CAPÍTULO 17 #2
D. D. se portó bien. Hizo que Evie y su abogado se pusieran cómodos.
Les llevó dos botellas de agua y, a petición de Delaney, que parecía disfrutar de tener a una de las mejores agentes de Boston a su servicio, volvió con una taza de café.
Para entonces, Phil se había unido a la sala, armado con una pesada caja de cartón.
En el exterior de la caja había unos grandes números negros: el número de expediente del tiroteo del padre de Evie hacía dieciséis años.
Phil colocó la caja en la cabecera de la mesa, apartada de Evie y Dick Delaney.
Él y D. D. llevaban tanto tiempo jugando a ese juego que no necesitaban hablar para saber cómo proceder.
D. D. se sentó justo enfrente de Evie y su abogado, entablando una conversación trivial sobre las mejores marcas de café de Boston, que si café solo o con leche y azúcar y, ah, sí, tener que dejar el café durante el embarazo, algo que D.
D. no se había creído capaz de hacer, pero que, por contra, le había resultado bastante sencillo.
Mientras tanto, Phil extrajo el contenido de la caja. Poco a poco. Carpeta tras carpeta. El informe del asesinato. Carpetas con documentos sobre pruebas. Carpetas con fotos. Carpetas, carpetas y más carpetas.
Evie fue la primera en perder la concentración.
Asentía con la cabeza a cualquier chorrada que D.
D. estuviera diciendo mientras su mirada se desviaba hacia la cabecera de la mesa, la creciente pila de papeles amarillentos, los bordes desmejorados de las fotografías, las sucias carpetas manila.
Se suponía que todos los documentos debían escanearse y almacenarse electrónicamente.
Y, sin embargo, si el burócrata de turno pasara por el almacén y viera la magnitud de la tarea...
Faltaba mucho para que pudieran dejar de rebuscar entre las estanterías para encontrar las cajas con los expedientes.
—Son pruebas del caso de mi padre —dijo Evie de repente. Estaba nerviosa. Ni siquiera se había molestado en beber agua, sino que hacía girar la botella en su mano sin parar.
—Así es.
—¿Tiene fotos?
Delaney intervino:
—Quisiera dejar constancia de que no recomiendo a mi clienta que esté aquí hoy respondiendo a estas preguntas, sargento Warren...
D. D. no apartó la vista de Evie: —¿Recuerda su declaración de ese día?
—Un poco.
—Deje que le lea mis notas: «El sujeto, una mujer caucásica de dieciséis años, parece estar en estado de shock y/o traumatizada.
El sujeto afirma que estaba en la cocina con su padre, Earl Hopkins, un hombre caucásico de cincuenta y cinco años, a las 14:30 del sábado.
El padre le estaba enseñando a descargar una escopeta Remington 870 de bombeo, recientemente adquirida.
El padre se encontraba de pie frente al frigorífico cuando la chica, según sus propias palabras, cogió la escopeta de la mesa de la cocina e intentó vaciar la recámara.
Según la chica, la escopeta se disparó contra el torso de su padre desde una distancia de apenas unos centímetros.
La chica afirma que su padre cayó de espaldas contra el frigorífico y luego se desplomó en el suelo.
La chica afirma que dejó el arma y que trató de socorrer a su padre, sin éxito.
También afirma que escuchó gritos procedentes de la puerta, donde se encontraba su madre, Joyce Hopkins, mujer caucásica de cuarenta y tres años.
La madre afirmó haber presenciado el disparo.
El agente Speirs realizó un interrogatorio por separado».
Evie no dijo nada mientras D. D. leía; se limitó a mirar la caja. D. D. dejó su libreta.
—¿Coincide eso con lo que recuerda?
Evie la miró.
—¿Qué dicen las fotos?
—¿Phil?
Phil procedió con la primera serie de imágenes.
Eran espantosas. Un disparo de escopeta a quemarropa causaba unos daños inimaginables.
Evie había presenciado el suceso real. En teoría, nada de lo que pudiera ver allí sería nuevo para ella, aunque, según la experiencia de D.
D., la memoria tendía a alterar las cosas con el tiempo.
Eso significaba que las fotos podían ser mucho peores de lo que Evie recordaba o, más probablemente y teniendo en cuenta su cargo de conciencia, mucho menos horribles que las imágenes que se repetían en su cabeza noche tras noche.
