Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

«También encontramos lagunas en los datos, lo que nos lleva a pensar que Jacob pudo haber descubierto cómo apagar su GPS y el ordenador de a bordo, y eso no es fácil de hacer.

Estos sistemas son obligatorios por ley y están diseñados para registrar el número de horas consecutivas que conduce un camionero, pautando los descansos que debe hacer.

No se pueden apagar con solo pulsar un botón; de lo contrario, todos los conductores lo harían para ahorrar tiempo.

Una vez más, vemos un nivel sorprendente de conocimiento electrónico para un hombre con estudios primarios.

Quincy inclinó la cabeza hacia Edgar, que había sido el primero en señalarlo.

—¿Cuál es el plan? —preguntó D. D.—. ¿Buscar el escondite de Jacob Ness? ¿Ver si podemos encontrar nuevas pruebas allí?

Quincy y Flora asintieron.

—Y, para eso, Flora se ha ofrecido voluntaria para... ¿someterse a hipnosis? Ya sabéis que los expertos aún no se ponen de acuerdo sobre la validez de los recuerdos recuperados, y los jurados odian ese tipo de mierdas, simple y llanamente.

—Hay otras técnicas —intervino Flora—. He investigado un poco.

El cerebro humano funciona de manera muy similar a un ordenador.

En primer lugar, está la cuestión de qué datos quedan registrados.

Sobre todo en situaciones traumáticas, los sentidos de algunas personas se agudizan y lo ven todo.

Pero la mayoría de la gente se bloquea. Cierran los ojos con fuerza, se tapan los oídos, intentan bloquear lo que está sucediendo.

No quieren saberlo. Lo que significa que los datos son incompletos.

D. D. arqueó una ceja ante las palabras de su informante.

—Yo fui una víctima durante mucho tiempo —añadió Flora como respuesta a la siguiente pregunta lógica—.

Al principio, quizá intentara bloquearlo.

No recuerdo muchos detalles específicos de la primera...

agresión. Pero, con el tiempo, la... continuidad —Flora eligió la palabra con cuidado— hizo que los acontecimientos fueran menos traumáticos y más habituales.

Llegados a ese punto, tuve muchas oportunidades para observar y registrar más...

datos. Así que mi objetivo no es recuperar un recuerdo concreto, lo que podría ser subjetivo, sino una serie de impresiones que grabé durante meses.

Sobre la mesa, la mano de Edgar se acercó a la de Flora.

D. D. pudo apreciar que no llegó a tocarla, pero estaba más cerca.

Por su parte, la mano de Flora se deslizó ligeramente hacia la de él.

Fascinante. D. D. no tenía conocimiento de que Flora mirara siquiera a los miembros del sexo opuesto.

Y ahora —casi— hacía manitas con un fanático de los crímenes reales.

Esperaba que Flora supiera lo que estaba haciendo.

Y, ante todo, que Keith Edgar viera a Flora como una persona, y no solo como un simple objeto sacado de un macabro caso criminal.

—Pero hay otros inconvenientes con las técnicas de recuperación de memoria —afirmó D. D.—. Siguiendo con tu analogía, no basta con que los datos estén presentes. Hay un pequeño problema: extraerlos sin corromperlos con otra información. El poder de la sugestión.

—Yo no haría hipnosis —dijo Flora—. He investigado y es la opción que menos me gusta.

Tanto D. D. como Quincy la miraron.

—Preferiría un ejercicio de visualización basado en elementos desencadenantes.

—Gran idea —dijo D. D.—. ¿Qué es eso?

—El olfato es el desencadenante más potente que se conoce para la memoria.

Por lo tanto, algunos expertos sugieren comenzar un ejercicio de visualización con lo que el sujeto sabe fehacientemente que es cierto sobre el episodio.

Por ejemplo, el olor de la madera de pino empapada de orina —una vez más, la mujer ni se inmutó—, el sabor de la sangre en mi lengua, la sensación de una astilla en mi dedo.

D. D. tardó un momento en entenderlo; luego deseó no haberlo hecho.

—¿Estás hablando de volver a meterte en el ataúd? ¿Recrear tu propio cautiverio para recuperar un recuerdo?

Flora se quedó mirándola. D. D. notó lo demacrada que estaba. Tenía unas ojeras extremadamente oscuras.

—Creo que vale la pena intentarlo.

—Y el doctor Keynes...

—¡Es mi decisión!

—Lo tomaré como un no. —D. D. se giró hacia Quincy—. ¿Sabías algo de esto?

—No —respondió la agente—. Y, sinceramente, no estoy de acuerdo. Recrear un trauma, sobre todo de esa naturaleza, conlleva el riesgo de volver a despertar a esos demonios. El impacto psicológico que podría tener y las consecuencias de esta práctica... No es una buena idea.

—Tenemos que encontrar dónde vivía Jacob.

—No a costa de tu salud mental —espetó D. D.—. Ya te ha quitado bastante. No le des nada más.

—Es mi decisión. ¡Es mi forma de luchar!

—Es un sacrificio. Primero no querías hablar del tema y ahora pones en riesgo tu integridad. Te das cuenta de que hay otras opciones, ¿verdad?

—¿Como cuáles?

—Olvídate de los ataúdes por un momento.

