Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 21
56%

CAPÍTULO 21

FLORA

Cuando entro en la sede del FBI dos horas más tarde con una bolsa de nachos y alitas de pollo para llevar, nadie se fija en mí.

Con mi uniforme habitual compuesto por pantalones cargo desgastados y una sudadera holgada bajo un abrigo grueso, seguramente tengo pinta de repartidora.

Keith, que me sigue con un paquete de seis latas de Budweiser, se gana varias miradas de sorpresa, pero eso no es nada comparado con la atención que recibe Samuel solo por esperarnos.

Mi especialista en víctimas, el doctor Keynes, tiene unos rasgos que destacan entre la multitud.

Al contrario que la sargento Warren, Samuel se mostró sorprendentemente receptivo a mi plan. Más bien tenía la sensación de que llevaba tiempo esperando una iniciativa así. Probablemente fuera consciente de que mi negativa a hablar de Jacob era una forma de negación que no podía durar para siempre.

Ahora Samuel se acerca. Me da una palmada en el hombro, una muestra de cordialidad por parte de un hombre que sabe todas las cosas horribles que me pasaron, así como que no me gustan los abrazos.

Le da la mano a Keith y los dos se toman un momento para evaluarse mutuamente.

Ninguno dice nada, pero Keith parece un tanto deslumbrado.

Samuel nunca inicia una conversación. Su trabajo es escuchar, no hablar, tal y como me explicó una vez, pero también es muy reservado.

Sabe todas las cosas terribles que tuve que vivir, pero me llevó cinco años darme cuenta de que estaba enamorado de mi madre en secreto.

Incluso entonces, no fui capaz de deducirlo; mi madre fue quien me anunció que habían decidido empezar a salir, pero solo si yo estaba de acuerdo.

No recuerdo bien haber dado mi consentimiento.

Creo que estaba demasiado ocupada tratando de volver a colocarme la mandíbula en su sitio.

Todavía no puedo imaginarme a mi madre, con su ropa de yoga y su espíritu libre, conduciendo un tractor por su granja ecológica de patatas, saliendo con un hombre adicto a Armani; pero bueno, ningún niño quiere imaginarse a su madre teniendo una cita.

Creo que son felices. Espero que sea así, supongo. Pero, en realidad, no quiero saberlo.

Los edificios federales tienen mucha seguridad.

Samuel se reúne con nosotros por la cerveza, algo que a los guardias no les gusta o que esperan poder confiscar para más tarde.

Samuel se lleva a uno de ellos aparte, le murmura unas palabras y, sin más, nos dejan pasar.

Keith sigue mirándolo con los ojos como platos.

Yo pongo los ojos en blanco y ni siquiera me molesto en preguntarle qué le ha dicho.

Nunca se ha dado el caso de que Samuel no se saliese con la suya. Es su superpoder, junto a sus pómulos.

Arriba, la sargento Warren y la agente especial Quincy nos están esperando.

Ambas sostienen tazas de café y charlan como viejas amigas.

Dejando a un lado la rivalidad territorial, parecen respetarse mutuamente, lo que me facilita la vida.

De forma individual, son grandes investigadoras; juntas, mis posibilidades de obtener respuestas se multiplican.

Sigo teniendo mucha curiosidad por la reunión que D.

D. tuvo con la esposa de Conrad Carter. ¿De verdad mató a su propio marido?

Porque D. D. dio a entender que el caso no estaba tan claro como decían los medios.

Estoy probando una estrategia propia: ayudar a D.

D. en su investigación con este pequeño viaje al pasado ahora; interrogar a la sargento sobre lo que sabe de Conrad Carter más tarde.

Samuel ha reservado una sala de reuniones.

Al igual que la de la comisaría de policía de Boston, tiene una pared acristalada, lo que permite que el interior se pueda observar desde el pasillo.

Para el ejercicio de «visualización», Samuel ha indicado que solo debemos estar él y yo en la sala.

Se supone que debo relajarme, lo cual ya es casi imposible de por sí.

Tener a otras personas alrededor no me ayudará.

Abro las bolsas de comida y coloco los nachos y las alitas de pollo en el centro de la mesa. El olor se extiende por toda la habitación. Espero a que el aroma me transporte. Aunque, en realidad, me siento como si estuviera en medio de un edificio federal junto a un puñado de nachos manidos.

Samuel saca un vaso. Keith hace el honor de servir la cerveza.

Intentamos ser lo más específicos posible.

Jacob siempre pedía Bud, siempre en vaso.

El toque final: música country. Recuerdo vagamente escucharla de fondo.

No tengo tan claro qué canción. Keith ha buscado en Google los grandes éxitos del country de hace siete años y, mientras esperábamos la comida, ha creado una lista de reproducción.

Ahora pone su teléfono sobre la mesa y da comienzo a la fiesta.

Espero sentir... algo. Pero en el fondo me siento cohibida e incómoda.

—Nos falta algo.

Cuatro pares de ojos me miran. No ayuda.

—Palomitas. Había palomitas en pequeños recipientes de cuadros rojos y blancos. Y hay demasiada luz. Esos baretos suelen ser más lúgubres.

