Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—Evie, si necesitabas un bolso, ¿por qué no lo has dicho? Tengo varios Chanel que te quedarían perfectos.

No respondo a la pregunta; tan solo dejo el bolso en la silla de la cocina más cercana a mí. Luego me acerco a la botella de vodka, le vuelvo a enroscar el tapón y la guardo. En mi mundo, esto cuenta como una conversación.

—¿Has almorzado? —intenta ahora, pasando al ataque como madre preocupada.

—El señor Delaney me llevó a comer.

—Pero ¿has comido? Es muy importante que comas. El bebé...

—He comido un plato la mar de saludable y nutritivo, gracias. Incluyendo un zumo de naranja, sin vodka.

Se ruboriza y vuelve a fruncir el ceño.

—¿Encontraste lo que necesitabas en tu casa?

—He descubierto algunas cosas.

—¿Se ha perdido todo?

Odio decir esto.

—Sí.

—Pues no hay más que hablar: te quedarás aquí. Tus habitaciones están listas, la habitación del bebé está casi terminada. Una mujer en tu estado no puede estar sometida a un estrés excesivo. Francamente, ya está bien con esta tontería del tiroteo.

Por un momento, pienso que se refiere a mi padre, pero luego me doy cuenta de que habla de Conrad.

—La policía dice que papá no se suicidó. —No pretendía abordar el tema con tan poca delicadeza, pero no sé de qué otra manera expresarlo.

Mi madre se queda paralizada. Veo una expresión en su rostro que no consigo descifrar. Horror, tristeza, confusión. Las tres cosas a la vez.

—¿Por qué desentierra la policía la muerte de tu padre ahora?

—Porque les dije la verdad: yo no lo hice.

—Evie Hopkins...

No me pasa desapercibido que no usa mi apellido de casada. Incluso medio borracha y con la guardia baja, mi madre sigue siendo capaz de lanzar pullas.

—Yo no le disparé. Las dos lo sabemos. Mentimos para protegerlo hace dieciséis años, mamá.

Porque lo queríamos. Porque no podíamos soportar la idea de que se hubiera suicidado.

Pero han pasado dieciséis años y, teniendo en cuenta lo que le ha ocurrido a Conrad...

Si mentimos para proteger a papá entonces, ahora necesito que descubramos la verdad. Para salvarme.

Mi madre se sienta. O más bien se deja caer. Se derrumba en la silla, y el vodka chapotea en su copa. Por un momento parece perdida, casi infantil, y eso me inquieta. Luego da un trago y se recompone.

—No lo entiendo —dice.

—Según la policía, alguien disparó a papá. Tenía que haber alguien más aquí, en la casa.

—Pero no vimos a nadie.

—Entonces, esa persona se marchó justo antes de que entrásemos.

—¿Están seguros? ¿Cómo pueden saber esas cosas?

—Tú ves la televisión...

—No veo esos programas...

—¡Claro que los ves! Todo el mundo los ve. Además, los he visto en tu lista de Netflix. No es momento de fingir, mamá. Es el momento de la verdad.

Me mira con rabia. Eso la hace parecer más natural. Ambas nos relajamos. Da otro sorbo a su martini.

—¿Están convencidos?

—Sí, mamá. Papá no se suicidó.

Las palabras son más difíciles de decir de lo que pensaba.

Mi familia siempre se ha definido por las cosas que no se dicen.

Y «suicidio» es una palabra demasiado triste y horrible.

Nunca hablamos de ello. Tal y como me ha ocurrido a mí durante el almuerzo, a mi madre se le humedecen los ojos de repente.

El peso de la carga que se impuso se aligera después de tantos años.

Podríamos haberla compartido si hubiéramos sido el tipo de personas que comparten esas cosas.

Desvía la mirada y apura su bebida. Luego, sin mirarme, se levanta, se acerca al armario y vuelve a sacar el vodka. No intento detenerla. Hay que reconocer cuándo una batalla está perdida.

—Todo el mundo quería a tu padre —dice por fin, cortando una rodaja de limón—. Era un genio. ¿Quién no iba a querer a un genio?

—Otros genios —respondo—. Profesores celosos, asistentes sobreexplotados, estudiantes frustrados.

Ella vuelve a fruncir el ceño, pero, ya que está concentrada en preparar un martini perfecto, al menos no descarta mis ideas de inmediato.

—Por eso tu padre organizaba las partidas de póquer —dice de repente.

Niego con la cabeza, no lo entiendo.

