Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—Madera oscura. Muy barnizada. Brillante, pero pegajosa.

Palomitas por todo el suelo. Mesas de billar detrás de mí.

Clink, clink, clink. Hay mucha gente sentada alrededor de la barra.

Hombres con sombreros de vaquero, mujeres con tejanos ajustados.

No dejo de tirar del vestido. Me da vergüenza.

Ya no miro al camarero. No quiero saber qué piensa de mí.

—¿La cerveza está sobre un posavasos? ¿Una servilleta? ¿Directamente sobre la barra?

Frunzo el ceño, cierro los ojos con fuerza y me concentro más.

—Posavasos.

—¿Qué pone?

—Bud Light.

—¿Hay algún cartel detrás de la barra? ¿Algún letrero luminoso?

—Amber. Eh... Abita Amber, con luces naranjas y rojas.

—¿Cómo están las palomitas?

—¡Riquísimas! Dios, qué hambre tengo.

—Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?

—No puedo. Tengo que mirar al frente. Si no, Falso Everett se enfadará y no quiero que se enfade. Al menos hasta que haya comido más palomitas.

—¿Y a tu lado? ¿Ves a alguien a tu lado?

—Un hombre. Se sienta. Mira a Falso Everett y asiente con la cabeza.

Falso Everett le devuelve el gesto. El hombre comenta que estoy muy delgada.

Falso Everett dice que es culpa mía. Como más palomitas.

No miro a ninguno de los dos, pero me parece extraño que Falso Everett esté hablando con un desconocido. Él nunca habla con nadie.

—¿Puedes describirme al hombre?

—Em... Es más joven. ¿Treinta y pocos, quizá?

Está en forma. No es demasiado alto, pero sí musculoso.

Pelo oscuro, bien afeitado. Lleva una camiseta azul y vaqueros, y puedo olerlo: jabón y aftershave.

Falso Everett siempre huele a sudor y ropa sucia.

El hombre me mira el escote. Me tiro de la parte de arriba del vestido.

Odio el vestido. Falso Everett me dice que debería estar agradecida cuando me da ropa. No lo estoy.

—¿Qué ocurre después?

—Pasa una bandeja de nachos. Cubiertos de queso fundido, salsa y crema agria.

¡Dios mío, qué bien huelen! El hombre se da cuenta de que me quedo mirando y le pide al camarero que nos traiga una bandeja.

Estoy bastante segura de que son para compartir, pero no me atrevo a preguntar.

Falso Everett tiene una mano en mi hombro.

Me aprieta con mucha fuerza. Está drogado.

Sus ojos brillan demasiado. Cuando está así, Falso Everett es muy peligroso.

Ya no me encuentro tan bien. Estoy nerviosa. Muy nerviosa.

—¿Están hablando el hombre y Falso Everett?

—El hombre está dando golpecitos en la barra.

—Mis dedos se mueven. Hay un patrón. El mismo ritmo, una y otra vez.

Puedo oírlo en mi mente. Mis dedos lo reproducen sobre la mesa.

Tap, tap, tap, tap-tap-tap—. Creo que él también está nervioso —susurro—, pero no sé por qué.

No deja de mirarme. Ojalá apartara la vista.

—¿Y luego?

—Llegan los nachos. El hombre dice que podemos compartirlos.

Miro a Falso Everett. Intento comprender qué ocurre.

Él nunca habla con los demás, nunca comparte.

Me dice que le muestre respeto al hombre, que sea más agradecida.

No lo entiendo. Algo va mal. Toda esta...

pantomima. Algo está pasando. El desconocido y Falso Everett...

es como si se conocieran. Y el hombre sigue dando golpecitos en la barra sin cesar. Ojalá se fuera.

—¿Qué hace Falso Everett a continuación?

—Come nachos. Los engulle. Se mancha la cara de crema agria y salsa. No le importa. Es un cerdo.

—¿Y tú qué haces?

—Yo también como. Como rápido. Bebo más cerveza. Va a pasar algo. No sé qué.

—¿Y el hombre?

—Él no come. Ha pedido la comida, pero solo se come un nacho. Se limita a mirarme y a dar golpecitos. Pide más comida, pero solo para Falso Everett y para mí, no para él.

—¿Qué escuchas, Molly?

El cambio de enfoque me sorprende. Vuelvo a dar golpecitos en la mesa. Al ritmo inquieto del hombre. Entonces yo también empiezo a tararear. Una canción de Kenny Chesney suena en la gramola detrás de nosotros. El clink, clink de las bolas de billar.

Y voces. Falso Everett y el hombre. Tienen las cabezas juntas y murmuran entre sí mientras yo cojo otra alita de pollo y me la como deprisa.

Ahora tengo una sospecha. Una creciente sensación de temor ante lo que va a suceder a continuación.

Debo comer. Debo comer cuanto pueda y tan rápido como pueda.

—Conner. Falso Everett llama al hombre «Conner».

«—Te dije que era guapa —dice Falso Everett.

«—Demasiado delgada —dice Conner.

«—No al ritmo que está comiendo. Créeme, yo mismo la he entrenado.

«—¿Estás seguro?

«—Por supuesto. Un trato es un trato.

«—¿Y la devolución?

«—Mañana por la noche, aquí, en el aparcamiento. No quiero llamar demasiado la atención yendo dos veces al mismo bar.

