Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

FLORA

—Agente especial Kimberly Quincy.

—Hola, eh... Soy Flora Dane.

Hay una pausa. No me sorprende. Lo que sí me toma desprevenida es el sonido de mi propia voz, temblorosa y débil. La agente especial Quincy y yo no somos precisamente mejores amigas. Ella lideró la redada que acabó con la muerte de Jacob y mi rescate. Pero desde entonces no hemos vuelto a hablar.

Sentado frente a mí, Keith me mira con incertidumbre.

Son las nueve de la noche, acabo de llamar a una agente federal a su móvil personal y su respuesta no es la más entusiasta del mundo.

Pero sé cómo funcionan estas cosas. La redada al motel de Jacob no solo me salvó a mí, sino que también catapultó la carrera de Quincy.

De una forma u otra, nuestras vidas están entrelazadas.

También sé por Samuel que la gente del FBI no tiene un horario regular.

Esta no es la primera llamada nocturna que recibe la agente especial, pero sí la más inesperada.

—¿En qué puedo ayudarla, Flora? —La voz de Quincy es neutra. Al parecer, ha decidido darme cuerda suficiente para que me ahorque yo sola. Me parece justo.

Ahora me toca a mí ordenar mis pensamientos. Keith se yergue. Tiene los dedos sobre el teclado de su portátil, como si estuviera listo para escribir cada palabra de la llamada. Quizá sea así.

—Necesito información sobre Jacob Ness —anuncio finalmente.

—Ya veo.

—He sabido que podría ser una persona de interés en otros casos de personas desaparecidas.

Otra pausa.

—Flora, son las nueve de la noche. Me está llamando a mi casa. Va a tener que probar con algo mejor que un interés repentino por un puñado de casos sin resolver.

—Entonces, ¿cree que está relacionado con la desaparición de otras mujeres?

—Voy a contar hasta tres y luego colgaré. Si tiene otras solicitudes en el futuro, diríjase a los canales oficiales. Uno, dos...

—¡Ha habido un avance! —digo apresuradamente—. Un asesinato. Aquí, en Boston. Conozco a la víctima. Quedó con Jacob en un bar. No fue algo fortuito, se conocían.

Keith abre mucho los ojos. Aún no le había contado esta parte, pero no comete el error de dejar escapar un grito ni de distraerse de la llamada.

Esta vez, el silencio al otro lado del teléfono es reflexivo.

—¿Nombre de la víctima del asesinato? —pregunta la agente especial Quincy.

No puedo evitar pensar que la sargento Warren me va a matar. Decido que merece la pena correr el riesgo.

—Conrad Carter. Ahora me toca a mí hacer preguntas.

—Por supuesto. —El tono de Quincy es burlón.

—¿Cree que Jacob pudo secuestras a otras mujeres?

Por primera vez, no hay ningún atisbo de duda.

—Sí.

—¿Y asesinarlas?

—Sí.

—¿A cuántas?

De nuevo, con tono frío: —La investigación sigue en curso.

—Quizá pueda ayudar.

—¿De verdad? Porque nunca lo ha hecho antes.

Hago una mueca de dolor. Otra represalia de mi decisión de hablar del tema una única vez.

Tiene razón. Rechacé todas las solicitudes de entrevistas, informes o como quiera que lo llamara la policía en aquel entonces.

Presté declaración ante Samuel mientras aún estaba postrada en una cama de hospital.

Vi cómo salía corriendo para vomitar. Después, nunca más volví a hablar de ello.

—Quiero ayudar.

—¿Lo sabe el doctor Keynes? —La agente especial Quincy es muy inteligente.

—¿Sabe a qué me dedico ahora? —le pregunto.

—No.

—Trabajo con otros supervivientes. Dirijo una especie de grupo de apoyo. No tengo titulación ni soy la mejor en esto, pero tengo experiencia. Enseño a otros a dejar de sobrevivir y empezar a vivir de nuevo.

La agente especial Quincy no dice nada. Keith tampoco. Sus dedos siguen esperando sobre el teclado. Me doy cuenta de que quiere detalles, no migajas.

—Entiendo que mi ayuda llega tarde —digo por fin—, que al no declarar antes, quizá haya dado la espalda a otras víctimas de Jacob o a sus familias.

Samuel me dice que no me cuestione esas decisiones, pero han pasado seis años.

Me gusta pensar que ya no soy la misma chica.

Me gusta pensar... que ahora soy más fuerte. Quiero y puedo hacerlo mejor.

—Puedo coger un avión a Boston a primera hora de la mañana —dice Quincy.

—Tengo preguntas. Necesito información ahora mismo.

—Flora, es tarde...

—¿De verdad cree que duermo por las noches? ¿Cree que me preocupa dormir mis ocho horas? —Mi voz se vuelve dura.

Quincy no cuelga el teléfono.

—Esto debe ser un quid pro quo —comienza—. Es decir, si quiere algo, tiene que darme algo. Es la política oficial del cuerpo.

—Ya se lo he dado: Conrad Carter, asesinado el martes por la noche por su mujer en Boston. Búsquelo. La agente a cargo es la sargento D. D. Warren.

