Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

FLORA

Es curioso cómo funciona la memoria. Hay momentos que se graban a fuego en nuestra mente.

Si tenemos suerte, es porque somos felices: tu primer beso, el día de tu boda, el nacimiento de un hijo.

El tipo de experiencia que vives y, al mismo tiempo, observas desde fuera porque tu cerebro reconoce que es algo tan especial que querrás revivirlo.

Yo tengo algunos de esos recuerdos. Cuando el chico más guapo del instituto me invitó al baile de graduación y yo llegué en una nube a casa para contárselo corriendo a mi madre.

La primera vez que conseguí que un zorrito se comiera un trozo de salchicha de mi mano.

Un ritual particular que mi madre solía hacer antes de acostarme cuando no podía dormir.

Y las noches en las que mi hermano y yo se lo hacíamos a ella, riéndonos frenéticamente mientras fingíamos arroparla en la cama, para acabar enredados unos encimas de otros en medio de su colchón, toda la familia.

También tengo otros recuerdos.

El momento en el que me desperté en una caja del tamaño de un ataúd. El sonido que hizo la primera mujer cuando Jacob le clavó el cuchillo, seguido de su mirada, clavada en mis ojos, sabedora de que él la estaba matando, que ella estaba muriendo, que yo no hice nada para detenerlo.

Ahora tengo que afrontar el hecho de que podría haber seis más como ella, seis chicas que nunca regresaron a casa. Quizá Jacob cumplió su promesa y se las dio de comer a los caimanes. Quizá estén enterradas en su cabaña, pero no lo sabemos, porque no soy capaz de averiguar dónde está.

La memoria. Qué herramienta tan inestable. Y, para bien o para mal, la mejor opción que me queda.

No duermo. Tras salir de la casa de Keith Edgar, regreso a Cambridge y camino de un lado a otro de mi pequeño apartamento hasta que mis ancianos caseros llaman a la puerta para preguntarme si estoy bien.

Les aseguro que estoy perfectamente y dejo de dar vueltas como una loca.

Me planteo llamar a Sarah. Ella es una compañera superviviente.

Una vez ahuyentó a un asesino utilizando el brazo cercenado de su compañera de piso, a la que acababa de matar.

También es lo más parecido que tengo a una amiga.

Ella entiende lo que son las malas noches.

Cómo el cerebro puede dar vueltas durante días, semanas, meses, en un ciclo interminable de traumas, desde caerse de la bici a los siete años hasta ser atacada por un maníaco armado con un cuchillo a los veinte.

Intenta ordenar las experiencias, o eso me explicó Samuel una vez.

Sentía que mi cerebro estaba funcionando a marchas forzadas, pero, en realidad, estaba buscando patrones, coincidencias, orden.

Algo que le diera contexto, para que mi mente pudiera decir: «Ajá, eso es lo que pasó ».

Una vez logrado esto, en teoría, las personas como Sarah y yo podríamos volver a dormir.

Pero algunas experiencias desafiaban cualquier definición lógica.

Así que nuestros cerebros seguían dando vueltas mucho después de que hubieran terminado.

Si no a Sarah, entonces podría llamar a Samuel, que seguramente espera saber de mí después de la conversación que hemos tenido esta tarde. O a mi madre, que se sentiría tan honrada como conmocionada porque finalmente me abriera y le contara cómo es ser yo.

Pero no me apetece hablar. Recojo la ropa de mi dormitorio.

Limpio las encimeras de la cocina. Reorganizo las cuatro cosas que tengo en la nevera.

Entonces, en un arranque de inspiración, intento recordar por mí misma la ubicación en la que Jacob me retuvo en un primer momento.

El primer ataúd en el sótano lúgubre de una casa.

Ventanas pequeñas, a bastante altura. Una alfombra de color marrón mierda que yo solía peinar con los dedos, maravillándome de cuántos tonos de marrón se necesitaban para que la alfombra tuviera el mismo color que la tierra.

Tomé notas. Alfombra fea. Sofá mohoso. Escaleras que suben.

Pinos. Cuando finalmente me sacó de la casa, recuerdo ver los pinos.

Pero mi mente sigue dando tumbos, hasta el punto de que ya no estoy segura de si estoy pensado en la primera casa o en ese segundo motel.

¿O puede que fuera aquel otro sitio en Florida?

Me mareo, siento que estoy al borde de un ataque de pánico, cuando han pasado años desde que tuve el honor de sentir algo así.

Son las cuatro de la madrugada, estoy sudando, jadeando y a punto de perder la cordura, así que opto por un enfoque diferente.

El día en que me rescataron, una escena que debería estar más arriba en la escala de la felicidad.

Me obligo a sentarme tranquilamente en el suelo de mi apartamento y a recordar con todo lujo de detalles el estallido de la ventana del motel.

Un bote de gas lacrimógeno rebotó en la habitación y liberó un silbido siniestro.

Mis ojos llorosos, mi nariz goteando. Luego, la puerta se abrió de golpe y una horda de hombres armados entró en la pequeña habitación.

