Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

EVIE

Lo que más me impacta al salir del coche de mi abogado es el olor. Madera quemada, ligeramente ahumada, pero no desagradable. Me recuerda a esas tardes de domingo acurrucada frente a una agradable chimenea, tomando té y escuchando el partido de los Patriots en la televisión.

Tardo un momento en procesar que lo que tengo delante no es una chimenea, sino los restos de mi casa.

El señor Delaney me deja a mi aire. Respondió a mi llamada en mitad de la noche sin dudarlo.

Sé de sobra que está acostumbrado a los horarios poco habituales por culpa de su trabajo como abogado defensor.

Y, sin duda, también entiende que me costó lo mío librarme por fin de mi madre, que tenía que tomarse su rutinario martini antes de acostarse.

Son las siete y media, el cielo empieza a clarear; los días son cortos en esta época del año.

La temperatura sigue por debajo de los cero grados.

Los dos vamos protegidos con abrigos de lana, gorros y guantes.

La mitad de mis vecinos todavía tienen encendidas las luces de Navidad de la noche anterior, que brillan envolviendo sus tejados, ventanas y arbustos.

Le da un toque surrealista a la situación. « ¡Feliz Navidad! P. D.: Todo cuanto queda de tu vida es un montón de escombros carbonizados».

Entonces llega la policía y es hora de que empiece la fiesta.

La sargento Warren sale primero del coche, con un abrigo azul con unas siglas bordadas en el pecho que recuerdan a qué cuerpo pertenece.

Termina de envolverse el cuello con una bufanda azul, más clara, y luego se pone unos guantes de cuero negros y un gorro de lana.

Tiembla ligeramente mientras espera a que el conductor, un agente más joven con una mata de pelo rojo, salga del asiento delantero.

Este se dirige al maletero, saca un rastrillo y una pala y se pone un par de guantes de trabajo.

Hay que darle crédito a la policía de Boston, siempre preparada para cualquier cosa.

D. D. me lanza una mirada y luego se dirige a mi abogado.

Habla con él, como si yo no fuera más que un simple cartel.

Es una pose. Soy profesora de instituto, me paso un día tras otro trabajando con adolescentes, eso no me impresiona.

Puede fingir que no importo todo lo que quiera; lidio constantemente con un montón de alumnos que de verdad creen que no importo.

Hasta que suspenden su primer examen, claro.

—Hágale saber a su clienta que nuestra orden de registro inicial sigue vigente, lo que significa que tenemos la potestad legal de incautar cualquier objeto relevante para esclarecer el origen del incendio, así como cualquier prueba adicional que el incendio pudiera haber revelado y que resultase relevante para caso de asesinato y que se haya pasado por alto en un primer registro —escupe D. D.

La respuesta del señor Delaney es igual de tajante: —He hablado del asunto con mi clienta.

Ella entiende que, como propietaria del inmueble, tiene derecho mantener todo aquello que no se considere prueba para el caso.

Además, la policía tiene la obligación de probar que un objeto constituye un prueba. De lo contrario, ella se lo queda.

El señor Delaney me lo explicó todo anoche.

No podía volver a mi antigua residencia y buscar la caja ignífuga de Conrad sin más.

La policía se opondría y podría incautar todo lo que encontrara alegando que es relevante para el caso.

Así que los invité a venir. Demostraré que coopero con las autoridades.

Ellos abrirán la caja SentrySafe, pero el contenido me pertenecerá a mí.

A fin de cuentas, el origen del incendio no puede encontrarse dentro de una caja fuerte resistente al fuego.

Lo único que quería eran nuestros registros financieros, además de la póliza del seguro de vida que Conrad contrató cuando se enteró de que estaba embarazada, así como el seguro de hogar.

La caja también contenía nuestros pasaportes que, a falta de un carné de conducir, ahora derretido, podré utilizar como documento de identidad.

Como me dije a mí misma anoche, puede que esté triste, pero no indefensa. Tengo que pensar en mi futuro hijo y en mi madre, tan astuta como una zorra, de la que me tengo que zafar como sea.

El agente pelirrojo se dirige hacia la pila de madera carbonizada rastrillo en mano.

D. D. se refiere a él como Neil. Parece que tiene unos doce años.

Quizá la policía esté reclutando a alumnos de primaria hoy en día.

Fantaseaba a menudo con la idea de dar clases en cursos inferiores.

Sin embargo, mis habilidades matemáticas se desperdiciarían ahí.

Y, por muchos dolores de cabeza que me den los estudiantes de secundaria, cada semestre tengo algún que otro alumno cuyo potencial cobra vida.

Una ecuación que, por primera vez, los lleva a comprenderlo todo.

Ese examen que pensaban que habían suspendido, pero que en realidad han aprobado con el sobresaliente que siempre supieron que podían obtener.

No se puede ser profesor sin cierto optimismo. Y no se puede seguir en esta profesión sin la esperanza de que todo el mundo, desde adolescentes amargados hasta administradores marchitos, puede cambiar.

