CAPÍTULO 17
D. D.
—Tiene que contarnos qué es todo esto, y tiene que hacerlo ahora mismo. —La voz de D. D. era dura.
Miró el dinero en efectivo y los documentos de identidad falsos que había en la caja ennegrecida por el hollín, y las ideas se agolparon en su cabeza.
Conrad Carter era una especie de agente secreto.
Solo que cualquier agente encubierto que se precie también tendría un arma de repuesto y munición, además del dinero.
¿Era entonces un mafioso o un asesino en serie?
Carter era un hombre sin familia cuyo trabajo le exigía pasar largos periodos fuera y al que describían como el tipo de persona que caía bien a todo el mundo, pero que nadie conocía.
D. D. sentía que estaba al borde de un precipicio.
El siguiente paso la haría a caer en picado, con las respuestas a todas sus preguntas revoloteando a su alrededor.
Su trabajo consistía en coger las piezas y clasificarlas para darles una explicación lógica, todo ello antes de estrellarse contra el suelo.
Delante de ella, Evie negaba con la cabeza. La mujer parecía conmocionada, pero ¿por qué? ¿Por el contenido de la caja o porque la policía había descubierto el secreto de su marido?
Neil, Dios lo bendiga, hizo lo más sensato: tomó varias fotos rápidas con su teléfono móvil del interior de la caja. Luego, tras ponerse un par de guantes de látex, comenzó a clasificar el contenido.
El efectivo estaba agrupado en fajos de cien dólares.
Neil los organizó en montones de diez para que sumaran mil, y luego alineó los montones.
D. D. casi podía oír a Evie haciendo los cálculos: veinticinco mil dólares.
No era mucho en comparación con los abultados fajos de billetes con la cara de Washington que se incautaban durante una redada antidroga rutinaria, pero era bastante para un barrio de clase trabajadora.
A Evie y a su marido les habría parecido un presupuesto más que decente para su reforma.
D. D. también tomó varias fotos para corroborar las de Neil.
La cadena de custodia del dinero incautado era muy importante en la policía.
Los buenos policías se cuidaban entre sí, ataban todos los cabos sueltos para que ni ellos ni su equipo tuvieran que enfrentarse a ninguna investigación interna.
Cinco carnés con foto. Los nombres eran combinaciones de Conrad, Conner, Carter, Conroy... Siempre es buena idea usar nombres que suenen parecidos. Lo mismo pasaba con los apellidos. Conrad Carter, de Massachusetts, pasaba a ser Carter Conrad en Texas o Carter Conner en Florida.
En vista del truco usado con los nombres, D.
D. dudaba que los carnés fueran de calidad profesional, el tipo de falsificaciones que cuestan miles de dólares y que implican buscar certificados de defunción de algún bebé fallecido hace treinta y ocho años para luego robar esa identidad.
Era posible usar esa identidad falsa durante décadas, e incluso conseguir tarjetas de crédito y un pasaporte.
Pero eso... Neil puso en fila los carnés, ligeramente deformados.
Esas falsificaciones recordaban a las que usaban los menores de edad para colarse en los bares.
Decentes a simple vista, pero dejaban que desear.
Por la expresión de Neil, D. D. se dio cuenta de que pensaba lo mismo. Fuera lo que fuera lo que Conrad Carter estaba haciendo, no era un profesional. ¿En qué lo convertía eso entonces?
D. D. se levantó y miró a Evie con severidad. Evie seguía mirando el dinero y las tarjetas, aunque más bien parecía mirar a través de ello. Veía algo que solo ella podía ver.
—Mi clienta está cansada —comenzó el abogado—. En su estado...
—No sé nada —la interrumpió Evie. Su voz sonaba tan vacía como su expresión.
—Ha dicho que esta caja fuerte contenía documentos financieros.
—He mentido. Nunca la había visto antes. Quería saber qué había dentro.
—Entonces, admite que...
—Todos los maridos guardan secretos, sargento. Ya le he dicho que le pregunte a su marido.
La ira empezaba a apoderarse de D. D.
—Muy bien. Vayamos a comisaría, donde podremos hablar del suyo.
—Sargento Warren, mi clienta...
—¿Admite estar mintiendo a la policía? ¿Podría llevar una doble vida? ¿Acaso su bebé es de Conrad Carter? ¿O tal vez es... —D. D. dio un golpecito con la punta de la bota al carné de conducir más cercano— de Carter Conrad? ¿O de Conroy Conrad?
—¡Sargento! —volvió a intervenir el abogado Dick Delaney, indignado y vociferante.
—No sé nada —repitió Evie en voz baja—. Pensaba que...
Él cerraba con llave la puerta de su despacho, una habitación más de su propia casa.
Cada vez que se iba. Pero sabía que yo era la única persona que podría haber entrado.
Y su trabajo, la venta de ventanas a medida...
¿Por qué iba a ocultar documentos de clientes?
¿Y por qué protegía esos documentos de su mujer? ¿O es que me protegía a mí de ellos?
Evie alzó la vista. Por un momento, parecía tan confundida y desconcertada como se sentía D. D.
