrigo voluminoso sobre mi sudadera igualmente informe, me integro a la perfección. Me tienta ponerme la capucha para protegerme del frío, pero no quiero reducir mi visión periférica ni mermar mi audición.
Paseo un rato por el barrio para orientarme. No hay luces encendidas en la dirección de Rocket, lo que no me sorprende. Si yo viviera aquí, estaría en casa el tiempo estrictamente necesario. Por otra parte, dudo que el chico esté de compras navideñas, así que ¿dónde está?