CAPÍTULO 17 #3
—Cree que le estoy mintiendo —susurró por fin.
—Creo que su historia de hace dieciséis años encaja mejor con las pruebas que la sarta de tonterías que me contó ayer.
—Sargento. —Delaney de nuevo.
—¿Por qué iba a mentir? Solo lo hice para proteger a mi padre.
—¿A su padre o a su madre?
—¡Mi madre estaba conmigo! Fuimos de compras. Seguro que podrá encontrar algún testigo, una cámara de seguridad de alguna tienda, un recibo de la tarjeta de crédito. Algo que demuestre que estuvimos juntas.
—¿De hace dieciséis años?
—¡Pensaba que se había suicidado! Se comportaba de forma... rara. No era él mismo. Los genios y el suicidio... —Evie se encogió de hombros; su tono de voz revelaba una angustia real.
—Su padre no se suicidó.
—¡Yo no le disparé!
—Entonces, es una mentirosa pero no una asesina. ¿Y qué paso el viernes por la noche con su marido?
—¡Sargento! ¡Este interrogatorio ha terminado!
—No tan rápido, abogado. Su clienta acudió a mí ayer y se retractó de su versión de hace dieciséis años.
Ella es la que ha vuelto a abrir esta caja de Pandora.
Según su nueva declaración, el caso de Earl Hopkins ha dejado de considerarse un accidente.
Ahora lo estamos tratando como un homicidio, y usted sabe que los homicidios no prescriben.
—¡Yo no lo hice! —Evie, horrorizada, golpeó la mesa con su botella de agua—. ¡Nunca haría daño a mi padre!
—¿Y a su marido? ¿El tipo que ocultaba fajos de billetes y un puñado de documentos de identidad falsos?
—Nos vamos. —Delaney se puso de pie y tiró del brazo de Evie.
Sin embargo, la mujer seguía resistiéndose. Y no eran las acusaciones sobre su marido lo que la tenía agitada. Lo que de verdad la angustiaba era la muerte de su padre. Dieciséis años después, todo seguía girando en torno a su padre.
Ahora miraba a D. D. con furia.
—Mi pelo. Tomaron fotos y pruebas de mi pelo. ¡Lo recuerdo!
D. D. asintió.
—Compruébelo. Que lo vuelvan a analizar.
Puede hacerlo, ¿no? No lo entiendo del todo, pero veo series policiacas.
Pueden demostrar la dirección en base a las salpicaduras de sangre, ¿verdad?
También podrán distinguir entre esas salpicaduras por impacto y las manchas de contacto de alguien que entrara en la habitación justo después.
—No sé si tenemos pruebas suficientes —dijo D. D., lo cual no era del todo falso.
—Compruébelo. Haga lo que tenga que hacer. Yo no maté a mi padre. ¡No lo hice! Todos estos años... —Su voz se quebró—. Supuse que hizo lo peor.
—¿Él o su madre?
—Ella estaba conmigo. Le estoy diciendo la verdad. Mi madre está loca, lo sé, pero lo quería. Se querían. No lo sé. Hay relaciones que no todo el mundo puede comprender...
—¿Habla de su marido otra vez?
—Mi madre no hizo esto —repitió Evie con más firmeza.
Parecía estar recuperando la compostura, dejando que su abogado la ayudara a ponerse de pie—.
Ni ella ni yo lo hicimos. Todos estos años hemos pensado que se había suicidado.
Por eso mentimos. No para protegernos a nosotras, sino para protegerlo a él.
Si lo hubiera conocido, si hubiera hablado con él...
Mi padre era un gran hombre. Se merecía algo mejor que pasar a la historia como otro genio depresivo más.
—Entonces, ¿quién, Evie? —D. D. se puso de pie—. ¿Quién tendría motivos para disparar a su padre? ¿Tenía rivales profesionales? ¿Alumnos rencorosos? ¿Maridos celosos? Alguien apretó el gatillo. Si no fue usted, ¿quién lo hizo?
—Yo... No tengo ni idea. —Evie miró impotente a su abogado. Era todo lo que él necesitaba.
—Este interrogatorio ha terminado. Le han pedido respuestas a mi clienta y ella se las ha dado. Si quieren saber algo más, agentes, les sugiero que investiguen un poco, para variar.
Delaney guio a su clienta alrededor de la mesa. La mirada de Evie seguía clavada en las fotos mientras andaba. Fascinada. Obsesionada. Frustrada.
¿Porque por fin se había dado cuenta, después de todos esos años, de que había mentido para nada? ¿O porque acababa de descubrir que su intento de cambiar su versión no iba a funcionar?
D. D. no lo tenía claro. Pero había algo en la forma en que Evie miraba las fotos que le llamaba la atención, que le hacía preguntarse si, después de todo, aquella mujer le había dicho la verdad el día anterior.
Anhelo. Eso era. Evie Carter miraba esas fotos como una mujer que, dieciséis años después, solo quería recuperar a su padre.
Eso hizo que D. D. se preguntara qué otros remordimientos atormentaban a Evie y cuántos de ellos podrían estar relacionados con su marido y la muerte de este, acaecida hacía solo dos noches.
Llamaron a la puerta. Neil asomó la cabeza. Parecía nervioso.
—¿Tienes algo sobre los carnés falsos? —preguntó ella enseguida, recogiendo sus notas.
—Ah, no. Pero tienes visita.
—¿Tengo visita?
—Una agente federal. La agente especial Kimberly Quincy, de la sede de Atlanta. Ha venido con Flora Dane y otro tipo. Dice que necesita hablar contigo.
—No —dijo D. D.
—Demasiado tarde —dijo una voz femenina detrás de Neil.
D. D. suspiró.
—Mierda.