—Usted sospechaba algo —afirmó D. D.
Delaney volvió a carraspear. D. D. le dio un golpe a Neil con el pie y este se puso de pie de inmediato.
—Vamos a tener que revisar la caja grande otra vez —dijo Neil.
Delaney los miró, sin dejarse engañar ni por un momento por el intento de Neil de distraerlo.
—Pues vaya a buscarla al maletero. —Le lanzó las llaves a Neil.
D. D. mantuvo su atención en Evie. Tramaba algo. Lo sentía.
—Disparó al ordenador. ¿Por qué? —D. D. se acercó, manteniendo la voz baja—. ¿Qué sospechaba, Evie? ¿Qué pilló haciendo al padre de su hijo?
—Mi clienta...
—Primero, su padre. Lo quería, ¿verdad? Lo idolatraba. Hablé con los vecinos. Todos mencionaron lo unidos que estaban.
—Sargento, se lo advierto...
—Pensaba que se había suicidado, ¿verdad? Así que, siguiendo las órdenes de su madre, se convirtió en el chivo expiatorio. Todos estos años ha cargado usted sola con ese peso. Solo para enamorarse y descubrir... ¿qué? ¿Que los pecados de su marido eran mucho peores?
—Esta conversación ha terminado. —Delaney tenía la mano sobre el brazo de Evie—. Llévense la caja fuerte o déjenla ahí. De cualquier modo, mi clienta se viene conmigo.
—No, de eso nada. —D. D. miraba directamente a Evie.
Sabía que toda su atención estaba centrada en ella.
Entonces comprendió la clave atrapar a su principal sospechosa.
Cada persona tenía una palanca, un botón que un buen inspector sabe cómo apretar.
Evie se lo había revelado justo el día anterior: era hija de su padre.
Una mente matemática que no podía dejar una ecuación sin resolver.
La curiosidad. Esa era la perdición de Evie. Eso hizo que un escalofrío recorriera la espalda de D. D., ya que la curiosidad siempre había sido también su debilidad.
—Venga a comisaría. Responda a mis preguntas —le dijo ahora a la mujer.
—¡Se va a casa! —espetó Delaney.
Evie dijo:
—¿Por qué?
—Porque tengo fotos. De hace dieciséis años. Las revisaremos y podré demostrarle que su padre no se suicidó.
Evie iría a comisaría. D. D. no lo dudó ni por un segundo.
Pero antes, su abogado la apartó a un lado para mantener una airada conversación con ella.
Sin duda, le diría a su clienta que se estaba comportando como una tonta al dejar que la policía la controlara así.
Si tenían alguna prueba real, se verían obligados a revelarla antes del juicio de todos modos.
En cuanto a Evie, tampoco se quedó callada.
D. D. habría jurado haberla oído decir enfadada: —Soy tu clienta y no vas a llamar a mi madre.
Qué interesante.
Tras unos minutos más de intenso intercambio de palabras, Evie se subió al coche de su abogado; la caja fuerte seguía en el maletero.
D. D. no podía justificar la incautación de los documentos como prueba, aunque se alegró de haber tomado una foto del seguro de vida de Conrad Carter para consultarla en el futuro.
Neil embolsó y etiquetó la segunda caja metálica y su contenido, esa era la parte del botín que se agenciaría el Departamento de Policía de Boston.
Cargaron el coche y pusieron rumbo a la comisaría.
La sede de la policía de Boston no era del gusto de todo el mundo.
O bien quedabas impresionado por la moderna monstruosidad de cristal o, lo más probable, sacudías la cabeza al ver dónde iban a parar tus impuestos.
A D. D. no le interesaba la arquitectura.
Ella prefería cosas como la comida, razón por la que apreciaba la cafetería del vestíbulo.
Y la sala de Homicidios de la planta superior era mucho más grande y útil que la de la antigua comisaría, aunque la moqueta industrial azul, los archivadores grises y la colección de cubículos hacían que pareciera más una compañía de seguros que una unidad de investigación.
A veces, como ahora, cuando tenía una sospechosa a la que no quería asustar, le gustaba fingir que solo estaban pasando el rato en una oficina cualquiera, en lugar de protagonizando un viejo episodio de Policías de Nueva York.
Dadas las circunstancias, D. D. condujo a Evie y a su abogado a la sala de conferencias de Homicidios, un poco más acogedora que las austeras salas de interrogatorio.
El abogado de Evie tomó posición a su lado.
D. D. no quería asustar a su principal sospechosa antes de sacarle toda la información posible.
Tras una breve conversación, Neil desapareció para buscar a Phil.
Neil se encargaría de procesar las pruebas que habían recuperado en la vivienda calcinada.
Phil retomaría su papel de figura paterna.
El éxito de un interrogatorio radicaba en una buena estrategia y, aunque el estilo de D.
D. era presionar al máximo, eso no iba a funcionar con un abogado en la sala.
Ese sería un trabajo delicado. Por suerte, ella era una mujer de muchos recursos.
Y, al igual que Evie, de mucha curiosidad.