D. D. desplegó las tres primeras fotos ante Evie y su abogado.
Delaney inhaló con brusquedad, pero no apartó la mirada.
Él también había estado allí ese día. Era un amigo de la familia; la madre de Evie lo llamó.
No se le pasó por la cabeza llamar a emergencias, pero supo de inmediato que debía llamar al abogado de la familia.
Eso decía mucho del estado mental de la señora en ese momento.
—Las armas largas se utilizan en casos de suicidio más a menudo de lo que la gente cree —afirmó D.
D. Mantuvo la voz tranquila pero suave. No había necesidad de ponerse dura todavía; eso vendría más tarde—.
Esta escopeta en concreto, el modelo Remington 870, puede tener dos longitudes de cañón diferentes para el calibre 12.
Su padre compró la versión más corta. En cualquier caso, la longitud del cañón es de sesenta y seis centímetros, y la longitud total de la escopeta es de ciento dieciocho centímetros.
Lo más común es presionar la punta del cañón contra el propio cuerpo para estabilizar el arma y alcanzar el gatillo.
De ahí que uno de los indicadores más comunes del suicidio con arma larga sea un claro patrón de quemadura en la piel de la víctima producido por el calor del cañón.
Evie la miró.
—No veo ninguna marca de quemadura. Debería estar en el estómago, ¿no? Solo veo... hollín.
—Hay una ligera abrasión —aclaró D. D.—, lo que indica que la escopeta estaba muy cerca de la víctima en el momento del disparo, pero sin llegar a tocar su piel. De hecho, estas marcas concuerdan con su declaración inicial, en la que la escopeta fue disparada a pocos centímetros del cuerpo.
—No lo entiendo.
—El segundo indicador de suicidio con arma larga es la trayectoria.
Es casi imposible sostener un arma larga en posición horizontal y apretar el gatillo, lo que significa que el impacto del disparo debería ser hacia arriba y hacia fuera.
Los proyectiles perforan el cuerpo desde un ángulo bajo y se desplazan en diagonal hacia arriba hasta salir por la parte superior del cuerpo.
En este caso —D. D. señaló una foto—, podemos ver que la herida de entrada está debajo de las costillas inferiores de su padre.
Pero, según el forense, los perdigones de la escopeta no siguieron un trayectoria diagonal.
En cambio, atravesaron el cuerpo casi en línea recta, destrozando sus órganos y sus intestinos.
—¡Sargento! —protestó Delaney.
Evie, sin embargo, no apartó la mirada.
—El arma la disparó alguien que estaba justo frente a mi padre.
—Lo cual, una vez más, concuerda con la declaración que proporcionó usted. Cogió la escopeta. Intentó inspeccionar la recámara y, en lugar de eso, apretó el gatillo estando justo delante de su padre. De ahí la ausencia de quemaduras y de una trayectoria ascendente.
—¡Pero no fue así! Mi madre y yo habíamos salido. Aparcamos en la entrada. Justo cuando abrí la puerta del coche, oí un ruido. Entramos en la cocina. Y allí... vi... allí estaba mi padre.
—El tercer factor que consideramos en un suicidio —continuó D.
D., implacable— son las salpicaduras de sangre.
Si hubiera alguien más en la habitación, alguien que hubiera apretado el gatillo, esa persona habría recibido salpicaduras de sangre por el impacto de los perdigones de la escopeta contra en el cuerpo.
Lo que significa que al menos una persona tendría que haber acabado manchada de sangre.
Miró inquisitivamente a Evie, quien balbuceó:
—Entré y... la sangre... me goteó...
—También explicaría la existencia de un punto exento de salpicaduras.
Un lugar limpio, digamos en el suelo o en la encimera, donde el cuerpo del tirador impidió que cayesen gotas.
—D. D. señaló una tercera foto en la que, en efecto, se veían salpicaduras de sangre por encima del cuerpo de Hopkins y a los lados, pero no justo delante.
—Su padre no se suicidó —afirmó D. D. con firmeza—. Las pruebas han sido revisadas varias veces por diferentes expertos. Había alguien más en la habitación y esa persona le disparó.
Evie abrió la boca y la cerró.