—El mundo académico es competitivo. Teorías, becas, estudiantes, financiación.

A tu padre no le gustaba esa parte. Sobre todo en las matemáticas, veía que todo el mundo trabajaba por su cuenta.

Pensaba que todo sería mejore si la gente compartiera sus ideas y opiniones.

Él decía que el entorno universitario no propiciaba esas cosas.

De ahí las noches de póquer. Invitaba a otros profesores, estudiantes de doctorado, ese tipo de personas.

Buscaba que todo el mundo se relajara, se divirtiera.

La colaboración surgiría de forma natural.

Asiento con la cabeza. Nunca vi a mi padre rechazar las ideas de otro colega ni menospreciar a un estudiante.

En el ámbito académico, siempre pensé que era un adelantado a su tiempo.

O puede que solo fuera una confianza inmensa en su propia genialidad.

Pero no sabía lo que se ocultaba detrás de las noches de póquer, y eso solo hace que lo eche más de menos.

—Había un asistente —dice de repente—, Aarav Patil.

Muy prometedor, según tu padre, pero solitario.

Rara vez asistía a las noches de póquer, por mucho que tu padre lo invitara.

Y, aunque tu padre no era de los que ofrecían muchos detalles, me di cuenta de que Patil lo frustraba.

Me atrevería a decir que ese chico no habría sido su asistente por mucho tiempo.

—De acuerdo. —Me doy cuenta de que debería estar anotando esto. Pero en este momento es cuando entra en acción mi horrendo bolso. Ahora tengo papel y boli—. ¿Este Patil sabía dónde vivíamos?

—Todos lo sabían. Tu padre solía recibir a los estudiantes tanto en su despacho de casa como en la facultad.

—¿Y los profesores?

Da el primer sorbo a su martini, pero ahora está pensativa, menos emocional.

—No estoy segura. Nunca oí a tu padre hablar mal de nadie, pero eso no significaba que los demás no estuvieran celosos de él. Había cosas que tu padre simplemente... comprendía. Su mente... —Me mira—. No había nadie en el mundo como tu padre —susurra—. Nadie.

Ahora lo entiendo, lo entiendo de verdad. Ella lo amaba. Probablemente tanto como yo. Las dos lo queríamos. Y ninguna de nosotras ha vuelto a ser la misma desde entonces.

—Yo también lo echo de menos —digo.

Ella sonríe, pero las lágrimas corren por sus mejillas. Creo que debería levantarme y darle un abrazo a mi madre, pero tengo demasiado miedo de que me rechace, así que me quedo sentada. Ella se bebe su vodka. Ambas nos quedamos esperando.

—Deberías hablar con el doctor Martin Hoffman —dice de repente—, el jefe del departamento.

Ahora está jubilado, pero hace dieciséis años conocía a todo el mundo y sabía quién podía tener enemistad con quién.

—Hace una pausa y luego añade—: Y quiénes eran más ambiciosos.

Cuando murió tu padre, quedó una vacante que hubo que cubrir.

—¿Quién consiguió su puesto?

—Katarina Ivanova.

—¿Una mujer? —No debería sorprenderme, pero aun así me pilla desprevenida—. ¿Mi padre la conocía?

—Sí. Llevaba un año asesorándola. Estaba... impresionado con ella. —El rostro de mi madre se contrae y, por su expresión, aprendo algunas cosas más sobre Katarina Ivanova: era muy guapa y mi madre la odiaba.

—No recuerdo verla en las noches de póquer.

—No todo el mundo podía asistir siempre.

O mi madre no quería tenerla cerca.

—Pero ¿estuvo en el despacho de papá en casa?

—Por supuesto. Así trabajaba él.

—Gracias.

Mi madre me mira. Los surcos de las lágrimas siguen en sus mejillas y le tiemblan los dedos que sostienen la copa de martini.

—¿De qué servirá todo esto? —me pregunta en voz baja.

—No lo sé.

—Está muerto. Ambas pagamos el precio. Y en cuanto a lo que pasó el martes por la noche... ¿qué importancia pueden tener las circunstancias de la muerte de tu padre? Eras una niña. El caso quedó cerrado.

—La policía ha vuelto a abrirlo.

—Porque tú has alborotado el avispero.

—Necesito saberlo, mamá. No puedo seguir... siendo la misma persona, contando las mismas mentiras. Solo por una vez, quiero saber la verdad.

Mi madre sonríe con tristeza.

—Ya sabes lo que dicen, querida: ten cuidado con lo que deseas.