—¿D. D. Warren? —Por el cambio en la voz de Quincy, veo que el nombre le resulta familiar—. ¿Ella sabe que me está llamando?

—Todavía no. Pero también soy su informante, así que si decide castigarme, al menos tendrá cargo de conciencia.

Los ojos de Keith se agrandan cada vez más.

—Quiero saber qué había en el ordenador de Jacob.

—Allá voy. Ya no hay vuelta atrás—. ¿Encontraron algún tipo de correspondencia por correo electrónico, visitas a chats, contactos en línea?

Pasaba mucho tiempo delante del ordenador.

En la vida real era un solitario. Eso ya lo sé.

Pero en Internet... muchos depredadores se relacionan entre sí. Eso también lo sé.

Keith asiente con la cabeza, inclinándose hacia su ordenador portátil. Ambos miramos el teléfono que está sobre la mesa, entre nosotros. Este es el motivo de la llamada. Yo he cumplido mi parte del trato. Ahora es Quincy quien debe darme algo a mí.

—Sí y no —dice ella por fin.

Se me desploman los hombros. Keith pone los ojos en blanco. Compartimos un momento de complicidad espontáneo e inesperado: federales... Siempre igual.

Entonces, como si fuera consciente de nuestra exasperación, añade:

—El ordenador de Ness estaba sospechosamente limpio.

—¿Qué significa eso?

—Sabemos que hacía fotos y vídeos; tenemos las imágenes que le envió a su madre.

Asiento con la cabeza. Keith empieza a escribir.

—Pero su portátil estaba limpio. No contenía ni una sola copia.

Y borrar por completo un disco duro no es tarea fácil.

Cualquier técnico informático con experiencia puede reconstruir todo tipo de datos hoy en día, encontrar imágenes fantasma, recomponer fragmentos de un fragmento.

Entonces, ¿cómo es posible que un camionero con formación escolar básica supiera limpiar su disco duro?

Keith abre la boca. De inmediato, levanto una mano para silenciarlo, sacudiendo la cabeza. Debería haber mencionado su presencia al inicio de la llamada. Ahora no puedo arriesgarme a espantar a una agente federal mencionando que tenemos compañía.

—Cree que alguien le enseñó a borrar sus huellas —digo.

Keith está escribiendo frenéticamente. Levanta una nota.

Continúo:

—Quizá ese alguien le hablara de aplicaciones concretas que lo ayudaran a borrar su disco duro.

Keith asiente con la cabeza.

—¿Qué hacía ese tal Conrad Carter? —pregunta Quincy.

—No lo sé. Viajaba. Pasó un tiempo en el sur, de eso estoy segura.

—¿Dónde lo conoció?

—En un bar, un sitio con música en directo. Se sentó justo a nosotros. Al cabo de un rato... tuve la impresión de que Conrad estaba allí por mí. Como si Jacob hubiera hecho un trato con él.

Keith empieza a escribir.

—¿Se fue con él? —pregunta la agente especial Quincy.

—No. Le vomité encima. Entonces se marchó.

Se hace el silencio. Keith ha dejado de escribir. Me niego a mirarlo. No quiero ver lo que reflejan sus ojos.

—¿Hubo otros casos similares? —pregunta Quincy—. ¿Otros encuentros con otros hombres?

—No. Pero poco después de eso... me di cuenta de que nunca sobreviviría si seguía luchando. —Miro a la nada—. Decidí convertirme en amiga de Jacob. Conseguir que me necesitara un poco, ya que toda mi existencia dependía de él.

—Sobrevivió, Flora. Eso es lo que importa. Eligió una estrategia y eso le permitió regresar sana y salva con su familia.

Sonrío; no puedo evitarlo. Pero sé que es una expresión triste, porque tanto mi madre como mi hermano pueden confirmar que nunca regresé. Lo que volvió fue un cascarón roto que se parece a mí, pero que no alberga nada en su interior.

Keith está garabateando otra nota. Me la muestra. Le leo su pregunta a la agente.

—¿Cuándo fue la última vez que se analizó el ordenador?

—Hace seis años.

Miro a Keith, anticipando su respuesta.

—Ha habido muchos avances en la informática forense desde entonces —digo.

Él asiente.

—Teniendo en cuenta las nuevas evidencias, podría hacer que volvieran a examinar el ordenador. ¿Diría que Jacob tenía buena mano con la tecnología?

—No. Pero... —Me detengo—. Era inteligente.

Y hábil con la mecánica. Él se encargaba del mantenimiento de su camión.

También construyó el ataúd de pino y todo eso.

Se enorgullecía de ser autosuficiente. No me lo imagino en un entorno académico, pero sí era capaz de dedicarle horas a algo si le servía para conseguir lo que quería.

—Aun así, habría tenido que utilizar ciertos recursos —afirma Quincy—.

No encontramos ningún libro sobre informática, navegación por Internet o programación básica en su vehículo.

Por otro lado, solo se ponía en contacto con su madre a través de cibercafés, lo que revela un cierto nivel de sofisticación.

Sabía que no debía utilizar su portátil personal, ya que podríamos haberlo rastreado a través de la dirección IP.

