Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

D. D.

—¿Qué sabemos sobre este tipo? —preguntó D. D.

Habían ocupado la sala de reuniones del FBI.

No era el lugar favorito de D. D., ya que sentía que estaba cediendo cada vez más terreno en su investigación a los federales.

Por otra parte, había dos federales en la mesa, mientras que ella era la única policía.

A eso se le sumaba una informante rebelde y un civil aficionado a los crímenes reales.

Se estaba convirtiendo en el equipo de investigación más descabellado que había visto nunca.

No le gustaba lo descabellado. Ni el hecho de no saber qué hacer a continuación. Ella siempre sabía qué hacer a continuación.

El doctor Keynes hizo los honores: —Flora, ¿alguna vez viste a este hombre, Conrad o Conner, en otro bar? ¿O quizá reuniéndose con Jacob en un área de servicio?

—No. Pero Jacob solía salir por su cuenta...

Hubo una ligera vacilación que no le pasó desapercibida a D. D.

—¿Qué? —preguntó.

Flora se negaba a establecer contacto visual con nadie.

—Poco después de eso, Jacob me llevó de vuelta a Florida. Allí... se involucró en otros negocios. No sé qué era lo que hacía antes, pero creo que, una vez en Florida, pasó a dedicarse a eso a tiempo completo.

D. D. entendió lo que Flora no estaba diciendo.

El doctor Keynes y Kimberly Quincy también deberían haberlo comprendido, lo que significaba que la vaguedad en las palabras de Flora tenía que ver con el chico nuevo.

Era lógico. Todo el mundo tenía derecho a su privacidad, y sabe Dios que una superviviente de un caso de secuestro tan mediático tenía que luchar para conservar la suya.

—Así que Jacob había establecido una conexión con Conrad. Por lo que has descrito, no parece precisamente un encuentro fortuito —afirmó D. D.

—Pero las intenciones de Conrad no están claras —intervino Quincy.

La agente del FBI fruncía el ceño de forma similar a D.

D. Era evidente que a ella tampoco le gustaba lo descabellado—.

¿Acudió a aquella cita como otro depredador o como una especie de justiciero autoproclamado?

¿Crees que te reconoció de la televisión? —le preguntó a Flora.

Flora se encogió de hombros.

—Lo dudo. Para entonces, había perdido mucho peso. Tenía el pelo hecho un desastre. La mayoría de las veces ni me reconocía a mí misma en el espejo. Jacob llevaba meses sacándome en público y nadie se fijaba en mí.

—¿Intentó Conrad establecer contacto visual o enviarte alguna otra señal? —insistió D. D.—. El código morse no es precisamente la forma más fácil de establecer contacto. Y es arriesgado, teniendo en cuenta que Jacob tenía experiencia con la radio.

—Mantuve la mirada baja. A Jacob no le gustaba que la levantara. Puede que Conrad intentara algo, pero yo no me habría dado cuenta. Y Jacob no nos dejó solos ni un momento. Me estuvo agarrando el hombro todo el tiempo.

—¿Cuándo salisteis de la ciudad? —preguntó Quincy.

—Al día siguiente. Nos levantamos y nos fuimos. Jacob era de hierro. Podía pasarse la noche bebiendo y levantarse a las cuatro de la mañana para ponerse a conducir. Llevaba una semana sin salir a la carretera. Imagino que tendría que volver al trabajo.

—Motel Upland —apuntó D. D.—. La última vez que hablamos, creías recordar un letrero luminoso que decía «Motel Upland».

Investigaremos eso también. Quizá incluso podamos encontrar registros de que Conrad Carter, o alguno de sus alias, se hubiera alojado allí o en algún lugar cercano.

Claro que estaría bien saber de qué estado se trata, en lugar de «algún lugar del sur».

—Prueba con Misisipi —sugirió Quincy—. Por la cerveza Abita.

—Creo que Jacob le prometió a Conrad que le daría a Flora; hicieron algún tipo de trato. —D. D. se dio cuenta de que Keith no miraba directamente a Flora mientras decía esto. Hablaba con calma, en un tono profesional. Eso hizo que D. D. se preguntara si Flora le haría daño ahora o más adelante.

—Creo que es una suposición razonable —dijo Quincy secamente.

Flora añadió:

—Crees que Conrad tenía la intención de retenerme. Jacob habría pensado que era para abusar de mí, pero tal vez Conrad estaba tratando de rescatarme.

—Una idea interesante —reflexionó el doctor Samuel. Asintió con la cabeza hacia D. D.—. ¿Conrad tiene experiencia previa en las fuerzas del orden o en el servicio militar? ¿Ha trabajado con niños en situación de riesgo?

—Ni siquiera ha sido voluntario en un comedor social —le aseguró ella—.

Lo que hace que todo esto sea aún más extraño.

Pero tenía una caja con documentos de identidad falsos.

Lo que significa que, fuera lo que fuera lo que estaba haciendo en ese bar, trabajaba encubierto, por así decirlo.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿con qué fin?

¿Era un depredador conectando con otro o un héroe solitario tratando de arreglar el mundo?