Keith se dirige al panel de luces. Samuel desaparece sin decir una palabra, lo que significa que debe saber cómo conseguir palomitas.

Eso me deja a solas con las dos investigadoras. D. D. está mirando la comida en el centro de la mesa.

—Tengo hambre —dice.

—Siempre tienes hambre —responde Quincy.

Es como si, de repente, se hubieran convertido en mejores amigas. Tengo la sensación de que todo esto no me va a gustar demasiado.

Keith no sabe cómo atenuar las luces del techo. Al final, opta por apagarlas. Como sigue entrando bastante luz por las ventanas de cristal, consigue un efecto bastante parecido. Al menos suaviza el ambiente de la habitación, la hace parecer menos estéril.

Samuel regresa con una bolsa de palomitas de microondas.

La abre, el olor me invade y, justo entonces, lo siento.

Es como si se abriera una puerta en mi mente.

Puedo oler el bar, la cerveza, las palomitas, el queso fundido.

Cojo el vaso, doy un pequeño sorbo y entonces también puedo saborearlo.

Estaba tan sedienta, tan hambrienta, tan asustada.

Falso Everett. Así era como lo llamaba entonces, porque comenzó mi programación quitándome mi nombre.

Ya no era Flora, solo Molly. Molly con un vestido rosa chillón que solo una prostituta llevaría.

Y yo debía llamarlo por el nombre de mi padre.

Ni siquiera recordaba a mi padre, pero me obligaba a creer que me había querido, así que llamar a esa bestia por su nombre me dolía.

«Everett», decía en voz alta. «Falso Everett», usaba en mi cabeza, porque los actos de rebelión silenciosos eran lo único que me quedaba.

—Siéntate —me dice Samuel, y me doy cuenta de que los demás ya se han ido. Solo estamos Samuel y yo, la cerveza, la música country, el olor a palomitas y el recuerdo de una noche que trata de salir de mi cabeza.

—¿Dónde estás, Flora?

—Molly.

—Molly —corrige.

—Tengo hambre. Muchísima hambre. —Me llevo una mano al estómago.

Luego cojo la primera palomita y saboreo su toque salado con la lengua.

Otro pequeño sorbo de cerveza—. Me dejó sola toda la semana —murmuro—.

Cada día que pasaba tenía más y más hambre.

Pero no podía salir del motel. Si lo hacía, él me encontraría.

Me mataría. Me lo dijo. Y luego iría al norte y mataría a toda mi familia.

Así que esperé. Muerta de hambre. Esperé.

La sudadera no es la prenda adecuada. Demasiado abrigada, demasiado cómoda. Debería estar sobreexpuesta y temblando por culpa del aire acondicionado que siempre funciona a toda potencia en el sur.

No pienses. Actúa. Me quito la sudadera, y luego la camiseta de manga larga, hasta que me quedo solo con una camiseta gris sin mangas y los brazos al descubierto. Se me pone la piel de gallina. Mejor.

—¿Dónde estás, Molly? —pregunta Samuel de nuevo. Su voz es profunda y agradable. Hipnótica. Me produce una sensación de inquietud. No quiero estar bajo el yugo de nadie. No quiero ceder el control. No después de haber pasado todos estos años luchando por recuperarlo.

Es mi elección, solo mía. Otra palomita, concentrándome en su delicioso sabor a mantequilla.

Hambrienta. Estaba tan desesperadamente hambrienta; el estómago me rugía. Y eso, más que cualquier otra cosa, me hace volver atrás.

—Dos Buds —susurro—. Falso Everett me deja tomar una cerveza. Casi nunca pide comida ni alcohol para mí. Es un desperdicio de dinero, diría él. La cerveza está buena. Le estoy agradecida.

—¿Estás sentada o de pie?

—Estoy sentada. En un taburete. Falso Everett está detrás de mí. Como si me protegiera. Soy su chica.

—¿Qué hueles?

—Palomitas. ¡Dios mío, qué bien huelen! El camarero nos trae un cuenco. Siempre las sirven durante la hora feliz. Conozco las reglas. Miro a Falso Everett. Él asiente. Me va a dejar comer algo que es gratis. Me tiembla tanto la mano que apenas puedo levantarla. Una palomita. Solo una.

Mi mano se eleva sobre la mesa. Coge una sola palomita.

—Cuando llevas tiempo sin comer —susurro—, tienes que tomártelo con calma. Si no, se te revolverá el estómago. Y yo no puedo permitirme eso. No cuando no sé cuándo volveré a comer.

Otra palomita.

—Háblame del bar —dice Samuel—. ¿Qué aspecto tiene el camarero?

—Eh... Un tipo blanco. Camisa de franela roja sobre una camiseta negra.

Ocupado. Asiente con la cabeza a Falso Everett.

No se digna a mirarme. Lleva unas gafas sobre la cabeza.

Se las baja, sirve cervezas de barril, las desliza por la barra.

Saca más palomitas. Se mueve, se mueve sin parar, nunca se queda quieto.

—¿Lleva una chapa con su nombre?

—No.

—¿Cómo es el bar?