Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

EVIE

—¿De verdad creías que tu padre se había suicidado?

Después de un buen rato sentada en silencio en el coche, la voz de mi abogado me sobresalta.

He estado mirando por la ventana, observando a la gente común y corriente caminar por las calles nevadas de Boston, continuando con sus vidas comunes y corrientes.

Me pregunto si así es como me ven los demás; como si yo también fuera normal y funcional, cuando en realidad me siento completamente vacía.

Montones de dinero. Documentos de identidad falsos.

No es precisamente un tesoro digno de una viuda y, sin embargo, tenía razón: Conrad me ocultaba secretos.

Lo cual quiero pensar que es justo, porque yo también le ocultaba mis secretos.

Pero lo siento como un agravio. Me parece horrible e inaceptable, un último acto de traición por parte de un hombre al que amaba de verdad.

Es cierto que tenía mis sospechas, pero quizá eso era el amor para mí, un ejercicio de desconfianza.

—¿Evie? —insiste el señor Delaney con voz suave.

Aparto mi atención de la ventana.

—¿Mi madre nunca te lo contó?

—Lo único que sé es lo que ella me dijo aquella tarde. Que tu padre te estaba enseñando a manejar la escopeta. Hubo un disparo accidental. Ella lo vio todo desde la puerta de la cocina.

Asiento con la cabeza. Esa era nuestra historia, y durante dieciséis años nos hemos mantenido fieles a ella.

—¿Crees que mis padres se querían? —me oigo preguntar.

No responde de inmediato; golpea con el dedo el volante. Siempre consideré al señor Delaney un buen amigo de mi padre. Pero, después de todos estos años, sigue viniendo a casa. Soltero. Se preocupa por mi madre. Ahora no puedo evitar preguntármelo.

—Conocí a tus padres en la universidad —dice ahora, sorprendiéndome.

Sabía que él y mi padre se conocían desde hacía mucho tiempo, pero no tenía constancia de que eso también incluía a mi madre—.

Desde un principio, su relación fue... volátil.

Y, sin embargo, cuanto más chocaban y más se distanciaban, más se atraían y mejor parecían funcionar.

¿Sabes que tu padre amaba con locura las matemáticas?

Asiento con la cabeza.

—Bueno, con el paso de los años, he llegado a pensar que su relación con tu madre era como un ejercicio de física para él.

Ella lo desafiaba, de una forma muy diferente, y a tu padre le encantaban los retos.

En cuanto a ella... Tu madre nunca estuvo destinada a llevar una vida normal.

Tu padre, con su forma de ser excesivamente intelectual, indudablemente brillante y completamente indulgente, era perfecto para ella.

—Los cócteles. Las funciones universitarias. Construir el legado. Proteger el legado.

El señor Delaney sonríe.

—Encajaban, Evie. Puede que desde fuera no lo pareciera, pero estaban destinados a estar juntos. Y ambos te querían.

Vuelvo a la ventana. Mi padre me quería. Eso lo sé. Mi madre, en cambio, es otra historia. Un marido con una mente brillante encajaba en la exótica trama de su vida. Una hija con una inteligencia ligeramente superior a la media y profesora de matemáticas en un instituto público, no tanto.

—Puedes hablar conmigo —dice ahora el señor Delaney—. Eres mi clienta. Nuestras conversaciones están protegidas por el secreto profesional. Todo lo que digas se queda entre nosotros.

—¿Y mi madre no se va a enterar? —No puedo evitarlo; sueno amargada, tal vez incluso petulante.

—Mis labios están sellados —dice tan bajito que casi no me doy cuenta de que intenta parecer gracioso.

Cuando lo entiendo, sonrío y él me devuelve la sonrisa.

Caigo en la cuenta de que el señor Delaney ha sido una de las pocas figuras adultas constantes en mi vida.

Primero, como amigo íntimo y confidente de mis padres; luego, como una figura paterna sustituta, que venía a casa regularmente para ver cómo estábamos en los meses posteriores al accidente.

Se convirtió en un pilar para mi madre, aunque yo no lo vi así en ese momento.

Pero el señor Delaney se presentaba en casa tres o cuatro noches a la semana, para asegurarse con discreción de que la nevera estuviera llena de comida y los armarios vacíos de vodka.

Intentó que mi madre vendiera la casa y, al no conseguirlo, que la reformara.

Por mí, decía siempre. Debía hacer esas cosas para aliviar el estrés de su hija, para ayudarme a recuperarme.

Ella lo escuchaba, sin duda de una forma en la que nunca me habría escuchado a mí. Mi padre era su mundo, mientras que ella y yo nunca nos poníamos de acuerdo en casi nada.

—Nos lo encontramos... muerto, cuando llegamos a casa —murmuro—. Era evidente que acababa de ocurrir. Se podía oler la pólvora. Y la sangre... estaba caliente cuando me cayó en el pelo.

—Lo siento, Evie.

—Nada indicaba que hubiera alguien más. No había coches en la entrada y la casa estaba vacía. Y mi padre, en los últimos meses, se había vuelto más sombrío.

—En ocasiones, el genio que había en tu padre se apoderaba de él. Pero siempre salía adelante. Una vez me dijo que ese era el poder de la paternidad. Incluso cuando sentía que estaba fracasando a la hora de resolver los grandes misterios del universo, sabía que nunca te fallaría a ti.

