Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 16 #3
44%

CAPÍTULO 16 #3

D. D. gira la llave. Es una de esas llaves circulares, típicas de las cajas fuertes.

Tiene que forcejear un poco, pero entonces cede.

Sin embargo, la tapa de la caja fuerte no se levanta.

La sargento frunce el ceño, golpea la caja y frunce aún más el ceño.

Finalmente, me pongo en cuclillas con impaciencia, por lo que todos me miran extrañados.

Agarro ambos lados de la parte superior de la caja y la sacudo con fuerza, pensando que el calor podría haberla deformado.

No sé si mi suposición es correcta o no, pero la estrategia funciona.

Levanto la pesada tapa, mirando con superioridad a los dos policías. Luego me levanto.

D. D. se pone manos a la obra de inmediato, hojeando las carpetas de cartón con las etiquetas «Seguro de coche», «Seguro de hogar», «Hipoteca», «Pasaportes», «Seguro de vida», «Certificados de depósitos» y «Cuenta de ahorros».

Todos los documentos importantes que uno no querría perder en un incendio.

Nada del otro mundo, pero es la mejor esperanza que tengo para averiguar cómo serán los próximos meses de mi vida. O cómo escapar del yugo de mi madre en el menor tiempo posible, dependiendo de cómo se mire.

D. D. saca las carpetas una a una y comprueba el contenido. No hay gran cosa, solo los últimos extractos, algunas pólizas, etcétera. Luego las vuelve a guardar en la caja. Cuando llega al seguro de vida, se detiene.

—¿Un millón de dólares? —Me mira—. Parece una póliza nueva. ¿En serio?

—La contrató cuando nos enteramos de que estaba embarazada. Según el seguro, debería ser suficiente para pagar la hipoteca de la casa, cubrir los gastos de crianza de mi hijo hasta los dieciocho y pagar cuatro años de universidad.

—En otras palabras: un millón de motivos para matar a tu marido.

—Si quisiera un millón de dólares —informo a la sargento—, lo único que tendría que hacer es llamar a casa. O mejor aún, mudarme allí.

Ella me mira con sorpresa.

—Que es justo lo que acabas de hacer.

—Sí. ¿Y por qué no le preguntas a «Llámeme Phil» cómo es?

El pelirrojo levanta la vista.

—¿»Llámeme Phil»? —De repente, esboza una sonrisa—. Ah, de eso era de lo que hablaba ayer. Deberíamos hacerle una camiseta.

Ahora D. D. y yo lo miramos con cara de pocos amigos. Él se encoge, sostiene un objeto negro y deformado.

—Creo que he encontrado la llave de la otra caja fuerte. Estaba cerca de esta.

—Un momento —digo. Miro al señor Delaney—. Veo documentos personales y documentos financieros, no el origen de un incendio provocado. Nada que pueda considerarse una prueba.

—Estoy de acuerdo —afirma el señor Delaney. Le dedica una mirada dura a D. D.

—Quiero una copia del seguro de vida.

—Hazle una foto con el teléfono —le sugiero. Voy a llevarme la póliza conmigo. La necesito.

—Mi clienta está siendo más que razonable —secunda mi abogado.

Es evidente que D. D. no está contenta. Pero fotografía el documento, cierra la carpeta y la devuelve a la caja.

La SentrySafe ha cumplido admirablemente su cometido, protegiendo su contenido y viviendo para contarlo.

Ahora el señor Delaney la recoge, gruñendo por el peso, y la lleva al maletero de su coche.

Lo que nos deja con la caja metálica plana. No tengo ni idea de qué es, pero no lo voy a admitir porque me muero por ver qué hay dentro. Probablemente ya no importe, pero podría ser lo que he estado buscando todo este tiempo.

La llave negra está deformada. El pelirrojo intenta enderezarla. D. D. intenta golpearla. Le quito la llave. Al fin y al cabo, soy la propietaria, debo conocer las particularidades de esta caja fuerte tan bien como conocía las de la caja ignífuga.

Aun así, me lleva varios intentos. Imploro, suplico, ruego. Por favor, después de tanto tiempo buscándote, ¿por qué no quieres hablar conmigo?

Entonces: clic .

Así, sin más, la cerradura cede. La tapa no se abre; está deformada por los bordes. Pero puedo sentir cómo la caja se relaja, preparada para revelar sus secretos.

La coloco en el suelo delante de todos. No sé qué esperar. Cenizas, ruinas carbonizadas. La temperatura en una casa en llamas debe ser extrema. Conrad quería mantener oculto su contenido, pero parece que no le importaba que pudiera destruirse. Un matiz de lo más interesante.

D. D. tiene que forzar la tapa. Se desprenden partículas negras.

El metal del interior de la caja está frío y gris, intacto. La primera prueba de que el contenido ha salido ileso.

—¿Qué cojones? —D. D. me mira fijamente.

El agente pelirrojo rebusca entre el contenido, igual de fascinado.

No tengo palabras. No me queda saliva en la boca. De todas las cosas que pensé que podría haber. De todos los secretos que sabía que Conrad debía tener.

Estoy viendo varios de fajos de billetes. Todavía en sus envoltorios originales, lo cual ya es bastante sospechoso de por sí. Pero, por si fuera poco, también estoy viendo montones de tarjetas de plástico. Carnés de conducir de diferentes de estados.

Todos tienen la foto de Conrad. Todos tienen nombres distintos.

—Tiene que contarnos qué es todo esto, y tiene que hacerlo ahora mismo —ordena D. D. con intensidad.

Pero no tengo nada que decir.