Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

—Suele pasar. A veces, no intentarlo es precisamente lo que se necesita para crear una nueva vida. ¿Querías a Conrad? —me pregunta en voz baja.

—Sí. No. Más o menos.

Esa sonrisa de nuevo, aunque esta vez con una pátina de tristeza, como si supiera muy bien lo que quiero decir.

—Al principio —me oigo decir—, pensaba que era todo lo que podía desear.

Extrovertido, divertido, compasivo. Él me buscaba.

Me miraba. Quería hablar conmigo. Quería estar conmigo .

S é que suena horrible, como un ejercicio de narcisismo.

Pero en toda mi vida, nunca sentí que nadie me quisiera.

Entonces, después de que mi padre muriera...

—Y tú asumieras la culpa.

—Digamos que, si antes era la chica rara y callada, me convertí en la chica rara y aterradora. —Me encojo de hombros.

—¿Sabes?, a tu padre le preocupaba que fueras tan inteligente como él.

—¿Le preocupaba ?

—Es una vida solitaria, por si no te habías dado cuenta. Su cerebro era excepcional porque no funcionaba como el de los demás. Pero eso lo alejó para siempre del resto del mundo. Incluso entre la élite matemática, destacaba.

—Una de las mentes más brillantes de su generación —recito. De repente, vuelvo a sentir ganas de llorar, porque yo nunca quise al genio, solo al padre, y todavía lo echo muchísimo de menos.

—Si amabas a Conrad —prosigue el señor Delaney en voz baja—, ¿qué crees que pasó con vuestra relación?

Necesito un tiempo para responder. Cuando lo hago, me cuesta decir las palabras.

—Creo que no se me da bien el matrimonio.

—¿Por qué?

—No sé cómo confiar. No sé cómo... creer. Cuanto más amable era Conrad conmigo..., más sospechaba de él. Me preguntaba qué quería, qué me estaba ocultado.

—¿Pensabas que te era infiel?

—No lo sé. Hacía muchos viajes de negocios, pero cuando volvía a casa no quería hablar de ello.

Afirmaba que la vida en la carretera era aburrida.

«Cuéntame cómo te ha ido la semana», me decía.

Pero yo intuía que, en realidad, no le interesaba saber cómo me había ido la semana. Tan solo no quería hablar de la suya.

—Creciste en un hogar con adultos que, por lo general, lo tenían todo planificado.

No puedo evitar sonreír porque sé a quién se refiere.

—Mi madre.

—A algunos hombres les gusta escuchar a la mujer que aman.

—Lo sé. Y eso era lo que me decía a mí misma. El problema soy yo. Creía que mi marido tenía secretos porque yo tengo un secreto enorme. Pero entonces empecé a notar pequeñas cosas, veía ciertos detalles...

—¿Como qué?

—Conrad conocía a todo el mundo. A todos los vecinos que venían a visitarnos, a todos mis compañeros de trabajo.

Era una enciclopedia andante de nombres, caras y datos personales.

Excepto que... nadie conocía a Conrad. ¿Dónde estaban sus compañeros de trabajo, su familia, sus amigos?

Me contó que sus padres murieron en un accidente hacía años.

Nuestra boda fue muy íntima, poca gente vino al juzgado porque mamá...

—No lo aprobaba.

—Pero a medida que pasaba el tiempo... Conrad conocía al dedillo la vida de toda esa gente y, sin embargo, nunca hubo ninguna cena con los vecinos, ninguna quedada con sus amigos.

Siempre tenía una excusa. Para ser alguien tan extrovertido, si te alejabas un poco y lo observabas desde cierta distancia, también era solitario. Se apartaba del mundo. Incluso de mí.

—¿Alguna vez le preguntaste por qué?

—Decía que me tenía a mí, que no necesitaba nada más.

—Qué romántico.

Miro al señor Delaney a los ojos.

—¿Lo es? Porque mi reacción instintiva fue pensar que estaba mintiendo. Dímelo tú: ¿el problema era él o yo?

—¿Tienes amigos íntimos?

Me encojo de hombros, incómoda.

—Tengo una compañera, otra profesora del instituto.

Solemos comer juntas. Pero verás, sé que soy antisocial.

Y, sinceramente, tengo buenas razones para ser reservada, ya que he pasado mi vida adulta marcada como la mujer que mató a su padre.

Soy consciente de ello. Conrad... parecía ser de una manera, pero con el tiempo, si prestabas atención...

—Niego con la cabeza—. A veces sentía que no era una persona, sino más bien un personaje de una obra de teatro.

Decía lo que quería escuchar, pero ¿era lo que de verdad pensaba o solo las siguientes líneas del diálogo?

—No confiabas en él.

—Me preocupaba —digo con cautela—. Lo que decía y lo que en realidad hacía no concordaba.

A eso hay que añadirle el despacho cerrado en su propia casa.

Sin embargo, cuando intentaba sacar el tema...

me hacía sentir mezquina. Como si estuviera paranoica.

No podía discutir eso. Dicen que los mentirosos son siempre los primeros en pensar que los demás mienten.

Y, seamos sinceros, durante dieciséis años he sido una mentirosa de cuidado.

—Pero te quedaste embarazada.

Sonrío con amargura.