—Yo pensaba que lo había hecho. —De repente, me echo a llorar.

No me lo esperaba. Pero después de tantos años...

No solo he cargado con la vergüenza de mi secreto, sino también con el dolor de que mi padre decidiera acabar con su vida en lugar de quedarse con nosotras.

El padre al que tanto quería. El padre por cuya felicidad habría hecho cualquier cosa.

Me giro hacia la ventana y me seco las mejillas.

—Tú no apretaste el gatillo —afirma Delaney ahora.

—No. Él ya me había enseñado a cargar y descargar la Remington. No habría cometido un error tan estúpido. Pero mamá y yo ni siquiera estábamos en casa.

—¿Esperaba a alguien? ¿A algún alumno u otro profesor?

—No que supiéramos. Cuando nos fuimos, estaba encerrado en su despacho, murmurando frente a una pizarra. Ya sabes cómo podía ser. Le dijimos que íbamos a hacer unos recados. Ni siquiera recuerdo si respondió. Nos marchamos y cuando volvimos...

El señor Delaney asiente con la cabeza.

—Tú entraste primero en la cocina —añade en voz baja—. Luego entró tu madre, que vio la escena y se derrumbó.

—Me dijo qué decir. Me dijo lo que había que hacer. En ese momento, no lo cuestioné. Quizá...

—No pasa nada, Evie. Lo entiendo. Acababas de perder a uno de tus progenitores. Es lógico que hicieras todo lo posible por contentar a la que te quedaba.

Nunca lo había pensado así, pero tiene sentido.

—¿Tu madre y tú estabais juntas?

—Sí.

—Pero, según lo que nos acaba de contar la policía, tu padre no se suicidó. Tenía que haber otra persona en la casa. ¿Estaba la puerta abierta cuando entraste?

—La puerta trasera siempre estaba abierta durante el día. Solían venir muchos alumnos a casa.

—Creo que deberías preparar una declaración. Escribe con tus propias palabras lo que recuerdas de ese día. Yo la revisaré y se la entregaremos a la policía.

—¿Para que también puedan acusarme del asesinato de mi padre?

—¿Disparaste a tu padre, Evie? Recuerda que todo lo que me digas está protegido por el secreto profesional.

—No.

—¿Disparaste a tu marido? De nuevo, todo lo que me digas está protegido.

—No.

—Pero apretaste el gatillo.

—Disparé al ordenador de mi marido.

Delaney aparta la vista del volante lo justo para mirarme.

—Interesante. Bueno, pues parece que tenemos trabajo por delante.

—¿Por qué todos los hombres que quiero me abandonan? —susurro.

—No lo sé, cariño. Algunos simplemente no tenemos suerte en el amor.

El señor Delaney me lleva a comer a un sitio de bocadillos que conoce en el centro.

No está tan pendiente de mí como mi madre, pero añade un zumo de naranja a mi ensalada y se niega a decir una sola palabra hasta que no me he comido al menos una cuarta parte del almuerzo.

Él elige un sándwich de ternera poco hecha con mayonesa de rábano picante.

Hubo un tiempo en el que habría pedido lo mismo.

Ahora, en mi delicado estado, la visión de la carne sanguinolenta me provoca náuseas.

Hago todo lo posible por concentrarme en mi comida, dar bocados pequeños y masticar bien.

Aunque yo no tenga interés en sustentarme, el bebé sí lo tiene.

Todo lo que haga a partir de ahora —y durante el resto de mi vida— girará en torno a esta persona.

Una vez más, me pregunto si mi madre se sintió así alguna vez conmigo.

—¿Por qué mis padres no tuvieron más hijos? —le pregunto al señor Delaney tras comerme media ensalada. Si mi pregunta le sorprende, tiene la suficiente experiencia trabajando de abogado como para ocultarlo.

—No lo sé. ¿Se lo has preguntado alguna vez?

Le lanzo una mirada. Él me devuelve una sonrisa.

El zorro plateado puede ser encantador cuando quiere.

Ya he notado que varias mujeres han girado la cabeza para contemplar al nuevo comensal.

Luego me han mirado a mí con expresión suspicaz.

Sin duda, habrán pensado que soy su joven esposa trofeo, porque los hombres guapos no pueden tener amistad con mujeres.

—Tu padre estaba nervioso —dice por fin, cogiendo una servilleta y limpiándose el bigote meticulosamente recortado—.

Cuando tu madre descubrió que estaba embarazada, él se mostró emocionado, pero preocupado.

Como él mismo dijo, ningún genio de la historia ha destacado por sus habilidades como padre.

—¿Fui una sorpresa?

—Siempre.

Vuelvo a poner los ojos en blanco.

—Ya me entiendes. ¿Querían tener hijos?

—No creo que lo hubieran buscado —admite el señor Delaney después de un minuto—, pero también diría que tú eras la luz que iluminaba la vida de tu padre. Te toca. —Me mira—. Tu bebé, ¿fue una sorpresa?

—Sí. No. Más o menos. Lo habíamos estado intentado, pero ya casi habíamos perdido la esperanza. Y entonces...