Solía pensar que esa era una de las cosas que Conrad amaba de mí.

—El jefe de bomberos ha declarado que la zona es segura —dice ahora D. D., colocándose a mi lado—. Aun así —D. D. señala mi abultado abdomen—, le recomendaría que se mantuviera al margen.

—¿Por el humo? —pregunto.

—En un incendio doméstico se quema todo tipo de materiales nocivos.

Asiento, más que consciente de las tuberías de plástico, la madera laminada encolada, la pintura barata, el aislamiento de fibra de vidrio y los electrodomésticos de metal que se utilizaron en la construcción de la casa.

Ayer, este lugar casi debió ser un entorno tóxico.

Ahora... ahora es mi única esperanza de seguir adelante.

—Huele a gasolina —comento.

D. D. me mira.

—La investigadora de incendios también la olió.

Tengo que procesar esto.

—¿Alguien mató a mi marido y al día siguiente quemó nuestra casa?

—Mi voz suena sorprendentemente firme. Quizá porque, incluso mientras digo las palabras, no termino de creerlas.

Conrad y yo... Una profesora y un comercial de ventanas.

Esto no puede estar pasándonos a nosotros.

No podemos ser nosotros—. ¿Sabe por qué?

—Esperaba que usted me lo dijera.

—Yo no lo he hecho. No soy solo una esposa, soy madre. —Niego con la cabeza—. Ninguna madre haría algo así.

D. D. se limita a mirarme fijamente. Vuelvo a quedarme en silencio, pero no puedo evitar temblar. Estar frente a los restos devastados de mi vida ya no solo es triste: es aterrador. Implica que hay alguien capaz de asesinar a un hombre, de quemar una casa...

No sé qué ha pasado. Peor aún, no sé qué va a pasar a continuación.

El pelirrojo ha empezado a retirar los escombros, utilizando la pala para levantar trozos carbonizados de yeso y vigas derrumbadas.

El señor Delaney les dijo lo que buscábamos: una caja fuerte ignífuga para documentos personales.

Estaba arriba, en el armario del dormitorio principal.

Debido a su peso, lo más probable es que se hundiera cuando el fuego devoró el suelo que la sostenía.

Los bomberos no la encontraron ayer, pero tampoco es que les preocuparan mucho las pertenencias personales.

—La investigadora de incendios provocados volverá durante la mañana —dice ahora la sargento Warren sin dejar de mirarme—.

Di Lucca es una de las mejores en su campo.

¿Sabía que los pirómanos suelen seguir siempre el mismo modus operandi?

¿Y que tenemos una base de datos de pirómanos y sus métodos recurrentes?

Es solo cuestión de tiempo que Di Lucca identifique al responsable.

—Hace una pausa, dejando implícito el final de la frase: «y que lo relacione con usted».

—¿Por qué demonios iba a mandar quemar mi propia casa, sobre todo con mi móvil, mi bolso y todas mis pertenencias personales dentro?

—La gente hace estupideces.

—Pues debo ser una estúpida redomada —espeto finalmente— para quemar mi propia casa después de que me descubrieran con el arma que mató a mi marido.

—Quizá disparar al ordenador..., ¿cuántas veces?, ¿doce?, no le pareció suficiente.

Detrás de nosotras, el señor Delaney carraspea. D. D. no debería estar haciendo preguntas sobre el tiroteo, y ella lo sabe. Solo está intentando ponerme nerviosa, a ver qué puede sacarme.

—Quizá esto no tenga que ver conmigo —digo—. Quizá tenga que ver con Conrad. Todos los maridos guardan secretos. Pregúntele al suyo.

El pelirrojo termina de inspeccionar un montón de escombros y pasa al siguiente, una acumulación que le llega a la altura de la cintura.

Al menos la casa no tenía sótano, lo cual es de agradecer teniendo en cuenta el elevado nivel freático de la zona.

Algunos de nuestros vecinos sí lo tenían, y las constantes inundaciones los volvían locos.

A Conrad le gustaba esta casa sobre todo por su arquitectura de hormigón y por el garaje para un solo coche.

A mí me gustaban su tamaño acogedor y el encanto de los suelos de madera, aunque en aquel momento estuvieran destrozados.

Estábamos radiantes el día que firmamos los papeles de esta casa.

Compramos una botella de champán, que yo apreté contra mi pecho mientras Conrad me llevaba en brazos a través del umbral.

Yo reía y le pedía que me bajara. Todo era tan ridículo, irreal y...

perfecto. Un gran día para una pareja joven con un futuro maravilloso por delante.

D. D. no me quita ojo. No debería emocionarme delante de ella. No debería dejar que supiera cuánto me duele estar aquí ahora mismo, ante tantos sueños arruinados.

El pelirrojo grita su nombre. Me lanza una última mirada y luego corre entre los escombros hacia su compañero.

Pronto recuperaré mis documentos.