Pero ¿cómo sabía lo de Flora? Y, si se dedicaba a eso, ¿no debería haber constancia de otras chicas a las que hubiera rescatado o de delitos que hubiera impedido?

Sin duda, su mujer no sabe nada al respecto.

Parecía tan sorprendida como los demás cuando vio los carnés falsos y el alijo de dinero.

Aunque, claro, acribilló su ordenador, lo que podría demostrar que sus viajes no eran tan altruistas después de todo.

—¿Qué sabemos de sus otros alias, los nombres que aparecen en los documentos de identidad? —preguntó Quincy.

—Todavía nada. Uno de mis compañeros, Neil, está trabajando en ello.

Está buscando cada nombre en las bases de datos estatales con los números de identidad, pero, como son nombres muy comunes, está obteniendo demasiadas coincidencias.

Los pocos que ha logrado vincular al Conner o Carter «correctos» no tienen historial crediticio, antecedentes penales ni nada.

Sospecha que los carnés falsos son solo eso: un trozo de plástico para entrar en un club, en lugar de vestigios de una doble vida secreta.

—Pero has dicho que Conrad tenía una conexión con Florida, ¿no? —insistió Quincy—. Y Jacob era de Florida. Seguro que eso no puede ser una mera coincidencia.

—Me gustan las coincidencias tan poco como a cualquiera —le aseguró D.

D.—, pero Florida es un estado muy grande.

La familia de Conrad vivía en Jacksonville.

La madre de Jacob Ness vivía en la costa oeste, al norte de Tampa.

No eran precisamente vecinos. Por otro lado, Jacob viajaba de un lado a otro por su trabajo, al igual que Conrad, así que no podemos descartar nada.

Neil seguirá investigando. Pero hemos descubierto los carnés falsos hoy mismo, así que habrá que indagar un poco más.

—No creo que debamos preocuparnos tanto por los motivos que tenía Conrad para reunirse con Jacob y Flora —intervino Keith—.

Podemos especular todo lo que queramos sobre por qué Conrad fue al bar, pero en este momento carecemos de datos suficientes.

—Un friki de la informática de los pies a la cabeza—.

La verdadera pregunta es: ¿cómo se pusieron en contacto Conrad y Jacob?

Dijiste que Jacob tenía un teléfono desechable barato.

¿Lo viste llamar a alguien antes de entrar en el bar? —le preguntó Keith a Flora.

—No. Pero pudo haberlo hecho mientras yo estaba en el baño aseándome.

—Pero Conrad sabía cómo encontrarte. Se dirigió directamente hacia ti.

—Supongo.

—Está claro que la cita estaba planeada de antemano. Por un tipo que no usaba su móvil, pero que tenía el navegador Tor instalado en su portátil.

Una vez más, Flora se encogió de hombros, mientras que el resto se limitaron a esperar.

—Una razón más para suponer que Jacob frecuentaba la dark web y se relacionaba con otros depredadores.

Ahora bien, Tor oculta la dirección IP de un usuario encriptando el tráfico en Internet mientras lo desvía por rutas extrañas.

Sin embargo, no es tan anónimo como la gente cree.

La información del usuario se desencripta durante un breve periodo de tiempo al entrar y salir de la dark web, lo que significa que debería haber alguna información recuperable.

Quincy negó con la cabeza.

—Ya te lo he dicho: el FBI analizó el ordenador de arriba abajo. No hay nada.

Pero Keith no pensaba darse por vencido.

—Para acceder a la información, la dark web, la deep web...

—¿Qué es la deep web? —interrumpió D. D.

—Cualquier página en la que tengas que iniciar sesión: bancos, correo electrónico, comercio electrónico. También redes sociales, como Facebook o Twitter. Pero hoy en día hay foros exclusivos para miembros de casi cualquier cosa.

«La mayoría de la gente empieza en la deep web, visitando páginas donde se sienten seguros, y luego pasa a la dark web.

Pero, en cualquier caso, Jacob debería tener un nombre de usuario y una contraseña para algunas de estas cuentas, que estarían almacenadas en el SAM, el administrador de cuentas de seguridad, de su disco duro —explicó—.

A menos, claro está, que se acordara de eliminar esos datos.

El navegador Tor, por ejemplo, incluye una pantalla en la que se pregunta al usuario si de verdad desea guardar la información; una forma de incentivarlo a no almacenarla.

Sin embargo, no todas las aplicaciones son tan precavidas, y no es raro que incluso los gurús informáticos más expertos terminen por almacenar alguna que otra contraseña. —Keith miró fijamente a Quincy.

—Como ya he dicho —espetó la agente del FBI—, nuestros técnicos informáticos son los mejores.

Siguiendo el protocolo, ejecutamos el programa de desencriptado de contraseñas en el archivo SAM del ordenador y, sí, descubrimos credenciales de una sola cuenta de Gmail: JNess.

Pero ninguno de los correos recuperados contenía nada de naturaleza delictiva.

Desde luego, nada relacionado con la dark web.

—¿Y había algún nombre de dominio? A muchos delincuentes les encanta registrar dominios vanidosos, como elmasduro.com, por ejemplo.

—No.