Me gritaron, le gritaron a Jacob. Gritaron más fuerte todavía cuando cogí el arma.

Se quedaron en silencio cuando hice lo que tenía que hacer.

Kimberly Quincy. La agente federal. Ella fue la primera en recibirme cuando me sacaron de la habitación. Me rodeó los hombros con el brazo, diciéndome una y otra vez que todo iba a salir bien. Que todo había terminado. Que estaba a salvo.

Recuerdo su voz con claridad. Directa, firme, controlada. El tipo de voz que inspira confianza.

Pero ¿qué aspecto tiene la agente especial Kimberly Quincy? Por alguna razón, esa pieza del rompecabezas se me escapa. Trabajo en ello durante una hora. El sonido de su voz. La sensación de su brazo alrededor de mis hombros. La imagen de su cara cuando giré la cabeza para mirarla.

Tuve que verla en algún momento, seguro. Yo tenía los ojos rojos e hinchados, la nariz llena de mocos, pero aun así... Por mucho que lo intento, sigo sin poder recordar su rostro. Ella no es más que una voz en la oscuridad. Directa. Firme. Controlada.

El tipo de mujer que voy a necesitar para el día que me espera.

A las cinco de la mañana, renuncio por completo a dormir y salgo a correr en la oscuridad helada, con un chaleco fluorescente y la linterna frontal encendida. Luego me ducho. Bagel. Café solo. Aún quedan horas por delante.

Enciendo el ordenador y busco a mi nuevo amigo Keith Edgar, quien, curiosamente, no ha publicado nada de lo de ayer en su blog sobre crímenes reales. ¿Intenta impresionarme con su autocontrol? ¿O solo está esperando a que ocurra algo más importante que compartir?

Decido no preocuparme por eso ahora. En cambio, vuelvo al punto de partida de anoche. La memoria. Qué herramienta tan inestable.

Leo todo lo que encuentro sobre cómo tratar mentes traumatizadas, desde terapia EMDR hasta simulaciones de realidad virtual, pasando por la hipnosis tradicional. A las diez de la mañana, por fin suena mi teléfono. Esa voz familiar y directa:

—Mi avión ha aterrizado.

Ya no estoy nerviosa. Estoy preparada.

Al primero a quien veo al llegar a comisaría es a Keith. Está de pie a un lado, incómodo, mirando la estructura de cristal como si no estuviera seguro de que su existencia fuera una buena idea. Cuando me ve caminar hacia él, su rostro se ilumina y siento un pinchazo inesperado en el pecho.

Viste como un metrosexual de clase alta: abrigo abierto de lana oscura, vaqueros ajustados negros, jersey morado oscuro sobre una camisa a cuadros lavanda y rosa. Parece un modelo de Abercrombie. Es decir, un Ted Bundy modernizado. Me pregunto qué pensará de él la agente especial Kimberly Quincy.

Entonces la veo saliendo de un Uber. Abrigo largo color camel para combatir las temperaturas de Nueva Inglaterra, que deben ser impactantes en comparación con Atlanta. Bolso de cuero oscuro colgado al hombro. Elegantes botas marrones, estropeadas por la invernal combinación de sal y lodo.

Ni siquiera tengo que oír su voz para saber que es ella. Hay algo en su silueta que la delata cuando se agacha para recoger una pequeña bolsa de viaje. Luego se endereza y se gira.

Y me doy cuenta de por qué había borrado su rostro de mi mente.

Porque, a todos los efectos, la agente especial Quincy es casi idéntica a mí.

El mismo perfil delgado, ojos gris azulado, cabello rubio ceniza, mirada intensa.

Es una versión ligeramente mayor y más sabia de mí misma.

Sin ojeras. Cuerpo musculoso. Una mujer que duerme por las noches, come de tres a cinco comidas saludables al día y sabe quién es y hacia dónde va.

—Joder —dice Keith mirándonos a las dos, y me doy cuenta de que, después de todo, no estoy preparada para el día que me espera.

Keith y yo dejamos que Quincy tome la iniciativa. Ella me da la mano a mí y luego a él. Si le parece extraña su presencia, no dice nada. Quizá se crea que es mi novio. Y no me importa que lo piense.

Nos lleva al interior de la comisaría, saca sus credenciales para anunciar su llegada y solicita con brusquedad ver a la sargento D.

D. Warren. Keith mira a su alrededor, al amplio vestíbulo de cristal y acero.

Empiezo a sentir cómo me encojo dentro de mi propio abrigo.

Una vez estuve confinada en una caja, se podría pensar que me gustan los espacios grandes y abiertos.

Pero este tipo de lugares me pone de los nervios.

Aparece un agente pelirrojo. Lo he visto antes, Neil algo. Nos pregunta si necesitamos desayunar, café o lo que sea. Quincy lo mira fijamente. Deja de hablar y nos guía hasta la Unidad de Homicidios.

Por el camino, nos cruzamos con un hombre mayor vestido de traje y una mujer a la que reconozco al instante por las noticias: la esposa de Conrad Carter.

La mujer que supuestamente mató a su marido.

Mis pies se detienen por instinto. Abro la boca, siento que debería decir algo.