—¿Has oído hablar del sexo para intentar salvar desesperadamente un matrimonio? Se nos daba bastante bien.

—Todos los matrimonios son difíciles —me dice el señor Delaney.

Sé lo que quiere decir, pero no estoy segura de que todos los matrimonios traigan consigo una sospecha constante como el mío.

—Al final —digo en voz baja—, dejé de creer a Conrad.

Mentía. Quizá no sobre su amor por mí, que prometía que era verdadero.

Quizá no sobre el bebé, que deseaba con todas sus fuerzas.

Juró que sería el mejor padre del mundo.

Pero también estaba casi histérico con el tema.

Algo pasaba. Podía sentirlo. Algo iba a ocurrir.

Las últimas semanas, la tensión en nuestra casa, todas las cosas que sospechábamos pero no podíamos decir.

Todavía no lo entiendo del todo. Mi marido era un mentiroso al que no pude pillar mintiendo.

Y nuestro matrimonio iba rumbo a chocar contra algo terrible que yo no era capaz de ver.

—¿Y los carnés falsos?

—No sé nada sobre eso.

—Pero disparaste al ordenador.

—Un día, encontré un documento en la memoria caché de la impresora. Registros financieros relacionados con una gran suma de dinero. Más incluso de lo que Conrad guardaba en esa caja fuerte.

El señor Delaney espera paciente.

—También sacaba dinero todos los meses. ¿Para qué? ¿Qué era esa cuenta? ¿Qué estaba financiando con tantos viajes de negocios?

—¿Prostitutas? ¿Drogas?

—Quizá algo peor. Vi... —No me atrevo a decirlo. No me atrevo a volver a verlo. Niego con la cabeza.

—¿Entiendes, Evie, que la policía acabará por descubrirlo? Cuando lo haga, dirá que los delitos de Conrad son tu móvil para el asesinato. Disparar al ordenador lo demuestra: intentabas borrar tus huellas.

—Pero no era así. En ese momento... —Me encojo, sintiendo de nuevo el peso aplastante de una infancia disfuncional, seguida de un matrimonio igualmente disfuncional—. Es el padre de mi hijo —digo por fin.

El señor Delaney no necesita que le explique nada más.

—Sigues protegiendo el legado —murmura.

—Algunas costumbres son difíciles de perder.

—¿Tienes alguna idea de quién pudo incendiar tu casa?

Niego con la cabeza. Lo cual, ahora que lo pienso detenidamente, me produce una ligera sensación de inquietud.

Con todo lo que ha sucedido en las últimas cuarenta y ocho horas, la pérdida de mi casa me ha parecido solo eso: una pérdida.

Pero después de visitar los restos y hablar con la sargento Warren, empiezo a darme cuenta de que también es una amenaza.

Alguien asesinó a mi marido. Alguien que no sé quién es incendió mi casa para cubrir sus huellas.

Y, a pesar de todas mis investigaciones, de todas mis preguntas sobre el hombre con el que me casé, no tengo ni idea de quién puede ser esa persona. Ni si ha terminado lo que empezó.

—¿Te has sentido vigilada o amenazada en las últimas semanas? —pregunta el señor Delaney como si me leyera la mente—. ¿Y Conrad? Dices que sentías que algo no andaba bien.

—Estaba tenso. Me preguntaba... —Aún no puedo expresar con palabras lo que pensaba.

Las comidas silenciosas, cada vez más frecuentes.

La forma en que algunas noches me despertaba y encontraba a Conrad mirándome fijamente.

La razón por la que llegué tarde a casa del trabajo esa noche, porque si hubiera llegado antes...

No me preocupaba ningún misterioso desconocido. Por el contrario, cada vez dudaba más del hombre con quien compartía cama.

Me encojo de hombros. Todo el mundo quiere respuestas. Mi abogado. La policía. Ojalá tuviera alguna.

—Evie, sea lo que sea lo que haya hecho tu marido, no es culpa tuya.

—Soy una mentirosa. Me casé con otro mentiroso.

Y ahora, mi bebé... —Se me hace un nudo en la garganta.

No puedo seguir hablando. Aunque no tenga ningún sentido, hubo un momento en que amé a Conrad.

Luego lo perdí. Y, al igual que mi padre, Conrad sigue siendo un misterio; hay muchas cosas que nunca sabré de él.

Estoy cansada de todo esto. Hay un patrón erróneo en mi vida y, por algún motivo, parece que no puedo corregirlo.

—Quiero saber la verdad —susurro—. Quiero saber que algo es cierto.

—¿Sobre tu marido o sobre tu padre?

—Me conformaré con cualquiera de las dos opciones.

El señor Delaney me mira fijamente durante un largo rato.

—Entonces, creo que vas a tener que empezar a hacer más preguntas.

—¿Cómo? ¿A quién? No conozco a nadie con quien hablar sobre Conrad. Y lo de mi padre fue hace dieciséis años. Tú eras su amigo más cercano. Si tú no sabes quién pudo haberlo matado, ¿cómo voy a averiguarlo yo?

—Hay otra persona.

De repente, siento que me hundo en un abismo.

—¡No!

—Sí. Si de verdad quieres entender lo que pasó hace dieciséis años, debes hablar con tu madre.