«—¿Y ella está de acuerdo?

«—Por supuesto. Sabe de sobra que no debe armar jaleo. Ya lo verás.

— Las luces del bar parpadean. — Al verlo de pronto en mi mente, cuento el recuerdo en voz alta — . Hora de cerrar. Tenemos que irnos. — Me presiono el estómago con la mano — . Tengo miedo.

—¿Qué ocurre después, Molly?

—El hombre, Conner, paga la cuenta. Suelta un billete de cien dólares sin pestañear. Cuando se da la vuelta, Falso Everett se guarda el dinero. Rápido como una serpiente. No me siento bien. Tropiezo al salir. La cerveza, la comida, lo que sé que va a pasar a continuación.

—¿Qué va a pasar?

—Falso Everett... me ha vendido. ¿O me ha alquilado?

Pero por lo que susurraban... Falso Everett me va a decir que me vaya a casa con este hombre.

Debería estar agradecida. Es más limpio, más joven, más guapo.

Pero creo que ese es el problema. Conozco a Falso Everett.

No comparte sus juguetes. Y te puedo asegurar que no le gusta este tipo.

No le gusta ningún hombre que sea más guapo que él.

Está jugando a algo. Lo acabaremos pagando, este tal Conner y yo.

—¿Qué quieres decir?

—Falso Everett me ha dicho que va a matarme y a echarme a los caimanes.

Si Conner me toca, Falso Everett también lo matará.

Nos matará a los dos. Y se quedará con el dinero, las drogas o lo que sea que Conner le haya prometido.

Falso Everett no negocia: roba, se abastece.

Es horrible, pero es constante. Conner aún no lo entiende. Está tan muerto como yo.

—¿Dónde está Conner?

—Caminando delante de nosotros. Directo al aparcamiento.

Tiene los hombros cuadrados. Es fuerte, está en forma.

Falso Everett me clava los dedos en el brazo.

Me está arrastrando fuera del bar. Puedo sentir la rabia que emana de él en oleadas.

Creo que le gustaría matarme ahora mismo.

O tal vez sea a Conner a quien odia tanto.

—¿Cómo te sientes?

—A punto de vomitar. Pero tengo que aguantarme, esperar el momento adecuado.

—¿Para qué?

— El aparcamiento. El aire es cálido y húmedo. Por primera vez, no tengo frío. Sin embargo, estoy empezando a sudar. Pero no pasa nada. Sé lo que estoy haciendo. Lo tengo controlado.

«La gente va desapareciendo, se sube a sus camionetas.

Conner se detiene. Nos mira. Y entonces...

vomito. Sobre sus zapatos. Da un salto hacia atrás.

Insulta. Grita. La gente se gira hacia nosotros, empieza a prestar atención.

Falso Everett les hace señas para que se vayan.

Todavía puedo sentir su ira, pero se ha suavizado.

Conner retrocede. Nadie quiere estar cerca de la chica que ha vomitado.

«Conner se da la vuelta — susurro — . Se va sin mí. Y sé que Falso Everett no está contento, pero también sé exactamente qué decir: « Has estado fuera una semana. Solo quiero estar contigo. Solo contigo». Falso Everett se cree muy listo. Cree que tiene el control, pero yo también tengo mis trucos.

«Falso Everett ya no está enfadado. Falso Everett me lleva de vuelta al motel. Y sobrevivo un día más.

De repente, me siento cansada. Tan exhausta que se me cae la cabeza hacia delante.

No pienso en palomitas, cerveza o música country.

Pienso en lo agotadores que eran todos esos minutos, horas, días.

Sin saber si sobreviviría. Odiando mi vida, pero sin ser capaz de renunciar a ella.

Exprimiendo cada momento porque la voluntad de vivir hace que rendirse sea más difícil de lo que uno cree.

La mano de Samuel, firme sobre mi hombro.

—Flora, abre los ojos.

Lo hago, pero sigo sintiéndome confusa, fuera de mí.

—Tranquila. Tómate un momento. Lo has hecho bien.

Una botella de agua aparece ante mí. La bebo con avidez, limpiando el regusto a cerveza de mi boca. Casi nunca bebo, y desde luego no la marca de cerveza favorita de Jacob. Tiemblo ligeramente. Me doy cuenta de que voy medio desnuda y echo mano de mi montón de ropa, volviendo a ponerme cada prenda.

Los demás están detrás de mí, murmurando en voz baja.

—Conner era una de las identidades falsas de Conrad —dice D. D.

—Abita Select Amber es una de las cervezas más vendidas en Misisipi —añade Quincy.

Keith no dice nada. Se sienta a mi lado. Permanece en silencio, por lo que le estoy agradecida.

—Los golpecitos —dice Samuel. Apoya su mano oscura sobre la mesa y encuentra el patrón. Me desconcierta un poco que el sonido de mi cabeza se reproduzca en la vida real.

Nos mira a todos con expectación.

—¿No hay nadie aquí con entrenamiento militar? —insiste.

La cara de Keith se ilumina de repente.

—Dios mío. ¡Era código morse!

—Exacto.

—¿Qué decía? —pregunta D. D.

—No decía nada. Estaba haciendo una pregunta. La misma pregunta, una y otra vez. Preguntaba: «¿Estás bien?». Pero Flora nunca le respondió.