Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

D. D.

—Puede que haya arruinado una investigación.

—¿Tú? Nunca.

Eran más de las nueve de la noche. Jack estaba acurrucado en su cama con forma de coche de carreras rojo; Kiko se hizo una bola a su lado, ocupando casi tanto espacio en el colchón como el niño.

Alex sirvió dos merecidas copas de vino para él y para D.

D. Se sentaron uno al lado del otro en el sofá, inmersos en su ritual nocturno de ponerse al día y relajarse.

—Estoy investigando a una mujer embarazada que está acusada de haber asesinado a su marido anoche y que también confesó haber disparado por accidente a su padre con una escopeta hace dieciséis años.

—Lo recuerdo. Tú llevaste el caso del padre.

—Exacto. Y la creí. Me tragué su historia, la historia de su madre, de principio a fin. Esta tarde me ha confesado que era mentira.

Alex hizo una pausa, con la copa de vino casi rozándole los labios.

—Una estrategia de defensa interesante.

—Según su nueva declaración, ella y su madre ni siquiera estaban en casa en el momento del disparo, pero debieron llegar poco después.

Las salpicaduras de sangre en el pelo y la ropa de Evie eran de gotas que le cayeron del techo cuando entró por la puerta.

La pólvora de sus manos, de cuando cogió la escopeta.

—Vale. Pero, si eso es verdad, ¿por qué confesó haberlo matado?

—Su madre no quería que se iniciara una investigación en la que salieran a la luz hechos que empañaran el legado intelectual de su padre.

Alex no tardó mucho en comprenderlo.

—Suicidio. Supuso que su marido se había pegado un tiro.

D. D. asintió. Dio un sorbo a su copa de vino y esperó. A ella se le daba mejor pensar en voz alta. Alex, por su parte, tendía a organizar sus ideas mentalmente. Luego, como buen profesor, impartía su lección.

—El suicidio con escopeta es habitual —dijo entonces—.

Por lo general, el extremo del cañón se coloca debajo de la barbilla o contra las costillas, presionado la piel para estabilizar el arma mientras la persona alcanza el gatillo.

Aunque leí sobre un joven innovador que utilizó los dedos de los pies para apretar el gatillo.

Luego está el caso del suicida australiano del triple disparo: el primer intento acabó atravesándole la cavidad torácica, sin dañar los órganos vitales.

A continuación, se colocó el cañón debajo de la barbilla, pero se echó atrás al apretar el gatillo —lo cual ocurre más a menudo de lo que cabría pensar— y se voló media mandíbula, pero sin llegar a quitarse la vida.

No recuerdo cuál fue su tercera opción, quizá incluso fuera el tipo que usó los pies, pero a la tercera fue la vencida.

Ahora, desde el punto de vista investigativo, ¿te imaginas encontrarte a un hombre con tres disparos de escopeta y pensar, aunque sea por un segundo, que se trata de un suicidio? En nuestro trabajo, todo es posible.

D. D. le puso mala cara.

—Basta de teorías. Necesito algo más pragmático. Estoy atascada entre verdades a medias, suposiciones del pasado y una familia completamente trastornada. Creo que Phil le tiene miedo a la madre, y con motivo.

—Interesante. Me gusta. Y sabes que a ti también.

Ella puso los ojos en blanco. Ambos dieron sendos tragos a sus vinos. Entonces Alex dejó la copa sobre la mesa y se puso serio.

—Muy bien. Volvamos a las pruebas.

—Adelante.

—Supongo que era una escopeta de bombeo, ¿cierto?

—Sí.

—¿Punto de contacto?

—El pecho. En su declaración oficial, Evie dijo que estaba intentando averiguar cómo vaciar la recámara cuando el arma se disparó a pocos centímetros del torso de su padre.

—De acuerdo. Podemos trabajar con eso. El problema del suicidio con un arma larga es el acceso al gatillo; hay que estirarse para alcanzarlo.

Como he dicho, la mayoría de los suicidas apoyan la punta del cañón contra su propio cuerpo para ayudar a mantenerlo estable.

Cuando el disparo va a la cabeza, el punto de contacto más común es la parte inferior de la barbilla.

Si el disparo se produjo en el pecho, los forenses deberían haber encontrado restos de una quemadura por contacto, contra las costillas o justo debajo de la caja torácica.

—Buscaré ese informe.

—Solo por hacer de abogado del diablo: las víctimas a veces retroceden al apretar el gatillo, alejándose del cañón.

En esos casos, en lugar de una quemadura, es más frecuente encontrar restos de hollín en la piel.

El hollín implica que el cañón de la escopeta se encontraba a una distancia de entre dos a treinta centímetros de la piel.

Por desgracia, en tu caso esos restos nos serían concluyentes, ya que la chica declaró que estaba a pocos centímetros de su padre, ¿verdad?