—No encontraron la cabaña en Georgia.

—Nunca pudimos encontrar nada parecido a una residencia permanente de Jacob Ness.

—Su guarida —murmuro—. ¿Y su madre?

—Utilizaba su dirección para recibir correo. Según ella, hacía años que no lo veía. Hicimos un registro completo de la casa y solo encontramos ropa y pornografía.

—Seguro que había pornografía en su ordenador. Siempre estaba viendo porno.

—Encontramos varios DVD en la cabina delantera, pero nada en el ordenador. Ni siquiera un historial de visitas o búsquedas en ese tipo de páginas.

—Eso no me cuadra. Era un adicto al sexo. Debía tener el ordenador hasta arriba de mierda.

Frente a mí, Keith mueve la cabeza afirmativamente. Un asesinato o una agresión nunca es suficiente para estos depredadores. Tienen que saciar su apetito entre medias, incluso los que viajan por todo el país con una chica secuestrada en una caja del tamaño de un ataúd.

—Cogeré un avión por la mañana —dice Quincy.

Asiento con la cabeza y luego caigo en la cuenta de que ella no puede verme.

—De acuerdo.

—Quiero saberlo todo sobre Conrad Carter.

—Recuerde pedirlo por las buenas —le aconsejo con timidez, imaginándome la cara de D. D. cuando la agente federal aparezca en la comisaría. Quizá debería avisarla. O llamar a Samuel y suplicarle que me dé asilo.

—Voy a pedirlo con mi brillante y reluciente placa del FBI.

Estoy muerta.

—Quiero información sobre las otras mujeres desaparecidas —digo. No tengo tiempo que perder.

Keith asiente con firmeza.

—Flora...

—Puedo darle algo más.

—¿Algo mejor que meterme en una guerra contra una de las agentes más duras de la policía de Boston?

—Quiero encontrar su guarida. La necesitamos. Piense en todas las pruebas que conseguiríamos si lo hacemos.

Mi voz es suave pero decidida. Keith me mira con curiosidad. No sé si piensa que soy increíblemente valiente o increíblemente autodestructiva. Quincy debe pensar lo mismo, porque tarda un buen rato en responder.

—Ya hemos buscado cabañas en Georgia cuyos propietarios murieran el año en el que la secuestraron. No hemos tenido suerte —dice por fin.

—Quizá no fue en Georgia. Quizá el propietario no murió. Quizá me mintió para añadir otra capa más de protección por si me escapaba. Hemos dicho que Jacob era lo bastante inteligente como para limpiar su ordenador. ¿Qué le impide engañar a una chica que tiene encerrada en una caja?

Silencio, una vez más. Pero no puedo contenerme:

—¿Había alguna otra prueba forense en la caja? De otras chicas, me refiero.

—Creemos que la construyó para usted.

Algo en la forma en la que lo dice me llama la atención.

—Pero no era la primera caja que construía —añado despacio—. Hizo otras, para... otras chicas.

—Un sospechoso no alcanza el nivel de organización y sofisticación de Ness de la noche a la mañana.

Lo cual no es nada nuevo, Keith ya me ha dicho lo mismo.

Pero ahora empiezo a entenderlo, a comprenderlo de verdad.

Puede que yo fuera la última chica de Jacob.

Quizá la que más tiempo sobrevivió. Pero hubo otras.

Chicas que, muy probablemente, corrieron peor suerte que yo.

Chicas que gritaron y suplicaron, y aun así nunca regresaron a casa.

Que quizá se cortaran los dedos con los burdos agujeros de ventilación y se chuparan su propia sangre solo para tener algo que hacer.

Que recitaran sus cuentos favoritos, o los nombres de sus mascotas de la infancia.

Que prometieran hacer cualquier cosa, lo que fuera, con tal de volver a ver a su madre, a su hermano, a su novio.

Pero eso nunca sucedió.

Y yo les fallé. Yo, la única que sobrevivió.

Maté a Jacob Ness. Le puse una pistola contra la cabeza y apreté el gatillo porque tenía que hacerlo.

Luego volví a casa con mi familia y di la espalda a todas esas pobres chicas.

Nunca hice preguntas. Nunca di respuestas.

Simplemente las abandoné, víctimas sin rostro cuyos huesos se pudrirán Dios sabe dónde; cuyos seres queridos nunca podrán dejar atrás todo eso, no como mi madre y mi hermano.

No me siento culpable: me siento avergonzada. No tengo fuerzas para mirar a Keith, porque no quiero que vea cómo se me llenan los ojos de lágrimas.

—Hay técnicas para recordar —dice Quincy por fin.

—Lo sé.

—El doctor Keynes —comienza ella.

—Nos ayudará —respondo en su nombre.

—¿Y si nos lo desaconseja?

—No lo hará. Soy una superviviente. Las supervivientes somos fuertes. Si pude soportar la realidad, podré soportar los recuerdos.

—Cogeré el primer vuelo mañana —dice Quincy.

Asiento con la cabeza. Una lágrima cae sobre la pantalla del teléfono. Keith no me toca, pero se inclina y me seca la cara con suavidad.

Cuelgo el teléfono.