«¿Conocías de verdad a tu marido? ¿Te sorprendería saber que quedaba con un violador en un bar de mala muerte en el sur?

». Pero Keith me agarra del brazo y me obliga a continuar hacia delante, hasta que ella desaparece, y me quedo con la última impresión de una mujer tan angustiada y agotada como yo.

D. D. nos saluda con su habitual alegría.

—¿Qué demonios hacéis aquí?

Quincy sonríe.

—Sargento Warren, me alegro de volver a verte. ¿Procedemos? —Quincy señala la sala de conferencias que está detrás de la sargento. Esta parece a punto de iniciar una discusión, probablemente por principios, pero Quincy vuelve a sonreír y dice—: Delante de los niños, no. —Y con eso termina.

Las dos investigadoras entran en la sala de conferencias y cierran la puerta tras ellas. Keith y yo nos quedamos en el pasillo, todavía en compañía del inquieto agente pelirrojo.

—¿Café? —pregunta de nuevo. Probablemente para encontrar algo que hacer.

Keith y yo intercambiamos una mirada.

—No —respondemos al unísono, lo que hace que me suba la temperatura corporal.

Desde el interior de la sala se escuchan voces: —¡Un tiroteo en Boston es un caso de la policía de Boston!

—No me interesa tu asesinato. Me interesa la posible conexión de la víctima con Jacob Ness.

—Esto no tiene nada que ver con Ness. Ya hemos acusado a la mujer por el tiroteo.

—Entonces, mi línea de investigación no entrará en conflicto con la tuya.

—¡Y una mierda! Si empiezas a indagar en el pasado de Conrad, lo darás a conocer como el amiguito de un asesino en serie y la defensa tendrá un motivo para dudar. Evie Carter no mató a su marido. Está claro que fue el fantasma de Jacob Ness quien lo hizo.

—¿Estás segura de que no lo hizo otra persona? Hablamos de un hombre que hacía frecuentes viajes de negocios y que, al menos, pasaba parte de ellos en compañía de un violador en serie... Como investigadora, diría que merece la pena responder esas preguntas.

—Yo también. Lo que nos lleva de vuelta a la mujer que, además de disparar a su marido, también tiroteó su ordenador.

—¿Habéis podido recuperar algo?

—Todavía no.

—Los técnicos forenses del FBI son los mejores...

—Vete al cuerno.

—Sargento Warren, tu caso está conectado con una investigación en curso del FBI. Punto. Puedes invitarme a colaborar amablemente o puedo asumir el mando de tu caso por la fuerza.

—¿Qué investigación en curso?

—La desaparición de seis mujeres. Se cree que son víctimas de Jacob Ness. Con su muerte, nos hemos quedado sin hilos de los que tirar. Sin embargo, esta nueva información, que indica que podría haberse reunido con otros depredadores, podría resultar prometedora.

—Conrad Carter no puede ayudarte, está muerto. Y su ordenador también.

—Pero el ordenador de Jacob Ness no.

Silencio. Una larga pausa. Keith y yo nos inclinamos hacia delante. El agente pelirrojo también.

—¿Tienes el ordenador de Ness? —pregunta D. D.

—En todo su misterioso esplendor.

—¿Qué significa eso?

—Invítame a jugar y estaré encantada de compartirlo contigo.

—¿Y Flora? —pregunta D. D. de repente—. ¿Qué hace aquí?

—Ella también se ha prestado a ayudar.

—¿Cómo?

—Un viaje al pasado. No hemos encontrado la casa en la que Jacob la retuvo. Tenemos motivos para creer que podría ser más importante de lo que él dejó entrever, y que tomó medidas para ocultar su ubicación.

—¿Crees que Jacob Ness sigue teniendo propiedades por ahí? ¿Una cabaña?

—Creo que encontrar algo así podría proporcionarnos una información muy valiosa sobre las seis mujeres desaparecidas y, quién sabe, sobre un marido recientemente fallecido. ¿Tienes todas las respuestas de tu caso, sargento Warren?

—No.

—Yo tampoco. Así que ¿procedemos?

Un suspiro profundo.

—Me ayudaste con Charlene Grant.

—Y tú la mantuviste con vida.

Un cambio de tono.

—¿Cómo están las niñas?

—Genial. Diez y siete años. Listas para conquistar el mundo. ¿Y el tuyo?

—Jack tiene cinco años y una perrita. Saltan por toda la casa al grito de « core, core».

—Con los críos, nunca te aburres.

—No lo cambiaría por nada del mundo.

—Yo tampoco.

—Bien. Quieres participar, ¿no? Pues adelante. Pero te lo advierto, en este caso hay muchas cosas que no cuadran y muy pocas que sí.

—Mis favoritos.

Y así, sin más, se cierra el trato y comienza la caza.

Quincy se gira hacia nosotros y nos hace señas a través de la ventana para que entremos.

—La hostia —susurra Keith entre dientes.

No me detengo. No pienso. Solo le aprieto la mano.

Entonces entramos en la sala de conferencias y comienza el trabajo de verdad.