—Entonces, una quemadura significaría que el cañón estaba presionando contra la piel, lo que contradice la declaración de Evie.

Los restos de hollín podrían indicar que en efecto fue un suicidio, solo que se echó hacia atrás al apretar el gatillo, o que ella le disparó desde una distancia cercana. Voy a necesitar más vino.

—Vale, ahora debemos tener en cuenta la trayectoria.

Una característica distintiva del suicidio con arma larga es que la trayectoria de la bala casi siempre presenta un ángulo muy marcado.

La bala sigue una trayectoria ascendente y la herida de entrada es mucho más baja que la de salida.

Intenta sostener una escopeta cargada a la altura de los ojos con una mano y aprieta el gatillo con la otra.

No se puede hacer de forma natural. Quizá fuera posible si la culata estuviera apoyada contra una pared u otro objeto, o si hubiera algún mecanismo para mantener el cañón nivelado, pero no hay indicios de que fuera así ¿verdad?

—Cayó delante del frigorífico, tenía un espacio abierto enfrente.

—¿Por casualidad había una silla volcada?

D. D. tuvo que pensarlo y luego negó con la cabeza.

—Sinceramente, no lo recuerdo. He solicitado que recuperen el expediente, que tendrá las fotos.

—En el caso de un suicidio, una posibilidad es que colocara la culata del arma sobre una silla de cocina, presionara la punta del cañón contra su torso y apretara el gatillo. Dependiendo de su altura...

—Un metro ochenta.

—Entonces, la trayectoria debería tener un ángulo bastante marcado. Por otro lado, si hubiera disparado la hija, esta habría sostenido el arma, manipulando la recámara, y habría apretado el gatillo por accidente, disparando a su padre directamente en el torso.

—Entiendo.

—Lo que nos lleva al último elemento que debemos considerar: la dirección de las salpicaduras.

—Cómo no. ¿Qué sería de una velada en nuestra casa sin una discusión sobre salpicaduras?

Alex cogió su copa de vino y la chocó contra la de ella.

—Al disparar directamente al torso, las salpicaduras por retroceso no están descartadas.

Pero la dirección de las salpicaduras en la piel y la ropa no es para nada similar a la que se produciría en el caso de un suicidio; aquí, la fuerza del impacto tendría una dirección ascendente, alejándose del cuerpo, lo que daría lugar a salpicaduras en la superficie que hubiera detrás de la víctima, e incluso en el techo.

—Ella dijo que le goteó encima cuando entró en la habitación. Podía sentir el calor.

Alex tenía el rostro adusto.

—No sería la primera vez. Pero me reitero: los dos escenarios, uno en el que ella dispara a su padre en el pecho a pocos centímetros de distancia y otro en el que entra justo después de que él se hubiera disparado a través de la cavidad torácica en ángulo ascendente, generarían salpicaduras de sangre diferentes. Muy diferentes.

—Así que hay que revisar las fotos y los restos de salpicaduras de la escena.

Alex asintió.

—De acuerdo. Entendido. Gracias.

—Hay una tercera posibilidad...

D. D. suspiró. ¿Cómo no iba a haberla en este caso?

—¿Cuál es?

—El cadáver presenta quemaduras en la piel, la trayectoria sigue un ángulo pronunciado que atraviesa su torso y el patrón de la sangre se extiende hacia arriba y hacia fuera.

—Creía que eso significaba que fue un suicidio.

—O que alguien le puso el cañón contra el pecho y apretó el gatillo desde una posición inferior a la suya. La ciencia forense nos da la posición y el ángulo, pero no puede decirnos cómo ni por qué ocurrió lo que ocurrió.

D. D. miró a su marido.

—Es decir, podría haber otras posibilidades.

Por ejemplo, una pelea. Dos personas luchando por la escopeta.

La otra persona la alcanza primero. Hopkins se levanta e intenta retroceder.

La segunda persona le coloca la escopeta contra las costillas y aprieta el gatillo.

Defensa propia. O puede que asesinato. ¡Un momento!

He convivido contigo el tiempo suficiente: en esta hipótesis, habría una zona libre de salpicaduras, el punto en el que se encontraba el tirador.

Este habría recibido las salpicaduras producidas por el retroceso y luego salió por la puerta, eliminando esa pieza del rompecabezas.

—Pero has mencionado que la chica y su madre entraron justo después, ¿no? Cogieron el arma, probablemente corrieron hacia el cuerpo e incluso se arrodillaron a su lado.

—Contaminaron la escena —terminó D. D. por él.

—Tengo la sensación de que las fotos de la escena del crimen no van a ser tan reveladoras como te gustaría.

—Así que vuelvo al punto de partida. Un tiroteo de hace dieciséis años que podría ser tanto un suicidio como un asesinato.

Alex se encogió de hombros.

—Siempre puede ser asesinato, D. D. ¿Qué sería de nuestros trabajos sin él?