Supongamos que seguimos adelante con tu plan.

Podemos buscar un recuerdo mucho menos traumático.

¿Qué tal la noche en la que Jacob conoció a Conrad?

Lo describiste como un bar de mala muerte.

Dijiste que comiste sin parar. Nachos, alitas de pollo, cerveza.

¿Sonaba música country en la radio? ¿Recuerdas alguna canción en particular?

Si vas a dedicar tus cinco sentidos a desenterrar un recuerdo, creo que es más seguro empezar con cerveza, alitas picantes y música.

Y con la ayuda del doctor Keynes, por supuesto.

Porque esto está muy por encima de mis competencias, y de las tuyas también.

—D. D. señaló a la agente especial Quincy.

—Quieres más información sobre Conrad Carter —añadió la agente federal.

—Ese es el objetivo de mi investigación. Pero, para que conste, hoy hemos hecho un descubrimiento interesante: Conrad Carter tenía escondido un puñado de documentos de identidad falsos. No son muy buenos, pero sí lo suficiente como para entrar en un bar.

—Crees que los utilizaba para cambiar de identidad cuando viajaba —afirmó Quincy—. También cuando se reunió con Jacob Ness.

—Si Flora pudiera recordar el nombre con el que Jacob se dirigió a él, eso confirmaría nuestras sospechas.

Y no solo eso. ¿De qué hablaron exactamente?

¿Mencionaron algún otro nombre? Quieres encontrar el club secreto de Jacob, de acuerdo.

Pero quizá otra forma de llegar a Jacob Ness sea identificar a los demás miembros del club. Sobre todo si siguen vivos...

—Quizá puedan proporcionarnos información sobre Ness, incluida la cabaña que usaba como escondite —intervino Keith Edgar.

—Según lo que dice la agente especial Quincy, todo apunta a que fueron ellos quienes le dieron a Jacob las claves para mantenerla oculta. —D. D. miró a Flora—. ¿Qué opinas?

La mujer frunció el ceño.

—No lo sé. Esa noche bebí mucho. Es decir, que la calidad de los datos registrados...

—En cierto momento estabas borracha. Los recuerdos de alguien borracho no son muy fiables.

—Pero no recuerdo que Jacob lo llamara «Conrad». Creo que podría haber sido otro nombre. Y eso fue al principio. Quizá vi o noté más cosas de lo que creo. Si Jacob tuvo ayuda, y parece que así fue, entonces sí, también me gustaría ir tras esos hombres.

—No solo había un depredador, sino toda una red —dijo Keith Edgar, casi emocionado.

D. D. lo miró con el ceño fruncido.

—No tan rápido, grandullón. Se trata de un caso policial activo. Los civiles no pueden participar.

—No es solo un civil —intervino Flora con rapidez—. Es un experto en Jacob por méritos propios.

—Eh —Quincy dio un golpecito en la mesa—, creo que ese título le corresponde al FBI.

—No lo haré —dijo Flora— si no es con su ayuda.

D. D. se quedó mirando a su informante. Sí, Flora definitivamente se había rebelado. Y puede que estuviera enamorada. Aunque eso no encajaba en absoluto con la Flora que ella conocía. Lo que significaba que...

Más y más preguntas. ¿Qué sería del caso de D. D. sin ellas?

—Tiene que firmar un acuerdo de confidencialidad.

—Hecho —dijo Edgar de inmediato.

—Hablaremos con el doctor Keynes para que nos dé su consentimiento.

—Yo me encargo. —Flora sacó su teléfono.

—Y deberías decírselo a tu madre —dijo D. D. Ella también era madre, no pudo evitarlo.

Obtuvo la respuesta que esperaba: una mirada desafiante.

D. D. suspiró. No sabía si era la mejor o la peor idea que había tenido nunca.

Respetaba la fortaleza de Flora, pero le preocupaba su tendencia autodestructiva.

D. D. necesitaba un enfoque nuevo para avanzar con su investigación, pero recuperar recuerdos de una noche de borrachera le parecía una apuesta bastante arriesgada.

Y, sin embargo, era la primera vez que Flora estaba dispuesta a hablar de Jacob desde que la conocía. Estaba dispuesta a echar la vista atrás, a cuatrocientos setenta y dos días de recuerdos horribles. D. D. no podía evitar admirar esa determinación y esa resiliencia.

Si el doctor Keynes los ayudaba, si empezaban con algo más fácil que volver al ataúd de pino...

Quizá Flora pudiera obtener las respuestas que buscaba con tanta desesperación. Mientras, Kimberly Quincy encontraría una nueva pista sobre las seis mujeres desaparecidas y D. D. descubriría lo que Conrad Carter hacía en sus viajes de negocios y quién, además de su mujer, podría quererlo muerto.

Parecía bastante sencillo. Y eso probablemente explicaba la sensación de vacío que tenía D. D. en el estómago. Los planes mejor trazados...

Flora seguía mirándola. La agente especial Quincy también. Flora iba a hacerlo de una forma u otra. Lo había decidido en algún momento de la noche y, una vez que se proponía algo, no era del tipo de persona que dejaba que nada la detuviera.

—Está bien —anunció D. D.—. Vamos de viaje al pasado.

Flora marcó el número.